José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, diciembre 08, 2025

Las incómodas Drag Queens del Museo de la Ciudad

El colectivo Up-Zurdas presentó «AristócRatas: crónica de una Marica incómoda» en el Museo de la Ciudad, de Quito. (Foto del Museo de la Ciudad)

«No soy Pasolini pidiendo explicaciones / No soy Ginsberg expulsado de Cuba / No soy un marica disfrazado de poeta / No necesito disfraz / Aquí está mi cara / Hablo por mi diferencia / Defiendo lo que soy / y no soy tan raro».[1] Así comienza el «Manifiesto (Hablo por mi diferencia)» del escritor y activista chileno Pedro Lemebel. El espíritu lemebeliano estuvo presente en el espectáculo «AristócRatas: crónica de una Marica incómoda», del colectivo Up-Zurdas, en el Museo de la Ciudad, de Quito. El espectáculo también celebraba un aniversario más de la despenalización de la homosexualidad en Ecuador que ocurrió el 25 de noviembre de 1997, «cuando el Tribunal Constitucional emitió una sentencia en el Caso 111-97-TC en que declaró inconstitucional el primer inciso del artículo 516 del Código Penal, que tipificaba las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo como un delito con una pena de cuatro a ocho años de reclusión». La puesta en escena se dio en una de las salas del museo que es la antigua capilla del Hospital San Juan de Dios, lo que ha causado una reacción escandalosa de sectores conservadores que consideran una ofensa a la religión católica la presentación de una obra teatral de Drag Queens en dicho espacio. Según comentó Mota Fajardo fundadora de la colectiva Pacha Queer, que existe desde 2013, en el programa Kike Shou del 4 de diciembre pasado, la obra pone en discusión las violencias estructurales que la población sexo-génerica diversa ha tenido que vivir históricamente tales como la falta de acceso a la familia, al trabajo, a la educación, etc. Como resultado de esa violencia estructural, según un informe de WOLA, el promedio de vida de una persona trans en América Latina es de treinta y cinco años. Entonces, ¿qué es lo que incomoda de la representación de «AristócRatas: crónica de una Marica incómoda»? Ciertos voceros de la derecha, que se dan golpes de pecho como beatos de mentalidad colonial, dicen que la obra se realizó en un recinto sagrado. La verdad no puede convertirse en un detalle menor: en realidad, la capilla del Museo de la Ciudad es una pieza de museo que está desacralizada desde 1998. Es cierto que su valor simbólico permanece en el imaginario social, pero, en términos teológicos, no estamos ante un acto sacrílego ni blasfemo porque, en realidad, no se ha profanado ningún lugar sagrado. ¿Se pudo montar la obra en otro espacio del museo? Seguramente, y eso hubiese evitado que se utilice la religión con fines políticos y partidistas, y que se alboroten los voceros del discurso homofóbico que, cuando llega a la calle, alienta los crímenes de odio. Enseguida, surgen otras preguntas: ¿Se pueden ejecutar en esta sala conciertos de música profana como el Carmina Burana o La consagración de la primavera? ¿Estaría bien realizar una sesión fotográfica con una modelo para una revista? ¿Y recitar poemas de Baudelaire en esmoquin? ¿Se debe permitir una exhibición de la obra de León Ferrari que incluya la icónica instalación «La Civilización Occidental y Cristiana» (1965) que es una obra que muestra a Cristo crucificado en la parte inferior de un bombardero estadounidense utilizado en la guerra de Vietnam? El problema es complejo porque las respuestas a estas preguntas implicarían una lista de permisos y prohibiciones, cuestión que desdice de la libertad artística que debe imperar en un museo. Sin embargo, hay que anotar que una curaduría artística sí debe tomar en cuenta cuál es el valor simbólico de un espacio; más aún en este caso, pues se trata de una capilla católica y existe una feligresía que cree en sus símbolos religiosos. La raíz del conflicto tal vez esté en el uso de un espacio que es simbólicamente religioso como si fuera un espacio cultural secular. No obstante, la agenda anti-derechos, impulsada por el trumpismo a nivel continental, no tiene límites: lo que les incomoda, en realidad, es la existencia misma de cuerpos y sexualidades diversas, no importa en dónde se presenten: ya sea en un desfile callejero el día del Orgullo, ya sea en la atención de una ventanilla de banco, ya sea en el ejercicio de la docencia, ya sea en la fiesta de Navidad de la familia, ya sea en una sala de teatro, y así, en cualquier parte. Y si bien las disculpas que ofreció el alcalde de Quito, a quienes se sintieron ofendidos, apaciguó el alboroto, por el momento, su postura política deja, en cierta medida, en la indefensión a la comunidad LGBTI+, pues, al final del día, esta termina siendo culpable de existir. Pensemos que hace solo veintiocho años, ser homosexual era un delito que se castigaba con una pena de prisión mayor que la que entonces tenía un conductor que matase a alguien manejando borracho. El espíritu colonial de los curuchupas sigue vivo a pesar de las proclamas de modernidad y las consignas libertarias. Este episodio me recuerda lo que Agustín Cueva, en 1967, al final de su texto clásico Entre la ira y la esperanza, escribió «Desde su edad de piedra, la Colonia nos persigue. Mata todo afán creador, innovador, nos esteriliza. Hay por lo tanto que destruirla».[2] Pero no es solo un problema cultural: el discurso homofóbico y anti-derechos pretende instalarse como voz dominante y no cejará en su cruzada de odio. Frente a ello, es necesario que el arte y la literatura continúen incomodando. Y entender, por supuesto, que la lucha de la comunidad LGBTI+ por la aceptación de la diversidad sexual es una lucha por la vida.   



[1] Pedro Lemebel, Loco Afán. Crónicas de sidario (Santiago: Lom Ediciones, 1997), 83-90. Lemebel leyó su «Manifiesto» en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.

[2] Agustín Cueva, Entre la ira y la esperanza [1967] (Quito: Editorial Planeta, 1987), 153.

 

lunes, diciembre 01, 2025

«Cariño malo», de Silvia Vera Viteri: confesiones en llaga viva

(Foto: R. Vallejo, 2025).
            Historias que asemejan postales: son como un instante congelado en el tiempo en el que se cuece la intensidad de un drama. Historias que se construyen con peripecias encaminadas a un final tremendo, en donde la muerte es la consecuencia del horror al que los personajes son sometidos. Historias de amores contrariados, envueltos en la nostalgia de aquello que rara vez se realiza a plenitud. Cariño malo, de Silvia Vera Viteri,[1] es un muestrario de seres humanos envueltos por la insania, el crimen y la soledad, cargados de culpa, que claman por un poco de amor.        

«Cariño malo» es el cuento que da título al libro. Una historia algo rocambolesca que pone en evidencia la hipocresía social, el sectarismo religioso y el crimen, a partir del drama de un amor agobiado por el remordimiento del incesto. Ignacio San Andrés, el personaje protagónico, es un heredero de una familia rica, ligada al Opus Dei, que confronta la practicidad del negocio familiar con su vocación artística y que, al descubrir un innombrable secreto familiar, se desmorona. Hay cierto tremendismo en la composición de esta historia en cuyos secretos reside el origen de la desagracia. Los designios de Dios son un tormento insoportable y en la persistencia de la culpa se concentra la tensión del cuento: «Nuestra fragilidad estuvo atada a cargas ajenas. Y Dios lo consintió» (61).

La insania mental de algunos seres que habitan estos relatos está sugerida y la sutileza para ir desenredando la madeja de la enajenación acompaña al lector hasta que la autora lo deja caer para que se estrelle contra la locura descarnada del personaje. En «Acróbata», asistimos al monólogo de un personaje que va ganando intensidad hasta que este nos somete a su angustia vital: «Entre otras acrobacias he colgado mi mente en el aire» (10). Y desde ese vacío caeremos al horror sugerido en el subtexto del cuento. Es el mismo horror que subyace también en «Atrevido descolado mueble viejo», cuento en el que el narrador protagónico asume que un mueble viejo de su casa lo interpela: «Necesitas un contertulio porque el brother con quien finges conversar es una entidad del vacío. Y lo sabes. Es solo reflejo de tu mísera soledad» (27). Esa conversación con uno mismo, del yo que se piensa otro, es el preámbulo de un cuadro de violencia generado por el encierro de un personaje que imagina a la casa en la que vive como un ente que lo odia. El realismo de la narración deviene alucinación y el tono muta, de manera sutil, hacia la visión enajenada del personaje.

El horror circula como un rumor en estos cuentos. El horror asociado al crimen queda expuesto en «La visita». La historia del cuento tiene como referente un conocido feminicidio ocurrido en un cuartel policial, pero al evitar nombrarlo la cuentista lo transforma en el patrón de una sociedad patriarcal y en un modelo de las conductas misóginas. El feminicida del cuento es portador de una maldad que carece de culpa y que únicamente busca la impunidad y el retrato de ese monstruo cotidiano, cercano, multiplica la sensación de horror que propone el texto. De igual forma, en «El desconcierto», la desaparición del hijo de doña Rosita, genera en Isabel, la protagonista, las sospechas de que el chico ha sido asesinado y de que su cuerpo es la carne del asado que un comerciante está ofreciendo en la fiesta del pueblo. Una narración apretada, sugerente, una intriga cargada de tensión, de final abierto: ¿estamos ante un crimen macabro o ante un cuadro histérico?

El horror también está inmerso en un gesto amoroso que es, al mismo tiempo, un acto de muerte. «Azucena o la melancolía», narrado desde un yo protagónico que se interpela a sí mismo en la persona de un tú, perturba por esa mezcla de compasión y crueldad que se conjuga al momento del crimen. «¿Por qué no comprendiste a tiempo que todo éxtasis es una alucinación?» (20) se interroga el protagonista en un diálogo teatral consigo mismo dentro del relato. La narración sugiere sucesos, actitudes, pasiones. Lo que alguien fue ya no existe más en el cuerpo consumido por la enfermedad. En este cuento perturbador, que conjuga, como en Horacio Quiroga, amor, locura y muerte, el personaje siente que ama en un acto de piedad criminal. La sentencia con la que el protagonista se justifica y perdona, «Azucena, tú y yo vamos a descansar de ti» (22), quedará resonando en la conciencia de los lectores como un eco de lo siniestro.

«Miel de azahares» cuyo núcleo temático reside en lo inicuo de las dictaduras es una historia que combina el amor conflictuado, el sacrificio en nombre de un ideal y la cobardía de aquellos que no se entregan a la pasión que se enciende en sus corazones. La anécdota del cuento parte del tópico del deslumbramiento del hombre mayor, casado y con hijos, por una muchacha que, en este caso, tiene ojos de miel de azahares. La ingenuidad del narrador lo lleva, sin darse cuenta, a delatar a un grupo de jóvenes revolucionarios al que pertenece la joven de la que aquel está prendado frente a un familiar que es un militar que trabaja para la dictadura. Cuando el narrador protagonista descubre el rostro de la muchacha en un cartel que reclama por los desaparecidos del régimen militar, él pregunta, con candidez, ¿qué es un desaparecido? Y un joven le responde: «Es alguien que no está en la muerte, pero tampoco está en la vida» (80). La nostalgia lo acompañará siempre y sin redención posible. Sin embargo, su lamento final carece de remordimiento y solo es capaz de la autocompasión que le provoca la tristeza. «Miel de azahares» es un cuento estremecedor.

En el cuentario, el amor puede ser un sacrificio piadoso o un encuentro cargado de nostalgia. «Sonata» es un diálogo en el que un hombre y una mujer se reencuentran para contarse sus vidas sin ellos y en el que lo que no se expresa en la conversación es conocido por el lector a través de la exposición del pensamiento de los personajes. Lo dicho y lo pensado se complementan para construir una relación que busca una nueva oportunidad para el amor. La palabra no se atreve a decir lo que los cuerpos se dicen en el baile que los libera de sus miedos a la vida. La nostalgia de una canción de Leonard Cohen los une en el instante de vida que se regalan: «Julia y Manuel bailan una sonata, promesa del amanecer después de la vida rota» (46).

Hay cuentos menores que desarrollan diversos tópicos desde perspectivas poco novedosas: la problematización de la vieja militancia política que cede al desencanto y al oportunismo, en términos ya tratados en la literatura («Los compas»), la puesta en escena bastante forzada de un mito clásico en tierras manabitas («Medea»), una visión manida sobre Marilyn Monroe («Gata rubia»), o un tejido enredado sobre un personaje que no entiende aún su transición hacia la muerte (Los reyes dorados).

Cariño malo se cierra con esa nostálgica postal que es «Última mirada a su ventana», un monólogo que nos hace sentir el duelo de la separación de los amantes, con una lluvia que se apaga en la medida en que la ventana va quedando atrás. «Ella se convirtió en fugitiva de mí» (110), dice el narrador mientras se aleja y el silencio lo cubre todo. Un cuento breve que concentra el instante en el que su personaje protagónico evoca la imposible perdurabilidad del amor. Reconocer esa imposibilidad es un momento liberador.

Cariño malo, de Silvia Vera, es un cuentario de narraciones ancladas en evocaciones líricas, que se arman desde un contar que sugiere el entresijo de los dramas de sus personajes; contado con alguna dosis de tremendismo, nos entrega historias que son confesiones en llaga viva de personajes marcados por el horror, la soledad y el anhelo de ser amados.



[1] Silvia Vera Viteri, Cariño malo, (Quito: El Ángel Editor, 2025). Este texto fue leído en la presentación del cuentario el sábado 29 de noviembre en el Centro Cultural Benjamín Carrión, de Bellavista, en Quito, en el marco del XVII Festival Internacional de Poesia Paralelo Cero.

 

lunes, noviembre 24, 2025

«Pánica alegría», el cóctel en homenaje a Ileana Espinel Cedeño


El destello de la sabiduría nos toma por sorpresa, sucede en el poema y se establece en el verso con un sentido del humor cargado de cierta sorna: «Que una mosca divina se ha bebido / el secreto final de las arterias».[1] Hay en la voz poética un anhelo por la permanencia de la belleza inasible en medio de la crueldad del mundo: «La Poesía —su vuelo, sus raíces— / y el universo del Amor que crea […] Infinidad de cosas que adoro —que adorables / mido en silencio—  como / leer un libro puro —puro de fiel belleza— […]».[2] Quiero brindar con Ileana Espinel Cedeño —acompañados los dos por la sabiduría irreverente y dolorosa de sus versos, llenos de nostalgia, de amor y de anhelo de justicia social— con este cóctel creado en su memoria y su poesía.

El pasado miércoles 12 de noviembre, presenté este cóctel con sabor de caña y almendras, perfumado de naranja, en la barra de La Cueva Jazz Bar, en la calle Numa Pompilio Llona # 174 del barrio de Las Peñas, de Guayaquil. La presentación se dio en el marco del XVIII Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño. Un homenaje a la autenticidad de una poeta que dejó sentado, con la fuerza irónica de la libertad romántica, su desdén por las ventajas del matrimonio por conveniencia y prefería la ilusión de la pasión amorosa: «De la raíz más honda del practicismo, brota: / “Ileana, un comerciante… ¡Un comerciante, Ileana!” // Pero Ileana, / la tonta, / la lírica, / la loca / se casa / —si se casa— / con un poeta pobre».[3]

El nombre nació durante un café de mediodía con Siomara España, Marcelo Báez y Karen y Karina Nogales y surgió dándole vueltas al texto de «Valium 10», ese soneto estremecedor de Ileana Espinel que conjuga la dependencia de los fármacos y el canto a los efectos sedantes de la pastilla contra la ansiedad crónica de la poeta. Luego de leer: «Con una Valium 10 tu ser podría / fusionar al ángel de la angustia / y convertir esa sonrisa mustia / en cascabel de pánica alegría»[4], Marcelo recitó en voz alta este último verso, que corresponde al segundo cuarteto, y, como si se tratara de una epifanía, repitió las dos últimas palabras.

 

Cóctel «Pánica alegría»

 

Ingredientes:

1 ½ oz de ron añejo

½ oz de vermut rojo

½ oz de vermut seco

½ oz de amaretto

Un golpe de amargo de Angostura

 

Preparación:

Mezclar todos los ingredientes en coctelera con hielo.

Torcer la tira de cáscara de naranja sobre la copa.

 

Presentación:

Servir en copa de cóctel.

Adornar con una espiral de cáscara de naranja al filo de la copa.

 

            Este cóctel, que vivifica la fiesta caribeña del ron añejo con la reminiscencia entre dulzona y amarga de la almendra, y busca la calma mediante la combinación equilibrada del vermut rojo y del seco, evoca la permanencia de Ileana en la verdad apasionada de la poesía.

Y recuerda que Ileana rememoraba a García Lorca y su poesía que sobreviven a su muerte criminal a manos de los fascistas: «Mientras la luna sea / flor de sueño y de llanto, / serás eterno tú… […] En todo lo que canta y lo que gime, / serás eterno tú…».[5] Y saborea la rebeldía del verso de Ileana a partir de la imagen de las sandalias del Tío Ho: «Canto tu corazón anochecido / en el suplicio del Vietnam libérrimo. / ¡Y escribo por el triunfo de tu Pueblo!».[6] Y comparte con Ileana su amor de memoria inmarcesible por el poeta David Ledesma: «Se llamaba David. ¿Mejor no fuera / llamarlo dulce eternidad que llora? […] Y era su lira como salto de agua / que en la cima purísima se fragua. / Se llamaba David. ¡Se llama Orfeo!»[7]

El cóctel «Pánica alegría» nos invita a la contemplación serena de la felicidad del instante para disipar la angustia de lo prosaico de todos los días, aunque, paradójicamente, nos envuelva en la melancólica fiesta de la poesía de Ileana: «Mi carcajada: / harapo rojo de la nostalgia».[8]



[1] Los versos citados en esta entrada fueron tomados de: Ileana Espinel, Poemas escogidos, Colección Letras del Ecuador No. 77 (Guayaquil: Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas, 1978). A continuación, citaré únicamente el título del poema y la página de esta edición, así: «Sabiduría», 62.  

[2] «Un balance de cosas adorables», 49.

[3] «El practicismo», 33.

[4] «Valium 10», 99.

[5] «Canción para el gitano eterno», 14 y 15.

[6] «Las sandalias de “Tío Ho”», 112.

[7] «Soneto que interroga», 69.

[8] «Tránsito», 61.

 

lunes, noviembre 17, 2025

La fiesta de la poesía celebrada en nombre de Ileana Espinel Cedeño ha cumplido 18 años

El Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño ha cumplido la mayoría de edad. Organizado por la Corporación Cultural El Quirófano, bajo la dirección del poeta Augusto Rodríguez, en su edición XVIII, este 2025 ha contado con el auspicio relevante de la M. I. Municipalidad de Guayaquil. En esta ocasión, el festival, que se realizó del 10 al 14 de noviembre, contó con la participación de poetas de Argentina, Colombia, Cuba, Venezuela, Estados Unidos, Rumania, Taiwán, Túnez y Ecuador.

 

Retrato de familia, en casa de la poeta Siomara España, el lunes 14 de noviembre de 2025.

            Una fiesta de la poesía se celebra con una amalgama de voces diversas que le habla al espíritu de una comunidad. ¿Qué poesía?, se pregunta el argentino Guillermo Bianchi (1970) y nos ofrece un muestrario de posibilidades: «¿la atravesada por el humo? […] ¿la que agita las alas de albatros / que baudelaire dejó sobre cubierta? ¿la que golpea la mesa del burgués? / ¿la que muerde el exilio / con su sangre de buey llena de cólera? / ¿la que anida en el árbol de alejandra? […] ¿la que no dice nada / la que no calla nunca? / ¿qué poesía?».[1] Toda, porque la poesía —la verdadera, la piadosa, la que encierra el espíritu de sus oficiantes— convierte en verbo aquello que estremece el espíritu imposible del mundo y las cosas y los seres que lo habitan.

           

María Auxiliadora Álvarez, Seth Michelson, Khédija Gadhoum, Siomara España y Raúl Vallejo, en la Biblioteca de las Artes, de la Universidad de las Artes, el lunes 10 de noviembre, en el acto preinaugural del XVIII Festival Ileana Espinel Cedeño 2025. 

             Una fiesta de la poesía es un ágape de la palabra compartida. En el Festival Ileana Espinel Cedeño la celebración contó con la cadencia suave y especulativa de lo cotidiano, en los textos de la tunecina Khédija Gadhoum (1959), en cuyo poemario Cuando el hombre se despierta ella dialoga con otros poetas y, así, canta con Chico Buarque: «se extravía / llega y se va volando / tal un canto de golondrina / el hombre peregrino. // allende mares y mareas / surca su palpitante / cuerpo /cuna de lira y lirio / en el lecho de una noticia de ayer. // con sal de viva cal / escribe su nombre / essa palavra presa na garganta / con miedo a la ceguera / y a su propia condena».[2] El rumano Tudor Cretu (1980), que causó admiración en los colegios, nos envolvió en el ceremonial de un «Exorcismo»: «sal / encógete revuélcate chorrea / por mis narices o mejor por mi coronilla / en ese instante / yo bajo un techo lleno de candelabros de bronce / encendidos en pleno día / sonriéndome desmayándome».[3] La cubana Liset Lantigua (1976), que trabaja entre el rumor de los libros de una biblioteca a la que ella le cuida el alma, invoca la posibilidad de revivir los afectos bañada en nostalgia: «Es un espiral nacarado / la casita de alguien que no precisa tanto para volver. / Deja que te acaricie con su brisa de mares / partidos (allá lo navegable). / Préstale al beso tu alma, / la cicatriz luminosa, / todo. / Puede que llore en tu mano, / puede que lama tu sal, / puede que nunca te olvide… / Ama esa certeza» (55).

            Set Michelson (1975) es un norteamericano que trabaja en la defensa de los derechos de las comunidades migrantes en Estados Unidos. Fue el editor de la antología Dreaming America: Voices of Undocumented Youth in Maximum-Security Detention (2017), que reúne poemas, escritos en talleres de poesía dirigidos por él, por adolescentes migrantes indocumentados que están detenidos en un centro de máxima seguridad en EE. UU. Set Michelson leyó «Gracias natural», una hermosa meditación sobre la fusión del ser humano con la naturaleza:

 

Amanecer. Cielo rosado. El sol apenas en el horizonte, comenzando a iluminar un mundo hecho añicos. Al mismo tiempo, un montañista sube de las ruinas. Piso a piso llega a la cima del Monte Ceniza. Allí, sudado, hambriento, sonríe sobre el valle, la panorámica capaz de redimir cualquier espíritu. Y Ceniza, encantado, tiembla con alegría, pero ligeramente, para que todos piensen que es la brisa que hace tiritar las flores. (50)

 

           

Augusto Rodríguez, Fang-Tzu Chang y Amang Hung, en la Biblioteca de las Artes.

             Contemplamos el arte sutil y delicado de la poesía oriental de dos poetas taiwanesas de palabra finamente sugerente. Con su poema «Comiendo pescado», Amang Hung (1964) nos enseñó que al comer pescado uno se alimentaría de los seres que ama, cuyas cenizas han sido arrojadas al mar: «Solo pienso en todos los peces que he comido de ese mar / Cada uno delicioso / Con sus escamas centelleantes / Pero cuando un pez muere, ese destello desaparece, se convierte en carne / Un destello que me encanta comer» (35). Chang Fan Shi (1964) nos habló de la lucha cotidiana por la supervivencia del idioma Hakka, su lengua materna, en un poema que funde la figura de la madre y la resistencia del ser dolido desde la urgencia de su lengua:

 

Mi lengua materna

me besa cada día los labios.

Nunca los ha mordido

¿Por qué lucen tan deslucidos,

por doquier amoratados?

 

¡Ah! ¡Mamá!

Madre afligida.

¡Me duele!

¡Me duele!

Duele…[4]

 

            La colombiana Paula Andrea Pérez Reyes (1983) presentó Réquiem desde la grieta, del que escribí en su contratapa: «Un poemario que es una plegaria por los desaparecidos, por los desplazados, por las víctimas de una violencia sistémica que castiga la pobreza de la gente sencilla y la rebeldía de la disidencia […] Y así, en medio del dolor y la resiliencia, la poesía de Paula Andrea Pérez Reyes es también una plegaria que acompaña nuestros días y nuestra fragilidad». La evocación del hermano que no regresó con vida aquel fatídico 13 de julio de 1994, una víctima más de la violencia en Colombia, que algunos años después desembocaría en los 6.402 falsos positivos acumulados por el terrorismo de Estado:

 

A sus pies descalzos

errantes sobre las promesas de todos mis difuntos.

Aún los escucho y sigo con vida.

Desde el fondo del agua,

a veces alzo mi rostro hacia la superficie,

escucho la voz de mi hermano riendo y diciendo:

somos el país más feliz del mundo.

Desde abajo todo cobra un sentido diferente.

Me cuesta este último verso, una llaga se abre

como la fosa en la que te enterramos.

Somos el país más feliz del mundo. [5]

 

Carlos Béjar Portilla, el poeta ecuatoriano homenajeado, y Augusto Rodríguez, en la Biblioteca Municipal de Guayaquil, el jueves 13 de noviembre de 2025.

Una fiesta de la poesía es también un jolgorio de homenajes. Este año, el Festival rindió su homenaje nacional a Carlos Béjar Portilla (Ambato, 1938), cuyo verso «Los ángeles también envejecen», quedó estampado en la camiseta del Festival. Béjar Portilla, que ha escrito novela, cuento y poesía, mira el mundo con el asombro del ser humano ante su propia obra: «He visto: / la belleza de las piernas de América / en movimientos kinéticos / sobre los escaparates de Broadway […] Hay una inmensa estatua / representando la libertad. / Por dentro es hueca. / El turista-polilla / constituye su sistema circulatorio. / Grandes edificios suplicando / su ración diaria / de aire fresco. / Lo demás no cuenta» (17-18).

           

José Vásquez, Jesyk Valdez, Madeline Durango, David Cruz, del equipo del Festival, María Auxiliadora Álvarez, la poeta homenajeada, Augusto Rodríguez, director del Festival, y Rafael Méndez Meneses.

En el ámbito internacional, la poeta homenajeada fue la venezolana María Auxiliadora Álvarez (1956) que, desde 2023, es profesora emérita de Miami University, Ohio. Su poesía, de verso conciso, con la precisión que demanda el arte de la relojería, la talla primorosa de la palabra deslumbrante: «el pensamiento quiere estar solo / sus animales juegan / como si la belleza escogiera sus instantes» (20). María Auxiliadora Álvarez nos contaba que, viviendo en una comunidad en donde era muy difícil encontrar alguien que hablase español, ella se fue acostumbrando al silencio, a convertir su lengua materna en un lugar de meditación de voces que le hablaban desde lo profundo de sí misma. La poesía es esa llama que calienta el espíritu de la soledad:

 

si te entumece el frío

no te acerques a la parte de la brasa

                                                           convertida en ceniza

allégate al calor

                                    que aún conserve el rastro

                                    de algún sistema circulatorio

porque la ceniza bloquea

                                               ahoga en su propio polvo

                                               y la sequedad que comparte

te asfixiará (19)

 

            Finalmente, esta fiesta de la poesía contó con una multiplicidad de voces locales, que sería muy largo de citar aquí. Algunas, con obra madura; otras, con palabra emergente; todas con el oficio de la poesía atravesado en sus vidas. Augusto Rodríguez (1979), que desde hace dieciocho años saca adelante esta celebración de la palabra, junto a un equipo de jóvenes entusiastas y marcados por los versos, nos muestra la tremenda carga de la poesía que nos consume: «Los poetas salvaguardan su cáliz / pues conocen que las palabras blancas / son inofensivas en la sangre / pero siempre el poema / es una piedra / que crece en el cerebro / del escorpión. / Un pez / un río / un ojo / aletea» (71-72). Y así, para esta fiesta de la poesía, con el cáliz de Ileana Espinel Cedeño hemos celebrado el rito.

 

 


[1] Guillermo Bianchi, El incendio absoluto. Antología personal (Córdoba: Ediciones del Callejón, 2025), 29.

[2] Khédija Gadhoum, Cuando el hombre despierta (Guayaquil: El Quirófano Ediciones, 2025), 29.

[3] Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño, Memorias. Libro de Poesía. (Guayaquil: El Quirófano Ediciones, 2025), 76.

[4] Fang-Tzu Chang, «Hakka», en Sé que has estado aquí, traducción del mandarín al inglés por Zhengwei Chen y del inglés al español por Khédija Gadhoum, (Guayaquil: El Quirófano Ediciones, 2025), 38.

[5] Paula Andrea Pérez Reyes, Réquiem desde la grieta (Guayaquil: El Quirófano Ediciones, 2025), 36.

 

lunes, noviembre 10, 2025

Réquiem por el señor Mushu

Mushu, Quito, 15 de agosto de 2011 - Guayaquil, 6 de noviembre de 2025.

Aún te veo deambular como una calesita enloquecida por toda la casa, aunque ya no estés. Repites tus recorridos sin tregua alrededor de la tertulia familiar, del ágape de la amistad, del horno donde se cuecen los alimentos y sus afectos. Le has dado catorce vueltas al mundo y tu lengüita sedienta es un corazón de perro que se te escapa por la boca. Te estrellas contra las paredes blancas, contra las patas de las sillas, contra los libros que están a ras del suelo; te chocas con el recuerdo de la luz en presente de sombras. Las tinieblas y el silencio a tu alrededor te envuelven en el universo único del día de tu existencia. Tus ojos son canicas extraviadas en la noche perpetua; el silencio te susurra en las orejas tristes como caracol reseco, lejano del mar. No quiero hablar más de aquello que es el deterioro del cuerpo por pudor y por el miedo de imaginarme que a todos habrá de sucedernos en el constante camino hacia la muerte que es nuestra existencia. No quiero detallar cada dolencia tuya. Quiero recordarte con tus ojos saltones e iluminados, con el rabo de molinete revolviendo la felicidad en el destello del instante,  con el júbilo de tus cabriolas alrededor de Aengus —que yace eterno bajo la tierra de Puembo—, con el trotecillo elegante de tu paso sobre el mundo, con la oda a la alegría de existir de tus ladridos exaltados.  Rememorar nuestras caminatas nocturnas sobre el adoquín desolado del barrio, durante la pandemia; el breve rincón donde te ovillabas en la cama matrimonial y tu compañía diaria desde mi sillón de lectura que era tuyo. Y si bien los recuerdos desafían la finitud de todo lo que existe, hoy solo quiero llorarte porque ya no eres tú, aunque seas la memoria que tengo de ti.  ¿Qué dios me alimentó con el fruto del Árbol de la Sabiduría y me dio el poder para decidir el último latido de tu pecho? Vomito el fruto que encierra el veneno del poder de los dioses y me consuelo con la verdad sin remedio: es sabido que toda vida existe con su muerte a cuestas. Esta oración ante tus cenizas, señor Mushu —dragoncito de la alegría, felpudo de pelaje feliz, tarantantán canino sobre la sabana verdecida del jardín—, es la piadosa persistencia de la única eternidad posible: la plegaria del día en que respiramos. Esta escritura oficia el réquiem que acompaña a mi llanto y a mi duelo; es un adiós inevitable por la condición implacable de la naturaleza; pero, también, es la ilusión de la vida que perdura en la evocación del ser que hemos amado.

 

 

lunes, noviembre 03, 2025

Las apuestas críticas de Cecilia Ansaldo


Cecilia Ansaldo Briones, Apuestas críticas. Ensayos sobre literatura ecuatoriana, prólogo, selección y notas de Raúl Serrano Sánchez (Cuenca: Casa Editora Universidad del Azuay, 2025). (Foto: R. Vallejo, 2025).

Ha sido maestra desde siempre y su magisterio en la literatura ha dado frutos en la obra de algunas escritoras y escritores de hoy, entre los que me cuento, y, por supuesto en una infinidad de lectoras y lectores. Anima la fiesta de la lectura y el libro desde su asesoría académica en los contenidos de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Ha difundido las novedades literarias en sus columnas de reseña en revistas y periódicos del país. Y, asimismo, es una voz autorizada y lúcida en el ámbito de la crítica literaria del Ecuador. Me refiero a Cecilia Ansaldo Briones (Guayaquil, 1949), que acaba de publicar una recopilación de sus trabajos críticos con el sugerente título de Apuestas críticas. Ensayos sobre literatura ecuatoriana, un libro que se convertirá en páginas de consulta indispensable para quienes estudian nuestra literatura.[1]

En esta recopilación de los textos críticos de Cecilia Ansaldo encontramos su amplio, acucioso y profundo recorrido sobre el cuento ecuatoriano desde sus orígenes hasta las publicaciones contemporáneas. Los estudios que Cecilia ha llevado a cabo a través de algunos años dan cuenta de una las más completas lecturas críticas de la producción cuentística del país. La mirada crítica incluye una reflexión continua sobre la teoría del cuento, en tanto género literario con identidad propia al marcar distancia con la formulación de Wolfgang Kayser —que decía que este no era un género en sí— y sostener lo contrario: «creemos que es criatura con plena independencia y con tal venerable antigüedad, que la discusión se da —a estas alturas de la ciencia literaria— por descartada». Cecilia, que dice que «el cuento es arte para la sugerencia», lo describe así:

 

Al elegir como material narrativo un suceso, una situación, una experiencia; su estructura descansa en una condensación de elementos que lo vincula a los efectos de intensidad y casi temporalidad pura de la poesía; la organización de estos elementos, aunque no fijada preceptivamente, tiene su carácter propio de asociación y correlación cerrada. (52-53)

 

Un señalamiento obligado para la construcción de nuestro canon lo encontramos en el prólogo de su antología Cuento contigo (1993), en el que rescata del olvido a la escritora guayaquileña Elysa Ayala (1879-1956), cuyas obras desperdigadas en revistas y periódicos no habían sido recogidas antes en ninguna otra antología. Sobre Ayala dice: «… los tres cuentos de ella que he podido leer acusan las más claras características del género cuentístico, y la temática que cultivó en ellos la identifican como escritora en la línea del futuro realismo» (104).

En esta recopilación de los ensayos de Cecilia Ansaldo también encontramos su recorrido por algunos clásicos de nuestro canon que incluye un estudio sobre la faceta de narrador de Medardo Ángel Silva, ahondando en su novelina María Jesús; otro sobre la novelística de Alfredo Pareja Diezcanseco, de quien, además de su extensa obra novelística, destaca el sentido experimental y contemporáneo de Las pequeñas estaturas y La Manticora; un lectura analítica que ilumina el cuento «Chumbote», de José de la Cuadra; una mirada al Jorgenrique Adoum poeta, novelista y articulista; y a la literatura de Rafael Díaz Ycaza. A este último, de quien se conmemora en este 2025 el centenario de su natalicio, le dedica un amplio estudio, de una obra que abarca varios géneros, sobre la que sintetiza lo siguiente: «Poeta buceador del mar, narrador de su ciudad, articulista agudo, estas y otras facetas convergen en Rafael Díaz Ycaza, escritor que ha dedicado toda su vida al indeclinable oficio de volcar en la palabra tanto el testimonio como los sueños, su enorme sensibilidad de hombre solidario así como su necesidad de convertir en ficciones sus constantes luchas con la realidad» (199).

El libro también apuesta por el posicionamiento canónico de autores con una obra producida desde el último tercio del siglo veinte y lo que va del presente. Así, en su ensayo «“Ignívoro volcán” o los fuegos literarios de Jorge Dávila Vázquez» tenemos una visión que engloba la obra prolífica del autor cuencano que tiene en María Joaquina en la vida y en la muerte, una novela excepcional, así como una cuentística de la que Cecilia, que lo llama «un maestro del relato breve» (225), destaca Las criaturas de la noche; además de su obra dramatúrgica, ensayística y poética. Asimismo, encontramos «El Rincón de los Justos: novelas de la marginalidad», un ensayo canónico sobre la novela de Jorge Velasco Mackenzie, en el que, ya entonces, advertía con lucidez: «Esta literatura de la marginalidad enrique el presente literario del Ecuador, pero se acerca a un límite, después del cual los escritores tendrán que encontrar otros derroteros» (245).

La sección se complementa con artículos sobre la novela Sueños de lobos, de Abdón Ubidia, de la que dice: «Nostalgia, desencanto, soledad, contradicción. En Sueño de lobos se cifran los síntomas de una etapa y de un país. Y en mi reciente lectura, aprecio, también, las luchas interiores en el mantenimiento de la masculinidad» (265); también sobre Mientras llega el día, la luminosa novela histórica de Juan Valdano con la que, según Cecilia, «maduraremos hasta aceptar en los términos adecuados nuestro mestizaje, creceremos hacia la construcción de un gobierno justo, abonaremos el terreno necesario para saber quiénes somos a costa de tener claro cómo hemos sido» (278).

Además, sendos artículos sobre La luna nómada, de Leonardo Valencia, y su relación con el conjunto de su obra, de la que concluye que sus textos: «[…] recorren los caminos de mundo: Roma, China, India, las islas Galápagos, La Habana, Guayaquil son los enclaves de ficciones minuciosas, retratadas con los datos necesarios sobre los marcos culturales elegidos» (287); una visión de conjunto sobre la novelística de Ernesto Carrión, de la que señala que «Guayaquil y su amplio y disímil paisaje urbano es la plataforma preferida de sus ficciones […] Guayaquil es un madeja sobre la que se enrollan y desenrollan hilos pretéritos, para crearle un rostro y una identidad, para oírla respirar como un pulmón agitado y abrirle al lector sus verdades acalladas» (290); y, también, sobre tres textos de Marcelo Báez Meza: El gabinete del doctor Cineman, singular y lúdica reflexión sobre cine; El viajero inmóvil, su antojolía poética, y Otra vez Amarilis, una novela de radical juego metaficcional, escrita a partir de una rigurosa investigación literaria y con humor inteligente; de ella, dice Cecilia: «El pretexto [la invención de la vida de Márgara Sáenz, la poeta ecuatoriana que, a su vez, fue inventada como una broma de tres poetas peruanos] deja secuela muy ricas en el trabajo de Báez, vericuetos sugerentes de cómo la vida imita a la literatura, de cuánta ligazón hay entre autores y obras de puntos distantes del planeta, y en la medida en que se acerca al presente, los hechos pueden vincularse cuando hay detrás un demiurgo que los aproxima» (306).

Raúl Serrano Sánchez, a quien le debemos el prólogo, la selección y las notas de Apuestas críticas, dice que, en los años ochenta, cuando él todavía vivía en su natal Arenillas, le pedía a su padre que le comprara la revista Vistazo en sus viajes a Guayaquil. La razón del pedido era su avidez por leer la sección en donde Cecilia Ansaldo comentaba libros de literatura ecuatoriana y latinoamericana, y recuerda, agradecido, de qué manera estos artículos de Cecilia estimularon al lector en formación que entonces él era. Y es que otra labor permanente de Cecilia Ansaldo ha sido la de reseñar las novedades literarias. Además de su columna en Vistazo, Lo hizo también en la revista Tiempo Libre y lo continúa haciendo en su columna de diario El Universo.

Varios textos del arte de la reseña, una escritura que combina el tono de difusión con la profundidad del análisis literario y que Cecilia domina, los encontramos en la sección «Escritoras de lo pequeño y lo grande», en donde comentan libros de Carolina Andrade, «Soy admiradora apasionada de Revista y revuelta (2003), esa colección orgánica concebida como un magazín con historias independientes entre sí» (361); Gabriela Alemán, «Me detengo en el binomio salud-enfermedad [de Humo] que forma parte del núcleo narrativo: la expansión del dolor y de la muerte, como correlato de la guerra también ilustran una capacidad descriptiva elocuente y detallada» (367); Mónica Ojeda, «Nefando es una novela de la oscuridad del ser, una exploración del dolor gratuito, de la sexualidad destructora, de la anarquía que la vida puede seguir teniendo detrás de sus máscaras civilizatorias» (369); Alicia Ortega, «Para el estudioso de la literatura ecuatoriana [Fuga hacia adentro] es una puesta al día de sus asentados conocimientos de un siglo de novela de nuestro país, pero llevándolo de la mano a que haga conexiones y a que integre lo fragmentario del listado de obras y autores, a una visión macro de la historia y los procesos de desarrollo político-sociales del Ecuador» (372); María Fernanda Ampuero, «Fernanda da testimonios [en Sacrificios humanos]. Cuenta sobre su infancia —cuántas niñas y muchachas entre su humanidad literaria—, sobre su familia y barrio, sobre su experiencia migrante y su militancia feminista» (376); Solange Rodríguez, «Otra vez me atrapa la lectura de un buen libro de cuentos [El demonio de la escritura], otra vez son 13 y por repetida ocasión es de una escritora guayaquileña a quien le tengo viva admiración» (379), y Natalia García Freire, «Impresiona el suave pero firme estilo de la escritora para crear un tejido de palabras cargadas de hálito poético y capaces de levantar un copioso simbolismo con reminiscencias clásicas y bíblicas [Nuestra piel muerta]» (382). En este punto destaco el acierto de juntar en este capítulo, la amplia y estimulante visión de Cecilia Ansaldo sobre la literatura actual escrita por mujeres.

En muchos de sus trabajos críticos, Cecilia Ansaldo ha privilegiado la perspectiva feminista para iluminar las obras literarias y ha desarrollado una certera pedagogía para sensibilizar y concienciar a sus lectores al respecto. En su ponencia «Una mirada “otra” a ciertos personajes femeninos de la narrativa ecuatoriana» (1995), explica con claridad algunas premisas generales de la ginocrítica, entre las que cito tres: «[1] El análisis literario no puede ser neutral: es un análisis político que saca a la luz las prácticas del sexismo para concientizar sobre su erradicación. [2] La ginocrítica cuenta con la separación sexo y género y sostiene que toda escritura-lectura está marcada por el género. [3] El apoyo interdisciplinario para el análisis feminista también debe salir de unas ciencias humanas feministas […]» (115).

La ponencia citada arriba analiza el tratamiento que los escritores han dado a los personajes femeninos en La emancipada, de Miguel Riofrío; Cumandá, de Juan León Mera; A la Costa, de Luis A. Martínez; Débora, de Pablo Palacio; La Tigra, de José de la Cuadra; y Baldomera, de Alfredo Pareja Diezcanseco, y, luego de un minucioso trabajo textual, concluye, entre otros puntos: «Que los personajes femeninos que emergen de las obras de los primeros narradores de nuestra literatura no son auténticos personajes de ruptura, a pesar de las intenciones de sus autores. Cada uno de ellos ha sido víctima […] de una reducida, equivocada o simplísima concepción de lo femenino, que los llevó al fracaso o a la muerte» (132). Lo que no significa desconocer el valor literario de las obras mencionadas, pero sí señalar las limitaciones de los prejuicios de su época en la visión sobre la situación de la mujer en la sociedad.

            En el prólogo de Cuentan las mujeres. Antología de narradoras ecuatorianas (2001), Cecilia Ansaldo reflexiona sobre la necesidad de posicionar la literatura escrita por mujeres en el seno de una sociedad patriarcal y, con lucidez, plantea que «hay un grave riesgo en la agrupación excluyente de sus obras que consiste en dar la imagen de que las autoras escriben sobre asuntos de mujeres y para mujeres […] que lo universal es masculino […] y que lo femenino se centra en campos tan específicos, tan particulares, que esa perspectiva no es transferible a las vivencias de lo humano» (139). Pero, superado el riesgo, la apuesta por una antología de escritoras es, tanto en su momento como ahora, una necesidad crítica para entender las propuestas literarias de hoy en toda su extensión. En Cuentan las mujeres, Ansaldo combina el género de sus autoras con las propuestas estéticas de sus cuentos y, así como en 1993, ella nos descubrió a Elysa Ayala, en esta antología de 2001, la crítica apuesta por la voz nueva de Solange Rodríguez (1976), la más joven de las antologadas, que hoy es una presencia indiscutible de nuestra narrativa.

            La apuesta de Cecilia Ansaldo por la literatura escrita por mujeres incluye, en esta colección de ensayos, dos trabajos académicos de primer orden. El uno, que cierra este libro, es «“Finjamos que soy feliz”: recado de Sor Juana a Juan León Mera», que fue su discurso de ingreso como miembro correspondiente a la Academia Ecuatoriana de la Lengua, el 4 de marzo de 2015; en él, como en una tertulia literaria, Cecilia hace observaciones precisas al trabajo pionero de Mera sobre Sor Juana, que ella pondera, de tal manera que la lectura de la tradición crítica gana en profundidad. El otro es «De la voz armoniosa y profunda: mujer y poesía en la obra de María Piedad Castillo de Leví y Aurora Estrada I Ayala», que fue su discurso de ingreso como miembro de número a la AEL, para ocupar la silla H, el 7 de julio de 2022. Cecilia analiza la poesía de las dos escritoras, ubicada en la tendencia del Modernismo, y, al señalar el poco conocimiento que se tiene sobre la obra de ambas, confronta a la tradición crítica: «He llenado tardíamente mi propio desconocimiento de la literatura con sus obras y culpo a la ceguera de los historiadores, al egoísmo de los críticos y tal vez, peor, a la proverbial misoginia de los estudios literarios. ¿Por qué sus nombres no afloran junto a los modernistas que en las listas se agostan con la Generación Decapitada?» (401-402).

            Esta recopilación se cierra con una sección en la que se extiende el espacio de los ensayos hacia lo iberoamericano: un ensayo sobre José Martí, en la celebración del sesquicentenario de su natalicio, de quien dice que «fue un intelectual y un prócer, un artista y un activista político. Fue, en pocas palabras, un ser humano extraordinario» (435). Y, no podía faltar, una exquisita reflexión sobre El Quijote, del que Cecilia es una lectora especializada, a partir de los objetos simbólicos del hombre de La Mancha: aquellos con los que se arma como caballero, y aquellos otros que dan paso a las aventuras, como la bacía que por fantasía del Quijote se convierte en el yelmo de Mambrino y otros; también aborda la cuestión de los lectores que existen en la novela de Cervantes y, sobre todo, el juego metatextual que ocurre en la segunda parte: «Creo que en esta elección —de las infinitas que le suponen a un narrador componer una novela— Cervantes lleva el objeto libro a la cumbre de sus capacidades de objeto de arte y cultura: es medio de representación, ingresa a la vida concreta como entretenimiento, enseñanza y simbolización; al desprevenido lector, engaña; al ágil y dialogante, revela y completa. Libro fetiche, libro caja de Pandora, libro que abre cuevas con otra clase de mundos» (455).

            He dejado para el final, por modestia y pudor, la mención del capítulo que Cecilia dedica a mi literatura: desde la aparición de Solo de palabras (1992), pasando por Acoso textual (1999), un estudio general sobre la presencia de lo erótico en mi narrativa, El alma en los labios (2003), El perpetuo exiliado (2016), hasta Gabriel(a) (2019). En este punto, solamente me queda agradecer a la crítica, con emoción y afecto, por la lectura generosa con la que ha acompañado el desarrollo de mi obra.

            Apuestas críticas. Ensayos sobre literatura ecuatoriana, de Cecilia Ansaldo Briones, es un libro que estábamos esperando con ansia en el campo de los estudios literarios, por cuanto reúne los textos fundamentales, que hasta hoy habían aparecido de manera dispersa, de una estudiosa cuyo nombre es referencia obligada en el mundo académico. Y, no está por demás decirlo, las apuestas críticas de Cecilia Ansaldo Briones son de referencia imprescindible en nuestra tradición crítica, así como una contribución indiscutible a la difusión de la literatura ecuatoriana.


[1] Cecilia Ansaldo Briones, Apuestas críticas. Ensayos sobre literatura ecuatoriana, prólogo, selección y notas de Raúl Serrano Sánchez (Cuenca: Casa Editora Universidad del Azuay, 2025). El cuidado de la edición estuvo a cargo del poeta Cristóbal Zapata.