José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, septiembre 21, 2026

Inteligencia artificial y escritura literaria: ¿apoyo, coautoría o rendición de la palabra?

«Quizá debamos regresar a lo básico, a la época de la máquina de escribir […]» (87) (Foto: R. Vallejo, 2026)


No sé si se acuerdan, pero, recientemente, en mayo de este año, se armó un breve escándalo a escala mundial cuando la premio nobel de literatura Olga Tokarczuck declaró que había utilizado inteligencia artificial generativa, IAG, para escribir su novela Świata jest za dużo (Hay demasiado mundo), cuyo lanzamiento está previsto para este octubre. Durante un evento en su Polonia natal, Tokarczuck comentó: «
Frecuentemente, solo le pregunto a la máquina: “Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?». Ante la avalancha de críticas, finalmente, Tokarczuck distribuyó un comunicado de prensa en el que, básicamente, se retractó: «Ninguno de mis textos, incluida la novela que se publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de la inteligencia artificial». Sin embargo, el daño de la sospecha sobre cuánto de IA hay en su novela de próxima aparición está hecho y su confirmación ha quedado pendiente pues, seguramente, será sometida a detectores de presencia de IAG en su escritura.

            En el otro extremo, Jorge Carrión, en su charla magistral del 16 de septiembre en la FIL Guayaquil 2026, nos comentaba sobre su experimento titulado Los campos electromagnéticos (2023), cuya autoría está compartida por él, el Taller Estampa y ChatGPT 2 y 3[1]. El título se inscribe en la tradición del surrealismo y el experimento de André Breton y Philippe Soupault sobre la escritura automática que produjo Los campos magnéticos (1920). El experimento es el de la co-escritura humana con aplicaciones de IA. Al final, el propio Carrión, a pesar de un prólogo entusiasta sobre esta colaboración del humano con la IA, reconoce que «Todavía no son capaces de escribir artificialmente literatura: su estilo nos parece pobre, inconexo, surrealista». Leonel Cescut, en una reseña sobre Los campos electromagnéticos, concluye que «La IA, al menos en el campo de la escritura, se encuentra en construcción. No podemos hablar de un «aprendizaje automágico» pero sí de una convivencia».

            Por su lado, Marcelo Báez Meza, atento siempre al debate contemporáneo, ha publicado Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026). No hay la insinuación de la premio nobel sobre el uso de la IA para su escritura ni el experimento colaborativo con la IA de Carrión y los técnicos. Hay un radical punto de partida: en la escritura de este libro el autor expone, con la libertad natural del ser humano, una escritura propia sin intervención de la IA, lo que le permite procesar información sobre el tema, analizar posturas al respecto y construir propuestas sobre el uso de la IAG en la escritura literaria. En palabras de su autor, este libro «es una reflexión del impacto de la IAG en la literatura a partir de la mirada de quienes leen y escriben literatura».[2] De lo que se trata es de mantenernos humanos, a pesar de la IAG. Más adelante dice: «Un territorio deshumanizado sería el conformado por escritores que son ingenieros de prompts, dadores de instrucciones, editores de textos de la IAG o usuarios que eligen alternativas». (24)

            Báez señala, como base de lo que será su planteamiento, algo que debemos tener claro todos: «El chabot (llámese ChatGPT o Claude) plagia, roba, capta, remezcla y recontextualiza todo lo que encuentra en línea. Es una nueva forma de apropiación» (14). Yo diría, directamente, que es una nueva forma de piratería. Todos los LLM (Large Language Model o modelo de lenguaje grande) han sido entrenados con miles de millones de textos sin reconocer un centavo de derechos de autor a nadie: se han apropiado del saber de la humanidad para usufructo de una corporación privada. Báez expone que la absorción de información ha adquirido un cariz siniestro muy parecido al planteamiento de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y ejemplifica con el caso de la compra de millones de libros de segunda mano, por Anthropic para entrenar a su IA Claude, a los que guillotinó el lomo, digitalizó y luego destruyó. Ante las demandas que fueron planteadas, la justicia determinó, en medio de un vacío legal, que no era ilegal destruir libros comprados para ser digitalizados. Sin embargo, Anthropic, avaluada en 965.000 millones de dólares, llegó a un acuerdo para indemnizar por 1.500 millones a unas 500 mil obras elegibles, dado el plagio de su información.[3]

             Si por principio la IAG es un agente pirata que se ha apropiado del saber de la humanidad, que está privatizando la memoria humana para entrenar a sus Modelos de Lenguaje Grande, aquello de co-escribir un texto literario con la IAG resultaría una normalización del plagio. Equivale a contribuir a lavar los actos de piratería intelectual de la IAG: es como si compartiésemos un taller literario con algún nieto o nieta de Vito Corleone quien, olvidado de cómo se inició la fortuna familiar y ya sin los apremios económicos de quien tiene que trabajar por un salario mensual, se dedica a la poesía.

            Es un gran acierto, para entender la magnitud del problema actual, la cita que Báez nos presenta como ejemplo de anticipación The Great Automatic Grammatizador (1961, «El gran gramatizador automático»), de Roald Dahl (1916-1990). Cuenta la historia de Adolf Knipe, un ingeniero que quiere ser escritor e inventa una máquina con dos componentes: la memoria de las palabras y la memoria argumental. De lo que se trata es de sobresaturar el mercado y hacerse ricos y famosos. Báez concluye: «La sobresaturación de catálogos con textos producidos en serie, las demandas de autores contra empresas que entrenaron sus modelos de lenguaje sin autorización, y la pregunta que Dahl deja abierta sobre si un lector puede distinguir (o si le importa o no) las diferencias entre un texto escrito por inteligencia natural y uno redactado por IA». (47)

¿Cuál es el valor para la literatura la producción de una entidad que trabaja bajo el nombre de Carol Hart y autopublica 200 novelas al año? ¿O el valor periodístico del libro de entrevistas de la mexicana Yuriria Sierra, Charlas imposibles (y urgentes) en el siglo XXI, publicado por Editorial Aguilar, del grupo Penguin Random House, en el que, básicamente, entrevista a personajes históricos y la IA le responde como si fuera cada uno de ellos? En ambos casos, estamos, sin eufemimos, ante fraudes de escritura. No obstante, Báez ejemplifica con El día en que un ordenador escribe una novela (2016), de Hitoshi Mutsubara, y 1 the Road (2018), de Ross Goodwin, ambas escrituras de IAG a partir de proyectos experimentales. Leí unas pocas páginas de la segunda y me ha bastado para saber que prefiero leer con una visión madura On the Road (1957), de Jack Kerouak, antes que las 200 páginas de lo que recoge una cámara conectada a un automóvil sobre el paisaje, los pueblos, fragmentos de conversaciones, etc.

En lo personal, no estoy interesado, más que con el interés natural sobre una novedad tecnológica de actualidad, en leer literatura producida por o con ayuda de la IAG como tampoco me interesa escuchar la música generada por la IAG y mucho menos participar de las tendencias mundiales como las aparentemente inocentes caricaturas que resultan de entregarle información sobre nuestro rostro, nuestros gustos, nuestras enfermedades o entorno familiar a las IAG.

            En esta era de la IA, Báez propone para quienes escriben un Nuevo Borges «quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos». Mediante un juego creativo, Báez habla del escritor cyborgiano como un gran curador de información, un Borges 4.0 que escriba como lo haría una máquina —aunque sea, justamente, lo que un escritor no debería hacer—; un Borges Recargado, que supere el mito romántico de la originalidad y que utilice la IAG como «un espejo aumentado de su propia mente» (84). Báez concluye que la colaboración en el acto creativo puede ser productiva solo si «la IAG se mantiene al servicio de la visión artística y no como un reemplazo de la creatividad humana». (86).

Báez cita «La sensación de poder» de Isaac Asimov, que cuenta la historia de un individuo experto en cálculo mental, en una época en que la mínima operación matemática se hace por computadora, que posibilita la invencion de la ciencia Grafítica. Así, se construyen naves espaciales más livianas por cuanto ya no cargarán con pesadas computadoras sino con individuos que harán las operaciones con cálculo mental. Esto lo lleva a Báez a olvidarse del cyborges, por un momento, y plantea volver a lo básico: «Los escritores deberíamos hacer lo mismo: volver al lápiz y al papel, volviendo a confiar en la mente; regresar a la letra manuscrita, al diario, a las notitas, al cuaderno de anotaciones, a las ensoñaciones, al acto de escribir mentalmente nuestros relatos antes de escribirlos en la computadora». (88)

En el último fragmento del libro, Báez plantea que hay necesidad de redefinir la relación del ser humano con la tecnología: «Esto implica establecer límites, desarrollar marcos éticos y legales que protejan el trabajo de los creadores, y sobre todo, reafirmar la importancia del escritor como figura central en la producción cultural» (92) Quedan abiertas las preguntas para una conversación que demanda continuidad: ¿Quiénes deben desarrollar los marcos éticos y legales? ¿Hay voluntad institucional, es decir, política, para que el desarrollo de la IAG dé prioridad al bien colectivo antes que al afán de lucro de las corporaciones tecnológicas? ¿Cuáles serían las normas básicas para tales marcos?

Y si ya no se va a escribir de manera natural, sino solo con IAG porque así lo exigirá el mercado editorial, aún tengo, como en un reducto de resistencia cultural, una biblioteca de más de dos mil libros escritos por seres humanos apasionados por el lenguaje que aguardan lecturas y relecturas.

Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026), de Marcelo Báez Meza (Guayaquil, 1969), escrito con la fluidez de la prosa pedagógica, es una reflexión informada, acuciosa y profunda sobre el carácter de la escritura creativa y el grado de intervención de la inteligencia artificial que estaríamos dispuestos a permitir en aquella. Con claridad argumentativa, Báez nos interroga sobre la necesidad de señalar los límites y diseñar el marco ético para el uso de la IA, y la urgencia de volver a poner a quien escribe en el centro del proceso creativo.

 

La del estribo

 

Borges concibió la Biblioteca de Babel como un universo compuesto por hexágonos infinitos donde se albergan todos los libros posibles. Esa biblioteca ya estaba disponible en Internet y ahora es parte del acervo de las diversas plataformas de IAG. Propongo la creación de un Nuevo Borges quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos. El escritor cyborgiano (la IA es incapaz de crear un neologismo así) debe utilizar los sistemas de inteligencia artificial como extensiones cognitivas para procesar volúmenes de información que ningún cerebro humano podría abarcar por sí solo. Es el Gran Curador. (81)

 

La clave para preservar la creatividad humana es mantener el control sobre la herramienta. Hay que desarmarla, como lo dice León XIV en su encíclica, pidiendo que custodiemos lo humano contra el paradigma tecnocrático que hace «parecer justa y normal una visión antihumana». La IAG no debe tomar decisiones creativas por sí sola  ni definir una obra sin la intervención de un artista. La colaboración entre humanos y máquinas puede ser productiva, pero solo si la IAG se mantiene al servicio de la visión artística, y no como un reemplazo de la creatividad humana. (86)

 

Mariella Manrique, Marcelo Báez y Raúl Vallejo, en la FIL Guayaquil, el viernes 18 de septiembre de 2026, después de la presentación de Este libro no fue hecho con inteligencia artificial



[1] GPT, acrónimo de Generative Pre-trained Transformer (Transformador Generativo Pre-entrenado).

[2] Marcelo Báez Meza, Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (Quito: Academia Ecuatoriana de la Lengua, 2026), 11.

[3] Renzo González, «¿Por qué Anthropic destruyó millones de libros para entrenar su inteligencia artificial?», en Infobae, 01 de septiembre de 2026, acceso 17 de septiembre de 2026.

lunes, septiembre 14, 2026

«Los amantes de Sumpa»: el amor en el instante de su breve esplendor para escarnio del Tiempo sanguinario que lo devasta todo

Los amantes de Sumpa, sitio arqueológico. (Foto: Raúl Vallejo, 2026)

In memoriam Iván Carvajal (San Gabriel, 1948 – Quito, 2026)

 

            Frente a la osamenta se tiene la ilusión de que el amor de los seres humanos perdura sobre el tiempo. Después de todo, diez mil años más tarde, los huesos que se acogen mutuamente en un abrazo yacen ante nosotros como el mudo testimonio de lo que imaginamos que es la perdurabilidad del amor a través del tiempo. Pero son solo huesos y el amor que los juntó en el abrazo para la eternidad de la muerte ya no existe más: «morir perseverando en el abrazo / vano triunfo del amor por sobre el Tiempo» (15).[1] Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal (1948-2026), es una bella y filosófica meditación, compuesta por diecisiete fragmentos, sobre la existencia del amor en el instante de su esplendor sin pretensión de eternidad, pues es imposible que trascienda en el Tiempo.

            El Tiempo —llamado tirano sanguinario por Shakespeare en su Soneto XVI, cuyos dos primeros versos son el exergo del poema— está instalado en el poema desde la primera contemplación de los huesos: «Diez mil años conta la sal perdura / tendido el abrazo que la tierra protege del deseo» (1). La pareja del presente, cuyo amor será consumido por el Tiempo, contempla los huesos de la pareja de pasado, de cuyo amor solo quedan huesos. Más adelante, el hablante lírico insistirá en la condición efímera del ser humano frente a la eternidad del tiempo; si bien los restos son testimonio de la presencia humana un centenar de siglos atrás, también son canto inasible y huellas que se desvanecen: «huésped de paso / deja en la casa el canto / tu huella en las arenas». (7)

            Hay un gesto: es el abrazo y en él se ancla la resistencia de la pareja al paso del tiempo. La realización del amor de la pareja perdura en el abrazo como gesto, pero el sentimiento que envolvió el gesto y le dio sentido se ha desvanecido con el tiempo: «despojados de rictus y de máscaras / sólo huesos» (2). Pese a su condición de huesos, la materialidad última del ser humano, el amor parece estacionado en el gesto del abrazo ante los ojos azorados de quienes contemplamos las osamentas: «¿qué lejana huella / de la pasión aún provoca?» (3). La ilusión de eternidad que nos provocan los huesos abrazados es confrontada y destruida por la contundencia de estos dos versos: «ya nada puede el sueño de perpetuidad / aún si los cuerpos al abrazo se aferran». (5)

            Los huesos son un motivo persistente: nada queda de la pasión de los amantes, sino los huesos: esa materia sin sentimiento, apenas unos restos que cobran sentido en la imaginación de quien los observa. La pareja que contempla los restos se enfrenta a su propia finitud y toma conciencia de la condición precaria del amor, de su amor. Así, del afecto, del deseo, del amor, de la sexualidad, queda la idea. El hablante lírico expone la paradoja: ya no existen los seres que se amaron, pero el gesto del amor permanece en los huesos que contemplamos: «diez mil años la tierra escuda / al efímero gesto». (10) La pareja que contempla los huesos, más adelante, quiere inútilmente imitar a la pareja milenaria: «morir perseverando en el abrazo / vano triunfo del amor por sobre el Tiempo». (15)

            Los huesos de la pareja son cubiertos de humanidad. La voz poética les insufla sexualidad a los huesos: «sexo de mujer / abierta boca del mundo […] y el sexo masculino / báculo de la ceremonia» (12). El fragmento tiene una sucesión de imágenes hermosas para describir la sexualidad de aquellos huesos que están en contemplación. Hacer de los huesos seres humanos vivos, dotándolos de sexualidad, es parte de la conmovedora tesitura de un poema que para vencer la desolación radical que provoca la muerte recurre el tópico del carpe diem como una manera de burlar la fugacidad ineludible del tiempo.

            El pesimismo existencial del ser para la muerte responde a la constatación irrefutable de que la vida es efímera: «el tiempo humano es vértigo / de instauración / destrucción / ya nos devastará del todo el Tiempo» (16). Si bien el soneto XVI de Shakespeare pertenece al ciclo de la procreación en el que, frente a la fugacidad de la existencia, la procreación es la única posibilidad de confrontar al Tiempo, en el poema de Carvajal no hay esa salida para la pareja porque no hay trascendencia: al final, tan solo huesos. El hablante lírico ya no habla de los amantes de Sumpa ni de sus osamentas; habla de una pareja de la que forma parte y reconoce lo que todos tenemos que aceptar: «iremos uno y otro / a las arcanas sospechas de la muerte» (16). Hoy, como ayer, el amor, el abrazo, el cuerpo, la belleza: todo será devastado por el Tiempo.

            Sin embargo, basta el breve instante del gesto. La realización erótica de la pareja vence al Tiempo en el instante del éxtasis. El hablante lírico se aleja de la contemplación de los huesos para verse a sí mismo y a su pareja como los protagonistas que tienen la posibilidad de burlar al tiempo, siempre que logren vivir la plenitud del amor en su momento y abandonen el anhelo de eternidad: «bien puede el Tiempo arrasar y ser perverso / logrará acabar con tu amor y con mi cuerpo / mas qué importa si ya la rosa vivió su esplendor». (17)

            En Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal, un poema canónico de nuestra lírica, los huesos que contemplamos son testimonio de un amor que fue, pero que ya no existe porque los cuerpos que amaron ahora son solo huesos; sin embargo, el gesto del abrazo, renunciada la vana ilusión de trascendencia y eternidad, es el signo del triunfo del amor que tuvo lugar en la brevedad de aquel abrazo. Para escarnio del Tiempo, somos seres de existencia que perdura en el instante.

 

 

La del estribo

 

(Foto: Raúl Vallejo, 2026)

2.

 

diez mil años

el abrazo defiende

al agónico gesto

contra la afrenta del óxido

con que el Tiempo conspira

 

despojados del rictus y de máscaras

sólo huesos

                        fémur del hombre

sobre pelvis de mujer

 

y sobre el húmero

dura reposa la calavera

                        en el abrazo yerto

 

 

El sitio arqueológico de la cultura Las Vegas, en la provincia de Santa Elena, en la costa del Ecuador, demuestra la presencia humana diez mil años atrás. Los restos óseos fueron hallados por la arqueóloga, doctora Karen E. Stothert. Entre varios enterramientos, se encuentra el de la pareja conocida como los amantes de Sumpa; al enterrarlos, colocaron sobre los cadáveres unas piedras que aún pueden verse en el hallazgo. Sumpa era la palabra precolombina para punta, y así se conocía la región que hoy se llama la puntilla de Santa Elena. La guía nos dijo que la colocación de las piedras se hacía para proteger a los muertos de los malos espíritus.


[1] Iván Carvajal, Los amantes de Sumpa, editor Alfonso Chávez Jara, ilustraciones de Marcelo Vásconez (Quito: Colección VivaVida, 1983). Las páginas de esta edición no están numeradas. El número que consta entre paréntesis al lado de cada cita textual corresponde al del fragmento respectivo.

 

lunes, septiembre 07, 2026

En torno a las míticas amazonas del río

Grabado de Theodore de Bry sobre las mujeres guerreras del Amazonas, 1599. (Wikimedia Commons)


Pocas semanas atrás, las conversaciones giraban en torno a la Odisea, de Homero, y la versión cinematográfica según Christopher Nolan. De pronto, la mitología griega volvió a ganar un espacio en la conversación cultural, lo que llevó a relecturas de la literatura griega y nuevos debates sobre la vieja discusión de las adaptaciones que hace el cine de las obras literarias. La libérrima versión de Nolan me hizo extrañar a las amazonas, puesto que sus características tienen epicidad cinematográfica. Recordé, entonces, la Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana, escrita por fray Gaspar de Carvajal, en 1542. La relación fue incorporada por Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, publicada por primera vez en 1851. En 1894, la relación de Carvajal se publicó como texto independiente, en Sevilla, con un estudio introductorio del académico chileno José Toribio Medina y «otros documentos referentes á Francisco de Orellana y sus compañeros».

En la relación, utilizada por Orellana para reclamar títulos y propiedades ante el Consejo de Indias sobre el entonces llamado Río de Orellana, fray Gaspar de Carvajal da testimonio de las vicisitudes que padecieron Orellana y sus hombres en la búsqueda de El Dorado. El propio Carvajal perdió un ojo en unos de los tantos combates de la travesía, en la que se toparon con mujeres guerreras que reconoció como las míticas amazonas a las que venció Aquiles. Sin embargo, no es ni en la Ilíada ni menos en la Odisea en donde se cuenta este duelo, sino en las Posthoméricas, de Quinto de Esmirna, (c. III y IV d.C.), que narra el final de la guerra de Troya, incluida la estratagema del caballo urdida por Odiseo.

El combate de Aquiles contra Pentesilea, que comandaba una escuadra de doce amazonas, y que había prometido vencer a Aquiles en nombre de los troyanos, ocurre en el primer capítulo de las Posthoméricas. Así describe Quinto de Esmirna la valentía de aquellas guerreras: «A las Amazonas, en cambio, desde un principio les agradaron el inexorable combate, la equitación y cuantas tareas ocupan a los hom­bres; por ello siempre aflora en ellas un ánimo belicoso y no son inferiores a los hombres, ya que ese adiestramiento ha acrecentado la gran fuerza de su ánimo y les impide a sus rodillas temblar».[1] Una vez vencida Pentesilea, Aquiles se acerca a su cadáver, le quita el casco y se extasía ante la hermosura de su rostro, a pesar de la muerte, lo que lo lleva a un arrepentimiento momentáneo: «Aquiles sentía sin cesar gran tormento en su corazón, por haberla matado y no habérsela llevado como su divina mujer a Ftía, de hermosos potros, ya que por su talla y su belleza resultaba ella intachable e igual a las inmortales». (94) No sé cómo Nolan dejó escapar una escena de este calibre emocional.  

             El dominico, para quien los pueblos originarios y la naturaleza eran una misma cosa a la que había que conquistar, describe la aparición de una docena de guerreras que guiaban en el combate a los aborígenes. Por el testimonio de los propios indios, Carvajal da cuenta de estas mujeres como un pueblo de guerreras a quienes sus vecinos rinden tributo, que no admiten hombres en su aldea y que son diestras en el manejo de las armas: «Estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto á la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en Ias manos, haciendo tanta guerra como diez indios; y en verdad que hubo mujer de éstas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines, y otras que menos, que parecían nuestros bergantines puerco espín».[2] Imbuido en la tradición clásica y en esa mirada sobre lo maravilloso que resultaba el mundo que iban descubriendo, fray Gaspar de Carvajal no duda en identificar a estas mujeres guerreras como amazonas.

López de Gomara, que no conocía la crónica de Carvajal, pero sí el testimonio de Orellana ante el Consejo de Indias se burla de la identificación de estas guerreras como amazonas: «Entre los disparates que dijo fue afirmar que había en este río amazonas, con quién él y sus compañeros pelearan. Que las mujeres anden allí con armas y peleen, no es mucho, pues en Paria, que no es muy lejos, y en otras muchas partes de Indias lo acostumbraban…»[3]. Ciertamente, no eran las mitológicas amazonas, pero sí mujeres guerreras que se destacaban, de forma particular, por su destreza en el combate. En fin, que siempre hay un aguafiestas que arruina con la puntillosa racionalidad una buena historia que mezcla ficción y factos.

Lo realmente maravilloso, parodiando a Alejo Carpentier, radica en que, pese a todo, el río no se llama Santa María de la Mar Dulce, como originalmente lo nominó Vicente Yánez Pinzón, que lo descubrió en su desembocadura al Atlántico, en febrero de 1500, o Marañón, según decían era el nombre del marinero que lo avisó, o río Grande, como le dice hasta el propio Gaspar de Carvajal, o río de Orellana, como Carvajal y el adelantado Orellana que, en 1542, lo navegó en toda su extensión por primera vez, desde su nacimiento hasta su desembocadura, hubieran querido que se llamara.

Al final de la navegación histórica, el río Amazonas se llama así en honor a las guerreras de los pueblos originarios, que, según los cronistas, gobernaban en alguna parte del territorio al que los españoles se referían como El Dorado. Aquellas mujeres guerreras fueron nominadas por una evocación clasicista a las míticas amazonas comandadas por Pentesilea, aunque, más allá de la conjetura mitológica, las guerreras ejemplares de las que habla fray Gaspar de Carvajal existieron con naturaleza e historia propias. Y el río de las Amazonas nos lo recordará por siempre.

 

El descubrimiento del río Amazonas, de Oswaldo Guayasamín, (1960), en el Palacio de Carondelet. (Instituto Municipal de Patrimonio). El mural desarrolla una visión hispanista sobre la épica del descubrimiento combinada con la presencia indígena, definida desde la heroicidad del sacrificio, nociones que apuntalan el proyecto cultural del país mestizo y que ratifican la cohesión nacional alrededor de la idea de la patria amazónica. El poema de Aurora Estrada i Ayala está en la misma línea discursiva. 

 

La del estribo

  

PIONEROS:

 

De acá, de la Quito Andina,
alzada como un nido de cóndores junto al Pichincha heroico, hombres
de nuestra taza, hace más de cuatrocientos años,
partieron junto a Orellana, en la expedición de Pizarro,
para buscar una ruta a España.
Frágiles embarcaciones aborígenes nuestras descendieron entonces por el Napo,
i en el laberinto esmeralda del bosque,
sobre el encaje de espumas de las ondas rápidas,
luchando con la muerte entre el millón de curvas del río,
tras días que pasaban como siglos
hallaron el GRAN RIO…
Abríase como un mar frente a los descubridores…
Tendíase inmenso como el manto brillante de un dios shiri,
el Amazonas único,
el Río Rei de nuestra América india,
al que como Monarca le daban su tributo todos los ríos de nuestro Oriente.

Por eso nuestro iris flameó sobre la cuenca amazónica.
Por eso cuatrocientos años dieron a nuestra Patria su dominio.
Por eso cuatrocientos años fueron el Arca de la Esperanza ilímite,
fulgiendo en las arenas doradas de sus ríos,
en la riqueza de su flora,
en el esplendor de su tierra
i en la maravilla del paisaje!

 

Aurora Estrada I Ayala, «Pioneros» (extracto), en Isabel Ramírez Estrada, Aurora Estrada I Ayala, Estudio Biográfico-Literario y Antología, t. II, Letras del Ecuador No. 27 (Guayaquil: Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas, 1976), 87-88.



[1] Quinto de Esmirna, Posthoméricas [c. IV d.C.] introducción, traducción y notas de Mario Toledano Vargas (Madrid: Editorial Gredos, 2004), 85.

[2] Gaspar de Carvajal, Descubrimiento del río de las Amazonas [c. 1542], estudio introductorio de José Toribio Medina (Sevilla: Imprenta de E. Reascos, 1894), 60.

[3] Francisco López de Gómara, Historia general las Indias y vida de Hernán Cortés [1552], edición de Jorge Gurría Lacroix (Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979), 131.