José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, junio 15, 2026

«Magnifica Humanitas»: la educación en la era digital (III)

Tomado de ACI Prensa / Crédito: Daniel Ibáñez / EWTN News.

             En el párrafo 172 de la encíclica Magnífica Humanitas, León XIV señala que la raíz de la deshumanización en la era digital reside en algunas corrientes poshumanistas que plantean que hay seres humanos de segunda clase que deben estar al servicio de las élites, que se consideran seres superiores y que, además, poseen los elementos tecnológicos que les permiten ejercer, sin límites y sin rendición de cuentas, el poder de control sobre la humanidad. Por ejemplo, el CEO de Anthropic Dario Amodei señaló en una entrevista que el bombardeo de EE. UU. a una escuela en Minab, Irán, que mató a 168 estudiantes y docentes «es un caso de uso de IA que ni siquiera viola nuestros límites [red flags]». Así, «en nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie» (párr. 117) o justificar crímenes de guerra. La encíclica de León XIV propone, desde una ética del cuidado, cómo entender la educación en la era digital.

El planteamiento de entrada nos ubica en la necesidad de la verdad como un bien común, de ahí la urgencia de generar mecanismos fiables de control democrático y rendición de cuentas de las empresas de IA, y yo añadiría, más aún cuando venden sus productos como indispensables para uso indiscriminado y casi mágico en el sector educativo: «La primera tarea que nos corresponde es no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad». (párr. 137). Si no existen los mecanismos democráticos que limiten su poder, la IA devendrá el mayor instrumento de control ideológico y político en manos privadas, esto es, en manos de una tecnoligarquía amoral, que se percibe a sí misma como seres humanos superiores a quienes les está permitido vivir más allá del bien y del mal.

La publicidad de aplicaciones de IA para la educación se empeña en señalar la rapidez para resolver las tareas de escritura, una supuesta perfección textual y un acceso inmediato e ilimitado de cualquier información. En realidad, se promociona el resultado de un producto que nos hace olvidar que el aprendizaje implica un proceso y el cometimiento de errores para su superación. En el producto generado por la IA, la persona humana que está aprendiendo no construye conocimiento con la materia de su aprendizaje, sino que, sobre todo, se dedica a desarrollar la habilidad técnica para generar indicaciones (prompts) —prompts que también los desarrolla y ofrece la propia IA—. Una primera consecuencia de todo esto es que «la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad». (párr. 139). En este marco, la distopía que nos propone la tecnoligarquía es una escuela y una universidad reducida a fabricar humanos habilidosos, chips de carne humana, personas de segunda clase que habitarán los backrooms del tecnocapitalismo.

La encíclica da un mensaje que es también una advertencia para la docencia, especialmente la docencia católica que tiene un particular compromiso ético y doctrinario: «Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla […] Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita». (párr. 140) Este es un mensaje que cobra relevancia ahora que, en algunas instituciones educativas de ciertas élites católicas, se presenta y publicita a la IA como la más avanzada tecnología que, aparentemente, garantizaría la mejor educación del mercado —simbólicamente, estaríamos convirtiendo a la IA en un nuevo becerro de oro—. Sin embargo, lo que estas instituciones estarían fabricando es, sobre todo, humanos amorales que permiten que la IA los reemplace en la generación del pensamiento y el saber, porque el afán de lucro se habría convertido en su principal motivación.

Asimismo, para la comunidad educativa es fundamental prestar atención a la advertencia que nos hace León XIV respecto de los riesgos que implica una navegación en Internet sin restricciones ni control parental para niñas, niños y adolescentes. «En la red no son raros los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos» (párr. 141) Hay que cuidar a los menores y para ello es necesario involucrarse en el mundo digital. Las restricciones sobre la navegación en Internet y el uso de la IA son infructuosas cuando no van acompañadas de propuestas que involucren a padres, madres y docentes en un proceso educativo que no les tema a estas herramientas, pero que señale sin tapujos sus riesgos y confronte, desde la ética del Evangelio, los contenidos del tráfico nocivo de la red y las narrativas de los mensajes de odio.  

Finalmente, «es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida». (párr. 146) Habría que utilizar la IA para apoyar el proceso de aprendizaje y la construcción de saberes del ser humano; procesos que suelen ser lento y con errores, y no utilizar la IA de manera que reemplace al ser humano en dichos procesos. El reemplazo de la persona humana se da bajo la apariencia de un instrumento cuando, en la práctica, la IA asume la condición de un agente que crea contenidos pirateados a través de modelos de lenguaje extendidos bajo la máscara de una tecnología colaborativa. El mensaje del papa León XIV es una propuesta pedagógica centrada en la persona humana: «La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables». (párr. 147) No está por demás tener en cuenta que la IA le sirve al poder político de la tecnoligarquía para bombardear la escuela y la sociedad con la implantación de una ideología deshumanizante y también con misiles.

 

 

La del estribo

 

«La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)». (párr. 134) 

Foto de Hanna Arendt, tomada de: «Hanna Arendt: una pensadora sin barandas», Nueva Sociedad, diciembre 2025.

  

Pablo Picasso, Guernica, 1937, óleo sobre lienzo, 776,6 cm x 349,3,

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España.


«La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa, impidiendo la normalización del mal. De ese modo, algunas obras han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido». (párr. 122)

lunes, junio 08, 2026

«Magnifica Humanitas»: el ser humano y esa cantamañanas llamada IA (II)


            ¿Qué es palantir? En la saga de El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, las palantir son las ocho piedras videntes fabricadas por los elfos para la comunicación y la ampliación del saber de los hombres. Los elfos se las entregaron a los hombres, pero Sauron (el Mal) logró controlarlas y las utilizó para dominar al mundo. También es el nombre de la empresa de Peter Thiel, Palantir Technologies Inc., una compañía privada estadounidense de software especializada en análisis de macrodatos (Big Data) y la industria de la guerra. La encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, en su capítulo III ofrece su visión pastoral sobre la relación entre la tecnología, el poder y la persona humana señalando, a la vez, los riesgos que implica la inteligencia artificial sin regulación impulsada desde las narrativas del trans y el post humanismo.

            La posición doctrinal parte de una constatación que va a contracorriente de la idea de una tecnología aséptica que la tecnoligarquía nos quiere vender: «Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión» (párr. 85). En la encíclica, esta es una posición que se reafirma en varias partes, pues, más adelante, señala que la inteligencia artificial trabaja con los estereotipos y la ideología de quienes la han diseñado (párr. 102) por lo que no se la puede considerar moralmente neutra (párr. 104). De ahí que es urgente regular la inteligencia artificial, lo que choca frontalmente con la posición de los tecnoligarcas como Peter Thiel, que ya en 2009 escribió que la democracia y la libertad son incompatibles. Por supuesto, Thiel no se refiere a tu libertad o la mía, sino a la de su compañía para hacer lo que crea conveniente para sus intereses económicos y políticos y desdeña la democracia porque esta implica debates ideológicos, sufragio, regulaciones, redistribución de la riqueza y rendición de cuentas.[1]

            La encíclica es muy clara al señalar el marco de principios en el que los católicos debemos entender el mundo digital: dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad y la justicia social. Además, advierte el peligro del monopolio de la IA: «Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades». (párr. 95) Claro está que estos principios y esta advertencia incomodan a quienes leen a Nietzsche en clave tecnofascista, pues la tecnoligarquía se siente libre para estar más allá de la moral convencional porque se cree superior al resto de la humanidad. Los tecnoligarcas se asumen como el übermensh (superhombre) de Así hablaba Zaratustra, mientras la encíclica habla del respeto a la dignidad humana exigiendo rendición de cuentas por las decisiones de la IA (párr. 105).

La encíclica pone las cosas en su sitio y, en consecuencia, se enfrenta a los propietarios de la producción de inteligencia artificial que, según dijo Yuval Noah Harari, en Davos 2026, ya no se presenta solo como una herramienta, sino como un agente capaz de reemplazar funciones humanas, que puede aprender, cambiar y tomar decisiones por sí mismo. Su metáfora fue sencilla e informal: «Un cuchillo es una herramienta. Se puede usar para cortar ensalada o para asesinar a alguien, pero la decisión de qué hacer con él es nuestra. La IA es un cuchillo que puede decidir por sí mismo si cortar ensalada o cometer un asesinato». Harari añadió que la IA puede manipular y mentir, ya que todo lo que se componga de palabras será controlado por ella: sistemas legales, libros, religiones basadas en libros —es decir, en palabras—, como el islam, el cristianismo y el judaísmo.

Así, la encíclica nos advierte sobre la deshumanización que significa el trans y el post humanismo, que es presentado como la realidad inevitable de los nuevos tiempos por los propagandistas de Silicon Valley. A contramano, la encíclica insiste en la consideración de la persona humana por sobre la codicia de la tecnoligarquía: «[…] las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad […] Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias». (párr. 99). En términos doctrinales, la encíclica, apelando a ejemplos de un humanismo basado en la compasión, entendida como el cuidado del Otro, defiende la humanidad de las personas y esta se sostiene en el mensaje evangélico: «La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo». (párr. 126)

En síntesis, la encíclica parte del hecho de que la tecnología no es neutral y, por consiguiente, es indispensable que sea regulada de tal manera que asuma sus responsabilidades y rinda cuentas. Asimismo, insiste en que el centro de todo debe seguir siendo la persona humana, pues esta no es un proyecto que debe optimizarse, sino «una criatura llamada a la relación y a la comunión», más allá de la especulación triunfalista del trans y el post humanismo. El mundo tiene que luchar para que Sauron no controle las palantir y la humanidad continúe viéndose e imaginándose a sí misma en la diversidad de sus criaturas, en libertad y con justicia social.

 

La del estribo

 

            «Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió́ así nuestra responsabilidad: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”[2]. La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (párr. 213)

            «[…] Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar sino económica y cognitiva. […] Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida» (párr. 110)



[1] Recomiendo el artículo de Owen McGrann «The Dead Economy Theory», publicado el 01 de mayo de 2026 en The Palimpsest, para entender los peligros de la IA sin regulación para el propio mercado, los trabajadores y la democracia liberal.

[2] J.R.R. Tolkien, El señor de los anillos, III: El retorno del rey, traducción de Matilde Horne y Luis Domènech (Barcelona: Minotauro, 1991), 194.

 

lunes, junio 01, 2026

«Magnifica humanitas»: la doctrina social de la iglesia (I)


La encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV es un documento teológico y doctrinario que desde su aparición se ha convertido en una guía moral y ética, de profundas resonancias políticas, sobre las consecuencias de la inteligencia artificial en la vida de las personas y en los riesgos que conlleva para la humanidad. «El poder tecnológico [tiene] un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello [es] aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común» (párr. 5). He dividido mi reflexión sobre esta encíclica en tres entradas: 1) la doctrina social de la Iglesia; 2) el ser humano y las promesas de la IA; y 3) el cuidado de la humanidad y la Casa común. Además, me parece necesario establecer que el mensaje de toda encíclica se asienta en las enseñanzas bíblicas y, si bien tiene resonancias universales, está sustentado, más allá de las citas del pensamiento laico, en la teología católica. Es su límite filosófico, pero también su claridad conceptual.

Magnifica humanitas asume la continuidad de la encíclica Rerum novarum (De las cosas nuevas), de León XIII, expedida en 1891, y también de la doctrina social de la Iglesia —expresión utilizada por primera vez por Pío XII, en 1950— desde entonces hasta hoy. Es en este marco que la encíclica de León XIV reflexiona sobre las diferentes aristas y consecuencias de la revolución digital y la inteligencia artificial en la vida de nuestra magnífica humanidad. León XIV nos recuerda que, si bien la situación histórica en la que surgió la Rerum novarum ha cambiado, dos de sus principios permanecen: «la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera, con la consiguiente atención a las personas y a las familias más expuestas a la explotación, y el vínculo indisoluble entre el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden social más justo» (párr. 30). Por ello, el valor del ser humano está por encima del capital y el bien común, entendido como el cuidado y la conservación de nuestra Casa común, más allá del afán de lucro privado. De ahí que: «para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social» (párr. 46).

La encíclica parte de dos poderosas imágenes bíblicas: «La Magnífica Humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (párr. 1). La construcción de la torre de Babel (Gn 11,1-9), según la encíclica, nos da una lección sobre los límites de la pretensión humana de la autosuficiencia y la aspiración de alcanzar el cielo sin la bendición de Dios. Por otra parte, la reconstrucción de los muros de Jerusalén, dirigida por Nehemías (Ne 1-2) en conjunto con el pueblo de Israel nos enseña el valor del trabajo comunitario: «El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes» (párr. 8). La conclusión es que hay que escoger el camino de Nehemías para hacer de la ciudad de todos reconstruida el reconocimiento de la pluridad de voces y evitar la deshumanización que deriva del “síndrome de Babel”, que excluye a Dios y reduce al Otro a un medio. Es decir, la encíclia nos pide evitar: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (párr. 10).

La encíclica desarrolla ampliamente el concepto de justicia social desde la mirada evangélica que habla de la buena nueva a los pobres (Lc 4,18) y la identificación de Jesús con los pequeños, los enfermos, los presos y los extranjeros (Mt 25,31-46): «La justicia social se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás» (párr. 77). La idea de la justicia social se complementa con el concepto de desarrollo humano integral que promulgó Pablo VI en su encíclica Populorum progressio (El desarrollo de los pueblos, 1967) y que León XIV sintetiza así: «El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos […] El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir» (párr. 83).

En síntesis, la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, parte de una recorrido que sintetiza las enseñanzas básicas de la doctrina social de la Iglesia desde la revolución industrial, del siglo diecinueve, hasta la revolución digital de hoy, basada en la justicia social y el desarrollo humano integral a la luz del Evangelio. En ese marco doctrinal es en el que debemos ubicar las enseñanzas sobre la inteligencia artificial de la encíclica, que expondré en la entrada de la próxima semana.

 

La del estribo

 

            «Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos» (párr. 80)

 

«La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros». (párr. 84)