José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, septiembre 28, 2026

La cancelación de Ariana Harwicz

            Ariana Harwicz estuvo invitada al festival Cultur Alh de Granada para participar en la conversación «Oponerse al mundo», el pasado 26 de septiembre. La organización del festival canceló le canceló la invitación por negar que Israel esté cometiendo un genocidio en Gaza. La desprogramación de Harwicz se dio por pedido de la Red Universitaria por Palestina, de Granada. Algunas escritoras invitadas al festival apoyaron el pedido de los estudiantes y la medida de las organizadoras, pero el escritor irlandés John Banville, premio Princesa de Asturias de las Letras 2014, declinó su invitación al festival. No hay vueltas que darle, Ariana Harwicz, cuyas opiniones sobre el conflicto de palestino-israelí eran conocidas, fue invitada al festival de Granada por su obra literaria, pero luego fue censurada por sus opiniones políticas sobre el conflicto y, lamentablemente, no solo se perdió una oportunidad para entablar un debate democrático, sino que se desencadenó una andanada de mensajes de odio.

Las opiniones de Ariana Harwicz eran conocidas antes de su invitación al festival, por lo que quienes hicieron la curadoría sabían exactamente a quien estaban convocando. Desconozco si Harwicz iba a hablar sobre el conflicto o sobre su obra literaria que ella considera al margen de las corrientes hegemónicas. Yo no estoy de acuerdo con muchas de las posiciones de Harwicz, pero si ya la habían invitado, sabiendo lo que ella piensa sobre tal o cual asunto, entonces lo adecuado hubiera sido que mantuvieran la invitación. Por lo demás, le dieron la oportunidad de victimizarse con una falacia que Harwicz repite: ella está, supuestamente, a contracorriente de lo hegemónico, cuando, en realidad, su discurso político se alinea con lo que piensa el poder hegemónico, ese que deja sin trabajo, sanciona y apresa a quienes critican a Netanyahu. Era en el espacio del encuentro, justamente, donde se debió confrontar su discurso con argumentos y factos.

            Aparecieron en seguidilla dos cartas, una de apoyo a Harwicz otra a los organizadores del festival que generaron, en X-Twitter, muchos mensajes de odio sobre la posición de quienes las firmaron. Hubo quienes decían que los firmantes que respaldaron a Harwicz estaban a favor del genocidio del pueblo palestino, cuando la carta se limita al defender el derecho de opinar de Harwicz sin cohonestar sus ideas: «Este comunicado no exige compartir las opiniones de Ariana Harwicz. Exige algo anterior: que nadie sea apartado de la vida cultural por sostener ideas propias, y que ningún desacuerdo se convierta en una condena personal».[1] Contra los otros firmantes llovieron las acusaciones de antisemitismo y de apología al terrorismo, cuando la posición es clara: un grupo de autores se posiciona en contra de la violencia genocida que el Estado de Israel ejerce sobre el pueblo palestino: «Nos resistimos a que el debate quede reducido a un conflicto identitario y a que cualquier defensa a favor del pueblo palestino sea convertida automáticamente en antisemitismo. Estamos contra el genocidio, contra la violencia ejercida sobre Palestina y contra los discursos que la niegan, la minimizan, la justifican o la celebran».[2] Y, para rematar, no faltaron quienes, de lado y lado, se regocijaban de tener una lista para saber a quién no leer, a quién no invitar; en definitiva, a quién cancelar.

El reclamo principal de Harwicz frente a quienes defienden la causa palestina es que no se condena con firmeza a Hamas o Hezbollah que tienen entre sus objetivos el de la desaparición de Israel. Los crímenes de guerra que ha cometido Hamas, por más que se quiera justificarlos como parte de la lucha del pueblo palestino, deben ser condenados sin excusas. Lo sucedido el 7 de octubre de 2023 no es un episodio cualquiera, sino un ejemplo del horror que siempre hay que recordar: Hamas atacó a la población civil y asesinó a más de 1.200 personas, casi todos civiles, incluidos niños, y secuestró a 253 israelíes. De la misma manera, los crímenes de guerra de Benjamin Netanyahu cometidos en su guerra de destrucción de Gaza y el castigo colectivo que infringe a la población palestina han sido ampliamente documentados por diversos organismos y expertos en el tema. La sala correspondiente de la Corte Penal Internacional emitió por unanimidad, el 24 de noviembre de 2024, una orden de arresto contra Netanyahu por crímenes de guerra y de lesa humanidad. En un tema complejo como el conflicto Israel-Palestina, hay espacio para sostener ambas posiciones. Por un lado, criticar la deshumanización de los palestinos por parte de Netanyahu y sus ministros, y condenar una guerra que tiene todas las características de un genocidio en marcha no me vuelve ni antisemita ni condescendiente con los terroristas de Hamas y Hezbollah; así como, condenar los ataques del 7 de octubre no significa avalar la política guerrista de Netanyahu.

Pero, bueno, parte de lo dicho aquí hubiera sido materia del debate que no se dio porque a Ariana Harwicz —una escritora que tiene todos los canales del poder hegemónico a su disposición para hablar[3]—, la vetaron en un encuentro en Granada. Quienes celebran su cancelación, no solo que perdieron una gran oportunidad para desmontar las posiciones de Harwicz con argumentos y factos, establecer posiciones y distanciamientos, entregar elementos que permitan al público pensar críticamente el problema, sino que sentaron un precedente nefasto para justificar su propia cancelación en próximos eventos. Al parecer, todavía nos cuesta aceptar que la realidad es mucho más que una mirada en blanco y negro. Por su parte, el irlandés John Banville, días después de declinar la invitación al festival de Granada, dijo: «Mi cancelación fue mi declaración».[4]

 
 

La del estribo

 

Milonga del moro judío

 

Letra, música e interpretración: Jorge Drexler

 

Por cada muro, un lamento
En Jerusalén, la dorada
Y mil vidas malgastadas
Por cada mandamiento

Yo soy polvo de tu viento
Y, aunque sangro de tu herida
Y cada piedra querida
Guarda mi amor más profundo

No hay una piedra en el mundo
Que valga lo que una vida

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

 

No hay muerto que no me duela
No hay un bando ganador
No hay nada más que dolor
Y otra vida que se vuela

La guerra es muy mala escuela
No importa el disfraz que viste
Perdonen que no me aliste
Bajo ninguna bandera

Vale más cualquier quimera
Que un trozo de tela triste

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

 

Y a nadie le di permiso
Para matar en mi nombre
Un hombre no es más que un hombre
Y, si hay Dios, así lo quiso

El mismo suelo que piso
Seguirá, yo me habré ido
Rumbo también del olvido
No hay doctrina que no vaya

Y no hay pueblo que no se haya
Creído el pueblo elegido

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos




[1] «Más de 350 escritores muestran su apoyo a Ariana Harwicz y John Banville declina ir a Granada» (El País, 23 de septiembre de 2026). Se ha resaltado las firmas de Piedad Bonnett, María Negroni, Margo Glantz, Ana María Shua, Fernando Savater, Santiago Roncagliolo, Fernando Iwasaki y Saul Sosnowski.

[2] «Más de 500 autores defienden la exclusión de Ariana Harwicz del festival Cultur Alh de Granada» (El País, 25 de septiembre de 2026). Se ha resaltado las firmas de Cristina Rivera Garza, Camila Sosa Villada, Alejandro Zambra, Pilar Quintana, Juan Cárdenas, Mónica Ojeda, Alana S. Portero y Marta Sanz.

[3] Ariana Harwicz no es ni marginal ni disidente: su obra, mayormente, está editada por Anagrama, ha sido traducida al inglés, alemán, francés y hebreo, entre otras lenguas, la apoya y promociona Letras Libres, y la versión cinematográfica de su novela Matate, amor (Die, My Love, 2025) ha sido producida por Martin Scorsese y dirigida por Lynne Ramsay, y en ella actúan Jennifer Lawrence y Robert Pattinson.


 

lunes, septiembre 21, 2026

Inteligencia artificial y escritura literaria: ¿apoyo, coautoría o rendición de la palabra?

«Quizá debamos regresar a lo básico, a la época de la máquina de escribir […]» (87) (Foto: R. Vallejo, 2026)


No sé si se acuerdan, pero, recientemente, en mayo de este año, se armó un breve escándalo a escala mundial cuando la premio nobel de literatura Olga Tokarczuck declaró que había utilizado inteligencia artificial generativa, IAG, para escribir su novela Świata jest za dużo (Hay demasiado mundo), cuyo lanzamiento está previsto para este octubre. Durante un evento en su Polonia natal, Tokarczuck comentó: «
Frecuentemente, solo le pregunto a la máquina: “Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?”». Ante la avalancha de críticas, finalmente, Tokarczuck distribuyó un comunicado de prensa en el que, básicamente, se retractó: «Ninguno de mis textos, incluida la novela que se publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de la inteligencia artificial». Sin embargo, el daño de la sospecha sobre cuánto de IA hay en su novela de próxima aparición está hecho y su confirmación ha quedado pendiente pues, seguramente, será sometida a detectores de presencia de IAG en su escritura.

            En el otro extremo, Jorge Carrión, en su charla magistral del 16 de septiembre en la FIL Guayaquil 2026, nos comentaba sobre su experimento titulado Los campos electromagnéticos (2023), cuya autoría está compartida por él, el Taller Estampa y ChatGPT 2 y 3[1]. El título se inscribe en la tradición del surrealismo y el experimento de André Breton y Philippe Soupault sobre la escritura automática que produjo Los campos magnéticos (1920). El experimento es el de la co-escritura humana con aplicaciones de IA. Al final, el propio Carrión, a pesar de un prólogo entusiasta sobre esta colaboración del humano con la IA, reconoce que «Todavía no son capaces de escribir artificialmente literatura: su estilo nos parece pobre, inconexo, surrealista». Leonel Cescut, en una reseña sobre Los campos electromagnéticos, concluye que «La IA, al menos en el campo de la escritura, se encuentra en construcción. No podemos hablar de un «aprendizaje automágico» pero sí de una convivencia».

            Por su lado, Marcelo Báez Meza, atento siempre al debate contemporáneo, ha publicado Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026). No hay la insinuación de la premio nobel sobre el uso de la IA para su escritura ni el experimento colaborativo con la IA de Carrión y los técnicos. Hay un radical punto de partida: en la escritura de este libro el autor expone, con la libertad natural del ser humano, una escritura propia sin intervención de la IA, lo que le permite procesar información sobre el tema, analizar posturas al respecto y construir propuestas sobre el uso de la IAG en la escritura literaria. En palabras de su autor, este libro «es una reflexión del impacto de la IAG en la literatura a partir de la mirada de quienes leen y escriben literatura».[2] De lo que se trata es de mantenernos humanos, a pesar de la IAG. Más adelante dice: «Un territorio deshumanizado sería el conformado por escritores que son ingenieros de prompts, dadores de instrucciones, editores de textos de la IAG o usuarios que eligen alternativas». (24)

            Báez señala, como base de lo que será su planteamiento, algo que debemos tener claro todos: «El chabot (llámese ChatGPT o Claude) plagia, roba, capta, remezcla y recontextualiza todo lo que encuentra en línea. Es una nueva forma de apropiación» (14). Yo diría, directamente, que es una nueva forma de piratería. Todos los LLM (Large Language Model o modelo de lenguaje grande) han sido entrenados con miles de millones de textos sin reconocer un centavo de derechos de autor a nadie: se han apropiado del saber de la humanidad para usufructo de una corporación privada. Báez expone que la absorción de información ha adquirido un cariz siniestro muy parecido al planteamiento de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y ejemplifica con el caso de la compra de millones de libros de segunda mano, por Anthropic para entrenar a su IA Claude, a los que guillotinó el lomo, digitalizó y luego destruyó. Ante las demandas que fueron planteadas, la justicia determinó, en medio de un vacío legal, que no era ilegal destruir libros comprados para ser digitalizados. Sin embargo, Anthropic, avaluada en 965.000 millones de dólares, llegó a un acuerdo para indemnizar por 1.500 millones a unas 500 mil obras elegibles, dado el plagio de su información.[3]

             Si por principio la IAG es un agente pirata que se ha apropiado del saber de la humanidad, que está privatizando la memoria humana para entrenar a sus Modelos de Lenguaje Grande, aquello de co-escribir un texto literario con la IAG resultaría una normalización del plagio. Equivale a contribuir a lavar los actos de piratería intelectual de la IAG: es como si compartiésemos un taller literario con algún nieto o nieta de Vito Corleone quien, olvidado de cómo se inició la fortuna familiar y ya sin los apremios económicos de quien tiene que trabajar por un salario mensual, se dedica a la poesía.

            Es un gran acierto, para entender la magnitud del problema actual, la cita que Báez nos presenta como ejemplo de anticipación The Great Automatic Grammatizador (1961, «El gran gramatizador automático»), de Roald Dahl (1916-1990). Cuenta la historia de Adolf Knipe, un ingeniero que quiere ser escritor e inventa una máquina con dos componentes: la memoria de las palabras y la memoria argumental. De lo que se trata es de sobresaturar el mercado y hacerse ricos y famosos. Báez concluye: «La sobresaturación de catálogos con textos producidos en serie, las demandas de autores contra empresas que entrenaron sus modelos de lenguaje sin autorización, y la pregunta que Dahl deja abierta sobre si un lector puede distinguir (o si le importa o no) las diferencias entre un texto escrito por inteligencia natural y uno redactado por IA». (47)

¿Cuál es el valor para la literatura la producción de una entidad que trabaja bajo el nombre de Carol Hart y autopublica 200 novelas al año? ¿O el valor periodístico del libro de entrevistas de la mexicana Yuriria Sierra, Charlas imposibles (y urgentes) en el siglo XXI, publicado por Editorial Aguilar, del grupo Penguin Random House, en el que, básicamente, entrevista a personajes históricos y la IA le responde como si fuera cada uno de ellos? En ambos casos, estamos, sin eufemimos, ante fraudes de escritura. No obstante, Báez ejemplifica con El día en que un ordenador escribe una novela (2016), de Hitoshi Mutsubara, y 1 the Road (2018), de Ross Goodwin, ambas escrituras de IAG a partir de proyectos experimentales. Leí unas pocas páginas de la segunda y me ha bastado para saber que prefiero leer con una visión madura On the Road (1957), de Jack Kerouak, antes que las 200 páginas de lo que recoge una cámara conectada a un automóvil sobre el paisaje, los pueblos, fragmentos de conversaciones, etc.

En lo personal, no estoy interesado, más que con el interés natural sobre una novedad tecnológica de actualidad, en leer literatura producida por o con ayuda de la IAG como tampoco me interesa escuchar la música generada por la IAG y mucho menos participar de las tendencias mundiales como las aparentemente inocentes caricaturas que resultan de entregarle información sobre nuestro rostro, nuestros gustos, nuestras enfermedades o entorno familiar a las IAG.

            En esta era de la IA, Báez propone para quienes escriben un Nuevo Borges «quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos». Mediante un juego creativo, Báez habla del escritor cyborgiano como un gran curador de información, un Borges 4.0 que escriba como lo haría una máquina —aunque sea, justamente, lo que un escritor no debería hacer—; un Borges Recargado, que supere el mito romántico de la originalidad y que utilice la IAG como «un espejo aumentado de su propia mente» (84). Báez concluye que la colaboración en el acto creativo puede ser productiva solo si «la IAG se mantiene al servicio de la visión artística y no como un reemplazo de la creatividad humana». (86).

Báez cita «La sensación de poder» de Isaac Asimov, que cuenta la historia de un individuo experto en cálculo mental, en una época en que la mínima operación matemática se hace por computadora, que posibilita la invencion de la ciencia Grafítica. Así, se construyen naves espaciales más livianas por cuanto ya no cargarán con pesadas computadoras sino con individuos que harán las operaciones con cálculo mental. Esto lo lleva a Báez a olvidarse del cyborges, por un momento, y plantea volver a lo básico: «Los escritores deberíamos hacer lo mismo: volver al lápiz y al papel, volviendo a confiar en la mente; regresar a la letra manuscrita, al diario, a las notitas, al cuaderno de anotaciones, a las ensoñaciones, al acto de escribir mentalmente nuestros relatos antes de escribirlos en la computadora». (88)

En el último fragmento del libro, Báez plantea que hay necesidad de redefinir la relación del ser humano con la tecnología: «Esto implica establecer límites, desarrollar marcos éticos y legales que protejan el trabajo de los creadores, y sobre todo, reafirmar la importancia del escritor como figura central en la producción cultural» (92) Quedan abiertas las preguntas para una conversación que demanda continuidad: ¿Quiénes deben desarrollar los marcos éticos y legales? ¿Hay voluntad institucional, es decir, política, para que el desarrollo de la IAG dé prioridad al bien colectivo antes que al afán de lucro de las corporaciones tecnológicas? ¿Cuáles serían las normas básicas para tales marcos?

Y si ya no se va a escribir de manera natural, sino solo con IAG porque así lo exigirá el mercado editorial, aún tengo, como en un reducto de resistencia cultural, una biblioteca de más de dos mil libros escritos por seres humanos apasionados por el lenguaje que aguardan lecturas y relecturas.

Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026), de Marcelo Báez Meza (Guayaquil, 1969), escrito con la fluidez de la prosa pedagógica, es una reflexión informada, acuciosa y profunda sobre el carácter de la escritura creativa y el grado de intervención de la inteligencia artificial que estaríamos dispuestos a permitir en aquella. Con claridad argumentativa, Báez nos interroga sobre la necesidad de señalar los límites y diseñar el marco ético para el uso de la IA, y la urgencia de volver a poner a quien escribe en el centro del proceso creativo.

 

La del estribo

 

Borges concibió la Biblioteca de Babel como un universo compuesto por hexágonos infinitos donde se albergan todos los libros posibles. Esa biblioteca ya estaba disponible en Internet y ahora es parte del acervo de las diversas plataformas de IAG. Propongo la creación de un Nuevo Borges quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos. El escritor cyborgiano (la IA es incapaz de crear un neologismo así) debe utilizar los sistemas de inteligencia artificial como extensiones cognitivas para procesar volúmenes de información que ningún cerebro humano podría abarcar por sí solo. Es el Gran Curador. (81)

 

La clave para preservar la creatividad humana es mantener el control sobre la herramienta. Hay que desarmarla, como lo dice León XIV en su encíclica, pidiendo que custodiemos lo humano contra el paradigma tecnocrático que hace «parecer justa y normal una visión antihumana». La IAG no debe tomar decisiones creativas por sí sola  ni definir una obra sin la intervención de un artista. La colaboración entre humanos y máquinas puede ser productiva, pero solo si la IAG se mantiene al servicio de la visión artística, y no como un reemplazo de la creatividad humana. (86)

 

Mariella Manrique, Marcelo Báez y Raúl Vallejo, en la FIL Guayaquil, el viernes 18 de septiembre de 2026, después de la presentación de Este libro no fue hecho con inteligencia artificial. 



[1] GPT, acrónimo de Generative Pre-trained Transformer (Transformador Generativo Pre-entrenado).

[2] Marcelo Báez Meza, Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (Quito: Academia Ecuatoriana de la Lengua, 2026), 11.

[3] Renzo González, «¿Por qué Anthropic destruyó millones de libros para entrenar su inteligencia artificial?», en Infobae, 01 de septiembre de 2026, acceso 17 de septiembre de 2026.

lunes, septiembre 14, 2026

«Los amantes de Sumpa»: el amor en el instante de su breve esplendor para escarnio del Tiempo sanguinario que lo devasta todo

Los amantes de Sumpa, sitio arqueológico. (Foto: Raúl Vallejo, 2026)

In memoriam Iván Carvajal (San Gabriel, 1948 – Quito, 2026)

 

            Frente a la osamenta se tiene la ilusión de que el amor de los seres humanos perdura sobre el tiempo. Después de todo, diez mil años más tarde, los huesos que se acogen mutuamente en un abrazo yacen ante nosotros como el mudo testimonio de lo que imaginamos que es la perdurabilidad del amor a través del tiempo. Pero son solo huesos y el amor que los juntó en el abrazo para la eternidad de la muerte ya no existe más: «morir perseverando en el abrazo / vano triunfo del amor por sobre el Tiempo» (15).[1] Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal (1948-2026), es una bella y filosófica meditación, compuesta por diecisiete fragmentos, sobre la existencia del amor en el instante de su esplendor sin pretensión de eternidad, pues es imposible que trascienda en el Tiempo.

            El Tiempo —llamado tirano sanguinario por Shakespeare en su Soneto XVI, cuyos dos primeros versos son el exergo del poema— está instalado en el poema desde la primera contemplación de los huesos: «Diez mil años conta la sal perdura / tendido el abrazo que la tierra protege del deseo» (1). La pareja del presente, cuyo amor será consumido por el Tiempo, contempla los huesos de la pareja de pasado, de cuyo amor solo quedan huesos. Más adelante, el hablante lírico insistirá en la condición efímera del ser humano frente a la eternidad del tiempo; si bien los restos son testimonio de la presencia humana un centenar de siglos atrás, también son canto inasible y huellas que se desvanecen: «huésped de paso / deja en la casa el canto / tu huella en las arenas». (7)

            Hay un gesto: es el abrazo y en él se ancla la resistencia de la pareja al paso del tiempo. La realización del amor de la pareja perdura en el abrazo como gesto, pero el sentimiento que envolvió el gesto y le dio sentido se ha desvanecido con el tiempo: «despojados de rictus y de máscaras / sólo huesos» (2). Pese a su condición de huesos, la materialidad última del ser humano, el amor parece estacionado en el gesto del abrazo ante los ojos azorados de quienes contemplamos las osamentas: «¿qué lejana huella / de la pasión aún provoca?» (3). La ilusión de eternidad que nos provocan los huesos abrazados es confrontada y destruida por la contundencia de estos dos versos: «ya nada puede el sueño de perpetuidad / aún si los cuerpos al abrazo se aferran». (5)

            Los huesos son un motivo persistente: nada queda de la pasión de los amantes, sino los huesos: esa materia sin sentimiento, apenas unos restos que cobran sentido en la imaginación de quien los observa. La pareja que contempla los restos se enfrenta a su propia finitud y toma conciencia de la condición precaria del amor, de su amor. Así, del afecto, del deseo, del amor, de la sexualidad, queda la idea. El hablante lírico expone la paradoja: ya no existen los seres que se amaron, pero el gesto del amor permanece en los huesos que contemplamos: «diez mil años la tierra escuda / al efímero gesto». (10) La pareja que contempla los huesos, más adelante, quiere inútilmente imitar a la pareja milenaria: «morir perseverando en el abrazo / vano triunfo del amor por sobre el Tiempo». (15)

            Los huesos de la pareja son cubiertos de humanidad. La voz poética les insufla sexualidad a los huesos: «sexo de mujer / abierta boca del mundo […] y el sexo masculino / báculo de la ceremonia» (12). El fragmento tiene una sucesión de imágenes hermosas para describir la sexualidad de aquellos huesos que están en contemplación. Hacer de los huesos seres humanos vivos, dotándolos de sexualidad, es parte de la conmovedora tesitura de un poema que para vencer la desolación radical que provoca la muerte recurre el tópico del carpe diem como una manera de burlar la fugacidad ineludible del tiempo.

            El pesimismo existencial del ser para la muerte responde a la constatación irrefutable de que la vida es efímera: «el tiempo humano es vértigo / de instauración / destrucción / ya nos devastará del todo el Tiempo» (16). Si bien el soneto XVI de Shakespeare pertenece al ciclo de la procreación en el que, frente a la fugacidad de la existencia, la procreación es la única posibilidad de confrontar al Tiempo, en el poema de Carvajal no hay esa salida para la pareja porque no hay trascendencia: al final, tan solo huesos. El hablante lírico ya no habla de los amantes de Sumpa ni de sus osamentas; habla de una pareja de la que forma parte y reconoce lo que todos tenemos que aceptar: «iremos uno y otro / a las arcanas sospechas de la muerte» (16). Hoy, como ayer, el amor, el abrazo, el cuerpo, la belleza: todo será devastado por el Tiempo.

            Sin embargo, basta el breve instante del gesto. La realización erótica de la pareja vence al Tiempo en el instante del éxtasis. El hablante lírico se aleja de la contemplación de los huesos para verse a sí mismo y a su pareja como los protagonistas que tienen la posibilidad de burlar al tiempo, siempre que logren vivir la plenitud del amor en su momento y abandonen el anhelo de eternidad: «bien puede el Tiempo arrasar y ser perverso / logrará acabar con tu amor y con mi cuerpo / mas qué importa si ya la rosa vivió su esplendor». (17)

            En Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal, un poema canónico de nuestra lírica, los huesos que contemplamos son testimonio de un amor que fue, pero que ya no existe porque los cuerpos que amaron ahora son solo huesos; sin embargo, el gesto del abrazo, renunciada la vana ilusión de trascendencia y eternidad, es el signo del triunfo del amor que tuvo lugar en la brevedad de aquel abrazo. Para escarnio del Tiempo, somos seres de existencia que perdura en el instante.

 

 

La del estribo

 

(Foto: Raúl Vallejo, 2026)

2.

 

diez mil años

el abrazo defiende

al agónico gesto

contra la afrenta del óxido

con que el Tiempo conspira

 

despojados del rictus y de máscaras

sólo huesos

                        fémur del hombre

sobre pelvis de mujer

 

y sobre el húmero

dura reposa la calavera

                        en el abrazo yerto

 

 

El sitio arqueológico de la cultura Las Vegas, en la provincia de Santa Elena, en la costa del Ecuador, demuestra la presencia humana diez mil años atrás. Los restos óseos fueron hallados por la arqueóloga, doctora Karen E. Stothert. Entre varios enterramientos, se encuentra el de la pareja conocida como los amantes de Sumpa; al enterrarlos, colocaron sobre los cadáveres unas piedras que aún pueden verse en el hallazgo. Sumpa era la palabra precolombina para punta, y así se conocía la región que hoy se llama la puntilla de Santa Elena. La guía nos dijo que la colocación de las piedras se hacía para proteger a los muertos de los malos espíritus.


[1] Iván Carvajal, Los amantes de Sumpa, editor Alfonso Chávez Jara, ilustraciones de Marcelo Vásconez (Quito: Colección VivaVida, 1983). Las páginas de esta edición no están numeradas. El número que consta entre paréntesis al lado de cada cita textual corresponde al del fragmento respectivo.