José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, mayo 04, 2026

Los cuentos del millón de dólares

           

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ganó la primera edición del Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado de un millón de dólares, con su libro de cuentos El buen mal.

Según su portal corporativo, la empresa estatal Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, AENA, gestiona 46 aeropuertos y 2 helipuertos en España, 18 en Reino Unido y Brasil, a través de su filial, y participa en la gestión de 14 aeropuertos en América. En 2023, movió 314,1 millones de pasajeros, por lo que es la operadora número uno del mundo; la sigue Aéroports de Paris, que movió 99,7 millones. Este año, la empresa estatal española decidió instituir el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, que reconoce al mejor libro de los publicados en el ámbito hispanohablante o en lenguas cooficiales y traducidos al español en 2025. Este premio entrega un millón de dólares al libro ganador y 30.000 a cada uno de los finalistas.

El solo anuncio del premio generó un intenso debate debido al monto, su origen y las condiciones de precariedad en la que viven la mayor parte de quienes se dedican a la escritura de literatura. En una nota de Infobae, Carmen Domingo, escritora y filóloga española, que critica el uso de dinero público de «forma tan… obscena», expresó que «por más que desde el jurado se insista en que la intención es crear un premio de prestigio, una vez conocida la lista de los finalistas, una no tiene más remedio que preguntarse si lo que se pretende es fomentar aún más a los grandes grupos editoriales o mantener a los autores consagrados en su consagración». El cuestionamiento de Domingo es válido: después de todo, uno se pregunta cómo se puede seleccionar cinco libros finalistas de entre todo lo que se publica en el ámbito hispanoamericano para un premio equiparable, en términos económicos, al Nobel o al Planeta, en el ámbito privado.

Las preguntas surgen de inmediato: ¿Llegará a ser finalista el libro publicado por una editorial independiente de una pequeña localidad de Hispanoamérica? ¿Cuánto gestionarán las editoriales y agentes literarios para la selección de las obras finalistas? ¿Cuán cerrado es el círculo de jurados y finalistas? ¿Es posible mantener un premio así desde una empresa estatal cuya administración cambia periódicamente y con ella las políticas de promoción de la empresa? ¿Cuál es el objetivo de una inversión de dinero público de esta naturaleza en un sistema cultural que demanda salir de la precariedad de autoras y autores? Por otro lado, nadie pone en cuestión que los torneos de tenis —solo para poner el ejemplo de los Gran Slam— entreguen premios de 3,5 millones de dólares al ganador, 1,1 millón a los semifinalistas (Australian Open) y así por el estilo. ¿Por qué hace tanto ruido el millón de dólares para un premio literario anual?

En lo personal, es muy bueno que exista un mecenas estatal que se haya decidido a otorgar un premio de esta naturaleza que hará que un escritor o escritora de Hispanoamérica, cada año, deje de preocuparse por la hipoteca de su casa y, si invierte bien, pueda tener un sueldo mensual para ocuparse completamente de su oficio: la escritura. Sin embargo, es lamentable que el premio responda más a una ocurrencia publicitaria de una empresa estatal que no tiene nada que ver con la literatura, antes que a la institucionalización de una política pública a nivel hispanoamericano en beneficio de quienes escribimos literatura. Juan Casamayor, responsable de la editorial Páginas de Espuma, consultado por Deutsche Welle, que ha promovido y publicado a Samanta Schweblin, sintetiza así el ruido por el premio: «No se puede culpar a las iniciativas que premian buenos libros, pero en un ecosistema donde muchos escritores viven en la precariedad, se genera un desequilibrio evidente».

            No conozco los libros finalistas[1], pero he leído El buen mal, de Samanta Schweblin, cuentario ganador de la primera edición del premio, al igual que he leído casi toda su obra. Por lo mismo, me alegra que una escritora como Schweblin —cuya narrativa he disfrutado por su maestría para lograr un intenso y sugerente entretejido entre lo real y lo fantástico— haya ganado el premio, aunque este libro sea la reiteración de una escritura que tiene grandes momentos como Pájaros en la boca (2009), que es una versión extendida de La furia de las pestes (Premio Casa de las América, 2008) y su novela corta Distancia de rescate (2014). Además, es una excelente noticia, para un género percibido como menor, que una colección de seis cuentos sea considerada como el mejor libro de narrativa que se publicó en 2025, en Hispanoamérica.

            El buen mal, oxímoron que, de entrada, nos introduce a esa zona de lo extraño, en la que se ha movido siempre la narrativa de Schweblin, cuando habla de las relaciones interpersonales y de cómo algunos sucesos escondidos en el tiempo son la base de un presente a ratos inexplicable, a ratos absurdo, a ratos siniestro; angustiante siempre. Como en toda su narrativa, la sensación de lo trágico ronda cada cuento y, en una atmósfera cargada de sugerencias, nos acercamos a los personajes con la sensación de la inevitable liberación o condena. En «Bienvenida a la comunidad»[2], narrado en primera persona, una madre se intenta suicidar sin éxito, y se ve envuelta nuevamente en una rutina depresiva y una sorprendente cercanía con un vecino que la confrontan nuevamente con la muerte. «Un animal fabuloso» nos interroga sobre los límites del perdón y la culpa en una relación de amistad atravesada por un terrible secreto ante la contundencia de la muerte de un hijo pequeño. «William en la ventana», inmerso en el mundo de la literatura, es un cuento fantástico que juega con la imaginación de dos escritoras que se encuentran en una residencia literaria en China: ambas, de mundos distintos, se hermanan a través de la cercanía de la muerte. «El ojo en la garganta» mezcla lo trágico inevitable con lo extraño y la persistencia de la culpa sin atenuantes: el hijo, ya mayor, que mantiene a los padres en el fango de la culpa sin atenuantes frente a su propia desgracia. «La mujer de la Antártida» recupera la memoria de la niñez de dos hermanas, lo que significa la invasión, entre perversa e inocente, de una casa y la transformación de una persona en una suerte de juguete de las dos niñas. La invasión del hogar, pero en tono siniestro, se repite en «El Superior hace una visita»: la violencia sobre una mujer que, de pronto, vive el terror de que su casa ha sido «tomada». El buen mal es un libro que no aporta sorpresas ni a los temas ni a su tratamiento literario en la narrativa de Schweblin, pero, al mismo tiempo, tiene una escritura depurada, exquisita y de profunda resonancia en la conflictiva intimidad de los seres humanos, signados, casi siempre, por la culpa secreta, los absurdos de la vida y la muerte, en escenarios donde lo extraño resulta de la escritura en los bordes de la difusa línea que separa lo real y lo fantástico.

            Estos son los cuentos del millón de dólares: los del premio, los del libro; los del íntimo deseo que el premio sea imitado en todas partes por todas instituciones públicas que puedan hacerlo; los cuentos sobre la existencia una política pública que trabaje en la remediación de la precariedad laboral del mundo de la literatura y la escritura como un oficio.



[1] Los cinco finalistas fueron anunciados el 18 de marzo: Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince, (Alfaguara); Marciano (Literatura Random House), de Nona Fernández; Los ilusionistas (Anagrama), de Marcos Giralt Torrente; Canon de cámara oscura (Seix Barral), de Enrique Vila-Matas; y El buen mal (Seix Barral), de Samanta Schweblin, que resultó el libro triunfador, anunciado el 23 de abril.

[2] El 30 de abril apareció la noticia de que la versión en inglés de «Bienvenida a la comunidad», «Welcome to the Club», traducción de Megan McDowell y publicado en The Yale Review, fue uno de los veinte relatos seleccionados para la edición 2026 del prestigioso premio norteamericano de cuento O. Henry. The Best Short Stories 2026: The O. Henry Prize Stories, edited by Tomy Orange (USA: Vintage Books, 2026).

 

lunes, abril 27, 2026

Trump y el uso político y militar de la religión

             La oración en un acto religioso en el Pentágono, el pasado 16 de abril, calcada de la parodia al versículo de Ezequiel 25:17 que escribió Tarantino para Pulp Fiction, sería un chiste si se tratara del ministro de unos de esos países de mierda, de los que habla Trump. Pero el orador era el secretario de Guerra, Pete Hegseth, del gobierno de los EE. UU.; un gobierno que tiene poder militar nuclear y cuyo presidente amenazó con exterminar en una noche a una civilización de más de 2.500 años. Pete Hegseth recitó el parlamento que el criminal Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) recita antes de dispararle a otro delincuente. El incidente no es menor porque eso demuestra que no les importa lo que dice la Biblia ni la interpretación teológica, sino el uso político y militar de la religión para justificar la guerra imperial que por sí y ante sí mismos declaran. Utilizar la parodia de la Biblia de un personaje criminal de Pulp Fiction para justificar las guerras de agresión en nombre de Dios no solo es un chiste malo sino también la puesta en evidencia del pensamiento criminal del neofascismo.

            Este incidente que mostró la ignorancia teológica del Pentágono estuvo precedido de un virulento ataque de Trump al papa León XIV en su red Truth Social. El papa León XIV criticó, en término evangélicos, la guerra de agresión contra Irán y más aún la amenaza de borrar del mapa a una civilización milenaria. Trump se destapó contra el papa y León XIV respondió: «No le tengo miedo a la Administración Trump, ni a proclamar en voz alta el mensaje del Evangelio, que es para lo que creo que estoy aquí, para lo que la Iglesia está aquí». Inmediatamente, J. D. Vance, el vicepresidente norteamericano, que se convirtió al catolicismo hace seis años, amonestó al pontífice, advirtiéndole que tenía que ser «más cuidadoso al hablar de teología» y le recordó la doctrina católica de la guerra justa. La ironía sobre la torpeza de Vance fluye espontánea, pues la doctrina de la guerra justa fue formulada por San Agustín y el papa, sacerdote de la orden agustina, obtuvo su doctorado magna cum laude en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, en Roma. Es decir que, si alguien tiene credenciales académicas y religiosas para hablar de la guerra justa es, por sobre todas las opiniones legas, el papa León XIV.

San Agustín plantea que la guerra es una tragedia producto del pecado de los hombres y puede ser lícita si, principalmente, busca la paz, si es declarada por una autoridad investida legalmente para ello, y si respeta la vida de los enemigos, entre otras consideraciones. San Agustín escribe en La ciudad de Dios: «Si de los gobiernos quitamos la justicia, pregunta, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?». Al recordar que los reyes asirios desataron las primeras guerras imperialistas, san Agustín señala: «De todas maneras, al declarar la guerra a los pueblos limítrofes, el pasar luego de ahí a nuevas conquistas; el devastar y someter pueblos pacíficos por la sola pasión de dominio, ¿qué otro nombre se merece sino el de una gigantesca banda de ladrones?».

Claro que el debate, en estos tiempos de posverdad, seguramente se estiraría hasta la justificación del genocidio y la retórica guerrerista pretende justificarse con el intento de poner en entredicho la autoridad del papa en asuntos teológicos. La estrategia de Trump, Vance y Hegseth es desgastar la figura moral del papa León XIV e intoxicar las redes con mensajes que reducen las enseñanzas pastorales a opiniones de un “débil”, “cobarde e ignorante en política internacional”. Así, Trump y Cía. se apoderarían también del discurso teológico católico, como ya lo hacen todos los días en el campo evangélico y protestante de los EE. UU. con los pastores trumpistas liderados por la asesora espiritual de la Casa Blanca, la pastora tele-evangelista Paula White-Cain, más fanática que los Ayatolas iraníes.

 

“Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).” (Homilía del papa León XIV durante el Domingo de Ramos de 2026)

               El meme diseñado por inteligencia artificial en el que se muestra a Trump como Jesús atendiendo a un enfermo, y que el propio Trump subió a su red social, es un signo de que, con cada red flag, Trump arrastra a sus seguidores a que se revuelquen en el fango de sus delirios. Cobarde como todo bully, frente a la censura mundial, Trump se justificó diciendo que se veía a sí mismo como un médico, aunque terminó borrándolo de su red social. Al igual que Enrique VIII fundó la iglesia anglicana, no sería nada raro que Trump pretenda, en medio de una baja de popularidad o para justificar otra guerra imperial, fundar la iglesia católica norteamericana, cuyo papa sería nombrado por el presidente de los EE. UU. La religión así utilizada por el poder, para legitimar su propia violencia y rapacidad, es el verdadero opio del pueblo. 

 

La del estribo

 

            El 20 de abril de este año, un sargento de policía asesinó a su esposa, la abogada Solange Arellano, en la mitad del tramo del Puente de la Unidad Nacional que enlaza La Puntilla con Durán. Luego de cometer el feminicidio, se suicidó. Por enésima vez: no existe el “crimen pasional”. Hablar de “crimen pasional” es un eufemismo que encubre la violencia estructural de una sociedad patriarcal. Lo que sí existe es el feminicidio: es decir, el crimen que, por machismo, comete un hombre contra una mujer, generalmente, su pareja. Cuando frente a un feminicio, la prensa utiliza un titular como el de Super, está evidenciando esa misoginia normaliza que desprecia a la mujer víctima y la re-victimiza: ¿qué evoca en los lectores el mensaje de que una mujer asesinada por su marido haya sido «cazada en el puente»? ¿De verdad considera un diario, que se llama a sí mismo «diario familiar», que este titular protege a la familia? Definitivamente, en este titular la víctima ha sido deshumanizada.

 

 

lunes, abril 20, 2026

«La Grazia»: Paolo Sorrentino nos ofrece una elegante meditación ética, política y jurídica


Toni Servillo ganó la Copa Volpi al Mejor Actor en el 82 Festival de Venecia 2025.

La Grazia: La belleza de la duda
(La Grazia, Italia, 2025), 133 min. Dirección y guion: Paolo Sorrentino. Fotografía: Daria D’Antonio. Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Milvia Marigliano, Massimo Venturiello, Orlando Cinque.

            Mariano de Santis, interpretado con exquisitez por Toni Servillo, es un presidente de Italia a punto de terminar su mandato. Además, es un hombre viejo, próximo a jubilarse de la escena política. De Santis es también un jurista y la sobriedad con la que encarna su cargo resulta de por sí un poderoso contraste, cultural y políticamente simbólico, con la sociopatía y el histrionismo de algunos presidentes del tipo Trump o Milei. De Santis es un político conservador, católico, honesto, algo atormentado por antiguos celos y la nostalgia amorosa, que debe decidir si sancionar o negar la legalización de la eutanasia y otorgar o no sendos indultos a una mujer que asesinó a su marido abusador y a un hombre que mató a su esposa con Alzheimer. La cuestión ética, moral y política se debate en la mirada, en los gestos y el andar de Toni Servillo, porque los diálogos, un tanto parcos en su argumentación, están lejos de la brillantez de la cinematografía, aunque la idea de que la gracia es la belleza de la duda resuena muy poderosa y tiene un aire sublime. La hermosura contemplativa de la fotografía (a cargo de Daria D’Antonio, que trabajó con Sorrentino en Parthenope, 2024 y La mano de Dios, 2021) contribuye al tono intimista y profundo que el director logra con su personaje. La soledad del poder está representada con hondura en esos planos con De Santis en la casa de gobierno, en los diálogos con su hija Dorotea (Anna Ferzetti), que es también su consejera, en la intimidad del despacho o una cena, y con su edecán (Orlando Cinque), que es una suerte de confidente, en la terraza de la casa mientras contempla una Roma, que no es la de los turistas, con los ojos de introspección. La idea de la duda, como una estancia moral, me recuerda la frase de Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco: «El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda». En el filme de Sorrentino, Toni Servillo encarna la duda como la estancia en un intenso estado de gracia. «Quién es dueño de nuestros días», se pregunta Dorotea, que está a favor de la eutanasia, y la pregunta queda en la consciencia del público con sus resonancias políticas, jurídicas y éticas. La grazia: la belleza de la duda, de Paolo Sorrentino, es una película para meditar y disfrutar mientras celebramos el milagro de la lentitud elegante y la calma misteriosa en estos tiempos de la indigesta comida rápida y los estúpidos ultimátums nucleares. 

 

La del estribo

 

No. Don Quijote nunca dice esta frase ni nada parecido. Quienes la divulgan en sus estados de WhatsApp o en las redes sociales para echarse encima una pátina literaria solo demuestran que nunca han leído el Quijote y que lo mencionan solo como postureo. Lo que sí le dice don Quijote a Sancho, al aconsejarle sencillez antes de que asumiera el gobierno de la ínsula Barataria, es: «Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno podrá correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio» (II, 42). Y, más adelante, lo aconseja así: «Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera afectada que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala» (II, 43).