José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, marzo 09, 2026

Oscar 2026 a la Mejor película: tentativa de pronóstico

Con 16 nominaciones, Sinners es la película más nominada de la historia del Oscar.

Por supuesto que solo a mis amistades y a quienes leen este blog les interesa mi pronóstico sobre quién ganará el Oscar 2026 a la Mejor película. No he seguido como un apostador profesional los premios que cada una de las producciones ha ganado en la temporada previa al Oscar, pero algo he leído al respecto y he visto casi todas las nominadas, excepto una[1], y todas las favoritas de las quinielas. Entre las favoritas están Sinners, One Battle After Another, Hamnet, Marty Supreme y Sentimental Value, que son propuestas de cine tan disímiles que vuelven muy difícil el intento de compararlas. Esta tentativa de pronóstico, por lo tanto, es una mezcla de mis gustos de cinéfilo, la cercanía emocional con los asuntos tratados y la profundidad de la problemática ética que el filme plantea.

Brad Pitt en F1: The Movie
           Antes que nada, quiero descartar algunas nominadas. F1: The Movie, dirigida por Joseph Kosinski, me dio una inesperada jornada de entretenimiento para un domingo de tarde. Se trata de la reivindicación de un viejo piloto de Fórmula 1 con un final feliz y mesurado. Está interpretada por un Brad Pitt que todavía camina y sonríe como en Thelma & Louise. Ni siquiera la fanaticada de Fórmula 1 o de BP alberga alguna esperanza de que gane la estatuilla. Bugonia, dirigida por Yorgos Lanthimos, es una disparatada comedia de ciencia ficción que trivializa el impacto mortal de las farmacéuticas en la salud de una comunidad, haciendo que una de las víctimas sea un lunático violento y que la despiadada gerente de la farmacéutica, finalmente, calce en las alucinaciones conspiranóicas de aquel. Afortunadamente, la tierra plana del filme es destruida, lo que incluye a la propia película.

Train Dreams se puede ver en Netflix
           Train Dreams, dirigida por Clint Bentley, es un western íntimo, cargado de afectos profundos, con una actuación descollante de Joel Edgerton como el leñador que trabaja en la tala de árboles para los durmientes de la línea férrea en el Oeste norteamericano, a comienzos del siglo XX y que, al perder a su esposa, intenta reconstruir sus vida. Asistimos a una bella meditación sobre la vida, sus visicitudes y el espíritu del amor que permanece hasta la muerte, pero, dado el nivel de las favoritas, la sensibilidad de su propuesta no le alcanza para el Oscar.

Leonardo DiCaprio desarrolla un excelente papel protagónico en One Battle After Another. 

One battle after another
, dirigida por Paul Thomas Anderson, está protagonizada por un Leonardo DiCaprio que es capaz, como dice mi hija, de crear un personaje con solo sujetarse el pelo con un moñito. La problematización de una revolución imposible en la sociedad norteamericana, de la existencia de una organización de millonarios supremacistas que se sienten por encima de la ley, y de los vínculos afectivos entre un padre desastroso y una hija vehemente, valiente y con conciencia de clase, está muy bien lograda. Es un drama de acción con una fuerte carga política que consigue un cierre optimista a pesar de reconocer la existencia de un poder militar, casi invencible, que sostiene el engranaje de la dominación. Es mi favorita, pero no creo que gane.

Timothée Chalamet en Marty Supreme.
          Marty Supreme, dirigida por Josh Safdie, es una comedia de humor oscuro sobre un antihéroe más antipático que el ganster barrial o el millonario esposo de la actriz que se convierte en la amante del microtenista, interpretado impecablemente por Timothée Chalamet. A propósito, en los últimos días, Chalamet ha hecho lo posible por ser más antipático que el propio Marty o que Karla Sofía Gascón, al declarar, con la franqueza de los idiotas que se sienten brillantes, que no querría trabajar en la ópera o el ballet porque son artes que ya no le interesan a nadie. Enseguida dijo la típica frase de los que acaban de insultarte: «Con todo el respeto a la gente del ballet y la ópera», y añadió riendo: «Acabo de perder 14 centavos en audiencia. Estoy disparando sin motivo alguno». Pero no estoy votando por el Señorito Simpatía. La película tiene un ritmo trepidante, aunque a ratos el delicuente de barrio que es el Marty fullero se transforma en socio de un gánster o quema una gasolinera o se humilla ante un financista con tal de conseguir un ticket para jugar ping-pong. Es una gran película, pero me causa repulsión.

Stellan Skarsgård y Renate Reinsve en Sentimental Value.

          Si yo votara, lo haría por Sentimental Value, dirigida por Joachim Trier, o por Hamnet, dirigida por Chloé Zhao. La dos películas desarrollan la idea de la existencia de un espíritu sanador a través del arte teatral y la manera como el teatro representa la vida en toda su extensión. En ambas, el duelo y el remordimiento atraviesan a los personajes y, en ambas, la purificación y la piedad son posibles gracias a la pasión que tiene lugar en la escena. Son películas distintas en su tiempo y localidad, en el carácter de sus personajes, en su cinematografía, pero, al mismo tiempo, son películas que conversan con los espectadores en tono íntimo y diseccionan el desgarramiento al que los seres humanos estamos sometidos cuando se trata de nuestros dolores íntimos. Ahora bien, como tengo que votar solo por una, lo haré por Hamnet.

 

Michael B. Jordan como los hermanos gemelos Smoke y Stack, protagonistas de Sinners.

             Sin embargo, la que seguramente ganará el Oscar a la Mejor Película es la taquillera Sinners, dirigida por Ryan Coogler, que con diecéis nominaciones es la película más nominada de la historia del cine. Sinners tiene la extraña cualidad de ser una película transgenérica: es un drama histórico sobre el racismo, en el sur de los Estados Unidos, en el tiempo de las leyes Jim Crow, un espectacular musical sobre el jazz y su evolución, una película de horror sobrenatural, narrada con una desenfadada sensualidad, y que envuelve a su protagonista en un drama amoroso signado por el duelo. Además, DiCaprio la tiene difícil frente a la comentadísima intepretación dual de Michael B. Jordan como los dos hermanos gemelos protagonistas del filme. Temáticamente ambiciosa, combina vampirismo y folclor afroamericano, y su síntesis se conjuga en tiempos contemporáneos en un bar de Chicago: ahí se reunen el músico y los vampiros como la metáfora visual de la eternidad de la música, en general, y del jazz, en particular, con todo lo que ello conlleva en términos culturales y políticos.  

Así que cerraré este artículo citando una verdad de Perogrullo que me genera la intelegencia artificial cuando le pregunto su pronóstico: «En última instancia, el resultado dependerá de cómo voten los miembros de la Academia, que suelen premiar tanto la relevancia cultural como la excelencia cinematográfica. Si la tendencia actual continúa, la competencia probablemente se decidirá entre Sinners y One Battle After Another, dos películas que representan visiones muy diferentes del cine contemporáneo, pero que comparten una ambición artística que las convierte en dignas aspirantes al premio más prestigioso de la industria». La IA juega al rojo y negro. Yo prefiero seguir apostando en mis sueños a que Hamnet gane el Oscar a la Mejor Película.

 

Jessie Buckley está maravillosa en Hamnet. Paul Mescal es un Shakespeare digno.



[1] Para la escritura de esta entrada no alcancé a ver El agente secreto, dirigida por Kleber Mendonça Filho. Luego de los azotes correspondientes, me comprometo a verla algún día de esta semana. 

Wagner Moura en El agente secreto, que también está nominada al Oscar a Mejor Película Internacional.

Actualización del 10 de marzo
: Anoche vi El agente secreto y, como me sucede con el cine brasileño, la película me gustó por el manejo del drama personal en el contexto de una dictadura civil-militar (1964-1984). No tiene la profundidad conmovedora de Aún estoy aquí ni una actuación que se asemeje a la fortaleza espiritual que le imprime Fernanda Torres al personaje de Eunice, pero El agente secreto, que ocurre en el carnaval de Recife de 1977, maneja con efectividad la sátira carnavalesca para describir a los represores y sus métodos burdos y crueles, y, al mismo tiempo, presenta la intimidad familiar de los protagonistas, víctimas de la violencia represiva. La película se abre con una escena casi surrealista: un muerto a tiros en una gasolinera al que la policía local, más interesada en extorsionar a un conductor, no le presta atención. Luego, nos entrega la historia de una pierna que patea a homosexuales y prostitutas en un parque y que los diarios sensacionalistas la presentan como noticia; unos matones de la dictadura tan crueles como estúpidos; cien muertos durante el carnaval que son celebrados como un éxito de la fiesta; y así. El equilibrio lo ponen las víctimas y sus vidas sencillas. Además, el filme tiene una serie de guiños-homenajes desde el cine al cine (Tiburón dialoga con parte de la trama; el cine del barrio exhibe afiches de los estrenos de Doña Flor y sus dos maridos y Pascualino Sietebellezas, y, como en Cinema Paradiso, la cabina de proyección es un espacio protagónico). Si bien no está entre mis favoritas para el Oscar, El agente secreto, protagonizado de manera brillante por Wagner Moura, es un thriller político de buena factura cargado de nostalgia, rebeldía y esperanza.  

 

lunes, marzo 02, 2026

El eros y el tiempo en la poesía de Efraín Jara Idrovo (1926-2018)


Efraín Jara Idrovo en su estudio, c. 1992. Foto: Gustavo Landívar. Ilustración de portada del tomo II de su obra reunida, Ensayos, discursos y correspondencia, publicada por el GAD de Cuenca y UCuenca Press.

En 2018, cuando se cumplieron cuarenta años de sollozo por pedro jara publiqué una entrada en este blog sobre dicho poema; un texto que siempre nos conmoverá por la hondura de su expresión poética y porque da cuenta de nuestra propia finitud. El comentario fue a propósito de la bella edición bilingüe del poema, traducido al inglés por la académica Cecilia Mafla-Bustamante, publicada por el GAD de Cuenca. El año pasado, comenté la aparición de la obra reunida de Efraín Jara Idrovo (1926-2018) en tres tomos, un homenaje transcendental a un poeta esencial, publicada también por el GAD de Cuenca y UCuenca Press, editorial de la Universidad de Cuenca y que está disponible en línea. Este año, el 26 de febrero pasado, se conmemoró el centenario del natalicio de Efraín Jara Idrovo, lo que me ha motivado a revisar su poesía erótica concentrada, sobre todo, en
 «Añoranza y acto de amor» (fechado en 1971 y publicado en 2 poemas, en 1973, junto con «Balada de la hija y las profundas evidencias») y Los rostros de Eros (1997).

El Eros está presente a lo largo de la obra de Jara Idrovo con una mirada sexualizada y gozosa, desde la que el deseo exacerbado se expresa con lascivia y el cuerpo es un espacio para la materialización de aquel deseo, acompañado siempre por la invocación de su belleza. Simultáneamente, el Eros se consume en el instante, el gozo es fugaz, y la pasión no resiste su confrontación con el tiempo, de cara a la muerte.

           «Añoranza y acto de amor» es un poema erótico en el que la sexualidad está verbalizada de forma explícita, es un canto desinhibido de sexo desnudo. En él, el amor es entendido como el gozo de los cuerpos. El anhelo por la mujer amada se revela en el recuerdo de su desnudez: «amasada con relámpago y piedras preciosas tu desnudez / desnudez de espejo suspendido en el vacío / veta de pórfido alucinada por la luna» (228)[1]. Anhelo que se manifiesta como un canto al sexo de la amada:

 

tu sexo de cráter de volcán

de fondo sin fondo del vértigo

sexoacceso

sexobseso

sexoexceso

grieta de la eternidad o cicatriz del rayo

tu sexo fascinante y voraz como las anémonas marinas

tu sexo que huele a madriguera de leopardo (230)

 

Ese canto a la sexualidad explícita ya estuvo presente en el tono bíblico de «Elegía por el sexo de Thamar» (1946), que canta a la pérdida de la virginidad y el triunfo deseo palpitante de la joven Thamar, viuda de los hermanos Er y Onán, que seduce a Judá, su suegro, disfrazada de ramera (ver Génesis 38): «En vano tu heliotropo / tu joven sexo oloroso a panal, / fricción de astro y vinagre enardecido / estaba vigilado por un ángel» (129-130).

Las características arriba enunciadas también están en los sonetos de Los rostros de Eros, en donde el tratamiento de la belleza de la mujer amada y la lascivia son dos motivos recurrentes del poemario. En la primera parte, «Preciosa, el tiempo y el amor» —de título que evoca a García Lora—, la belleza es un atributo que deslumbra, pero es efímero y perdura cuando ya no está: «Nunca en sí se sustenta la belleza. / Lo mismo que la muerte, su existencia / la columbramos en la inexistencia: / se nos revela como una nostalgia» (376), y esa evocación de la pérdida conlleva a la contemplación de una abstracción, de una idea; en este sentido, la hermosura de la desnudez es un concepto en los ojos del amador: «Desnuda eres irreal, de tan perfecta, / ¡no veo el cuerpo, miro tu hermosura!» (377). La tercera parte, «Sonetos de una libertina» nos presenta la pasión desbordada, orgiástica: «Apenas unos brazos te ceñían / o una boca reptaba por tu cuello, / cercana a lo animal, languidecías / en un tenue reguero de gemidos. // ¡Gemidos de placer y de tortura!» (399). A lo largo del poemario hay desnudez, deseo, exaltación de la belleza del cuerpo: el Eros expuesto en la palabra.

            El poeta ha elegido la forma rígida del soneto para contener tanta exaltación, pero su mirada va más allá del placer y confronta al Eros con el tiempo y la muerte. En la segunda parte, «Tríptico», el soneto inicial concentra el pensamiento del poeta sobre la condición efímera del placer y de todo: «¡Nada presuma duración, si empieza! […] ¡El tiempo no transige! Flor inestable, / lazo en trenza del aire, mariposa, / y el hombre han de finar, porque comienzan» (393). El poeta, con pesadumbre, reconoce que el tiempo, que consume la belleza y la pasión, encarna su condición inevitable, y aunque declara hiperbólico: «Sólo sé que, sin ti, no habría mundo» (383), sabe que todo pasa en el transcurrir de la existencia: «Mas del amor ¿quién sabe los designios? / ¡Viento es su duración! Posa la planta, / y no hay huella de amor, sino de olvido…» (384).

Es muy placentero leer la poesía erótica de Efraín Jara Idrovo que nos asoma hacia la turbulencia del deseo exacerbado, la carnalidad y la desnudez, que recorre la evocación de la belleza desde la mirada del amante y se deleita en gozo orgiástico con el recorrido del cuerpo amado. Ese placer tiene su límite en la aceptación del tiempo, que todo lo consume. Al final, las cosas del mundo se acaban, menos la expresión poética, consuelo estético de quienes poetizan la vida: «¡Nada escapa a la muerte!: amor, belleza, / poder. Y, sin embargo, prevalece / lo más frágil del hombre: ¡la palabra!»  (394). El placer de la palabra escrita, el placer de su lectura.



[1] Todas las citas han sido tomadas de Efraín Jara Idrovo, El mundo de las evidencias. Obra poética, 1945-1998, edición de María Augusta Vintimilla (Quito: Libresa / Universidad Andina simón Bolívar, 1998). El estudio de María Augusta Vintimilla, miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, silla B, es una de las lecturas más profundas y acabadas de la obra de Efraín Jara Idrovo.

 

martes, febrero 24, 2026

El Cervantes de Amenábar en Argel o el nacimiento de un fabulador

Julio Peña como Miguel de Cervantes en El cautivo (2025), de Alejandro Amenábar. La película está disponible en Netflix.

             En el capítulo décimo del tercero libro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617) se cuenta la historia de dos mancebos que, frente a dos alcaldes, describen un lienzo en el que está pintada la ciudad de Argel, «puesto universal de corsarios y amparo y refugio de ladrones»[1], y también los castigos que sufrieron como cautivos. Uno de los alcaldes, que ha estado cinco años en Argel como esclavo, se da cuenta de que los falsos cautivos han estado «contándonos mentiras y embelecos» (307) y decide castigarlos mediante el escarnio de pasearlos por el pueblo encima de sendos burros. Los falsos cautivos son, en realidad, estudiantes de Salamanca que quieren enrolarse en la armada de España y necesitan dinero que recolectan contando historias. Al final, luego de sentidos argumentos sobre la justicia y la ley, el alcalde los perdona y los invita a su casa «donde les quiero dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí en adelante ninguno les coja en mal latín, en cuanto a su fingida historia» (310).

            En la obra de Miguel de Cervantes es constante la reflexión sobre el arte de contar historias. Así, en El Quijote (I, XLII), luego de escuchar la historia del cautivo contada por el capitán Ruy Pérez de Viedma, don Fernando dice: «Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este extraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y extrañeza del mismo caso: todo es peregrino y raro y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien lo oye; y es de tal manera el gusto que hemos recibido en escuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el mismo cuento, holgáramos que de nuevo comenzara». La figura de Cervantes como el fabulador, el contador de historias, «el más grande mentiroso», según Hasán Bajá, gobernador de Argel, que era también su carcelero y benefactor, es central en El cautivo (2025), la película dirigida por Alejandro Amenábar[2], que, además, maneja muy bien la mezcla de realidad, vida e imaginación e introduce, para la polémica, la ficción de un Cervantes que mantiene una relación homoerótica con Hasán Bajá.

            Ya desde el título, El cautivo, de Amenábar, nos plantea el entrecruce de realidad y ficción y el diálogo intertextual entre la trama de la película, la escritura de El Quijote y la vida del Manco de Lepanto. Cervantes estuvo preso, es decir cautivo, en Argel, de 1575 a 1580, y en El Quijote, la historia del cautivo se cuenta en los capítulos XXXIX a XLI de la primera parte. En la película, el cautivo es el mismo Cervantes. En El Quijote, Cervantes aparece ficcionalizado por Ruy Pérez de Viedma; este, al contar las crueldades de Hasán Bajá, a quien llama Azán Agá, dice que «cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquél», también señala un hecho singular: «Sólo libró con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra…» (I, XL). Lo que lo salva, según la película, es su habilidad de contar historias —al igual que Sherezade, que las cuenta para salvar su vida— con las que entretenía no solo a los prisioneros, sino al propio Hasán Bajá, de tal forma que aseguraba para sí una consideración especial.

 

           

Alessandro Borghi como Hasán Bajá
 El motivo de las historias en la película es tratado de manera muy cervantina y Hasán se convierte en una suerte de crítico de la narrativa de Cervantes. Así, Hasán le hace señalamientos de verosimilitud («un cristiano no puede comprar un barco en Argel»), de crítica al lugar común de las novelas de caballerías (él no quiere oír historias de encantamientos ni hijos secretos), o de estrategias narrativas (él devela el truco: «endulzar las historias para que la gente se emocione»). El mismo Hasán se siente maravillado ante la historia de El lazarillo de Tormes, tanto por su realismo como por su humor. Asimismo, cuando Cervantes cuenta sus historias a los prisioneros, las deja en un momento crucial —igual que Sherezade— para continuarlas otro día, creando la expectativa de su audiencia y así se va ganando el afecto de su público.

            Justamente, la mención que hace el cautivo Ruy Pérez en El Quijote sobre el propio Cervantes es uno de los textos que da pie para intuir que la relación entre Hasán y el escritor pudo ser una relación homoerótica. Muchos biógrafos se cuestionan que, luego de intentar escapar cuatro veces, Cervantes no haya recibido el castigo —la muerte por empalamiento— que Hasán Bajá acostumbraba a dar a quienes pretendían burlarlo. Rosa Rossi, Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo, cervantistas reconocidos, señalaron, en los años noventa del siglo pasado, la posibilidad de que Cervantes se hubiera salvado por su relación homoerótica con Hasán. Sin embargo, hay quienes sostienen que el Bajá no empaló a Cervantes, simplemente, porque era un prisionero que valía ¡500 escudos!, que era una suma astronómica en la época[3]. El otro elemento que permitiría suponer la relación de Cervantes con Hasán es la acusación que hace el sacerdote dominico y comisario del Santo Oficio Juan Blanco de Paz. El dominico delató el cuarto intento de fuga de Cervantes y, además, lo acusó ante el Santo Oficio de haber cometido «cosas viciosas, feas y deshonestas» durante su cautiverio.

Amenábar aprovecha estos indicios y nos entrega un Cervantes de su invención que, al pasear por Argel, frecuenta un ambiente homoerotizado y termina enamorado de su seductor carcelero. En el diálogo que se da entre el escritor y el gobernador, luego de yacer juntos en el hedónico ambiente de las piscinas del palacio, Hasán le cuenta con crudeza cómo unos moros asesinaron a su madre y proclama la inexistencia del amor. Cervantes pregunta, con algo de ingenuidad: «Y si no hay amor en el mundo, ¿qué nos queda?», a lo que Hasán responde: «Los placeres. Los pequeños placeres. La luz del sol por la mañana. Las estrellas por la noche. Un buen banquete. Tus historias… cuando son buenas. El placer de la cópula». Así, la película confronta el hedonismo erótico del Bajá con la represión sexual católica de Cervantes. Y, en otro plano, la crueldad del Bajá con sus prisioneros en similitud con la crueldad de la Inquisición, institución para la que la sodomía era castigada con la muerte.

 

Fernando Tejero es el comisario del Santo Oficio Juan Blanco de Paz que acusa a Cervantes de «cosas viciosas, feas y deshonestas» durante su cautiverio. 

Juan Manuel Lucía Megías, experto cervantino y asesor de Amenábar para la película, ha dicho de forma dubitativa que «los documentos que acreditan su homosexualidad no tienen ninguna validez científica. Esto no significa que no pudiera tener relaciones homoeróticas, pero no hay pruebas concluyentes», y el mismo Megías ha señalado, en declaraciones a Newtral, que el rumor de que Cervantes huyó de Madrid por acusaciones de sodomía con su maestro López de Hoyos es un invento de Fernando Arrabal en su novela biográfica El esclavo Cervantes. El cervantista Daniel Eisenberg, que considera “repugnante” y una “chapuza” a la novela de Arrabal, concluye, un tanto indeciso, en «La supuesta homosexualidad de Cervantes», que este: «no es un defensor ni un partidario de la homosexualidad. Pero tampoco lo es de la heterosexualidad. No me parece un entusiasta de sexualidad alguna. El deseo sexual es una forma de locura; cuando se produce, hay que canalizarlo o encerrarlo con candados fuertes. Sí fue Cervantes un defensor del matrimonio, pero no es el matrimonio por amor, sino el destinado a la satisfacción sexual del varón y sobre todo a que los niños y sus madres tengan un apoyo económico». En cualquier caso, este elemento especulativo de la película, que Amenábar lo transforma en verdad de la ficción, es una provocación que es parte de la agenda personal del director. ¿Funciona en la película? Sí, a condición de entenderla como una invención particular, algo oportunista si se la quiere criticar, pero sin la perspectiva del discurso homofóbico.

El nacimiento del Cervantes fabulador en Argel, ese nuevo yo que emerge luego de cinco años de cautiverio, tiene un bautizo: el cambio del apellido materno Cortinas por el de Saavedra. Amenábar simplifica el cambio diciendo que Cervantes adopta el apelativo Saavedra por su significado de «brazo defectuoso» o «tullido», pero el asunto es un poco más complejo para los académicos. En «El tal Shaibedraa‘» (2013), Luce López-Baralt señala que la adopción del apellido Saavedra combina algunos elementos. En primer lugar, la existencia de un pariente lejano, Gonzalo Cervantes Saavedra, también soldado en Lepanto, al que Cervantes evoca como poeta en «El canto de Calíope», de La Galatea (1585):

 

Ciñe el verde laurel, la verde yedra,

y aun la robusta encina, aquella frente

de Gonzalo Cervantes Saavedra,

pues le deben ceñir tan justamente.

Por él la ciencia más de Apolo medra;

en él Marte nos muestra el brío ardiente

de su furor, con tal razón medido

que por él es amado y es temido.[4]

 

           

Miguel Rellán como Antonio Sosa, el narrador de la película.
  En segundo lugar, López Baralt propone que Cervantes adopta un apellido “fronterizo”, toda vez que él mismo es un transeúnte que se mueve en los márgenes de dos culturas, pero que, al mismo tiempo, es una garantía de su “sangre limpia”, pues Saavedra tiene origen gallego, asociado con la casta goda, con lo que Cervantes se ubica en la estirpe de los cristianos viejos: «El apellido Saavedra procede del topónimo Saavedra, población de la provincia gallega de Orense (Tibón, 1995, 215). Etimológicamente deriva del bajo latín sala vetera, que deriva en gallego en Saa (sala, solar, caseóo, quinta) vedra (antigua) (Tibón, 1995, 215; Faure et al., 2001, 667)» (198).[5]

            En tercer lugar, López Baralt señala lo complejo de la asunción del nuevo apellido. «Es que el apellido hispano Saavedra que adopta Cervantes consuena demasiado de cerca con el antiguo apellido argelino Sayb ag-gira' (también transliterado como Sazb al-d,ira '), pronunciado “Shaibedraa'” en árabe dialectal magrebí» (198). Ella concluye que en la adopción de su nuevo apellido también está presente el humor cervantino para trabajar los nombres de sus personajes y su manera de cristianizarlos: «Ahora vemos que el “grito de guerra” Shaibedraa', aun más que el simple Saavedra, conjuga en sí mismo todas estas experiencias identitarias encontradas. Por más, es nombre godo (por su origen gallego) y a la vez árabe (por su origen argelino): Cervantes, no cabe duda, se ha bautizado con un perfecto baciyelmo» (201).

            El cautivo, de Alejandro Amenábar, es una película entretenida como era el objetivo cervantino al contar una historia, trabaja con lucidez la relación de la realidad y la ficción en la construcción narrativa, y asume el riesgo de inventar una historia, con mucho de especulación y poco de documentación, sobre la estancia de cinco años de Cervantes en la prisión de Argel.

 

La del estribo 

 


Emmanuel Tornés Reyes (Manzanillo, 1948 – La Habana 2026). Un crítico lúcido y un estudioso riguroso de la literatura latinoamericana. Autor de numerosos libros de crítica literaria y antologías de narrativa latinoamericana. Emmanuel tenía la enorme vocación del maestro cuya enseñanza se esparce generosa y con cariño en cada clase. Un hombre sencillo y afectuoso que conocía el valor de la amistad. La foto es de octubre de 2010, en el Palacio de Carondelet, en Quito, cuando dio un curso de crítica latinoamericana en la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador. Una sentida necrología la encontramos en la edición digital de Granma, escrita por Madeleine Sautié: Adiós a Emmanuel Tornés, escritor y brillante maestro 


[1] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Madrid: Real Academia Española, 2017), 304.

[2] El cautivo (2025), dirección, guion y música: Alejandro Amenábar; fotografía: Alex Catalán; vestuario: Nicoletta Taranta; elenco: Julio Peña (Miguel de Cervantes), Alessandro Borghi (Hasán Bajá), Miguel Rellán (Antonio de Sosa), Fernando Tejero (Juan Blanco de Paz), José Manuel Poga (Diego Castañeda), Luis Callejo (Dorador/Yusuf), Albert Salazar (Beltrán), César Sarachu (Fray Juan Gil), Roberto Álamo (Alonso/Abderramán), Luna Berroa (Zoraida). La película está disponible en Netflix.

[3] Según la IA de Google: «500 escudos de oro del siglo XVI (introducidos en 1535) representarían hoy una fortuna inmensa, difícil de calcular con precisión por la inflación histórica. Equivalían a gramos de oro puro (aprox. 1,7 kg de oro), con un valor en metal precioso superior a 120.000-130.000 euros actuales, sin contar su valor numismático».

[4] Miguel de Cervantes, La Galatea (Madrid: Real Academia Española, 2014), 381.

[5] Luce López-Baralt, «El tal Shaibedraa‘», en Varios autores, Hispanismos del mundo. Diálogos y debates en (y desde) el Sur, coord. Leonardo Funes (Argentina: Asociación Internacional de Hispanistas, 2016): 193-204.