José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, marzo 17, 2025

Día Mundial de la Poesía: Otra vez la rosa otra

El Día Mundial de la Poesía se celebra el 21 de marzo de cada año. En la 30ma. Conferencia General en París, en 1999, la Unesco declaró esta fecha para conmemorar una de las formas literarias que, mediante una búsqueda incesante de las distintas aproximaciones a la belleza, expresa el espíritu de la humanidad. Dice la Unesco en su sitio web: «La poesía, practicada a lo largo de la historia en todas las culturas y en todos los continentes, habla de nuestra humanidad común y de nuestros valores compartidos, transformando el poema más simple en un poderoso catalizador del diálogo y la paz». Yo les ofrezco, en esta entrada, una selección de poemas de Trabajos y desvelos (2022) que dialogan, a partir de la imagen de la rosa, con poetas queridos.

Foto de la artista colombiana Marcela Sánchez González, Mara, 2019.

 Vigilia de la rosa

 

¿Cómo hacerte florecer en el poema rosa dormida?

Gestación del instante

                  pétalos del esplendor

                              decadencia del rocío.

Otra vez la rosa, otra vez.

Y, sin embargo, floreces sin la existencia del poema y te instalas en nuestra pupila, ¡oh, rosa!, en el asombro de la pareja primigenia.

Expulsados del divino paraíso y su eternidad, tú germinas en el humano jardín de nuestra finitud.

Otra vez la rosa, otra vez, rosa otra.

 

 

La rosa blanca de Martí

 

Hay una rosa de enero y julio que habita en mí

y existe mundano un verso que la pluma escribe.

Si mi pluma retratara la rosa blanca que me habita

atraparía a la poesía en el rosedal de mi escritura.

 

La poesía cruel arranca la rosa para su belleza única

y abandona en mi mano torpe el tallo de tristes espinas.

 

 

Despetaladas

 

Te molieron a palos, María Juana Pinto

que vives en la cruz de estas palabras.

 

Ileana Espinel, «María Juana Pinto»,

Tan solo 13, 1972.

 

Rosas arrancadas del rosal

desgajados sus pétalos, quebradas sus espinas.

Toda rosa se parece a sus pétalos caídos.

Rosas desgarradas por ser rosas

porque sus pétalos perfuman y sus espinas hieren.

Toda rosa se parece a sus espinas rotas.

Rosas arrojadas a un basural

mezcladas en carne sangrante y huesos molidos.

Toda rosa se parece a su rosa marchita.

 

 

Rosa Amada

           

             Soy la rosa de la verdad del verso y soy la espina de la mentira del poeta. Soy la espina del amor en la poesía que sangra y soy la rosa encendida que se extingue en el poema. El día en que me faltes me arrancaré la vida. Soy la rosa fatal, pero no soy la espina asesina. Soy Rosa Amada, la del poeta suicida.

 

 

La rosa que iba a ser reina

 

Todas las rosas iban a ser reinas entre tantos reinos sobre la mar.

Lucila hablaba al oído de Cristo y a la Muerte en dolor de sonetos;

descubrió la razón de locas mujeres, jugó a la ternura de las rondas

con hijos de nubes; en el pórtico de un lagar mató a su flor de cactus

y junto a su verso atravesó la delgada geografía de su patria, sin reino.

           

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?

            ¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

 

La rosa de pétalos ásperos bebió del rocío junto a la rosa errante

y, desde la noche de la muerte de la mar, ambas rosas compartieron

secretos de sol y lluvia, y sus tallos abrazados en el reino del rosedal.

 

 

Roses For Export

 

El poeta Julio Pazos transita el Qhapaq Ñan

en la personal misión corográfica de su poesía.

 

Deja constancia en el verso del olor a pan del alba en Pinllo,

del conejillo de Indias en los asaderos de Baños de Agua Santa

y de las ofrendas que alimentan la memoria de nuestros muertos.

 

El poema es una mazorca que amalgama los oficios del pueblo.

Los corazones sencillos conspiran por la alegría de los días tristes,

escancian aguardientes nocturnos y bendicen el cultivo de su heredad.

 

            En las tortillas de maíz

            pueden verse días y caminos.

 

¿Qué epítetos invocaremos para las roses for export?

Tallos de de esperanza, botones de ternura; colores

saturados de arcoíris: sangre, sol y mares, rayos de menta y nubes.

 

El poeta nos enseña a sembrar metáforas.

¿Qué imagen florecerá en las espinadas manos

de esas mujeres que se marchitan para la lozanía de roses for export?

 

Julio Pazos perpetúa la poesía en la patria del poema,

en su personal misión de levantamiento del país con textos libres.

 

 

Nocturno de Pizarnik

 

pétalos de sangre

de la rosa que en el fuego

habita sus heridas.

 

a cantar dulce y a morirse luego.

 

pétalos de seconal

de la rosa que a sí misma

clava sus espinas.

 

 

París, 15 de abril de 1938

 

En los campos de capulíes de Santiago de Chuco

florece, trilcemente, una rosa llena de mundo.

¡Biba la poesííííía! Y el poeta, ¡ay, muere viviendo!

 

 

Envío: una vez más, Márgara Báez


para Marcelo Báez Meza

 

            Escribir un poema a la poesía es un asunto de Bécquer y yo soy solo un Vallejo menor de cualquier antología.

            «Ten cuidado con las personas que inventas porque puede resultar que sí existen».

            Desahogo margaritas y rosas en la piedra negra de mi mortero y aromo con sus pétalos las metáforas mustias de mis versos blancos.

            «Que tengan cuidado las personas que te quieren inventar porque pueden convertirse en víctimas de su propia invención».

            En tierra de Nadia —tan lejos, tan cerca— fuimos el poeta del barrio y la rosa de los vientos: actantes feraces en la novela de una novela de Márgara Báez.

            Escribir un poema en la rosa, ¡oh poetas!, que la poesía florezca en la rosa escrita.


lunes, diciembre 02, 2024

César Dávila Andrade revisitado por la Academia Ecuatoriana de la Lengua

           

             En su ensayo «César Dávila Andrade: el dolor más antiguo de la tierra», Diego Araujo reflexiona, apenas un mes después del suicidio de aquel, sobre la obra del poeta y concluye: «Esta polaridad entre la sed cada vez más agobiante de lo Perfecto y la proporcionalmente mayor imposibilidad de satisfacerla, es la esencia de la angustia en la obra de Dávila»[1]. Este ensayo fechado el 3 de junio de 1967, tan estremecedor como brillante, está incluido en la reciente publicación de la Academia Ecuatoriana de la Lengua César Dávila Andrade: antología e interpretación, que fuera presentada en el XVII Congreso de las Asociación de Academias de la Lengua Española, ASALE, el 12 de noviembre.[2]  

        

            El editor y coordinador de esta nueva antología de la obra de Dávila Andrade fue Jorge Dávila Vázquez —uno de los mayores conocedores de la obra del Fakir—, quien lo define como un enorme poeta, insigne cuentista y formidable ensayista. Dávila Vázquez, además, describe las relaciones que la obra daviliana tiene con otras artes: las representaciones teatrales de «Boletín y elegía de las mitas» y la música sinfónica sobre el poema compuesta por el maestro Edgar Palacios; o los diálogos de su obra con artistas plásticos como Guayasamín, Kingman y Chalco. Esta antología ofrece una serie de ensayos sobre diversos aspectos de la obra de Dávila de varios críticos, tanto del Ecuador como de Latinoamérica.

            María Augusta Vintimilla, que tuvo a su cargo la selección de los poemas, hace un minucioso como lúcido recorrido por todas las etapas de la poesía de Dávila, a partir de postulados de la poética daviliana en «Poesía quemada», entendida como un conjunto en el que «las nociones de instante y absoluto que subyacen con diferentes intensidades y matices en toda la poética daviliana convocan simultáneamente a sus opuestos anulando las contradicciones» (43). Para Vintimilla, la poesía de Dávila es una búsqueda permanente de lo que fue el centro de su poética: «la apertura de una grieta en la materialidad del mundo para vislumbrar un destello del Gran Todo…» (44).

           


Mural Boletín y elegría de las mitas, de Jorge Chalco, 2023. El mural es parte de un conjunto de cuarenta cuadros alrededor del poema de César Dávila Andrade.

            Diego Araujo, que además del texto ya citado seleccionó los ensayos, señala en su texto introductorio: «Las páginas de prosa no ficcional tienen también una marcada textura poética, están trabajadas con originales imágenes, cuidados adjetivación y apreciable eufonía» (577). La selección de Araujo nos entrega el bellísimo «Visión y elogio del río Paute», nos muestra a un Dávila atento al mundo con sus comentarios sobre Omar Kayyam, Antonio Machado, Ernesto Cardenal, o Joyce y su Ulises, y nos permite entender las relaciones de la poética de Dávila con el esoterismo y las religiones orientales en el deslumbrante ensayo de Dávila «Magia, yoga y poesía».

             

Ilustración de Eduardo Kingman
Tuve a mi cargo la presentación de los cuentos que titulé «La narrativa de César Dávila Andrade. Realidad de la muerte y tormento de la vida en clave poética». Yo concluyo que los cuentos davilianos «tienen la virtud de estremecer a sus lectores porque, detrás del horror y la muerte, las situaciones tremendistas y el naturalismo, siempre se muestra la fragilidad de sus personajes, que es la fragilidad del ser humano. Sobre esos seres atormentados, cuya vecindad con el horror y la muerte es permanente, existe la compasión del autor por sus criaturas: la piedad reside en el lirismo de su lenguaje y en la honda mirada del alma de los personajes» (379).

            El cubano Jesús David Curbelo trabaja los sentidos eróticos de la poesía de Dávila tomando como referencia la relación tormentosa del poeta con la artista venezolana Bettina Uzcátegui. El mexicano Adolfo Castañón ensaya una visión del conjunto de la obra daviliana y el venezolano Francisco Javier Pérez hace un recorrido de las relaciones literarias de Dávila con escritores venezolanos. José Gregorio Vázquez indaga sobre el esoterismo de nuestro poeta. Y también encontramos la sentida necrología que Juan Liscano le dedicara a su amigo.

           

Retrato de César Dávila Andrade
La mirada de Vladimiro Rivas sobre «Catedral salvaje» concluye con estas palabras iluminadoras: «Escribir Catedral salvaje fue, no solo una invitación desde el caos a contemplar las maravillas del cosmos, sino, al mismo tiempo, edificarse el templo y la pira donde el poeta habría de sacrificarse por sus semejantes» (357). Julio Pazos, al comentar «Boletín y elegía de las mitas» nos muestra las aproximaciones críticas que ha tenido el poema, las relaciones intertextuales del mismo y describe el estilo de este texto icónico de la literatura nacional. Finalmente, Gustavo Salazar realiza algunas anotaciones sobre un breve epistolario del poeta y Yanko Molina elabora un minucioso léxico daviliano.

              La antología de la poesía, cuentos y ensayos de César Dávila Andrade, publicada por la Academia Ecuatoriana de la Lengua, nos ofrece una muestra bien cuidada de la obra daviliana y recoge miradas diversas, canónicas y nuevas, que iluminan su lectura. Como dice Susana Cordero de Espinosa, directora de la AEL, «Correr el ascua de su voz, quemarnos en ella intentamos, y procurar que esta edición sea el don que la Academia Ecuatoriana lleve a los confines de nuestra lengua que aún viven el vacío de no haber podido conocerlo» (15).

 

PS-1: La ilustración de Eduardo Kingman corresponde al cuento «Durante la extremaunción», de 13 relatos. Kingman la hizo para la edición de las Obras completas. Relato, tomo II (Quito: Banco Central del Ecuador / Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1984), 281. 

PS-2: El retrato de César Dávila Andrade es un óleo de Oswaldo Guayasamín que ilustró las portadas de los dos tomos de las Obras completas citadas arriba.



[1] Diego Araujo Sánchez, «César Dávila Andrade: el dolor más antiguo de la tierra», en César Dávila Andrade: antología e interpretación, Jorge Dávila Vázquez, editor, (Quito: Academia Ecuatoriana de la Lengua, 2023), 712.

[2] En dicho Congreso también fueron presentados el Diccionario académico de ecuatorianismos y Pórtico. Antología de discursos de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. 1884-1935, publicados por la Academia Ecuatoriana de la Lengua con motivo de las celebraciones por su sesquicentenario.

lunes, octubre 28, 2024

La poesía de Jorge Martillo Monserrate: del infierno amoroso, ebrio y vital, y la confrontación con la muerte

(Foto: R. Vallejo, 2024)

Aviso a los navegantes (1987), el primer poemario de Jorge Martillo Monserrate (Guayaquil, 1957), Premio Nacional Eugenio Espejo 2024, tiene un verso que anuncia uno de los motivos poéticos de su obra, que es la ebriedad como un estado personal de la experiencia estética en medio de la tentativa amorosa y, que, al mismo tiempo es una loa bellísima a la cerveza: «Entre salir a emborracharme / cerveza tras cerveza / (oro líquido que no pudieron inventar los alquimistas) / y la música ayuda / usted persiste / da vueltas a mis ansias de embriagarme»[1]. En la poesía inicial de Martillo, la cerveza es celebración de la vida, es complicidad en el amor, es refugio ante el desasosiego, es compañía para el infierno, es el oro líquido que calma la sed de vida. En El amor es una cursilería que mata (2009), uno de sus últimos poemarios, la cerveza es testigo silencioso y frío de la soledad del poeta: «Tengo tres cervezas / Y una tristeza / Las botellas están acostadas en el congelador / La pena me muerde el pecho hasta hundirme»[2].

            La cerveza —veces, el vino— es el símbolo de una ebriedad que, además de procurar la experiencia estética, es también una manera de andar sin ataduras por la vida. En un desdoblamiento literario, Martillo, a través del personaje del Conde de sus crónicas, se ve a sí mismo: «Cuando lo encontré dijo que solo le interesaba: Beber, leer, escribir y matarse […] Es un pésimo escritor pero un excelente amigo»[3], dice en un texto poético que tiene una versión similar como crónica en Guayaquil de mis desvaríos. Crónicas urbanas (2013). Líneas más adelante, en la crónica, modifica la última frase: «Es un pésimo escritor pero un excelente borracho»[4]. El sitio para beber cervezas es el célebre Montreal, espacio donde nos reuníamos los escritores de Sicoseo que, Martillo y Velasco Mackenzie transformaron en un mítico lugar literario.

            Para el poeta, la ebriedad es un estado vivencial que nos confronta con la muerte. En Fragmentarium (1992), el hablante lírico cuya voz se prolonga en una intensa confesión, dice: «Beber, forma de conocimiento / Liquidez que ata y desata a la Muerte […] Vi, oh dios, a la Muerte. / Las voces se apagan. Los rostros desaparecen»[5]. La confrontación con la Muerte es un motivo temático recurrente de la poesía de Martillo desde el comienzo de su obra. Así, en el poema «hic novae vitae porta est», que es la inscripción que consta en el frontis del arco del portón de la entrada número tres del Cementerio General de Guayaquil, la visita al cementerio le permite contemplar desde el cerro las dos ciudades, la de los vivos y la de los muertos y, en medio de la contemplación, tomar consciencia de su rebeldía frente a la muerte: «he visitado esos cerros enrojecidos y me sé cautivo / ni mi cuerpo ni mi espíritu surcarán el portón / y la leyenda en latín dará cuenta de mi eternidad»[6].

            El hablante lírico invoca la muerte como una manera de espantarla. En Vida póstuma (1997) asistimos a una confesión estremecedora del poeta, construida como un testamento al borde de la insania mental y la constatación de la condición solitaria del ser humano. «Que nadie recuerdo el día de mi nacimiento» dice la voz poética y recuerda las vicisitudes de aquel momento para concluir, con la certeza del que ya nada teme, menos a la muerte: «La muerte es más atractiva que el acto de nacer»[7].

            El poeta no elude su confrontación con la muerte. Se introduce en la muerte y su gata Perla lo arranca de ella a zarpazos. Juega con la muerte mientras bebe lentamente su cerveza espumosa en el bar Montreal. La percibe cercana, se siente un corazón podrido, una botella vacía y vuelve a ofrecer, hacia lo que considera el final de sus días, un último aviso a los navegantes. Esta presencia de la muerte como una constante de la vida está íntimamente ligada a esa simbólica ebriedad celebratoria en medio de una locura que el poeta intenta eludir:

 

Podrían ser mejores las cervezas de la otra orilla

—inyectadas como un soplo de morfina en mi cuerpo—

Pero estas cervezas calientes dicen presente

Les doy la bienvenida

Hay que rendirle culto

A toda expresión de vida y muerte.[8]

           

            Pero esa cercanía con la muerte tiene su precio: lo que se paga es ese vaciarse de la vida, esa vida que se consume en lo inútil; ese asumir la soledad en lo cotidiano, esa soledad dominical que apesta. Es la muerte que transcurre en una tradición poética engarzada con el Modernismo, pero sin las adjetivaciones exóticas: en la poesía de Martillo estamos ante la muerte desnuda, como en Edgar Lee Master y sus muertos de Spoon River; una poesía sustantiva, convertida en lo que se teme y, al mismo tiempo, se anhela: «Lo mejor de la vida ha sido morirse»[9]. El poeta se vacía de cosas y de afectos; se abandona a la felicidad de 17 cervezas bien frías en coloquio cifrado con las 17 puñaladas de un poeta de célebre ebriedad como Pedro Gil. El poeta, como un muerto a la deriva, anda en búsqueda del arte poética de la muerte, que, a fin de cuentas, es el acabamiento del mundo:

 

Digo que cuando venga la muerte

Los versos que escribí

Desaparecerán de la memoria

Y los libros

Como un acto de magia

De mi último aliento.[10]

 

En medio del desvarío de la ebriedad y la invocación a la muerte, el hablante lírico asume el amor como la realización celebratoria del deseo y su evocación permanente; asume la condición de lo efímero porque el ser amado es un cuerpo en fuga, una ausencia que se llena con otros cuerpos que también serán ausencia. Hay en ese vacío el imperativo de la maldad, antes que la ternura, como si el hablante lírico quisiera destruir el espacio del amor y convertirlo en espacio de la nostalgia sin redención posible. El poeta reniega del amor entendido como los lugares comunes de una felicidad de postal:

 

El amor es una cursilería que mata

Te impulsa a prometer el cielo desde el infierno mismo

Vender cuotas de amor eterno aunque luego se pudra en una botella

Jurar amar hasta la muerte cuando el olvido está en la esquina

Este sentimiento te lleva a tatuar corazones

En muros y paredes / hojas de cuaderno y correos electrónicos

Corazones que laten gritando que estás vivo

El amor es una cursilería que mata[11]

 

En la tradición de Medardo Ángel Silva, también poeta y cronista de Guayaquil, Martillo es un heredero de los poetas malditos en este trópico de violencia caliente. Por su poesía, navega el barco ebrio de Rimbaud y la ciudad nocturna y pecadora de Baudelaire. El infierno es un lugar que el poeta evoca atravesado por sus tribulaciones y a donde nos convoca para compartir la agonía de la existencia, en la medida en que se enfrenta un dios ruin. El hablante lírico de Fragmentarium se identifica como pecador y se confiesa; el poeta, transido por la culpa judeo-cristiana, se vuelve blasfemo para liberar ese estremecimiento que provoca la existencia y convivir con lo que se teme: «Dice el poeta a sus poemas en llamas: / La poesía es ambigüedad erigida en sistema, / su destino es emparejarse con el horror»[12]. El poeta nos lleva a un descenso a los infiernos para alcanzar una plenitud que está oculta y comparte con nosotros la libertad que procura el descubrimiento de la belleza sin moral: «Oí: / no ensucies el aire, empuerca tu vida. / Lo prohibido no existe, las fronteras son abismos para los estúpidos. / Acude a la expresión auténtica, no huyas del rebelde, ni del orate. / La belleza del infierno existe, pero no es un hecho público»[13].

A lo largo de su obra, un/una poeta va construyendo su arte poética. En ella, quien escribe poesía se erige como un ser que ha recibido sus dones de las divinidades o alguien que trabaja y se desvela para suplir la ausencia del favoritismo de las deidades. En Jorge Martillo el don de la verdad poética fluye trepidante en sus versos. Una recopilación de sus libros, publicada en 2016, se titula Aquí yace la poesía. Yacer, en sus varios sentidos: el del reposo, el del texto ya domado por la escritura y sereno para ser leído; el de cópula de los amantes, el del texto erotizado, el del ars amatoria, el del amor ausente; el de la muerte, el del texto en el sepulcro contenido por el féretro en forma de libro. Lo cotidiano, el amor erótico, la muerte: ese infierno tan temido que el poeta comparte con nosotros: «Desde hace tiempo pregunto: / Por qué mi poesía es una larga conversación conmigo mismo / Será el lenguaje capaz de devorar como el fuego / Deseo convertirme en ceniza / Y desaparecer»[14].

Su verdad poética se nutre de una ciudad a la que ama de infinitas maneras y que está siempre presente en lo cotidiano de su poesía y, por supuesto, en el protagonismo de sus crónicas. La voz del poeta joven la recorre como un escenario popular para la experiencia amorosa y literaria, en sus primeros textos: «recuerdas aquellas cervezas en la oscuridad del melba / esas lenguas enroscándose como serpientes en el barrio las peñas […] el chillar de felinos alunados al llegar a la fortificada ciudad del amor»[15]; y la voz del poeta ya mayor, que se define decadente, la maldice en sus poemarios de madurez como un prisionero condenado a vivirla: «Maldita ciudad / Antro de locos / He bebido de tu veneno / He mordido tu carnada que trastoca los sentidos / Que me mantiene cautivo»[16].

Su verdad poética está embebida de cerveza, ese oro líquido que le da brillo a la oscuridad del solo: «Este domingo es como una droga / Ese soy yo / El pobre infeliz que es feliz con 17 cervezas bien frías […] Ese soy yo / El que se cree libre porque camina descalzo / Por calles sembradas de vidrios»[17]. La soledad es un abismo que atrae y que engulle, un monstruo que devora al solo, a ese que llega a donde nadie lo espera. La cerveza es el espejo del hablante lírico que le permite mirarse a sí mismo en su infinita tristeza y su contacto más cercano con la muerte.

Su verdad poética está atravesada por el amor erótico que es realización plena del deseo, imposibilidad de permanencia y ausencia dolorosa de la mujer amada. Así, el hablante lírico, atragantado de muerte, se resiste a la felicidad ilusoria del amor y prefiere la tristeza de la pérdida y el mal amor: «Celebrarán mi fin / Las mujeres que recuerden / Que más fue la maldad que la ternura»[18]. Este dolor provocado por la celebración erótica se encubre con malditismo. El hablante lírico de Maremagnum no quiere saber de compasión y, de alguna manera, se solaza en la maldad del amante amoral: «Fui un hijo de puta […] Tuve dos y tres amantes a la vez / confundí sus nombres / Bebí de sus tetas / Dibujé con saliva obscenas formas de amar»[19]. En el infierno vital, tantas veces evocado, todo asomo de romanticismo está condenado al fracaso. En la poética de Martillo, «si el amor no es maldito, es una forma de piedad»[20]. Y, como toda piedad es una forma de impostura, de felicidad inauténtica, el poeta no tiene piedad ni consigo mismo y, en una conmovedora metáfora, da cuenta de la dolorosa condición de su caída: «Me siento como el trapo para limpiar mesas de cantina»[21].

Su verdad poética, la autenticidad de su caída en el abismo de la soledad, lo lleva enemistarse con la propia poesía de tal forma que, en sus textos de madurez, le toca convivir con la ausencia de aquella. Esta declaratoria es estremecedora y contradictoria al mismo tiempo: «La poesía me abandonó / Tal como las mujeres / Que dejo escapar en simulada libertad / La poesía me abandonó / Daría lo que me resta de existencia / Por un solo verso»[22]. Estremecedora porque el abandono no es solo de la poesía, sino de la vida misma. Sin embargo, en medio de la ausencia y el abandono, la poesía persiste como persiste la vida:

 

Cómo se escribe poesía

Era la pregunta estúpida

Ahora descubro que la poesía siempre está

Como tras esa mirada tuya tan velada y dormida

Ahora descubro que la poesía siempre está

Intentando ocultar para confesar tanto.[23]

 

            Martillo ha construido una poética confesional en la que el hablante lírico se va despojando de sí mismo, en una ceremonia de ebriedades y dolorosa, en un tránsito por el infierno de la soledad y las ausencias, en una confrontación descarnada con la muerte, para vaciarse en la poesía, entendida como una exploración continua de las posibilidades del lenguaje cotidiano. Así, la voz poética define su oficio:

 

Escribo para despojarme de mis despojos

Para desalojar los fantasmas que me habitan

Para excluir los demonios que me incitan

Escribo para reflejarme en el espejo que no miente

Para treparme en la cresta de la ola y reventar.[24]

 

Jorge Martillo Monserrate ha vertido en su poesía la turbulenta experiencia de la existencia cercenada de ilusiones y de amores abandonados, con ausencias y caídas, desnuda ante la muerte, persistente en la vida.



[1] Jorge Martillo Monserrate, Aviso a los navegantes (Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, 1987), 17. Énfasis añadido.

[2] Jorge Martillo Monserrate, «El amor es una cursilería que mata. Catálogo de ayuda, autoayuda y destrucción (2009)», en Aquí yace la poesía (Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, 2016), 214.

[3] Martillo, «El amor es una cursilería que mata…», 206.

[4] Jorge Martillo Monserrate, Guayaquil de mis desvaríos. Crónicas urbanas (Guayaquil: Editorial El Conde, 2013),

[5] Jorge Martillo Monserrate, Fragmentarium (Quito: Ediciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1992), 83. Este libro ganó el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit 1991.

[6] Martillo, Aviso…, 69.

[7] Jorge Martillo Monserrate, Vida póstuma (Guayaquil: Manglar Editores, 1997), 23. La foto de portada y contraportada de esta edición es de Liliana Miraglia, una de las tres personas a las que está dedicado Fragmentarium; las otras dos son Eduardo López y Ricardo Maruri.

[8] Martillo, «Maremagnum. 1995-1998», en Aquí yace la poesía, 119.

[9] Martillo, «Maremagnum. 1995-1998», 138.

[10] Martillo, «Prendas interiores», en Aquí yace la poesía, 192.

[11] Martillo, «El amor es una cursilería que mata», 200.

[12] Martillo, Fragmentarium, 71.

[13] Martillo, Fragmentarium, 63.

[14] Jorge Martillo Monserrate, «Prendas interiores», 189.

[15] Martillo, Aviso…, 55.

[16] Jorge Martillo Monserrate, «Últimos versos de un poeta decadente (1993-2003)», en Aquí yace la poesía, 156.  

[17] Martillo, Vida póstuma, 63 y 64.

[18] Martillo, Vida póstuma, 52.

[19] Martillo, «Maremagnum», 145.

[20] Martillo, Fragamentarium, 43.

[21] Martillo, «Maremagnum», 146.

[22] Martillo, «Últimos versos de un poeta decadente», 158.

[23] Martillo, «El amor es una cursilería que mata», 230.

[24] Martillo, «Maremagnum», 148.