José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, marzo 17, 2025

Día Mundial de la Poesía: Otra vez la rosa otra

El Día Mundial de la Poesía se celebra el 21 de marzo de cada año. En la 30ma. Conferencia General en París, en 1999, la Unesco declaró esta fecha para conmemorar una de las formas literarias que, mediante una búsqueda incesante de las distintas aproximaciones a la belleza, expresa el espíritu de la humanidad. Dice la Unesco en su sitio web: «La poesía, practicada a lo largo de la historia en todas las culturas y en todos los continentes, habla de nuestra humanidad común y de nuestros valores compartidos, transformando el poema más simple en un poderoso catalizador del diálogo y la paz». Yo les ofrezco, en esta entrada, una selección de poemas de Trabajos y desvelos (2022) que dialogan, a partir de la imagen de la rosa, con poetas queridos.

Foto de la artista colombiana Marcela Sánchez González, Mara, 2019.

 Vigilia de la rosa

 

¿Cómo hacerte florecer en el poema rosa dormida?

Gestación del instante

                  pétalos del esplendor

                              decadencia del rocío.

Otra vez la rosa, otra vez.

Y, sin embargo, floreces sin la existencia del poema y te instalas en nuestra pupila, ¡oh, rosa!, en el asombro de la pareja primigenia.

Expulsados del divino paraíso y su eternidad, tú germinas en el humano jardín de nuestra finitud.

Otra vez la rosa, otra vez, rosa otra.

 

 

La rosa blanca de Martí

 

Hay una rosa de enero y julio que habita en mí

y existe mundano un verso que la pluma escribe.

Si mi pluma retratara la rosa blanca que me habita

atraparía a la poesía en el rosedal de mi escritura.

 

La poesía cruel arranca la rosa para su belleza única

y abandona en mi mano torpe el tallo de tristes espinas.

 

 

Despetaladas

 

Te molieron a palos, María Juana Pinto

que vives en la cruz de estas palabras.

 

Ileana Espinel, «María Juana Pinto»,

Tan solo 13, 1972.

 

Rosas arrancadas del rosal

desgajados sus pétalos, quebradas sus espinas.

Toda rosa se parece a sus pétalos caídos.

Rosas desgarradas por ser rosas

porque sus pétalos perfuman y sus espinas hieren.

Toda rosa se parece a sus espinas rotas.

Rosas arrojadas a un basural

mezcladas en carne sangrante y huesos molidos.

Toda rosa se parece a su rosa marchita.

 

 

Rosa Amada

           

             Soy la rosa de la verdad del verso y soy la espina de la mentira del poeta. Soy la espina del amor en la poesía que sangra y soy la rosa encendida que se extingue en el poema. El día en que me faltes me arrancaré la vida. Soy la rosa fatal, pero no soy la espina asesina. Soy Rosa Amada, la del poeta suicida.

 

 

La rosa que iba a ser reina

 

Todas las rosas iban a ser reinas entre tantos reinos sobre la mar.

Lucila hablaba al oído de Cristo y a la Muerte en dolor de sonetos;

descubrió la razón de locas mujeres, jugó a la ternura de las rondas

con hijos de nubes; en el pórtico de un lagar mató a su flor de cactus

y junto a su verso atravesó la delgada geografía de su patria, sin reino.

           

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?

            ¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

 

La rosa de pétalos ásperos bebió del rocío junto a la rosa errante

y, desde la noche de la muerte de la mar, ambas rosas compartieron

secretos de sol y lluvia, y sus tallos abrazados en el reino del rosedal.

 

 

Roses For Export

 

El poeta Julio Pazos transita el Qhapaq Ñan

en la personal misión corográfica de su poesía.

 

Deja constancia en el verso del olor a pan del alba en Pinllo,

del conejillo de Indias en los asaderos de Baños de Agua Santa

y de las ofrendas que alimentan la memoria de nuestros muertos.

 

El poema es una mazorca que amalgama los oficios del pueblo.

Los corazones sencillos conspiran por la alegría de los días tristes,

escancian aguardientes nocturnos y bendicen el cultivo de su heredad.

 

            En las tortillas de maíz

            pueden verse días y caminos.

 

¿Qué epítetos invocaremos para las roses for export?

Tallos de de esperanza, botones de ternura; colores

saturados de arcoíris: sangre, sol y mares, rayos de menta y nubes.

 

El poeta nos enseña a sembrar metáforas.

¿Qué imagen florecerá en las espinadas manos

de esas mujeres que se marchitan para la lozanía de roses for export?

 

Julio Pazos perpetúa la poesía en la patria del poema,

en su personal misión de levantamiento del país con textos libres.

 

 

Nocturno de Pizarnik

 

pétalos de sangre

de la rosa que en el fuego

habita sus heridas.

 

a cantar dulce y a morirse luego.

 

pétalos de seconal

de la rosa que a sí misma

clava sus espinas.

 

 

París, 15 de abril de 1938

 

En los campos de capulíes de Santiago de Chuco

florece, trilcemente, una rosa llena de mundo.

¡Biba la poesííííía! Y el poeta, ¡ay, muere viviendo!

 

 

Envío: una vez más, Márgara Báez


para Marcelo Báez Meza

 

            Escribir un poema a la poesía es un asunto de Bécquer y yo soy solo un Vallejo menor de cualquier antología.

            «Ten cuidado con las personas que inventas porque puede resultar que sí existen».

            Desahogo margaritas y rosas en la piedra negra de mi mortero y aromo con sus pétalos las metáforas mustias de mis versos blancos.

            «Que tengan cuidado las personas que te quieren inventar porque pueden convertirse en víctimas de su propia invención».

            En tierra de Nadia —tan lejos, tan cerca— fuimos el poeta del barrio y la rosa de los vientos: actantes feraces en la novela de una novela de Márgara Báez.

            Escribir un poema en la rosa, ¡oh poetas!, que la poesía florezca en la rosa escrita.


lunes, mayo 08, 2023

Puerto del coronavirus: crónicas de Guayaquil en cuarentena

            El 5 de mayo pasado, el doctor Tedros Adhanom Gebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, OMS, anunció el fin de la emergencia sanitaria internacional por causa de la COVID-19. En declaraciones de prensa, dijo: «Ayer, el Comité de Emergencias se reunió por decimoquinta vez y me recomendó que declarara el fin de la emergencia de salud pública de importancia internacional. He aceptado ese consejo. Por lo tanto, declaro con gran esperanza el fin de COVID-19 como emergencia sanitaria internacional». Sin embargo, el mismo doctor Gebreyesus aclaró que «esto no significa que COVID-19 haya dejado de ser una amenaza para la salud mundial».[1]

            Este anuncio esperanzador trajo a la memoria colectiva de la gente de Guayaquil las muertes y el sufrimiento que ocasionó la pandemia en aquel aciago 2020 y la irresponsable, por decir lo menos, respuesta institucional que dieron las autoridades gubernamentales en todos los niveles.

            En mi poemario Trabajos y desvelos, en la sección «Puerto del coronavirus: crónicas de Guayaquil en cuarentena», he recreado literariamente algunos episodios que dan testimonio de lo vivido durante aquellos días. Estas crónicas breves pretenden mantener viva la memoria de aquel annus horribilis.

 

Vuelo IB6453

 

            El virus viajaba en primera clase; después de todo, tiene corona. Ese miércoles 18 de marzo de 2020, el virus era el único pasajero de aquel vuelo con once tripulantes. Los asientos del Airbus 340, vacío de pasajeros, servían para que el virus se moviera de un lado a otro de la nave de Iberia. En el vuelo IB6453 venía el virus de la pandemia.

            La pista del aeropuerto José Joaquín Olmedo, de Guayaquil, se llenó de carros de la Autoridad de Tránsito Municipal y de la Policía Metropolitana. «Soy la responsable de haber impedido que aterrice el vuelo de Iberia proveniente de Madrid», dijo la alcaldesa, quien, además, aseguró: «Yo garantizaré la vida de los guayaquileños».

            Pero el coronavirus no llegó por Iberia.

            Resumo lo que han dicho los periódicos y la televisión:

            El Viernes Santos, 10 de abril, la provincia del Guayas reportó 5.281 contagiados; de esos, Guayaquil, su capital, tenía 3.983. Para la misma fecha, a nivel nacional, había 7.161 casos registrados, según el Comité de Operaciones de Emergencia, COE. Al 24 de abril, la cifra de la provincia subió a 15.365 casos de los 22.719 registrados a nivel nacional. El 29 de abril, el secretario de la Presidencia, pulverizando las cifras oficiales, aceptó en una entrevista en NTN24, que, en la provincia del Guayas, habría habido alrededor de ocho mil muertos por la pandemia.

            Este cronista no sabe cómo, a pesar de que el vuelo 6453 de Iberia no pudo aterrizar, el virus se las ingenió para instalarse en una ciudad que se sentía poderosa y feliz, y que se creía invulnerable.

 

Un momento grave de la vida

 

            «El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre», escribió César Vallejo.

            Movido por la necesidad de enterrar a su muerto querido y de rendirle honores fúnebres, de no abandonarlo al anonimato de la fosa común o a la caridad de un féretro de cartón, un hijo transportó el cadáver de su padre en un viejo Trooper azul desde Guayaquil hasta la parroquia Cerecita, donde había nacido. En el asiento trasero del yip, viajaba sentado el cadáver con una mascarilla de tela blanca que cubría su nariz y boca.

            Sucedió el jueves 9 de abril. Durante el viaje, el hijo compartió el camino hacia la soledad eterna en compañía del difunto. Esa soledad, poblada en vida de los silencios cotidianos con los que platican los varones, se prolongó por cincuenta kilómetros largos. Cuando el hijo regresó del cementerio de Cerecita a la casa familiar —vacía para siempre de padre— pronunció las palabras de su orfandad definitiva:

            «El momento más grave de mi vida es haber visto a mi padre, a través del espejo retrovisor, con una mascarilla que le cubría nariz y boca, sentado y muerto, en el asiento trasero del viejo yip azul».

 

Viernes Santo

 

            El becerro de oro, el que Aarón fundió con los zarcillos que se quitaron de sus orejas las hijas y los hijos de Israel, se ha convertido en el becerro volador de acero, aluminio y titanio que alquiló el arzobispado de Guayaquil. No creo en becerros ni en helicópteros. Creo en el valor de la oración compartida por quienes habitan el hogar del confinamiento.

            Viernes, 10 de abril: han sacado a pasear por los aires al Cristo del Consuelo. Ese que carga todos los dolores y las culpas, ese que nos recuerda que nuestras penas con ser muchas son pocas ante la muerte del Hijo abandonado por el Padre. Pero la muerte del Hijo de Dios solo tiene sentido si es redención de la condena primigenia, aquella que recibió el ser humano cuando fue expulsado del Paraíso. El bálsamo del Cristo sería la promesa de las Bienaventuranzas para aquellos que recibirán la tierra por heredad, mas no la resignación ante la iniquidad del mundo.

            Desde las ventanas de sus casas los habitantes del puerto han levantado las miradas hacia el cielo: vieron ese moscardón rugiente del espectáculo sacerdotal. En vano esperaron que cayera la lluvia bendita sobre sus corazones atribulados. Al becerro vo
lador le ofrecieron el holocausto de sus cadáveres queridos a la espera del sepulturero agobiado. Suplicaron la protección del Cristo del Consuelo para sus vivos y permanecieron con los párpados cerrados como si en ese gesto se inocularan el virus de la esperanza.

 

Testimonio del Hospital y la Casa de las Muñecas

 

            Le dicen «La José», es homosexual, tiene cálculos renales y carece de inscripción de nacimiento. Sus padres, que acuden fervientes a una iglesia evangélica, le han inculcado la idea de que es preferible que se muera antes de que siga siendo gay. A Sharon, una joven trans que antes de la cuarentena se dedicaba a la prostitución callejera, su madre le ha dicho que no tiene dinero para mantenerla en la casa, que vea cómo se las arregla. Sharon y «La José» conviven en la Casa de las Muñecas junto a una decena más de personas LGBTI, algunas colombianas y, otras, venezolanas. Las historias de los parias de la tierra son similares por lo que este cronista teme ser repetitivo en su narrativa, pero sucede que, en la existencia cotidiana, cada drama es único, verdadero e irrepetible para quien se mira en el espejo de su propio dolor.

            Mariasol Mite Galarza vive al norte, en La Atarazana, y trabaja al final de la ciudad, casi al llegar a la zona del puerto, en el Hospital General Guasmo Sur, HGGS. Se moviliza en taxi, cuando encuentra alguno, o con un compañero de trabajo que tiene carro. Ella es responsable de la unidad de atención al usuario. ¿Dónde tienen a mi madre? Mariasol debe, durante sus largas jornadas, dar respuestas que resuelvan avatares, que calmen angustias y que disipen miedos. Mi abuelito entró anoche pero no sé de él. Su palabra es como un hilo que siempre está a punto de romperse y cuyo sentido desemboca en el alivio de quien la escucha o en el llanto ante lo irremediable. Dígame, por favor, que no es cierto que mi esposo ha muerto.

            En su oficina, sobre un anaquel, ha colocado la imagen del Divino Niño, ese infante vestido con un batón rosado que dirige la mirada hacia un cielo ilusorio; Mariasol cree que «la fe sin acción es palabra muerta». Ella, además, recibe las donaciones que llegan al hospital: botellas de agua, pizzas, empanadas, fanesca, etc. Debe repartirlas para el personal médico, administrativo y de servicio; así como para ciertos pacientes. Es como si trabajase en una permanente multiplicación de los panes.

            Mariasol es también una activista trans y es quien dirige la Casa de las Muñecas, una organización de base comunitaria que alberga y protege, en particular, a chicas trans en situación de calle. El año pasado, vi a Mariasol encabezando la comparsa de la Casa de las Muñecas durante el desfile del Día del Orgullo LGBTI, en Guayaquil. Aquel sábado de junio, lucía un bodysuit de franjas verticales con los colores del arcoíris y, pegado a los hombros, pañuelos de tul coloridos que ondeaban como si el espectro de luz de la tarde bailara junto con el movimiento de sus brazos. Este año, seguramente, no habrá desfile, pero el Orgullo, para ella, no es de un día, sino de la vida entera.

            El trabajo de la Casa, durante la cuarentena, lo coordina con Amy Antonella, mujer trans, alta como una espiga bañada en melaza. Las dos, junto a otras personas que viven acogidas en la Casa, hacen las compras de los víveres en el Mercado Central. Allá van, protegidas con mascarillas, guardando la distancia social que recomiendan las autoridades de salud. «La pasamos bien. Es como una terapia para mitigar tanto encierro. Y, aunque todo está más caro, logramos llenar la canasta». La multiplicación de los panes parecería una destreza del activismo de Mariasol.

            La Casa no tiene ningún tipo de apoyo, ni estatal ni municipal, y sobrevive por donaciones esporádicas que Mariasol consigue aquí y allá. Quienes habitan la Casa son personas expulsadas de todo paraíso; rechazadas por aquellos que llevan su misma sangre, son errantes sin tierra prometida. En aquella casa encuentran un pan sencillo y el cuidado de quienes han aprendido a servir en medio del sufrimiento propio.

            Mariasol llega a su hogar en las noches y sigue atendiendo mensajes desde su teléfono móvil. Conversa con su madre y con su hermana. Mira alguna película que le permita olvidarse del trajín del día. «No soy ninguna heroína. Yo, simplemente, le estoy devolviendo a la vida la oportunidad que me ha dado para ser lo que soy y para servir». El hospital la espera al día siguiente. La Casa de las Muñecas, siempre la acompaña.



[1] «Se acaba la emergencia por la pandemia, pero la Covid-19 continúa», Organización Panamericana de la Salud, acceso 06 de mayo de 2023, https://www.paho.org/es/noticias/6-5-2023-se-acaba-emergencia-por-pandemia-pero-covid-19-continua

lunes, mayo 23, 2022

Dolores Veintimilla de Galindo bebe cianuro

(Madrugada del 23 de mayo de 1857)

 

            «La imprudencia de un sacerdote fanático, por no decir más, tuvo mucha parte en la consumación del suicidio. Hemos consagrado a la memoria de la señora Veintemilla el sentimiento y las lágrimas que merecen toda desventura, y justo es que execremos y maldigamos las malas pasiones de aquel hombre que la impulsó al delito. Los restos de la víctima yacen en solitario sepulcro, y el fanatismo del victimario, ¿podría quedar sin la maldición de la sociedad cristiana y culta?»[1], escribió Juan León Mera sobre el suicidio de Dolores Veintimilla de Galindo.

Si bien, desde su catolicismo doctrinario, Mera condena el suicidio, él señaló, aunque sin nombrarlo, la responsabilidad del canónigo Ignacio Merchán en la muerte de Dolores. Merchán, con el apoyo de fray Vicente Solano, fustigó con dureza a la poeta porque ella, en un escrito titulado «Necrología», se oponía a la pena de muerte y defendía al indígena Tiburcio Lucero, acusado de parricidio y condenado a muerte. Dolores, cuyo esposo la había abandonado para ir a buscar fortuna, también era acusada de llevar una vida disoluta por cuando se reunía con poetas en tertulias que organizaba en su casa, en Cuenca.

            Después de la muerte de Dolores, fray Vicente Solano continuó atacándola. Alicia Yánez Cossío, en su novela Y amarle pude…, sostiene que, para Solano, el suicidio de Dolores fue consecuencia de su desprecio por la religión y de la aberrante idea de que el criminal Lucero quedara impune. Yánez Cossío cita un escrito del religioso aparecido en el periódico La Escoba, que editaba el mismo Solano: «…esta mujer, con tufos de ilustrada, había hecho la apología de la abolición de la pena de muerte, y por una inconsecuencia con el espíritu humano, como lo he dicho antes, se atribuyó un poder que había negado a la sociedad…».[2]

            El poema que sigue es parte de «Baladas para Aldonza», de Trabajos y desvelos.[3] En esta sección del poemario, el hablante lírico se apropia de la voz de algunas mujeres que han tenido una presencia protagónica en la historia, la mayor parte de las veces, a pesar de la condena social y el ostracismo a los que se vieron sometidas. Estas baladas hablan de momentos que iluminan, para nuestro espíritu, la vida de sus protagonistas, así como nuestra propia existencia. En este texto he intentado encontrar para la poesía la palabra romántica de Dolores, la madrugada de su suicidio. 

 

Dolores Veintimilla de Galindo (12 de julio de 1829 - 23 de mayo de 1857), s/f, Fotografía patrimonial, Instituto Nacional de Partrimonio Cultural, INPC, Fondo Dr. Miguel Díaz Cueva.
 

Madre, un extraño y etéreo olor de almendras

amargas invade mi última madrugada; oscurana,

laberinto de mis ojos mustios; sé que despertará

sin mí la postrera aurora de este sábado sin gloria.

Las rosas que mi sien juvenil orlaron hieden

marchitas, y tan solo sus espinas permanecen.

¿Qué tanto miedo os doy, enemigos de mi sexo,

yo, mujer desventurada, para que desde el púlpito

me acuséis de libertina, solo porque defiendo

a un indio, contra vuestros corazones feroces?

Predicáis con odio vosotros, hipócritas sotanas

de esta ciudad pacata y rezandera, predicáis

muerte mientras mi lira canta a la vida y a la luz.

El Gran Todo nos da la existencia para el amor

incesante, pero cuánto nos duele el darle alcance.

¿De qué sirve la entrega del alma a un hombre

si este la envuelve en abrojos y cruel la abandona?

Yo he amado con el arrebato del salto de agua,

con la tenacidad del pajonal que germina

en el páramo; he amado con mi seno abierto.

¡Y amarle pude delirante, loca! Porque yo amo

con la alegría de las campanas en días de fiesta,

y entierro al desamorado en la fosa del silencio.

¡Ay, Dolores, ilusorio extravío de la rosa agónica!

El mundo es triste y el tiempo nos consume, ayer

apenas fuimos niñas risueñas, luceros; y hoy

somos desengaño, pétalos marchitos, olvido.

La única verdad es el fruto de mi vientre; cuide

su orfandad y su azoramiento, Mamita, cuide

los días solitarios de mi hijo ya sin mis desvelos.

¡Dele un adiós al desgraciado Galindo! Lágrimas vanas.

Mayo es el mes de María, pero también será

el del triunfo de esta Dolores sobre vosotros

beatones, clérigos del sufrimiento y la muerte. 

Ya no podréis impedir que beba la letal pócima

que me llevará a la morada feliz del Gran Todo.

¿Dónde están las horas de mi niñez venturosa,

Madre? Bendígame en este trance definitivo

—la bendición de una madre alcanza hasta la eternidad—

y perdóneme por siempre esta osadía de mujer:

disponer de mi muerte como lo hice de mi vida.

La rosa se vuelve esencia y nace rutilante el infinito.



[1] Juan León Mera, Ojeada histórico-crítica sobre la poesía ecuatoriana [1868], 2da. edición, (Barcelona: Imprenta y Litografía de José Cunill Sala, 1893), 276.

[2] Alicia Yánez Cossío, Y amarle pude… (Quito: Planeta/Seix Barral, 2000), 115-116.

[3] Raúl Vallejo, Trabajos y desvelos (Ibagué: Caza de Libros Editores, 2022), 27-28.


lunes, mayo 02, 2022

«Trabajos y desvelos» en la FILBO 2022

En la FILBO 2022, se presentó el poemario Trabajos y desvelos, publicado por la editorial Caza de Libros, de Ibagué, Colombia. El evento fue parte de la programación del XXX Festival Internacionl de Poesía de Bogotá. Asimismo, en la revista colombiana Ulrika, cuyo número 70 fue lanzado en la inauguración del Festival, el 30 de abril, aparecieron dos textos de dicho libro.

            Según los editores, Trabajos y desvelos es un coral cuya tesitura emerge desde el solo del yo, que es autobiográfico y familiar; transita a través de voces femeninas que han protagonizado una historia silenciosa y silenciada; cosecha la voz de la rosa clásica en el poema florecido; hace dúo con imágenes fotográficas; canta una romanza sobre el amor intenso y efímero; evoca la vida que fue en estremecedores trenos; y, en un recitativo de cronista, deja testimonio de este tiempo del coronavirus que aún no termina.

            El poeta mexicano Jorge Aguilar-Mora ha señaldo sobre este libro: «…Y comenzará: «Yo no soy de aquellos seres imprescindibles…» y terminará: «…persistencia de dogo feliz sin calendario». En efecto, no somos imprescindibles: para ser, solo ser, hay que ser prescindible, hermano de mis hermanos, hermano de mis perros, hermano de mis perlas, hijo de mis palabras. Que seguirán volando, cómplices privilegiadas de la eternidad y del lenguaje: ¿qué secreto tienen que así viven de sobra? Aún estamos a tiempo, por lo menos, de indagarlo: aquí está, Trabajos y desvelos, la elegía de Raúl Vallejo. Que en vida descanse».

La poeta ecuatoriana Maritza Cino Alvear, por su lado, dice que Trabajos y desvelos: «es un recorrido de yoes compartidos: la memoria del niño y del hombre que fabula entre fronteras reales y ficcionales; entre la infancia y la experiencia de la adultez para autorreconocerse y nombrarse a partir de personajes y lugares evocados que construyen su imaginario real-existencial. Un riguroso y admirable ejercicio de introspección, misticismo y desdoblamiento que le permite a su autor fotografiarse ante el espejo».

            A continuación, una selección de Trabajos y desvelos que leí durante el XXX Festival Internacional de Poesía de Bogotá:

 

 

Soy un hombre prescindible

 

Yo no soy de aquellos seres imprescindibles,

herederos de Brecht que nunca se jubilan.

Mi vergüenza es el hombre necio de Sor Juana

y voy deseante tras el dios de Juan Ramón.

Aquí, Raúl Vallejo: prescindible, en jueves

de mis húmeros. Desdeño dogmas terrenos,

centros comerciales, desfiles militares,

verbo mesiánico y bíblicos patriarcados.

Amo la rosa blanca de Martí; Macondos,

rayuelas, matapalos; Dulcineas que son

Aldonzas; pizarras de Mistral y a mi perro.

Harto de charlatanes y politiqueros

camino junto al prójimo de cada día,

el de la vida en futuro imperecedero.

He de morir; me llorarán y luego olvido:

mis libros, si acaso, letras de arte burgués;

polvo mi nombre, en nuestro paralelo cero.

 

 

Primero de Mayo

 

Este oficio de escribir: tecla, pantalla y rosa de asfalto.

Este otro oficio de leer: página y rosa de papel.

Estos oficios en los que trabajamos existen por otros

oficiantes del pan y el vino, de las ofrendas del mar y la tierra

en la olla y la mesa del hogar de los días de sol y los ennubecidos,

de las cosas grandes, de las inútiles, de aquellas que tanto nos gustan,

de la electricidad y el agua, del café de la esquina, de todas las calles.

Este oficio de escribir y leer florece en una rosa palabrera sembrada

por oficiantes de hoz y martillo proletarios en el campo y la ciudad.

 

 

Sor Juana y sus filosofías de cocina

para Cecilia Ansaldo Briones

 

La rosa de la sabiduría en el infinito jardín de los libros

es belleza efímera, de unos admirada y por otros maldecida;

es deseada por los hijos del maíz sobre el comal al fuego,

es temida por los inquisidores del verso y el pensamiento.

Chile pasilla, culantro tostado, pimienta y ajo, clavo y canela

molidos y puestos a freír como una redondilla en la cazuela,

que el poema es un aderezo espesito de gracias al Creador;      

puerco, chorizo y gallina: en mesa de monjas se comparte

clemole oaxaqueño, tortillas de cacahuazintle y una oración.

Dulce de nueces para la virreyna dictó Apolo a mi mollera;

por Aristóteles yo me apiado del nogal y purifico los pétalos

de la rosa en el mortero, enserenados bajo la luna de la poeta.

En la cocina del convento de san Jerónimo una mujer filosofa

y guisa; que los buñuelos se espolvorean con tantito de saberes:

Yo, la peor del mundo, rosa presuntüosa de bello entendimiento.

 

 

Nocturno de Pizarnik

 

pétalos de sangre

de la rosa que en el fuego

habita sus heridas.

 

a cantar dulce y a morirse luego.

 

pétalos de seconal

de la rosa que a sí misma

clava sus espinas.

 

 

Gota próxima[1]

 

 


 

Gota que pende del vértice ciego de la hoja trémula; gota que cuelga como el ojo ante el horror del abismo; gota que parpadea, fugaz experiencia del ser.

Gota que sacia

la agonía irredenta

de la nada próxima.

 

 

Un momento grave de la vida

 

            «El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre», escribió César Vallejo.

            Movido por la necesidad de enterrar a su muerto querido y de rendirle honores fúnebres, de no abandonarlo al anonimato de la fosa común o a la caridad de un féretro de cartón, un hijo transportó el cadáver de su padre en un viejo Trooper azul desde Guayaquil hasta la parroquia Cerecita, donde había nacido. En el asiento trasero del yip, viajaba sentado el cadáver con una mascarilla de tela blanca que cubría su nariz y boca.

            Sucedió el jueves 9 de abril. Durante el viaje, el hijo compartió el camino hacia la soledad eterna en compañía del difunto. Esa soledad, poblada en vida de los silencios cotidianos con los que platican los varones, se prolongó por cincuenta kilómetros largos. Cuando el hijo regresó del cementerio de Cerecita a la casa familiar —vacía para siempre de padre— pronunció las palabras de su orfandad definitiva:

            «El momento más grave de mi vida es haber visto a mi padre, a través del espejo retrovisor, con una mascarilla que le cubría nariz y boca, sentado y muerto, en el asiento trasero del viejo yip azul».

 

 

Mis yoes de sesenta

 

¡He sido tantos yoes que me espanto! En ocasiones, fui tú; máscara, ante los otros. En el jardín, nuestra rosa desnuda.

Fui místico en su noche oscura. Fui, también, tabernero de un antro de poetas menores.

¿Soy acaso el rostro al afeitarme mañana ante el espejo ajeno? ¿Seré ese niño perdido en el parque? ¿Poeta sepultado en París?

¿Quién despierta insecto? ¿Quién maestra de escuela?

¡Tantos yoes compartidos! Más de sesenta años de prójimo; el pan de mis Vallejos, amoroso. El prometeico caldero de la ironía sin método.

Este poema, de provisorio verso final.

 



[1] La foto es de Marcela Sánchez González, Mara. Pertenece a la sección «Prohibido tomar fotos con flash», de Trabajos y desvelos, que trabaja de manera intertextual con fotografías de dicha artista colombiana.