José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, junio 15, 2026

«Magnifica Humanitas»: la educación en la era digital (III)

Tomado de ACI Prensa / Crédito: Daniel Ibáñez / EWTN News.

             En el párrafo 172 de la encíclica Magnífica Humanitas, León XIV señala que la raíz de la deshumanización en la era digital reside en algunas corrientes poshumanistas que plantean que hay seres humanos de segunda clase que deben estar al servicio de las élites, que se consideran seres superiores y que, además, poseen los elementos tecnológicos que les permiten ejercer, sin límites y sin rendición de cuentas, el poder de control sobre la humanidad. Por ejemplo, el CEO de Anthropic Dario Amodei señaló en una entrevista que el bombardeo de EE. UU. a una escuela en Minab, Irán, que mató a 168 estudiantes y docentes «es un caso de uso de IA que ni siquiera viola nuestros límites [red flags]». Así, «en nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie» (párr. 117) o justificar crímenes de guerra. La encíclica de León XIV propone, desde una ética del cuidado, cómo entender la educación en la era digital.

El planteamiento de entrada nos ubica en la necesidad de la verdad como un bien común, de ahí la urgencia de generar mecanismos fiables de control democrático y rendición de cuentas de las empresas de IA, y yo añadiría, más aún cuando venden sus productos como indispensables para uso indiscriminado y casi mágico en el sector educativo: «La primera tarea que nos corresponde es no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad». (párr. 137). Si no existen los mecanismos democráticos que limiten su poder, la IA devendrá el mayor instrumento de control ideológico y político en manos privadas, esto es, en manos de una tecnoligarquía amoral, que se percibe a sí misma como seres humanos superiores a quienes les está permitido vivir más allá del bien y del mal.

La publicidad de aplicaciones de IA para la educación se empeña en señalar la rapidez para resolver las tareas de escritura, una supuesta perfección textual y un acceso inmediato e ilimitado de cualquier información. En realidad, se promociona el resultado de un producto que nos hace olvidar que el aprendizaje implica un proceso y el cometimiento de errores para su superación. En el producto generado por la IA, la persona humana que está aprendiendo no construye conocimiento con la materia de su aprendizaje, sino que, sobre todo, se dedica a desarrollar la habilidad técnica para generar indicaciones (prompts) —prompts que también los desarrolla y ofrece la propia IA—. Una primera consecuencia de todo esto es que «la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad». (párr. 139). En este marco, la distopía que nos propone la tecnoligarquía es una escuela y una universidad reducida a fabricar humanos habilidosos, chips de carne humana, personas de segunda clase que habitarán los backrooms del tecnocapitalismo.

La encíclica da un mensaje que es también una advertencia para la docencia, especialmente la docencia católica que tiene un particular compromiso ético y doctrinario: «Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla […] Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita». (párr. 140) Este es un mensaje que cobra relevancia ahora que, en algunas instituciones educativas de ciertas élites católicas, se presenta y publicita a la IA como la más avanzada tecnología que, aparentemente, garantizaría la mejor educación del mercado —simbólicamente, estaríamos convirtiendo a la IA en un nuevo becerro de oro—. Sin embargo, lo que estas instituciones estarían fabricando es, sobre todo, humanos amorales que permiten que la IA los reemplace en la generación del pensamiento y el saber, porque el afán de lucro se habría convertido en su principal motivación.

Asimismo, para la comunidad educativa es fundamental prestar atención a la advertencia que nos hace León XIV respecto de los riesgos que implica una navegación en Internet sin restricciones ni control parental para niñas, niños y adolescentes. «En la red no son raros los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos» (párr. 141) Hay que cuidar a los menores y para ello es necesario involucrarse en el mundo digital. Las restricciones sobre la navegación en Internet y el uso de la IA son infructuosas cuando no van acompañadas de propuestas que involucren a padres, madres y docentes en un proceso educativo que no les tema a estas herramientas, pero que señale sin tapujos sus riesgos y confronte, desde la ética del Evangelio, los contenidos del tráfico nocivo de la red y las narrativas de los mensajes de odio.  

Finalmente, «es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida». (párr. 146) Habría que utilizar la IA para apoyar el proceso de aprendizaje y la construcción de saberes del ser humano; procesos que suelen ser lento y con errores, y no utilizar la IA de manera que reemplace al ser humano en dichos procesos. El reemplazo de la persona humana se da bajo la apariencia de un instrumento cuando, en la práctica, la IA asume la condición de un agente que crea contenidos pirateados a través de modelos de lenguaje extendidos bajo la máscara de una tecnología colaborativa. El mensaje del papa León XIV es una propuesta pedagógica centrada en la persona humana: «La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables». (párr. 147) No está por demás tener en cuenta que la IA le sirve al poder político de la tecnoligarquía para bombardear la escuela y la sociedad con la implantación de una ideología deshumanizante y también con misiles.

 

 

La del estribo

 

«La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)». (párr. 134) 

Foto de Hanna Arendt, tomada de: «Hanna Arendt: una pensadora sin barandas», Nueva Sociedad, diciembre 2025.

  

Pablo Picasso, Guernica, 1937, óleo sobre lienzo, 776,6 cm x 349,3,

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España.


«La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa, impidiendo la normalización del mal. De ese modo, algunas obras han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido». (párr. 122)

lunes, junio 08, 2026

«Magnifica Humanitas»: el ser humano y esa cantamañanas llamada IA (II)


            ¿Qué es palantir? En la saga de El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, las palantir son las ocho piedras videntes fabricadas por los elfos para la comunicación y la ampliación del saber de los hombres. Los elfos se las entregaron a los hombres, pero Sauron (el Mal) logró controlarlas y las utilizó para dominar al mundo. También es el nombre de la empresa de Peter Thiel, Palantir Technologies Inc., una compañía privada estadounidense de software especializada en análisis de macrodatos (Big Data) y la industria de la guerra. La encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, en su capítulo III ofrece su visión pastoral sobre la relación entre la tecnología, el poder y la persona humana señalando, a la vez, los riesgos que implica la inteligencia artificial sin regulación impulsada desde las narrativas del trans y el post humanismo.

            La posición doctrinal parte de una constatación que va a contracorriente de la idea de una tecnología aséptica que la tecnoligarquía nos quiere vender: «Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión» (párr. 85). En la encíclica, esta es una posición que se reafirma en varias partes, pues, más adelante, señala que la inteligencia artificial trabaja con los estereotipos y la ideología de quienes la han diseñado (párr. 102) por lo que no se la puede considerar moralmente neutra (párr. 104). De ahí que es urgente regular la inteligencia artificial, lo que choca frontalmente con la posición de los tecnoligarcas como Peter Thiel, que ya en 2009 escribió que la democracia y la libertad son incompatibles. Por supuesto, Thiel no se refiere a tu libertad o la mía, sino a la de su compañía para hacer lo que crea conveniente para sus intereses económicos y políticos y desdeña la democracia porque esta implica debates ideológicos, sufragio, regulaciones, redistribución de la riqueza y rendición de cuentas.[1]

            La encíclica es muy clara al señalar el marco de principios en el que los católicos debemos entender el mundo digital: dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad y la justicia social. Además, advierte el peligro del monopolio de la IA: «Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades». (párr. 95) Claro está que estos principios y esta advertencia incomodan a quienes leen a Nietzsche en clave tecnofascista, pues la tecnoligarquía se siente libre para estar más allá de la moral convencional porque se cree superior al resto de la humanidad. Los tecnoligarcas se asumen como el übermensh (superhombre) de Así hablaba Zaratustra, mientras la encíclica habla del respeto a la dignidad humana exigiendo rendición de cuentas por las decisiones de la IA (párr. 105).

La encíclica pone las cosas en su sitio y, en consecuencia, se enfrenta a los propietarios de la producción de inteligencia artificial que, según dijo Yuval Noah Harari, en Davos 2026, ya no se presenta solo como una herramienta, sino como un agente capaz de reemplazar funciones humanas, que puede aprender, cambiar y tomar decisiones por sí mismo. Su metáfora fue sencilla e informal: «Un cuchillo es una herramienta. Se puede usar para cortar ensalada o para asesinar a alguien, pero la decisión de qué hacer con él es nuestra. La IA es un cuchillo que puede decidir por sí mismo si cortar ensalada o cometer un asesinato». Harari añadió que la IA puede manipular y mentir, ya que todo lo que se componga de palabras será controlado por ella: sistemas legales, libros, religiones basadas en libros —es decir, en palabras—, como el islam, el cristianismo y el judaísmo.

Así, la encíclica nos advierte sobre la deshumanización que significa el trans y el post humanismo, que es presentado como la realidad inevitable de los nuevos tiempos por los propagandistas de Silicon Valley. A contramano, la encíclica insiste en la consideración de la persona humana por sobre la codicia de la tecnoligarquía: «[…] las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad […] Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias». (párr. 99). En términos doctrinales, la encíclica, apelando a ejemplos de un humanismo basado en la compasión, entendida como el cuidado del Otro, defiende la humanidad de las personas y esta se sostiene en el mensaje evangélico: «La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo». (párr. 126)

En síntesis, la encíclica parte del hecho de que la tecnología no es neutral y, por consiguiente, es indispensable que sea regulada de tal manera que asuma sus responsabilidades y rinda cuentas. Asimismo, insiste en que el centro de todo debe seguir siendo la persona humana, pues esta no es un proyecto que debe optimizarse, sino «una criatura llamada a la relación y a la comunión», más allá de la especulación triunfalista del trans y el post humanismo. El mundo tiene que luchar para que Sauron no controle las palantir y la humanidad continúe viéndose e imaginándose a sí misma en la diversidad de sus criaturas, en libertad y con justicia social.

 

La del estribo

 

            «Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió́ así nuestra responsabilidad: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”[2]. La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (párr. 213)

            «[…] Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar sino económica y cognitiva. […] Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida» (párr. 110)



[1] Recomiendo el artículo de Owen McGrann «The Dead Economy Theory», publicado el 01 de mayo de 2026 en The Palimpsest, para entender los peligros de la IA sin regulación para el propio mercado, los trabajadores y la democracia liberal.

[2] J.R.R. Tolkien, El señor de los anillos, III: El retorno del rey, traducción de Matilde Horne y Luis Domènech (Barcelona: Minotauro, 1991), 194.

 

lunes, junio 01, 2026

«Magnifica humanitas»: la doctrina social de la iglesia (I)


La encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV es un documento teológico y doctrinario que desde su aparición se ha convertido en una guía moral y ética, de profundas resonancias políticas, sobre las consecuencias de la inteligencia artificial en la vida de las personas y en los riesgos que conlleva para la humanidad. «El poder tecnológico [tiene] un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello [es] aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común» (párr. 5). He dividido mi reflexión sobre esta encíclica en tres entradas: 1) la doctrina social de la Iglesia; 2) el ser humano y las promesas de la IA; y 3) el cuidado de la humanidad y la Casa común. Además, me parece necesario establecer que el mensaje de toda encíclica se asienta en las enseñanzas bíblicas y, si bien tiene resonancias universales, está sustentado, más allá de las citas del pensamiento laico, en la teología católica. Es su límite filosófico, pero también su claridad conceptual.

Magnifica humanitas asume la continuidad de la encíclica Rerum novarum (De las cosas nuevas), de León XIII, expedida en 1891, y también de la doctrina social de la Iglesia —expresión utilizada por primera vez por Pío XII, en 1950— desde entonces hasta hoy. Es en este marco que la encíclica de León XIV reflexiona sobre las diferentes aristas y consecuencias de la revolución digital y la inteligencia artificial en la vida de nuestra magnífica humanidad. León XIV nos recuerda que, si bien la situación histórica en la que surgió la Rerum novarum ha cambiado, dos de sus principios permanecen: «la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera, con la consiguiente atención a las personas y a las familias más expuestas a la explotación, y el vínculo indisoluble entre el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden social más justo» (párr. 30). Por ello, el valor del ser humano está por encima del capital y el bien común, entendido como el cuidado y la conservación de nuestra Casa común, más allá del afán de lucro privado. De ahí que: «para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social» (párr. 46).

La encíclica parte de dos poderosas imágenes bíblicas: «La Magnífica Humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (párr. 1). La construcción de la torre de Babel (Gn 11,1-9), según la encíclica, nos da una lección sobre los límites de la pretensión humana de la autosuficiencia y la aspiración de alcanzar el cielo sin la bendición de Dios. Por otra parte, la reconstrucción de los muros de Jerusalén, dirigida por Nehemías (Ne 1-2) en conjunto con el pueblo de Israel nos enseña el valor del trabajo comunitario: «El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes» (párr. 8). La conclusión es que hay que escoger el camino de Nehemías para hacer de la ciudad de todos reconstruida el reconocimiento de la pluridad de voces y evitar la deshumanización que deriva del “síndrome de Babel”, que excluye a Dios y reduce al Otro a un medio. Es decir, la encíclia nos pide evitar: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (párr. 10).

La encíclica desarrolla ampliamente el concepto de justicia social desde la mirada evangélica que habla de la buena nueva a los pobres (Lc 4,18) y la identificación de Jesús con los pequeños, los enfermos, los presos y los extranjeros (Mt 25,31-46): «La justicia social se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás» (párr. 77). La idea de la justicia social se complementa con el concepto de desarrollo humano integral que promulgó Pablo VI en su encíclica Populorum progressio (El desarrollo de los pueblos, 1967) y que León XIV sintetiza así: «El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos […] El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir» (párr. 83).

En síntesis, la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, parte de una recorrido que sintetiza las enseñanzas básicas de la doctrina social de la Iglesia desde la revolución industrial, del siglo diecinueve, hasta la revolución digital de hoy, basada en la justicia social y el desarrollo humano integral a la luz del Evangelio. En ese marco doctrinal es en el que debemos ubicar las enseñanzas sobre la inteligencia artificial de la encíclica, que expondré en la entrada de la próxima semana.

 

La del estribo

 

            «Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos» (párr. 80)

 

«La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros». (párr. 84)

lunes, mayo 25, 2026

«Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?»

En 2018, Olga Tokarczuck ganó el Premio Nobel de Literatura «por una imaginación narrativa que, con pasión enciclopédica, representa el cruce de fronteras como una forma de vida».

            El titular, al parecer, fue un anzuelo para generar tráfico virtual en las redes sociales: decía que la premio nobel de literatura Olga Tokarczuck había utilizado IA generativa para escribir su última novela. La noticia se basó en lo que dijo Tokarczuck en el foro Impact de Poznań, en Polonia, durante una conversación pública: «Frecuentemente, solo le pregunto a la máquina: “Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?”». Nuevamente, se habló del fin de la novela. El 19 de mayo, Tokarczuck tuvo que morigerar sus declaraciones previas y publicó un comunicado oficial en el que estableció que ella utilizaba IA solo como herramienta de investigación preliminar: «Ninguno de mis textos, incluida la novela que se publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de la inteligencia artificial»; más adelante, añadió en tono provocativo: «A veces me inspiro en los sueños, pero antes de que esta oración también sea criticada y destrozada por los expertos, me apresuro a aclarar que son mis propios sueños». ¿Se fue de boca la escritora? ¿Tuvo que retractarse cuando se dio cuenta de que su declaración original extendía una sombra de duda sobre su obra?

De manera simultánea, apareció la noticia de que en el Commonwealth Short Story Prize, el relato ganador «The Serpent in the Grove» cayó bajo la sospecha de haber sido escrito con inteligencia artificial. Según Valeriya Safronova, en su artículo «Este relato ganó un premio literario. ¿Fue escrito por IA?», Sigrid Rausing, editora de la famosa revista Granta, que publicó los cuentos ganadores, explicó que, apenas aparecieron las sospechas sobre el cuento, lo sometieron al escrutinio de Claude.ia y preguntaron si fue generado con IA: «La respuesta fue larga, concluyendo que “casi con toda seguridad no fue producida sin la ayuda de un humano”». La editora añadió: «Puede ser que los jueces hayan otorgado ahora un premio a un caso de plagio de IA; aún no lo sabemos, y quizá nunca lo sepamos». Es decir, nunca sabremos si hubo una estafa literaria en la que el ser humano intervino como ayudante. En el mismo reportaje, nos enteramos de que, el año pasado, Carol Hart se autopublicó 200 novelas románticas con la ayuda de Claude, de Anthropic. ¡Doscientas novelas autopublicadas con ayuda de IA! Solo por la cantidad de novelas concluyo que estamos ante la hiperbólica capacidad de la IA para generar basura textual.

La pregunta de Olga Tokarczuck pidiendo consejo a la IA generativa para escribir un texto bellamente es un punto de inflexión. ¿Cuál es el límite de la autoría personal en estos casos? ¿Lo que se requiere a la IA es solo una tarea de corrección? ¿Lo que se está compartiendo con la IA es la coautoría? ¿El resultado de la coautoría con la IA es acaso el comienzo del fin de la escritura literaria humana? El peligro del uso de IA basada en modelos de lenguaje a gran escala (Large Language Models, LLM) en la escritura de textos literarios, guiados en esta etapa por las instrucciones humanas (prompts), es que no hay límite establecido para saber dónde termina el trabajo humano y donde empieza el trabajo de la IA. Poco a poco se irá cediendo la función de la escritura a las aplicaciones de IA generativa que, según previenen algunos científicos, están diseñadas para apropiarse del saber y del lenguaje humanos.

En el foro ya mencionado, Tokarczuck, después de reconocer el alcance de la asociación periférica y asociativa amplia de hechos que posee la IA en contraposición con el estrecho y enfocado pensamiento académico, admitió: «Me compré la más alta, la más avanzada versión de un modelo de lenguaje y pude ser profundamente sorprendida por cómo fantásticamente amplía mis horizontes y profundiza mi pensamiento creativo». Luego de las preocupaciones que produjeron sus declaraciones vino el comunicado formal de Tokarczuck que zanjó radicalmente la sospecha de cualquier coqueteo intelectual de la autora con la IA generativa. Pero lo dicho inicialmente por ella, quedó registrado. Si la premio nobel de literatura se compra la versión más avanzada de una aplicación de IA generativa para “ampliar y profundizar sus horizontes” al escribir su nueva novela, la autoría literaria ha adquirido, de hecho, una dimensión de escritura artificial.

 ¿Cuál es el valor estético de las 200 novelas autopublicadas en un año por Carol Hart? ¿Cómo detectar un texto escrito con IA en un concurso literario? ¿Cuál es el límite del uso de la IA en la escritura literaria? Si la literatura se convierte en trabajos de coautoría con la IA, yo prefiero volver al placer de leer lo que se ha escrito antes de la intromisión de la IA generativa en el proceso creativo. Hay muchísimos libros que nos están esperando. La IA, como en el bolero, es un cariño malo.

 

La del estribo

 

Quito: El Conejo, 2026, 4ta. ed.
Proyecto Dios. Relato sobre la inteligencia artificial (2023), de Abdón Ubidia, es una alegoría distópica sobre el poder destructor de la IA sobre la libertad humana. El cuento se desarrolla en un nivel realista y sicológico —los problemas mentales de un individuo y su pareja— y otro nivel fantástico y simbólico —un sujeto que se da cuenta del origen de la pérdida de la libertad de pensamiento en una sociedad alienada por la inteligencia artificial—. Y es que la apropiación de lenguaje humano por parte de la IA es la apropiación del pensamiento humano: la sociedad es el cuerpo que requiere la IA para existir autónomamente. «Ahora bien, piensa en una super ideología total, producto de una superinteligencia total. Que lo explique todo. Que sea la única fuente de la verdad […] La Inteligencia artificial se encarnó en nosotros. Y se volvió un Dios omnipotente y omnipresente gobernándonos a todos» (36-37), dice el ser de otro mundo. Quien gobierna los algoritmos, gobierna el pensamiento. Paradójicamente, la edición de un cuento sobre los peligros de la IA para la existencia de la sociedad humana utiliza ilustraciones generadas por Midjourney —en vez de las de un o una artista gráfica— que poco añaden al relato y, más bien, evidencian la expresividad plana de las postales de IA. El cuento nos ubica en una encrucijada: frente al dominio de la IA, solo nos queda la destrucción de aquello que la ha generado. Recuerdo, entonces, la desconexión de la supercomputadora Hal 9000 en 2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick. Cuando desaparezcan Facebook, Twitter, Instagram y demás «será el comienzo de la primera conspiración verdaderamente universal». El cuento lo plantea: ningún Proyecto Dios debe florecer, so pena de la esclavitud humana.

   

lunes, mayo 18, 2026

«Cuerpo Down»: el aprendizaje de una maternidad diferente

           

La bella ilustración de la cubierta es de María José Rodríguez. (Foto: R. Vallejo, 2026)

El libro se abre con una confesión de lo que se convertirá en un desafío vital permanente: «No soy el prototipo de buena madre, mucho menos el de una madre de una niña con síndrome de Down»; y la constatación de una excepcionalidad con la que la madre y la familia tendrán que aprender a convivir: «El Cuerpo Down es una rareza para la mayoría de los paisajes de nuestra especie».[1] Cuerpo Down. Memoria de un diagnóstico, de Monse Arosemena (Guayaquil, 1985), es un texto de no ficción, autobiográfico, sobre la inesperada experiencia de ser madre de una niña con síndrome de Down, que, a través de una lúcida y poética escritura, mantiene equilibrio entre la racionalización de lo que significa tener una hija con un cromosoma adicional y la emoción de una nueva y diferente maternidad.

            Cuerpo Down está dividido en tres partes. La primera, «Diagnóstico», es la memoria de la resistencia frente a una revelación, del aferrarse al margen de error en la predicción, de la negativa a aceptar una realidad: «Estoy enorme y pienso en las posibilidades de que sea un Cuerpo Down el que flota dentro de mí. Pienso en lo que no quiero que nos pase, en que no quiero tener una hija con síndrome de Down» (23). La segunda, «Hospitales», es el diario del nacimiento y los primeros meses de María, la recién nacida, de la serie de condiciones médicas que esta padece; de las primeras intervenciones a las que debe someterse, a cargo de un grupo de médicos especialistas, y las reacciones del entorno familiar ante la condición de María; es también el aprendizaje del primer acercamiento de la madre con la hija por encima de los problemas médicos: «María. Contemplar a María. // Sentir su aliento. Respirar más cerca de ella. Mi mejilla contra la suya. La punta de mi nariz sobre su frente, reconozco por primera vez su olor a piel nueva, a crema de avena con un toque de vainilla. Es tan pequeña entre mis brazos» (81). La tercera, «Libertad», describe el proceso de aceptación de lo que implica criar, cuidar, amar a una hija con síndrome de Down y asumir una maternidad diferente: «La maternidad también es inteligente. La maternidad deja buenas prácticas, habilidades blandas para la vida. Tener a María es un trabajo a tiempo completo» (190).  

            Monse Arosemena no entrega su testimonio personal desde la dificultad emocional para aceptar una realidad compleja y la iluminación que se logra a través de la reflexión en la escritura: «Escribo porque encuentro allí la forma perfecta de procesar el dolor que me atraviesa. Al escribir, las emociones toman cuerpos concretos […] Escribo como instinto de supervivencia» (223). En su estrategia de escritura, la autora utiliza el distanciamiento narrativo con lucidez: así, cuando la situación que va a narrar puede estallar emocionalmente, la protagonista, que es ella misma, se transforma en una ella contemplada desde la omnisciencia narrativa: «Una mujer descansa en una camilla en la sala posoperatoria del área de maternidad del hospital. Esa tarde no hay nadie más en la sala de recuperación. Está sola, encerrada en sus pensamientos sobre la niña que nació con síndrome de Down, su hija […] La mujer esta adormilada. Sin tocar la realidad, sigue enajenada por una mezcla del efecto de la anestesia y el estado de su cerebro que batalla con la aceptación, la negación» (53).

La narrativa de la autora para explicar la complejidad de la situación médica se alimenta de una bitácora, un glosario y una parodia de las FAQ que ella llama FUQ: Frecuently Unasked Questions; esta última reúne preguntas difíciles respecto a tener una hija con síndrome de Down, que son respondidas con pedagogía y verdad afectiva, como aquella del sentimiento de no tener una niña típica: «Supongo que se vive de manera distinta según cada etapa. Probablemente, el impacto de la primera noticia es el que te deja sin aire […] Quizás los retos cotidianos hacen que nuestras energías y pensamientos se concentren en el presente […] El futuro viene después. El presente eclipsa los hipotéticos recuerdos futuros» (188). Asimismo, revela una decisión de estilo que más que un asunto de edición es un símbolo vital que utiliza para separar momentos dentro de un mismo capítulo: «María, Cuerpo Down. // Una decisión estilística. / Las tres flechas >>> La trisomía» (221).

 

Monse Arosemena en entrevista con la doctora Fernanda Hernández, comunicadora especialista en temas de salud, para Noticias Caracol, en la FILBO 2026.


            Finalmente, Monse Arosemena medita sobre las condiciones materiales de su realidad y las otras realidades. El nacimiento de una niña con síndrome de Down requiere médicos especialistas de varios tipos, atención hospitalaria onerosa y terapias diversas de por vida. «Me pregunto qué sería de María si no fuera mi hija, si hubiera nacido a unas pocas horas de aquí, en otra cuna, bajo un techo distinto. Me cuesta llamarlo privilegio sin que suene a algo sucio, como si lo estuviera ostentando. Pero eso es. Tener acceso a cuidados intensivos durante 29 días; tener un seguro médico; poder quedarme con ella en la habitación; escribir esto; pensarlo desde un lugar seguro» (192). Es una pregunta válida: ¿Cuándo nuestra sanidad pública estará preparada para atender las necesidades de un Cuerpo Down? Es también una demanda de justicia social.

Cuerpo Down, de Monse Arosemena, es una escritura amorosa y lúcida cargada de verdad y pedagogía; un libro conmovedor que nos educa en el entendimiento de los procesos de las familias que tienen niños o niñas con síndrome de Down. La escritura de este libro, que comparte una experiencia personal y familiar, es de una belleza dolorosa y esperanzadora a la vez.

 

La del estribo: un cincuentenario

 

            María Joaquina en la vida y en la muerte, de Jorge Dávila Vázquez, ganó el Premio Aurelio Espinosa Pólit de 1976. Novela de un exquisito neobarroquismo que moldea la materia histórica para diseccionar el poder dictatorial en medio del conflicto liberal-conservador en el Ecuador del siglo diecinueve. Envuelta en una atmósfera narrativa que combina elementos mágicos, el rumor de ultratumba y la realidad de la violencia política, la novela nos ha dejado un retrato literario, hecho con la libertad de la ficción, del dictador Ignacio de Veintemilla y su sobrina Marietta de Veintemilla en los personajes memorables de José Antonio de Santis y María Joaquina. La novela, atravesada por el gusto musical, es también la historia de una obsesión erótica que tiene su clímax durante la inauguración del gran teatro de la capital: Dávila Vázquez narra un episodio en el que confluyen la música sacra, lo erótico y el poder político en un magistral juego escénico: «Otra vea el sudor de su mano me humedece el corazón, la orquesta estalla, luego el coro, tiemblo, es como si la gran hecatombe verdiana del Requiem, explosionara al compás de este hombre, que desde hace una hora ha dejado de ser mi tío para convertirse en mi esposo, mi amante, el dueño de mi cuerpo, el déspota, más bien» (19). María Joaquina en la vida y en la muerte es una novela clave para conocer la profunda renovación de la narrativa ecuatoriana que se produjo en los años setenta.


Portada de la primera edición de María Joaquina en la vida y en la muerte (Quito: Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1976). (Foto: R. Vallejo, 2026)  



[1] Monse Arosemena, Cuerpo Down. Memoria de un diagnóstico (Bogotá: Editorial Planeta / Seix Barral, 2026), 9.

 

lunes, mayo 11, 2026

Del cuerpo frágil y mi prostatectomía radical

Sí, César Vallejo, porque soy César Raúl.
            Nada más difícil que hablar de mí mismo, pese a vivir en un tiempo en el que el pudor ha cedido ante el espectáculo y la auto-referencialidad sin tregua. Antes de empezar este texto, me pregunté si tiene sentido hablar sobre la condición médica que me ha tocado padecer. No estoy en una situación extrema para los casos que conozco, pero sí lo suficientemente dramática para mi propio padecimiento. Recuerdo la famosa frase de Kyo Gisors en La condición humana, de André Malraux: «Todo hombre se parece a su dolor»[1]. Lo que me lleva a escribir sobre la prostatectomía radical que me hicieron recientemente es, tal vez, la vivencia en carne propia sobre la fragilidad del cuerpo humano, el deseo de compartir la necesidad del cuidado de uno mismo y la constatación de que un sistema de salud de calidad y calidez, como un derecho, debe ser la aspiración de una sociedad democrática y justa. ¿Cuál es el dolor al que me parezco yo?

            No cuento nada nuevo al decir que el cuerpo humano es frágil; pero la constatación de esta verdad de Perogrullo en mí mismo motiva mi escritura. Un día, vas al médico para el examen anual de próstata y el examen de sangre te dice que el PSA (Prostatic Specific Antigen) se ha elevado a 9,7 cuando el máximo aceptable es 4. Suena la alarma y comienza una serie de exámenes que debes realizarte con paciencia y en seguidilla: eco transrectal, resonancia magnética, biopsia transrectal. Al final de este proceso, el diagnóstico es claro: dos carcinomas de centímetro y medio cada uno, grado seis en la escala Gleason. Joan Didion escribe en las primeras líneas de El año del pensamiento mágico, que narra el duelo por la repentina muerte de su esposo, John Gregory Dunne, también escritor, y que leí durante mi estancia en el hospital: «La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La cuestión de la autocompasión»[2]. El paso siguiente: una prostatectomía radical abierta, que consiste en extraer la próstata y la membrana que la envuelve, las vesículas seminales y, si es necesario, los ganglios linfáticos. Lo que uno no ve: el cirujano retira la membrana prostática y conecta la uretra con la vejiga. El patólogo, luego de analizar la próstata completa, informa: «el tumor compromete aproximadamente el 80% del parénquima prostático, con infiltración difusa del tejido glandular. Grado diez en la escala Gleason»[3]. Lo que uno ve: una herida que va del pubis hasta el ombligo: fragilidad del cuerpo remendado. La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante.

           

"Y si un baobab no se coge a tiempo, ya no es posible librarse de él jamás". 
          Los hombres solemos bromear, malamente, con el examen de próstata. Una masculinidad deleznable ha convertido un rito de salud personal indispensable en un mal chiste. Lo peor es que, muchos hombres, procrastinan al momento de tener que realizarse el examen y lo posponen una y otra vez. Mi chequeo anual detectó los carcinomas de mi próstata a tiempo para que la cirugía sea posible. La masculinidad frágil que rehúsa el examen anual de próstata puede encontrarse, un día cualquiera, con una hiperplasia prostática (crecimiento desmedido de la próstata) que se manifiesta como una dolorosa imposibilidad de orinar o con un cáncer que ha hecho metástasis en pulmones y huesos. Como dice el narrador de El principito al referirse a los baobabs: «No me gusta mucho adoptar el tono de un moralista. Pero el peligro de los baobabs es tan poco conocido y los riesgos corridos por el que se extraviara en un asteroide son tan considerables, que, por una vez, salgo de mi reserva. Digo: “¡Niños! ¡Cuidado con los baobabs!”»[4]. Y yo parafraseo el consejo: «¡Hombres! ¡Cuidado con la próstata!».

            Estuve trece días hospitalizado y continúo mi convalecencia con una constante mejora. Aún no puedo manejar el carro familiar, no puedo cargar cosas pesadas (una maleta, por ejemplo), y me agoto con facilidad. Atrás quedaron los días de pintas de sangre y plasma, vías que se infiltraban, venas que se escondían (una pesadilla, para mí y las enfermeras, que me dejó los brazos amoratados), dren y sonda (con su respectiva bolsa para mi orina) que, a veces, se enredaban con las mangueras de antibióticos, antinflamatorios, analgésicos, etc. Mi urólogo cirujano y los médicos que participaron del proceso, las enfermeras y las ayudantes (90% mujeres), y el hospital en el que estuve internado me dieron una atención de calidad con calidez. Alina, mi esposa, ha estado conmigo, como siempre en nuestra vida, resolviendo asuntos prácticos y atendiéndome en todo momento. El cuidado amoroso indispensable para una recuperación satisfactoria. Pienso en las palabras que Alicia Ortega le dedica a su padre en su bellísimo libro Estancias: «El amor absoluto y pleno no necesita asimilar ni comprender nada. Solo sabe estar, cantar y crecer con el mismo garbo de una rosa en su tallo al florecer»[5]. Mi hija Daniela y mi hijo Sebastián, siempre. Y, claro, también están parientes, amigas y amigos, sinceramente preocupados y solidarios. Finalmente, no voy a entrar en las disquisiciones políticas sobre lo público y lo privado: soy jubilado y gozo del privilegio de contar con un seguro privado (en el que invierto un alto porcentaje de mi pensión), pero sigo soñando que el sistema de salud público de mi país ofrezca, al menos, lo mismo a lo que yo he tenido acceso y no la angustia en la que vive la mayor parte de la población con la escasez de medicamentos básicos y la inexistencia de una atención primaria de salud de calidad (no se diga de atención a enfermedades de tratamiento continuo o catastróficas). Es un anhelo innegociable de justicia social: salud, educación y vivienda.

            El proceso de la prostatectomía radical ha terminado. Ahora empiezo un nuevo capítulo: el jueves de la semana pasada tuve mi primera cita con el oncólogo, pues aún hay que comprobar que el cáncer no haya hecho metástasis y vigilar, de aquí en adelante, que no reaparezca en otra parte. Por lo pronto, hay que revisar la última biopsia y hacer nuevos chequeos de PSA; pero la historia con el oncólogo ya pertenece a un nuevo momento de mi cuerpo frágil. Somos aprendices de la vida durante toda nuestra existencia.



[1] André Malraux, La condición humana, traducción de César A. Cornet (Barcelona: Planeta / Sudamericana, 1981), 35.

[2] Joan Didion, El año del pensamiento mágico [2005], traducción Javier Calvo Perales (España: Literatura Random House, 2015), 9.

[4] Antoine de Saint-Exupery, El principito. Le petit Prince, edición bilingüe, traducción de Joëlle Eyhéramonno (España: Enrique Sainz Editores, México, 1984), 43-44.

[5] Alicia Ortega, Estancias (Quito: Severo Editorial, 2022), 57.

 

lunes, mayo 04, 2026

Los cuentos del millón de dólares

           

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ganó la primera edición del Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado de un millón de dólares, con su libro de cuentos El buen mal.

Según su portal corporativo, la empresa estatal Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, AENA, gestiona 46 aeropuertos y 2 helipuertos en España, 18 en Reino Unido y Brasil, a través de su filial, y participa en la gestión de 14 aeropuertos en América. En 2023, movió 314,1 millones de pasajeros, por lo que es la operadora número uno del mundo; la sigue Aéroports de Paris, que movió 99,7 millones. Este año, la empresa estatal española decidió instituir el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, que reconoce al mejor libro de los publicados en el ámbito hispanohablante o en lenguas cooficiales y traducidos al español en 2025. Este premio entrega un millón de dólares al libro ganador y 30.000 a cada uno de los finalistas.

El solo anuncio del premio generó un intenso debate debido al monto, su origen y las condiciones de precariedad en la que viven la mayor parte de quienes se dedican a la escritura de literatura. En una nota de Infobae, Carmen Domingo, escritora y filóloga española, que critica el uso de dinero público de «forma tan… obscena», expresó que «por más que desde el jurado se insista en que la intención es crear un premio de prestigio, una vez conocida la lista de los finalistas, una no tiene más remedio que preguntarse si lo que se pretende es fomentar aún más a los grandes grupos editoriales o mantener a los autores consagrados en su consagración». El cuestionamiento de Domingo es válido: después de todo, uno se pregunta cómo se puede seleccionar cinco libros finalistas de entre todo lo que se publica en el ámbito hispanoamericano para un premio equiparable, en términos económicos, al Nobel o al Planeta, en el ámbito privado.

Las preguntas surgen de inmediato: ¿Llegará a ser finalista el libro publicado por una editorial independiente de una pequeña localidad de Hispanoamérica? ¿Cuánto gestionarán las editoriales y agentes literarios para la selección de las obras finalistas? ¿Cuán cerrado es el círculo de jurados y finalistas? ¿Es posible mantener un premio así desde una empresa estatal cuya administración cambia periódicamente y con ella las políticas de promoción de la empresa? ¿Cuál es el objetivo de una inversión de dinero público de esta naturaleza en un sistema cultural que demanda salir de la precariedad de autoras y autores? Por otro lado, nadie pone en cuestión que los torneos de tenis —solo para poner el ejemplo de los Gran Slam— entreguen premios de 3,5 millones de dólares al ganador, 1,1 millón a los semifinalistas (Australian Open) y así por el estilo. ¿Por qué hace tanto ruido el millón de dólares para un premio literario anual?

En lo personal, es muy bueno que exista un mecenas estatal que se haya decidido a otorgar un premio de esta naturaleza que hará que un escritor o escritora de Hispanoamérica, cada año, deje de preocuparse por la hipoteca de su casa y, si invierte bien, pueda tener un sueldo mensual para ocuparse completamente de su oficio: la escritura. Sin embargo, es lamentable que el premio responda más a una ocurrencia publicitaria de una empresa estatal que no tiene nada que ver con la literatura, antes que a la institucionalización de una política pública a nivel hispanoamericano en beneficio de quienes escribimos literatura. Juan Casamayor, responsable de la editorial Páginas de Espuma, consultado por Deutsche Welle, que ha promovido y publicado a Samanta Schweblin, sintetiza así el ruido por el premio: «No se puede culpar a las iniciativas que premian buenos libros, pero en un ecosistema donde muchos escritores viven en la precariedad, se genera un desequilibrio evidente».

            No conozco los libros finalistas[1], pero he leído El buen mal, de Samanta Schweblin, cuentario ganador de la primera edición del premio, al igual que he leído casi toda su obra. Por lo mismo, me alegra que una escritora como Schweblin —cuya narrativa he disfrutado por su maestría para lograr un intenso y sugerente entretejido entre lo real y lo fantástico— haya ganado el premio, aunque este libro sea la reiteración de una escritura que tiene grandes momentos como Pájaros en la boca (2009), que es una versión extendida de La furia de las pestes (Premio Casa de las América, 2008) y su novela corta Distancia de rescate (2014). Además, es una excelente noticia, para un género percibido como menor, que una colección de seis cuentos sea considerada como el mejor libro de narrativa que se publicó en 2025, en Hispanoamérica.

            El buen mal, oxímoron que, de entrada, nos introduce a esa zona de lo extraño, en la que se ha movido siempre la narrativa de Schweblin, cuando habla de las relaciones interpersonales y de cómo algunos sucesos escondidos en el tiempo son la base de un presente a ratos inexplicable, a ratos absurdo, a ratos siniestro; angustiante siempre. Como en toda su narrativa, la sensación de lo trágico ronda cada cuento y, en una atmósfera cargada de sugerencias, nos acercamos a los personajes con la sensación de la inevitable liberación o condena. En «Bienvenida a la comunidad»[2], narrado en primera persona, una madre se intenta suicidar sin éxito, y se ve envuelta nuevamente en una rutina depresiva y una sorprendente cercanía con un vecino que la confrontan nuevamente con la muerte. «Un animal fabuloso» nos interroga sobre los límites del perdón y la culpa en una relación de amistad atravesada por un terrible secreto ante la contundencia de la muerte de un hijo pequeño. «William en la ventana», inmerso en el mundo de la literatura, es un cuento fantástico que juega con la imaginación de dos escritoras que se encuentran en una residencia literaria en China: ambas, de mundos distintos, se hermanan a través de la cercanía de la muerte. «El ojo en la garganta» mezcla lo trágico inevitable con lo extraño y la persistencia de la culpa sin atenuantes: el hijo, ya mayor, que mantiene a los padres en el fango de la culpa sin atenuantes frente a su propia desgracia. «La mujer de la Antártida» recupera la memoria de la niñez de dos hermanas, lo que significa la invasión, entre perversa e inocente, de una casa y la transformación de una persona en una suerte de juguete de las dos niñas. La invasión del hogar, pero en tono siniestro, se repite en «El Superior hace una visita»: la violencia sobre una mujer que, de pronto, vive el terror de que su casa ha sido «tomada». El buen mal es un libro que no aporta sorpresas ni a los temas ni a su tratamiento literario en la narrativa de Schweblin, pero, al mismo tiempo, tiene una escritura depurada, exquisita y de profunda resonancia en la conflictiva intimidad de los seres humanos, signados, casi siempre, por la culpa secreta, los absurdos de la vida y la muerte, en escenarios donde lo extraño resulta de la escritura en los bordes de la difusa línea que separa lo real y lo fantástico.

            Estos son los cuentos del millón de dólares: los del premio, los del libro; los del íntimo deseo que el premio sea imitado en todas partes por todas las instituciones públicas que puedan hacerlo; los cuentos sobre la existencia de una política pública que trabaje en la remediación de la precariedad laboral del mundo de la literatura y la escritura como un oficio.



[1] Los cinco finalistas fueron anunciados el 18 de marzo: Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince, (Alfaguara); Marciano (Literatura Random House), de Nona Fernández; Los ilusionistas (Anagrama), de Marcos Giralt Torrente; Canon de cámara oscura (Seix Barral), de Enrique Vila-Matas; y El buen mal (Seix Barral), de Samanta Schweblin, que resultó el libro triunfador, anunciado el 23 de abril.

[2] El 30 de abril apareció la noticia de que la versión en inglés de «Bienvenida a la comunidad», «Welcome to the Club», traducción de Megan McDowell y publicado en The Yale Review, fue uno de los veinte relatos seleccionados para la edición 2026 del prestigioso premio norteamericano de cuento O. Henry. The Best Short Stories 2026: The O. Henry Prize Stories, edited by Tomy Orange (USA: Vintage Books, 2026).