José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, julio 20, 2026

«Entre Marx y una mujer desnuda»: cincuenta años después, continúa siendo una gozosa lectura intelectual

(Fotografía: Raúl Vallejo, 2026)

            La novela Entre Marx y una mujer desnuda, de Jorgenrique Adoum —de quien estamos celebrando, en este 2026, el centenario de su natalicio— fue publicada en 1976, en México, y ganó el prestigioso premio Xavier Villaurrutia de ese año[1]. Adoum la llama «texto con personajes» y, desde el comienzo, nos plantea una discusión teórica: su novela-texto-con-personajes se presenta como un trabajo en desarrollo que va develando el proceso de creación novelesca durante su propia escritura y, también, evidencia los artificios de la ficción literaria en su afán de hablar acerca de la realidad referencial de la historia novelesca. Esta estrategia metatextual le permite a Adoum desarrollar, además, los conflictos estético y ético de la relación de Galo Gálvez, el personaje, con Joaquín Gallegos Lara, el modelo declarado para dicho personaje; estos conflictos están enmarcados en una crítica política, desde el discurso literario, a las clases dominantes del país y su vocación por el ridículo y la represión, a la izquierda comunista y su sectarismo, y a la dominación imperialista de los Estados Unidos.

            Entre Marx y una mujer desnuda retoma, en 1976, la tradición vanguardista en su escritura metatextual y la pone al servicio de una estrategia narrativa que indaga con profundidad en el conflicto político y amoroso de Galvez-Gallegos Lara, resumido en el título de la novela: es decir, el conflicto entre la militancia política y el disfrute individual de la vida. La tradición vanguardista de la que se nutre Adoum se remonta a Débora (1927), de Pablo Palacio, y En la ciudad he perdido una novela (1930), de Humberto Salvador. En ambos textos, la mecánica del artificio literario es expuesto por un narrador empeñado en mostrarnos el proceso de escritura. Un artificio similar lo utilizó también Lupe Rumazo en su antológico cuento «La marcha de los batracios» (1969).

El comienzo de la novela de Adoum ya nos plantea lo que será la estrategia de escritura: «o sea que las cosas no han sido todavía sino que van a ser, no pasaron así sino que a suceder ahora, en estas páginas, nadie sabe cómo, no tienen un principio ni un orden otro que el que tú les des, e incluso la sucesión de renglones, de párrafos, de páginas puede ser alterada porque, aunque inflexible en su estructura, es deliciosamente arbitraria».[2] Y, más adelante, anota de qué manera están planteados los narradores y cuáles son los mundos que habitan, y explicita cuál es la estructura de la novela: «El libro te va saliendo un poco a la manera de esas muñecas de madera rusas o las canastillas de paja de Otavalo: tú escribes un libro sobre un escritor que piensa escribir un libro sobre un escritor —por fortuna, este último escribe algo sobre sí mismo y no sobre otro colega— […]». (26)

El «Prólogo» de la novela, que Adoum ubica de la página 233 a la 237, es una bella y emocionante semblanza política y vivencial de Joaquín Gallegos Lara y, al mismo tiempo, un texto que teoriza el proceso escriturario para que Gallegos Lara se convierta en Galo Gálvez. El autor relata su relación personal con Gallegos Lara; así, en sus primeros encuentros, «él era ya lo que fue y yo apenas comenzaba a ser lo que no he sido» (233). Adoum, entonces, expone un juicio político que atraviesa la novela: «Lo conocí cuando estaba descuartizado entre su disciplina de militante y su vocación por la verdad» (233). Después, nos cuenta del ejemplar de Las cruces sobre el agua, con una dedicatoria generosa de parte de su autor, que recibió durante su estancia en Chile, y de cuánto lo quería. Treinta años después de la muerte de Gallegos Lara, Adoum reflexiona de qué manera, aquel se convirtió en el personaje de su novela y en esa reflexión nos descubre a un hombre íntegro y apasionado, y se lamenta que, ni siquiera en la ficción, pudo darle un sillón de ruedas ni hacerlo viajar, sabiendo que él amaba ciudades en donde nunca estuvo. Al final del prólogo, Adoum resume el sentido central de su novela:

 

Seguramente en un libro sobre el fracaso de nuestro país como república, el fracaso de su partido como guía de un pueblo que no tiene patria, el fracaso de la literatura como arma y como literatura, es decir, el lento y largo fracaso de uno mismo, me es indispensable ese personaje de tragedia griega que consiguió en medio del trópico lo insólito: ser héroe cada día en una sociedad que no tiene nada de heroico. Acaso la única manera de definirlo cabalmente sea lograr que el personaje por el cual estoy vivo todavía no se me muera en la última página, no se me muera nunca, exactamente como Joaquín. (237)

 

            Entre Marx y una mujer desnuda, cincuenta años después, se mantiene como un texto fundamental de nuestra literatura. La metatextualidad vanguardista continúa enseñándonos el arte de la novela porque Adoum planteó numerosas preguntas que son las preguntas de quien escribe y porque su estrategia de escritura es una poética de la narración. El discurso crítico-político, con las limitaciones de las referencias coyunturales, sigue vigente, entre otras cosas porque las estructuras sociales de dominación permanecen, a pesar de los avances y los logros puntuales de una agenda socialmente reivindicativa desde el campo popular. La construcción de un personaje literario basado en una persona pública es diáfana y, aunque a veces roce la mitificación, la heroicidad y los conflictos interiores, amorosos y políticos, de Gálvez-Gallegos Lara son literaria y humanamente verosímiles por la complejidad de su tratamiento. Esta novela de Adoum es un texto de gozosa lectura intelectual y en el que existe un laboratorio de escritura en el que aprendemos de manera permanente.

 

La del estribo

 


            «Cuando, obligado por Gálvez, el Fakir [César Dávila Andrade] se resignó a ir al hospital por una inflamación de la pleura que venía tratándose desde hacía algunas semanas con quemados de aguardiente, uno de los empleados, al inscribirlo, le preguntó su profesión. Poeta, dijo naturalmente orgullosamente porque esa fue su única ocupación en la tierra. No es eso lo que le pregunto, dijo el empleado, sino en qué trabaja. En la poesía, dijo el Fakir. Otro empleado, el inteligente, digo a su colega: Pon periodista nomás. Lo peor hermano, contaba el Fakir, fue cuando el domingo de mañana pregunté si podían darme comprando el periódico. Por qué no lee más bien el de ayer que tenemos, me dijo el interno. Porque hoy me iban a publicar un poema, le dije, por lo menos el Llerenita me ofreció. Cuando pasó el médico, porque de veras pasaba de largo por las camas de los enfermos sin mirarlos siquiera, el interno le dijo señalándome por sobre el hombro, como si le indicara Accidente de tránsito o 39 de temperatura: Delirio de grandeza». (Entre Marx y una mujer desnuda, pp. 11-12)

 

Instituto Nacional de Patrimonio Cualtural, Fondo de Fotografía Patrimonial, «Retrato del poeta César Dávila Andradre (1918-1967). Colección Felipe Díaz Heredia. Cuenca, 1938-1948.


[1] El premio Xavier Villaurrutia es un galardón que se otorga en México, desde 1955, a uno o más libros, de diverso género, publicados en el país y el jurado está conformado por escritores que han ganado el premio. Se dice que es un premio de escritores para escritores.

[2] Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda (México D.F.: Siglo XXI Editores, 1976), 9.

 

lunes, junio 05, 2023

«El Rincón de los Justos», de Jorge Velasco Mackenzie: 40 años, edición conmemorativa


            El 26 de febrero de 1983, la editorial El Conejo terminó de imprimir la primera edición de El Rincón de los Justos, de Jorge Velasco Mackenzie. La ilustración de la portada es un fragmento de Oasis No. 2, de César Andrade Faini, un óleo de 1955. El mismo año de 1983, en la colección «Grandes Novelas Ecuatorianas. Los últimos 30 años», El Conejo lanzó la segunda edición con un tiraje de 10.000 ejemplares. En 1984, la novela obtuvo el premio al libro del año concedido por la Sociedad Ecuatoriana de Escritores. En 1991, apareció la tercera edición de la novela en el número 53 de la colección Antares, de Libresa, con estudio introductorio y notas a mi cargo.[1] En 2007, el Municipio de Guayaquil publicó la cuarta edición bajo la coordinación editorial de Javier Vásconez y Yanko Molina, con prólogo de Mercedes Mafla. En 2009, el Ministerio de Cultura de Ecuador, en alianza con Alfaguara, publicó tres volúmenes de novelas ecuatorianas; en el tercer tomo, apareció la quinta edición de la novela.[2]

1ra. edición, 1983.
            En este 2023, el mes pasado, salió la edición conmemorativa de los cuarenta años de El Rincón de los Justos, publicada por editorial Planeta, de Colombia, cuyo cuidado y coordinación he tenido el grato privilegio de que estén a mi cargo.[3] El camino no ha sido fácil: desde octubre de 2021, con la autorización de Cristina Velasco Cabrera, la hija del escritor, comencé a buscar una editorial de fuera del país para publicar la novela. Me respondieron que no editaban a escritores fallecidos, que la novela solo era conocida en Ecuador, que la imprimirían si la familia se hacía cargo de los costos; una aceptó publicarla, pero desistió por falta de presupuesto y otra nunca respondió. Hasta que llegamos a Planeta: esta edición tiene una historia que comienza con un correo electrónico del lúcido y generoso Marcelo Báez Meza a Juan David Correa, el editor de Planeta, el 4 de marzo de 2022, en el que le sugiere publicar una Biblioteca Jorge Velasco Mackenzie, que incluiría textos inéditos. Meses más tarde, Juan David y yo conversamos telefónicamente al respecto; inmediatamente después de esta llamada, le envié un PDF de la segunda edición de la novela. Finalmente, en octubre de 2022, el editor de Planeta respondió mostrando su interés en El Rincón de los Justos.

JVM, foto Liliana Miraglia, 1978.
            Entonces, Cristina Velasco se hizo cargo de digitalizar la novela y yo de la primera revisión de dicho archivo antes de enviarlo a la editorial. Luego vino un intenso trabajo de corrección del texto con Andrés Martín Londoño, que, en Bogotá, leyó la novela con un profesionalismo impecable. Mientras tanto, en el Encuentro de Literatura, que se realizó en Cuenca, del 21 al 25 de noviembre de 2022, yo había hablado con Alicia Ortega Caicedo y Cecilia Ansaldo Briones para pedirles que escribieran el prefacio y el texto de contratapa respectivamente. Así, esta edición tiene dos visiones lúcidas sobre la novela, pues Alicia, que es una crítica que tiene lecturas iluminadoras sobre la literatura ecuatoriana[4], y Cecilia, que, además de ser la maestra de todos nosotros, conoce la obra de Jorge desde sus comienzos, son dos voces de innegable valor académico para que quienes se acerquen, hoy en día, a esta novela fundamental en la tradición literaria ecuatoriana tengan más y mejores elementos críticos que contribuyan a su lectura personal. A mí me correspondió el posfacio, que «es el testimonio de mi amorosa admiración por la escritura tatuada del búho de Matavilela».[5]

Croquis original de Erwin Buendía.
             Esta edición conmemorativa tiene, además, cuatro elementos novedosos. En primer lugar, el croquis de Matavilela y los lugares en donde sucede la novela: la versión original de este plano la dibujó Erwin Buendía Silva (1966-2006) y nos la cedió Cecilia Ansaldo; basados en aquella versión y con la ayuda de Google Maps, la hemos mejorado. La foto de Jorge Velasco que va en la solapa es de la escritora y fotógrafa Liliana Miraglia: fue tomada en 1978, en una pequeña cafetería que existía en los bajos de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas, antes de que los que formamos el grupo Sicoseo nos mudáramos al Montreal, la fuente de soda que quedaba en la siguiente esquina: un sitio emblemático que es protagónico de Tatuaje de náufragos. El año de la foto es el año en que se desarrollan los acontecimientos de la novela. La ilustración de la portada es una obra del pintor guayaquileño Jorge Velarde titulada Dentre nomás; pertenece a la colección del MAAC y data de 1983, el año en que apareció la novela.[6] Finalmente, Alicia Ortega cita, como corolario de su prefacio, la receta de Matavilela, un cóctel de homenaje a la novela de Jorge elaborado con bebidas espirituosas.[7]

            En síntesis, ¿por qué releer El Rincón de los Justos en estos tiempos? Porque la novela de Jorge Velasco Mackenzie retrata con visión deslumbrante al Guayaquil de finales de los 70 y comienzo de los 80, del siglo pasado, reelabora el habla de los sectores marginales que la habitaban y la incorpora naturalmente al discurso narrativo, construye inolvidables personajes del pueblo y es una muestra maestra del arte de narrar. Y, ¿por qué hacerlo en la edición conmemorativa de Planeta? Pues, porque es una edición bellamente diseñada y amorosamente cuidada que contiene varios elementos, novedosos y únicos, y que presenta estudios y comentarios actualizados sobre la novela. Si estas dos razones no son suficientes, existe una tercera: El Rincón de los Justos, de Jorge Velasco Mackenzie es una novela icónica de Guayaquil que, en diálogo con Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, contribuye a entender, desde la estética de la palabra, el espíritu de lo popular en la ciudad de los manglares.



[1] Consultar mi página web: Estudio sobre El Rincón de los Justos.

[2] En el tercer volumen, junto a El rincón de los Justos, también se publicaron Pájara la memoria, de Iván Egüez, Del otro lado de las cosas, de Francisco Proaño Arandi, y El desterrado, de Leonardo Valencia.

[3] Jorge Velasco Mackenzie, El Rincón de los Justos, 6ta. ed. (Bogotá: Editorial Planeta Colombiana / Seix Barral Biblioteca Breve, 2023).

[4] El prefacio de Alicia Ortega se titula: «El Rincón de los Justos: una poética de la ciudad manglar», 9-28. Recomiendo su libro Fuga hacia adentro. La novela ecuatoriana en el siglo XX (Buenos Aires / Quito: Ediciones Corregidor / UASB, sede Ecuador, 2017).

[5] Mi posfacio se titula «La escritura tatuada del búho de Matavilela», 215-228.

[6] Una obra de Jorge Velarde ilustró otro libro de Velasco Mackenzie: Clown y otros cuentos (Babahoyo: Ediciones Uso de la Palabra del Departamento de Letras de la Universidad Técnica de Babahoyo, 1988). Para mayor información, visitar https://www.velardepintor.com/

[7] Aquí, la historia de Matavilela, el cóctel


domingo, noviembre 11, 2018

La novela ecuatoriana en el siglo XX, revisitada por la crítica Alicia Ortega Caicedo


           
Alicia Ortega Caicedo, autora de una obra monumental: Fuga hacia adentro. La novela ecuatoriana en el siglo XX. (Foto de Carina Acosta, El Telégrafo)
En 1948, Ángel Felicísimo Rojas publicó La novela ecuatoriana, un ensayo que marcó no solo la visión de la literatura producida hasta entonces, sino también el camino de la crítica sociológica. Sus juicios, inscritos en la disputa entre una visión liberal y otra conservadora, atravesados por militancia socialista del propio Rojas, fueron referentes obligados para el estudio de nuestra novelística.
En 2018, Alicia Ortega Caicedo ha publicado Fuga hacia dentro. La novela ecuatoriana en el siglo XX. En su libro, Ortega se interesa por la compleja relación entre literatura y crítica: «Lo que está en juego es una forma de comprender la construcción del sujeto en el lenguaje: el sujeto que lo enuncia y el sujeto referido en él. Lo que está en juego es el lugar del sujeto en el mundo que ese lenguaje construye en el relato, así como el lugar del sujeto en el mundo que hace posible ese lenguaje».
Ortega evita la visión panorámica y, desde una posición arriesgada pero necesaria, selecciona textos que, a su criterio, marcaron hitos en el devenir de nuestra novelística. Dicha selección es una decisión crítica que, sin proponérselo, construye un canon literario que posibilita nuevas lecturas. Al mismo tiempo, ella implementa un discurso que dialoga con otros ensayistas que, a lo largo del siglo veinte, han sido parte de nuestra tradición crítica.
            El segmento final «¿Desde dónde nos leemos?» es una lúcida revisión de lo que significa leer nuestra literatura como un proceso que se inserta en una tradición. Ella señala que esta construcción se ha dado con debates intensos, como el de Gallegos Lara y Palacio en referencia a las tareas políticas del escritor y la noción de literatura, concluyendo que «la mirada de ambos corresponde a la del ‘expositor’, para quien la realidad es ‘repelente’».
            Ortega ajusta cuentas con aquella tendencia crítica de los noventa que se pretende “extraterritorial”, incrustada en las “ilusiones de la globalización”. Dicha tendencia se ancla en un discurso excluyente en el que lo local y la tradición son categorías vistas como negativas mientras que lo cosmopolita y la modernidad es lo deseado. Ortega desnuda el sentido maniqueo de tal planteamiento: «Asimila toda referencialidad al país como una tarea de instrumentalización de la literatura, así como toda perspectiva subjetiva es leída como ‘voluntad estilística’ y ‘acabamiento formal’». Además, demuestra que los postulados de dicha tendencia se anclan en los treinta como si nada más hubiese ocurrido en nuestra literatura durante el siglo.
            Fuga hacia adentro. La novela ecuatoriana en el siglo XX, de Alicia Ortega, es una obra monumental que reflexiona y pasa revista a la producción novelística del Ecuador durante el siglo pasado. El ensayo de Ortega, por la seriedad de su investigación, por la fuerza de sus argumentos, y por su escritura diáfana y fluida, está llamado a convertirse en la continuidad y superación de la obra de Rojas, para entender la novela del siglo veinte en Ecuador.