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| Los amantes de Sumpa, sitio arqueológico. (Foto: Raúl Vallejo, 2026) |
In memoriam Iván Carvajal (San Gabriel, 1948 – Quito, 2026)
Frente a la osamenta se tiene la ilusión de que el amor de los seres humanos perdura sobre el tiempo. Después de todo, diez mil años más tarde, los huesos que se acogen mutuamente en un abrazo yacen ante nosotros como el mudo testimonio de lo que imaginamos que es la perdurabilidad del amor a través del tiempo. Pero son solo huesos y el amor que los juntó en el abrazo para la eternidad de la muerte ya no existe más: «morir perseverando en el abrazo / vano triunfo del amor por sobre el Tiempo» (15).[1] Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal (1948-2026), es una bella y filosófica meditación, compuesta por diecisiete fragmentos, sobre la existencia del amor en el instante de su esplendor sin pretensión de eternidad, pues es imposible que trascienda en el Tiempo.
El Tiempo —llamado tirano sanguinario por Shakespeare en su Soneto XVI, cuyos dos primeros versos son el exergo del poema— está instalado en el poema desde la primera contemplación de los huesos: «Diez mil años conta la sal perdura / tendido el abrazo que la tierra protege del deseo» (1). La pareja del presente, cuyo amor será consumido por el Tiempo, contempla los huesos de la pareja de pasado, de cuyo amor solo quedan huesos. Más adelante, el hablante lírico insistirá en la condición efímera del ser humano frente a la eternidad del tiempo; si bien los restos son testimonio de la presencia humana un centenar de siglos atrás, también son canto inasible y huellas que se desvanecen: «huésped de paso / deja en la casa el canto / tu huella en las arenas». (7)
Hay un gesto: es el abrazo y en él se ancla la resistencia de la pareja al paso del tiempo. La realización del amor de la pareja perdura en el abrazo como gesto, pero el sentimiento que envolvió el gesto y le dio sentido se ha desvanecido con el tiempo: «despojados de rictus y de máscaras / sólo huesos» (2). Pese a su condición de huesos, la materialidad última del ser humano, el amor parece estacionado en el gesto del abrazo ante los ojos azorados de quienes contemplamos las osamentas: «¿qué lejana huella / de la pasión aún provoca?» (3). La ilusión de eternidad que nos provocan los huesos abrazados es confrontada y destruida por la contundencia de estos dos versos: «ya nada puede el sueño de perpetuidad / aún si los cuerpos al abrazo se aferran». (5)
Los huesos son un motivo persistente: nada queda de la pasión de los amantes, sino los huesos: esa materia sin sentimiento, apenas unos restos que cobran sentido en la imaginación de quien los observa. La pareja que contempla los restos se enfrenta a su propia finitud y toma conciencia de la condición precaria del amor, de su amor. Así, del afecto, del deseo, del amor, de la sexualidad, queda la idea. El hablante lírico expone la paradoja: ya no existen los seres que se amaron, pero el gesto del amor permanece en los huesos que contemplamos: «diez mil años la tierra escuda / al efímero gesto». (10) La pareja que contempla los huesos, más adelante, quiere inútilmente imitar a la pareja milenaria: «morir perseverando en el abrazo / vano triunfo del amor por sobre el Tiempo». (15)
Los huesos de la pareja son cubiertos de humanidad. La voz poética les insufla sexualidad a los huesos: «sexo de mujer / abierta boca del mundo […] y el sexo masculino / báculo de la ceremonia» (12). El fragmento tiene una sucesión de imágenes hermosas para describir la sexualidad de aquellos huesos que están en contemplación. Hacer de los huesos seres humanos vivos, dotándolos de sexualidad, es parte de la conmovedora tesitura de un poema que para vencer la desolación radical que provoca la muerte recurre el tópico del carpe diem como una manera de burlar la fugacidad ineludible del tiempo.
El pesimismo existencial del ser para la muerte responde a la constatación irrefutable de que la vida es efímera: «el tiempo humano es vértigo / de instauración / destrucción / ya nos devastará del todo el Tiempo» (16). Si bien el soneto XVI de Shakespeare pertenece al ciclo de la procreación en el que, frente a la fugacidad de la existencia, la procreación es la única posibilidad de confrontar al Tiempo, en el poema de Carvajal no hay esa salida para la pareja porque no hay trascendencia: al final, tan solo huesos. El hablante lírico ya no habla de los amantes de Sumpa ni de sus osamentas; habla de una pareja de la que forma parte y reconoce lo que todos tenemos que aceptar: «iremos uno y otro / a las arcanas sospechas de la muerte» (16). Hoy, como ayer, el amor, el abrazo, el cuerpo, la belleza: todo será devastado por el Tiempo.
Sin embargo, basta el breve instante del gesto. La realización erótica de la pareja vence al Tiempo en el instante del éxtasis. El hablante lírico se aleja de la contemplación de los huesos para verse a sí mismo y a su pareja como los protagonistas que tienen la posibilidad de burlar al tiempo, siempre que logren vivir la plenitud del amor en su momento y abandonen el anhelo de eternidad: «bien puede el Tiempo arrasar y ser perverso / logrará acabar con tu amor y con mi cuerpo / mas qué importa si ya la rosa vivió su esplendor». (17)
En Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal, un poema canónico de nuestra lírica, los huesos que contemplamos son testimonio de un amor que fue, pero que ya no existe porque los cuerpos que amaron ahora son solo huesos; sin embargo, el gesto del abrazo, renunciada la vana ilusión de trascendencia y eternidad, es el signo del triunfo del amor que tuvo lugar en la brevedad de aquel abrazo. Para escarnio del Tiempo, somos seres de existencia que perdura en el instante.
La del estribo
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| (Foto: Raúl Vallejo, 2026) |
2.
diez mil años
el abrazo defiende
al agónico gesto
contra la afrenta del óxido
con que el Tiempo conspira
despojados del rictus y de máscaras
sólo huesos
fémur del hombre
sobre pelvis de mujer
y sobre el húmero
dura reposa la calavera
en el abrazo yerto
El sitio arqueológico de la cultura Las Vegas, en la provincia de Santa Elena, en la costa del Ecuador, demuestra la presencia humana diez mil años atrás. Los restos óseos fueron hallados por la arqueóloga, doctora Karen E. Stothert. Entre varios enterramientos, se encuentra el de la pareja conocida como los amantes de Sumpa; al enterrarlos, colocaron sobre los cadáveres unas piedras que aún pueden verse en el hallazgo. Sumpa era la palabra precolombina para punta, y así se conocía la región que hoy se llama la puntilla de Santa Elena. La guía nos dijo que la colocación de las piedras se hacía para proteger a los muertos de los malos espíritus.
[1] Iván Carvajal, Los amantes de Sumpa, editor Alfonso Chávez Jara, ilustraciones de Marcelo Vásconez (Quito: Colección VivaVida, 1983). Las páginas de esta edición no están numeradas. El número que consta entre paréntesis al lado de cada cita textual corresponde al del fragmento respectivo.


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