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Leonardo Di Caprio como el doctor Randall Mindy y Jennifer Lawrence como la candidata a doctora Kate Dibiasky, en Don't Look Up (2021), de Adam McKay que es su director, productor y guionista.
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La candidata a doctora Kate Dibiasky
(Jennifer Lawrence) descubre un cometa y lo comunica al equipo de
investigadores bajo la tutela del doctor Randall Mindy (Leonardo Di Caprio). El
festejo del descubrimiento del cometa se transforma, en pocos minutos, en el
descubrimiento de la proximidad del desastre. Esta primera secuencia se
sostiene en el manejo de la gama de las emociones que expresa el personaje de
Di Caprio: desde la alegría por el descubrimiento científico, pasando por la
excitación que genera el cálculo de la órbita del cometa, hasta el estupor provocado
por la constatación matemática de la catástrofe que se avecina. Enseguida
vendrá la desastrosa reunión con la caricaturesca presidenta de los EE. UU.,
Janie Orlean (Meryl Streep). El tono de la reunión se resume en dos
intervenciones de la presidenta: en su anécdota de cómo subió tres puntos en
las encuestas, durante la campaña presidencial, en el momento en que decidió
fumar en público, y en su conclusión, luego de escuchar lo que los científicos
le informan: hay que sentarse y analizar el asunto. Momentos después, Kate
Dibiasky nos revela que el cometa del tipo “mata planetas”, de 6 a 10 km de
ancho, impactará con la Tierra en 6 meses y 14 días.
Las primeras secuencias de No
mires arriba (Don’t Look Up, 2021), dirigida por Adam McKay (The
Big Short, La gran apuesta, 2015, Oscar por Mejor guion adaptado), proponen el tono narrativo del
filme: No mires arriba es una comedia ligera, en tono satírico, con algunas
actuaciones destacadas, que deconstruye el mecanismos de las representaciones
del poder político y mediático al servicio del poder económico y pone en
evidencia los prejuicios frente a las verdades fácticas de la ciencia de una sociedad
alienada por la cultura del entretenimiento.
Peter Isherwell (¡Mark Rylance está
odiosamente genial en su representación!), el tercer hombre más rico del
planeta y CEO de la corporación BASH, es la representación bufa que combina
dosis de Musk, Jobs, Bezos & Zuckerberg. Representa ese tipo de
capitalista contemporáneo que, aparte de ser pornográficamente rico, se ha
convertido en un gurú new age, una especie de consejero espiritual del
mundo que habla de sueños de infancia realizados, de una espiritualidad que se
presenta como la superación de su propia riqueza material y predica la
felicidad individual permanente como la panacea de la vida. El lema de la
corporación Bash es un guiño irónico: «La vida sin el estrés de vivir» (Life
without the stress of living). La promoción del BASH Liife 14.3 se presenta
como la fuente de la eterna felicidad que logra, con una combinación de
tecnología y terapia conductista, que la tristeza no aparezca de nuevo, jamás.
El verdadero rostro de Isherwell se
muestra cuando convence al poder político de la estrategia para aprovechar las
riquezas minerales del cometa en función de su propia industria y, aún en ese
momento, su discurso se recubre del manto de un santurrón: después de
aprovechar las riquezas del cometa, desaparecerán la pobreza y la injusticia
social, así como la pérdida de la biodiversidad; entonces, «la humanidad
entrará desnuda en la edad dorada de la existencia interplanetaria, interestelar
e intergaláctica para la raza humana». Las acciones de BASH, como es de
suponer, suben su cotización. La reacción desesperada de Kate Dibiasky, en el
bar frente a la gente que pide la verdad, lo resume todo: «Dejarán que el
cometa choque con el planeta para hacer, a un racimo de gente rica, aún más
asquerosamente rica».
El poder político y el poder mediático son
quienes sostienen, reproducen y justifican la existencia del poder económico.
El programa The Daily Rip (El recorte diario) es la representación del
periodismo que todo lo banaliza en función de mantener una audiencia cautiva y,
nuevamente, alienadamente feliz. El clásico «pan y circo» del imperio romano
elevado a la categoría de divertimento y filosofía de vida. Los conductores del
programa, Jack Bremmer (Tyler Perry) y Brie Evantee (Cate Blanchet), reconocen
que el objetivo del programa es “alivianar las malas noticias”. Cate Blanchet, cuyos
papeles son siempre lecciones de actuación, está impecable y le da matices a su
personaje concebido como el estereotipo en que se han convertido quienes hacen
este tipo de periodismo-basura que todo lo banaliza al volverlo
espectáculo, en función del rating y el consumo.
El negacionismo frente a las
verdades fácticas de la ciencia está en el nombre del lema de los seguidores de
la presidenta Orlean, una caricatura del neofascismo al estilo Trump: «No mires
arriba». Los periodistas cumplen su misión en el sistema simplificando el
asunto: Si las acciones de BASH son indicador y van viento en popa, la revisión
de pares del artículo de los científicos mercenarios que trabajan para BASH no
importa. Los científicos de la Universidad de Michigan, en cambio, que
descubrieron el cometa y que han advertido acerca de la destrucción del planeta (Dibiasky y Mindy)
son considerados locos, pesimistas y gente a la que le falta entrenamiento para
aparecer en TV. Asimismo, toda la secuencia del tratamiento noticioso de la
reconciliación de la cantante Riley Bina (Ariana Grande) y DJ Chello (Scott
Mescudi) frente a la cobertura de la noticia de que un cometa se estrellará
contra la Tierra y que la destruirá, pone en evidencia las prioridades de la
agenda noticiosa que mantiene alienada a una sociedad envuelta en la vida
concebida como entretenimiento y felicidad permanentes.

No mires arriba es una sátira
que caricaturiza las veleidades del poder político y del poder mediático, en
tanto operadores del Estado para la reproducción legal e ideológica del
capitalismo corporativo que se presenta como filosofía de vida. A alguien puede
parecerle que los elementos críticos del filme son obvios y un tanto
panfletarios; sin embargo, la desconstrucción ficcional de un sistema que ha
normalizado —es decir, que ha convertido en natural y obvio— la explotación del
ser humano y la preeminencia del capital por sobre la humanidad, requiere de un
discurso alternativo que sea claro y directo. El final de la película está
narrado en secuencias paralelas: en una línea, la cena familiar que contiene los
elementos simbólicos del Día de Acción de Gracias, muy norteamericano; en la
otra, el hilarante destino del poder.
La crítica que desarrolla la película,
obviamente, tiene sus límites si consideramos que esta es producida por una
corporación mediática como Netflix que es capaz de reproducir y apropiarse de
la crítica a sí misma y al sistema en que se reproduce. No obstante, siempre serán
luminosas las palabras de Stanley Kubrick: «Yo no olvido nunca que el cine es,
ante todo, un medio de comunicación de masas. Ahí reside su funcionalidad
política. Tal vez haya quien me acuse de posibilismo, pero estoy convencido de
que es más efectivo un filme comercial ideológicamente consecuente, que un
panfleto político underground».
No mires arriba,
como buena sátira, ridiculiza con desparpajo a los poderosos y a la condición
insaciable del capital: en ese tono narrativo —directo, divertido y humorístico—
reside la potencia política de su moraleja.