José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, enero 12, 2026

Dos poemarios: «Ánimas» y «Selección natural»; y un cortometraje: «Garúa»

 

«Ánimas», de María Leonor Baquerizo

            Según la doctrina católica, las ánimas son las almas del purgatorio; el ánima es también sinónimo de alma, entendida como un espíritu vital; y, en términos de Jung, que trabaja con la dicotomía ánima-ánimus, el ánima alude a las imágenes arquetípicas de lo femenino en el inconsciente de un hombre. En el poemario Ánimas, de María Leonor Baquerizo (Guayaquil, 1960), el título sugiere, sobre todo, el espíritu vital que habita en los motivos de las nubes y los sueños, de la madre y la casa, de la boca que rompe su mudez en la escritura. La voz poética conversa con las nubes de formas indefinidas, cambiantes, hasta fundirse en ellas: «soy una torcida nube de palabras / que grano a grano se alimenta de escondrijos»[1]. La imagen de la nube utilizada como interlocutora puede entenderse, en términos gráficos, como la representación de Dios: un ser presente y distante a la vez, una entidad de forma indefinida que, en la medida en que no se nombra, equivaldría a conversar con la nada desde la imposibilidad de hablar: «En mi mudez / recorro las nubes / y charlo con ellas» (13). Los sueños, a veces pesadillas en las que se multiplican hormigas o nace «una niña fea y con la piel arrugada», están concebidos como el lugar en donde cabe el mundo: «todo se encuentra / todo se signa / en la nauseabunda vida / de los sueños» (29), pero ese lugar tiene una existencia que apesta, que provoca náuseas: los sueños son una amenaza porque carecen de control. La casa, metáfora de la vida, es el motivo central de «Poética del espacio», un texto de resonancias inquietantes, en el que la casa-vida deviene “la casa de mis pesadillas” y la escritura es el lugar para que el hablar sea posible: así, a esa casa ¿inexistente? «la escribo yo / desde la sombra / de un diccionario». Las hormigas de la pesadilla son «letras que amontonan / en silencio / lo que yo / no supe escuchar», un orden en el trabajo, una repetición en la vida, letras que exponen la anulación del yo. El poemario está atravesado por el temor a hablar y la boca es un leitmotiv sobre la dificultad de decir. En este libro, la madre tiene una presencia sanadora: el vientre materno, la madre en el hogar, las lecciones de vida, la agonía en un hospital. La madre —ante la ausencia del padre, que apenas si es una sombra que se angustia— parece asumir todo el cuidado de la hija: es a la madre a quien la hija invoca cuando está sumida en el fango de un atormentado mundo interior (32). La condición de harapienta encuentra la piedad solo en la madre: ella es la única capaz de entender la estancia de la hija en un agujero indescifrable del que no se sabe si es el lugar en donde todo comienza o todo termina (21). La madre es el motivo inicial de «Papayas», una balada de emotiva factura que concluye así: «pasó la vida y mi color cambió / desde un verde amarillento / miro al hombre que está junto a mí / veo con claridad esa danza / no heredé la delicadeza de mi madre» (47). Este poema multiplica los sentidos de «Él toma su café», poema narrativo también, en el que un cuchillo tiene una presencia escalofriante y que concluye: «él acomoda su pantalón / sigue mirando / y se levanta en el preciso momento / en que la mujer se queda quieta / con su cara salpicada» (44). Al cierre del libro, nuevamente, las nubes y la escritura como una sobrevivencia del ser que va desapareciendo, igual que las nubes: «los abrazos de las nubes / empiezan a las 5:49 a.m. […] y escribo / y escribo / sin borrar las mentiras / escribo y escribo / porque me estoy quedando sin ojos / sin hijas / sin cejas / sin boca» (73). Y todo esto como una necesidad de liberación del alma: «no digas nada / solo rompe ese reloj / que marca la vida» (74.) Ánimas, de María Leonor Baquerizo, es un poemario que revela la búsqueda de la escritura, desde un silencio opresivo, como una instancia que posibilita el decir, el hablar, la palabra de una voz que ha permanecido callada en medio de sus pesadillas, pero sin lograr la plenitud: «Tengo miedo de que la palabra me muerda / sé que conoce el sabor de mi piel». El ánima sigue penando en la pesadilla de la duda sin remedio.

 

 

«Selección natural», de Rafael Méndez Meneses

 

Semanas atrás, en La Cueva Jazz Bar, en Las Peñas, durante el XVIII Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel, presenté la cuarta edición de Selección natural, de Rafael Méndez Meneses (Guayaquil, 1976). Esta antología personal es el muestrario de un poeta irreverente, capaz de ironizar acerca de mundo, empezando por sí mismo: «Esto ni siquiera rima / dice la musa / y se va decepcionada / patea las piedras y maldice / la hora en que me dio por escribir» (65).[2] Su escritura poética, que se maneja bien en el epigrama satírico, tiene una enorme carga de humor, lo que le permite desacralizarlo todo; así nos entrega una visión descreída y con cierta dosis de amargura sobre el amor, la vida, el mundillo literario y la propia poesía. Para Méndez, la cotidianidad en su expresión mínima es el albacea de lo poético, una revelación que subyace irrelevante, según definición del propio poeta: «Vaga entre las zarzas / los edificios ruinosos / y las calles hediondas / pende en la punta de la lengua / de algún mozalbete / un bandolero / se torna lágrima / sarcasmo / y se oculta finalmente / detrás de un árbol / debajo de una piedra / a acechar / con paciencia» (80). Hay remanso al hablar de la hija, al contemplar a la amada, a la distancia: «Avizoro de tu pecho / los temblores / a fuego de rueda amanezco / y te escribo a hielo lento / desde las tierras bajas / donde las luces muertes no se ven» (93). Rafael Méndez Meneses es un poeta irreverente, transeúnte de lo cotidiano, con una palabra muy propia que, como una piedra, rompe la vitrina de las vanidades del mundo y expone sus miserias. En esta antología de poemas, detrás del sarcasmo y el desparpajo, hay una iracundia contenida contra el mundo.

 

 

«Garúa»: un emotivo cortometraje sobre el duelo

 

Garúa, 19 min, 2025. Director: Javier Andrade. Guion: Javier Andrade y Catalina Kulczar. Reparto: Lydia Navas. En cartelera de Mz 14, Guayaquil: viernes 16 y 23 de enero de 2026. El cortometraje se proyecta junto con la película del mismo director Lo invisible (2021)

 

            El cortometraje Garúa, de Javier Andrade, es una bella y emotiva meditación sobre el duelo en la que se conjugan el aislamiento de la doliente en una comuna turística y la presencia del mar como metáfora de la eternidad. El lenguaje del corto nos ofrece una conmovedora experiencia visual sobre la pérdida que está viviendo la protagonista: la intensidad de su dolor se siente en la manera cómo la cámara nos comparte su mirada, su aislamiento en medio de la gente y sus caminatas. Tal vez, hay algo de exotismo en la presentación de la comuna de Puerto Rico, en Manabí, pero es difícil juzgar la vivencia del duelo. En el corto, no hay palabras ni son necesarias: la narrativa no verbal esta construida con imágenes de una lograda poética de la contemplación. El mar y el islote, las cenizas desperdigadas por el viento marino que se funden con la arena, el agua y la piel de la protagonista y ella que entra al mar, en el plano final, bañándose de eternidad. Garúa, de Javier Andrade, es un corto de estremecedora poesía visual.    

 

 

La del estribo

 


La palabra del año 2025 en español, según la Fundéau/RAE, es arancel.
La puso de moda Donald Trump con su guerra de aranceles contra todo el mundo. Un día establece aranceles del 10%, otro día del 30%, no, mejor del 50%, o amenaza con aranceles del 100% a los productos de los países cuyos gobiernos son reticentes a cumplir sus mandatos imperiales. Mediante los aranceles aplicados e impuestos de forma arbitraria, Trump pretende controlar la economía del mundo y solucionar los problemas endémicos de la economía estadounidense.  



[1] María Leonor Baquerizo, Ánimas (Barcelona: Paso de Barca, 2025), 53.

[2] Rafael Méndez Meneses, Selección natural, 4ta ed. (Guayaquil: TibuEdiciones, 2025).

 

lunes, enero 05, 2026

El ataque de Trump a Venezuela: otra muestra de la política imperial y una nueva lápida para el derecho internacional

Imagen de Caracas durante el ataque norteamericano en la madrugada del 3 de enero de 2026 para capturar a Nicolás Maduro. Esta imagen ha circulado ampliamente en las redes sociales.
 
El País
, de España, en su editorial del 3 de enero de 2026 «La fuerza bruta en Venezuela» señaló que «Trump no actúa aquí como garante de la democracia, sino que sitúa la fuerza por encima del derecho. Otras potencias tomarán nota de las nuevas reglas cuando miran a Taiwán o a Ucrania. Señalarlo no es una defensa del régimen venezolano, sino una advertencia: la democracia no se exporta a golpe de misil ni se impone desde el aire». El ataque de Trump a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, mandatario carente de legitimidad, es una ratificación de la política imperial de los Estados Unidos, que tiene su antecedente en la Doctrina Monroe y una nueva lápida para la convivencia de las naciones bajo el derecho internacional.

Hasta donde existe información verificable, el gobierno de Maduro no dio muestras de la existencia de varios anillos de seguridad alrededor de su líder, ni ofreció un mínimo y coherente combate militar contra los invasores, ni ha demostrado capacidad de convocatoria para organizar la resistencia popular en caso de una nueva agresión. Al parecer, la descomposición del régimen de Maduro habría llegado al “sálvese quien pueda”, y la fácil captura de su líder solo se explicaría por negociaciones de la cúpula política y militar del propio régimen venezolano con el gobierno de Trump. Una vez capturado Maduro, en una operación militar más parecida al secuestro de guerra que a una captura legal, el presidente norteamericano declaró: «Administraremos el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa». También celebró la futura apropiación del petróleo venezolano por parte de las compañías norteamericanas y ha dicho que la vicepresidenta, Delcy Rodríguez —que, al parecer, es una ficha de transición para evitar el caos—, tiene que acatar las disposiciones de Marco Rubio. En síntesis, que la operación de Trump, con la cabeza de Maduro como trofeo, no tiene que ver con la libertad, sino con la geopolítica del petróleo. Habrá que estar atentos al desarrollo de esta especie de guerra de baja intensidad.

«El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente». Así tituló el Comité Editorial de The New York Times su reflexión del 3 de enero de 2026. El pretexto de la lucha contra el narcotráfico es endeble: «Mientras Trump ha estado atacando a las embarcaciones venezolanas, también indultó a Juan Orlando Hernández, quien dirigió una extensa operación de narcotráfico cuando fue presidente de Honduras de 2014 a 2022». Los líderes demócratas Bernie Sanders y Kamala Harris han manifestado lo ilegítimo e ilegal del ataque ordenado por Trump, desde la perspectiva de los intereses de los propios EE. UU. y hasta ellos señalan que se trata de una agresión por petróleo que debe ser condenada por el mundo democrático. Para nuestra América, esta agresión militar a un país que no ha realizado ningún acto de guerra contra EE. UU. es un capítulo más de la política imperialista de los EE. UU. ejecutada ya por los Demócratas, ya por los Republicanos. En América Latina, estas invasiones tienen un largo historial: Nicaragua (1912), Guatemala (1954), República Dominicana (1965), Granada (1983); no se diga en otras latitudes: Vietnam, Irak o Afganistán, para citar poquísimos ejemplos.

Sin ningún poder para evitar o sancionar una agresión militar de un país poderoso sobre otro, el secretario general de la ONU, António Guterres, señaló que el ataque militar estadounidense a Venezuela sienta un precedente peligroso e instó al diálogo. El 4 de enero, un comunicado conjunto de las Cancillerías de Brasil, Colombia, Mexico, Uruguay, España y Chile (el presidente saliente) condenó la agresión y expresó su preocupación «ante cualquier intento de control gubernamental, de administración o apropiación externa de recursos naturales o estratégicos, lo que resulta incompatible con el derecho internacional y amenaza la estabilidad política, económica y social de la región». Pero Trump no solo que se pavonea por lo hecho, sino que no tuvo escrúpulos para amenazar al presidente de Colombia y a la presidenta de México. Esto, junto a la tibieza de las declaraciones de la OEA y de la Unión Europea sella una nueva lápida al derecho internacional y refrenda a EE. UU. como juez y policía del mundo. Después de todo, Trump invadió Venezuela para capturar a Maduro luego de celebrar, en Mar-a-Lago, el Año Nuevo con Netanyahu, quien sí tiene una orden de arresto expedida por la Corte Penal Internacional.

En síntesis, se confirma que lo que prevalece en la relación de las naciones es la ley del más fuerte que las potencias hegemónicas pueden aplicar en sus diferentes espacios de dominación. Así, Donald Trump, que es un megalómano, no tuvo reparos morales para jactarse de su poder imperial durante una entrevista telefónica para Fox News al día siguiente del ataque: «Lo increíble de anoche […] Tenemos que hacerlo de nuevo. Podemos hacerlo de nuevo. Nadie puede detenernos». Y, un día después de la incursión en Venezuela, Trump declaró: «Nosotros necesitamos Groenlandia, absolutamente, por seguridad nacional».

 

lunes, diciembre 29, 2025

La sentencia sobre la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas


El 22 de diciembre de este año, dieciséis militares fueron sentenciados por la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas, detenidos ilegalmente por una patrulla militar el 8 de diciembre de 2024. Los cuerpos de Josué e Ismael Arroyo Bustos, de 14 y 15 años, Nehemías Saúl Arboleda Portocarrero, de 15, y Steven Medina Lajones, de 11, fueron hallados calcinados y con signos de tortura en los alrededores de la Base de Taura, de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, FAE, el 24 de diciembre del año pasado. El lunes anterior, once militares recibieron condenas, en primera instancia, de treinta y cuatro años y ocho meses de prisión; cinco, de treinta meses por haber sido “cooperadores eficaces”, y uno fue absuelto al no encontrarse pruebas suficientes sobre su participación en el delito. A pesar de que todavía existen quienes pretenden justificar o disminuir la gravedad de este crimen atroz perpetrado por agentes del Estado, la sentencia sobre la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas, barrio periférico de Guayaquil, es un respiro de justicia y algo de verdad. Faltan todavía la reparación integral y el compromiso de no repetición.

El coronel retirado Lucio Gutiérrez, expresidente de la República, ha salido en defensa de los militares condenados por la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas. En su cuenta de X-Twitter, el pasado 23 de diciembre, Gutiérrez, que paradójicamente fue miembro de la Comisión de la Niñez en la anterior Asamblea, rechazó la sentencia contra los militares involucrados, sin mencionar siquiera a las víctimas: «Sancionan a un grupo de militares que, cumpliendo órdenes del presidente de la República, salieron a patrullar para defender al pueblo ecuatoriano y, por un error en el procedimiento, los sancionan con 35 años de cárcel, mientras que a los delincuentes, asesinos, sicarios, les dejan en libertad al día siguiente» [énfasis añadido]. ¿Error de procedimiento? En su alocución, el coronel Gutiérrez es incapaz de solidarizarse con el dolor de las familias de los cuatro chicos detenidos ilegalmente, desaparecidos, torturados, asesinados y calcinados. Gutiérrez, sin la más mínima empatía, defiende a los militares y reduce el crimen de los sentenciados a “un error de procedimiento”. La gravedad de lo dicho por este vocero es mayor aún ya que se trata no solo de un militar en retiro, sino también de un expresidente del Ecuador.

El año pasado se pretendió instalar una narrativa de criminalización de las víctimas. Así, algunos influencers, que por lo general actúan como propagandistas de la derecha política, acusaron a los chicos de ser delincuentes e instalaron, por unos días, la idea de que habían sido detenidos en delito flagrante. Todo lo dicho por estos calumniadores fue desmentido durante el juicio y, por el contrario, se demostró que los chicos asesinados eran deportistas, estudiantes queridos en la escuela e hijos bien educados. El problema con la narrativa de criminalizar a las víctimas, sin embargo, es que aun cuando los niños de Las Malvinas no hubiesen sido los chicos sanos que eran, el proceder de los militares sigue siendo criminal. Incluso el peor de los delincuentes merece un juicio justo, tal como el que tuvieron los diecisiete militares que desaparecieron y torturaron a los chicos de Las Malvinas, y no hay política de seguridad que justifique las detenciones ilegales, la desaparición forzada ni la tortura de los detenidos. Los influencers que desparramaron mensajes de odio y criminalización deberían responder judicialmente por sus mentiras.

Según el reportaje de CNN Latinoamérica, «Sentencian a prisión a 16 militares por la desaparición forzada de cuatro menores hallados muertos y calcinados en Ecuador», uno de los “cooperadores eficaces” confesó, durante el juicio, que uno de sus compañeros le dijo a los menores: «Hemos llegado al lugar donde van a morir». La Fiscalía reprodujo un video que mostraba a un militar, en la camioneta en donde llevaban detenidos a los menores, que le decía a uno de ellos: «agradece que no te pego un tiro»; y, otro video, ya en la base de Taura, cuando eran golpeados en el piso por los militares. La periodista Karol E. Noroña, que ha cubierto el caso y el juicio, resumió en su cuenta de X-Twitter, el 22 de diciembre de 2025, lo que el juez ponente Jovanny Suárez, del Tribunal de Garantías Penales de Guayaquil, señaló:

 

1. La patrulla Tango Charlie contravino protocolos y «evadió el deber ineludible de comunicar al ECU 9-1-1», al mando del oficial John Z.

2. No se entregó a los niños a la Policía Nacional para su respectiva judicialización, si así hubiese sido pertinente.

3. No se garantizó su integridad personal.

4. Hubo «encubrimiento y pacto de silencio». En el informe entregado por la coordinación de la patrulla omitió la privación de libertad de las víctimas.

5. Ninguno de los miembros militares «se disoció de la acción delictiva». Al contrario, su presencia numérica y su armamento fueron los medios intimidatorios que facilitaron su posterior desaparición con resultado de muerte.

6. Hubo coordinación para el traslado ilegal de los niños hacia un lugar desconocido, donde ellos, a través de «coacción absoluta», que debían mover un árbol caído antes de ser llevados al último lugar donde fueron vistos con vida (entre las 21h00 y 22h00 del 8 diciembre) donde fueron desaparecidos, un hecho que antecedió a su muerte.

 

  Además, según el citado reportaje de CNN Latinoamérica, el juez ponente estableció que: «se ha determinado el sufrimiento que hicieron padecer a las víctimas. Se confirmó el dominio total de la patrulla sobre la vida de los menores» y que hubo «abuso del poder estatal» así como afectación a las familias de las víctimas en su vida emocional: «Los golpearon, los desnudaron y los abandonaron a su suerte». El Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, CDH, de Guayaquil, organización no gubernamental que asumió la defensa de las familias de los cuatro chicos afrodescendientes de Las Malvinas, expresó en un comunicado público del 23 de diciembre:

 

Ante tan histórico dictamen judicial, el CDH resalta el énfasis que la sentencia hecha pública ayer sobre la reparación integral, que incluye, especialmente, dos obligaciones del Estado: la primera consiste en las disculpas públicas desde las Fuerzas Armadas y el Ministerio de Defensa. Las que deben ser publicadas, señalando la inocencia de los Niños de las Malvinas; y condenando todo mensaje estigmatizante contra las víctimas, lo que ha afectado a sus familias desde el mismo momento en que ocurrió el macabro hecho.

 

[…]

 

Este fallo resulta histórico frente a otros casos de graves violaciones a los derechos humanos ocurridos en el Ecuador, en los que la etapa de juicio ha tomado décadas hasta emitir una sentencia; y, además, la mayoría de los procesados permanecen prófugos.

 

La reparación integral implica el reconocimiento por parte del gobierno y los agentes estatales de sus responsabilidades políticas con las víctimas y la comunidad. Siguiendo el espíritu y la letra de la sentencia, para la reparación de la memoria de las víctimas, son fundamentales las disculpas públicas por parte del Ministerio de Defensa y el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, que permitirán acallar la campaña de criminalización en contra de los chicos. Las disculpas, así entendidas, deben ser claras en algo medular: los niños no estaban cometiendo delito alguno y es falso que estuvieran vinculados a alguna banda criminal. Además, en el marco de la sentencia, la FAE deberá realizar una ceremonia de desagravio y colocar una placa en memoria de las víctimas en la Base de Taura. Y, si se quiere evidenciar la voluntad gubernamental de no repetición, los funcionarios que intentaron criminalizar a los chicos, que amenazaron a jueces y quisieron boicotear el proceso judicial con leguleyadas, deberían pedir perdón, públicamente, a las víctimas y sus familiares, y renunciar.

            Respecto de la sentencia, el coronel Gutiérrez concluyó en el mismo video: «Este es un mensaje intimidatorio que la justicia está enviando a los militares para que no enfrenten, como lo deben hacer, a los grupos de delincuencia organizada». Así, el coronel pretende justificar, entre líneas, el que los militares actúen al margen de la ley. La sociedad, más allá de los prejuicios y la demagogia punitiva, debe entender que el combate al crimen organizado no es una patente de corso para violar los derechos humanos y que el mensaje de la justicia es claro: la vulneración de los derechos de las personas es un crimen. Y, finalmente, si bien esta sentencia condena a quienes desparecieron de manera forzada a los menores de Las Malvinas, aún falta concluir el proceso de investigación y el juicio que determine y castigue a sus asesinos: la memoria de Josué e Ismael, Nehemías Saúl y Steven, así lo exige.