José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, agosto 17, 2026

Cincuentenario del primero de los dos desencuentros

Ediciones de El desencuentro, de Fernando Tinajero, de 1976 y de 1991. (Foto: R. Vallejo, 2026)

En 1976, un jurado compuesto por Mario Benedetti, Manuel Corrales Pasucal y Alfredo Pareja Diescanseco otorgó el premio nacional de novela convocado por la Universidad Central a El desencuentro, de Fernando Tinajero (1940).[1] El autor dijo, entonces, que la novela era la primera de una trilogía que se ubicaría desde la Revolución Liberal hasta los setenta. En 1983, la editorial El Conejo publicó una versión, sustancialmente nueva, de El desencuentro en su colección Grandes Novelas Ecuatorianas de los últimos 30 años.[2] Recuerdo el cincuentenario de la primera versión de El desencuentro porque es una novela que merece más atención de la que ha tenido. Me preguntarán, ¿qué versión habría que leer ahora? Para lectores que no estén interesados en hacer un estudio comparado, pues la versión de 1983 que es la que circula, pero si alguien consigue la de 1976, que no dude en leerla.[3]   

            El desencuentro —tanto la de 1976 como la de 1983— es una novela instalada en la tradición de la novela de reflexión filosófica acerca del ser humano y su relación con Dios y sus pares, del sentido que tienen las palabras y las Palabras, así como de la imposibilidad del amor pleno. Además, la novela está atravesada por el debate político y social encarnado en sus personajes: intelectuales pequeño burgueses anclados a su origen de clase y sus contradicciones vitales, así como en una praxis revolucionaria romántica e inútil. Y, desde la experiencia de sus personajes (Enrique y Miranda), hay una serie de reflexiones sobre la escritura de una novela como obsesión y proceso cargado de dificultades, así como sobre el sentido de la literatura en medio de las urgencias revolucionarias.

Enrique, el protagonista, arrastra una angustia existencial que lo mantiene anclado a las miserias cotidianas de su historia familiar. Él representa la posibilidad de una familia nueva, libre en una sociedad más justa, mientras que el coronel Nicasio Franco, el tío Nicasio, condensa el tiempo que debe morir y que mantiene a la familia en el pasado. Pero Enrique no supera las contradicciones existenciales de su origen de clase y apenas si logra insertarse en un grupo de intelectuales revolucionarios cuyas acciones anarquistas fracasan: el signo doloroso de ese fracaso es la muerte absurda de Petrus Romanus por causa de la cobardía de aquellos. Así, El desencuentro es una novela que señala a partir de la vida de sus personajes los límites del parricidio —entendido como actitud política por Tinajero en Más allá de los dogmas (1967)— y, desde la autocrítica y cierto pesimismo existencial, desnuda las contradicciones y veleidades de la intelectualidad pequeñoburguesa.

            Al publicar la versión de 1983, Tinajero anunció, en boca de Miranda, que la trilogía era, en realidad, un grupo de papeles, torpes borradores, que habría que rehacer completamente. Miranda justifica la inexistencia de la trilogía y la nueva versión señalando que Eça de Queiroz publicó tres versiones de El crimen del padre Amaro. Más adelante, Enrique, que escribe una parte de la novela que estamos leyendo, explica la alteración de la estructura de la primera versión de la novela así: «El orden que tiene una novela ya no es asunto de importancia. Lo fue, sin duda, en tiempo de Balzac. Ahora, más que el orden es el sentido lo que cuenta. Ahora sólo me falta decir si haré la novela de mi tío Nicasio, la de Oswaldo o la mía propia». El peso de la tradición patriarcal que ejerce el tío Nicasio en la historia familiar incide en la imposibilidad de Enrique para acceder a su libertad. La novela de 1976 se cierra con esta sentencia de Miranda sobre Enrique que lo deja en un limbo sin historia: «Y así, furioso consigo mismo y con el mundo, pasará todavía mucho tiempo y más allá del tiempo hasta encontrar el destino que se tenía merecido». (355)

            En junio de 1977, Fernando Tinajero escribió una dedicatoria en mi ejemplar de El desencuentro que encierra una enseñanza ética y política cuyo sentido aún perdura: «Para Raúl Vallejo, seguro de que la fe en el hombre es capaz de superar los desencuentros a los que nos ha condenado una historia que no es nuestra, pero que estamos llamados a recuperar». La novela de Tinajero, en ambas versiones, es una indagación sobre aquello que, desde Malraux, llamamos la condición humana, con la esperanza y las contradicciones e incoherencias que ella implica, y que disecciona la vida antiheroica de los intelectuales pequeños burgueses. Ante el desencuentro con nosotros mismos, como dice Miranda en el monólogo final de la versión de 1976, la escritura parecería un rito sacrificial de redención: «Escribir es también una manera de morir para alcanzar la resurrección». (347)

 

La del estribo

 

            «En aquella campaña [1960] nosotros estuvimos por la candidatura de la izquierda, sin pensar demasiado en el hecho paradójico, aunque en el fondo explicable, de que nuestros candidatos no eran obreros, ni siquiera los clásicos abogados de sindicato, ni nada por el estilo, sino dos millonarios de veleidades intelectuales [Antonio Parra Velasco – Benjamín Carrión], patriarcas de eso que llamaban “la cultura”, cuyo prestigio les permitía hablar con desparpajo siguiendo muy de cerca el modelo de los librepensadores del diecinueve». (286-287)

«Pero nosotros, entonces, no comprendíamos del todo aquella trampa de la historia y seguíamos creyendo en el mito de los intelectuales de izquierda, imaginando, ingenuos, que las “ideas” podían compensar el hecho cierto del estigma de clase. Todavía no habíamos entendido que sólo puede estar en la Revolución el que se encuentra en una situación revolucionaria, el que no teme lanzarse a la lucha porque no tiene nada que perder, excepto la vida, que es más bien un ir muriendo de a poco». (288)

«Sólo más tarde llegamos a comprender que en ese instante, más que de pureza revolucionaria, estábamos hambrientos de verdad existencial, de autenticidad vital, de ese no sé qué que indescifrable que soñábamos al hablar de las Palabras». (298)

 

Del monólogo final de Miranda. El desencuentro (1976): 267-355.



[1] Fernando Tinajero, El desencuentro (Quito: Editorial Universitaria, 1976).

[2] Fernando Tinajero, El desencuentro (Quito: Editorial El Conejo, 1983, Grandes Novelas Ecuatorianas. Los últimos 30 años, No. 6).

[3] La versión de 1983 de El desencuentro es la publicada, en 1991, en la Colección Antares, No. 70, de Libresa, cuyo estudio introductorio es de mi autoría; y, en 2007, por el Municipio de Guayaquil en su colección Novelas Ecuatorianas Contemporánea, v. 14, con prólogo de Francisco X. Estrella.

 

lunes, agosto 10, 2026

«Franz», de Agnieszka Holland: una apuesta experimental para una biografía convencional

Idan Weiss debuta con éxito como actor principal en Franz.

            Es julio de 2010 y estoy en Salzburgo, invitado por Salzburg Global para participar en un seminario sobre la enseñanza del Holocausto y la prevención de genocidios. La ciudad es una postal viviente y Mozart el icono alrededor del que se mueve el turismo: recorridos callejeros, cafeterías, chocolaterías, tiendas de recuerdos, de discos, museos, etc. Un segmento de la economía del turismo gira alrededor de Mozart, aquel genio que, al final de su vida, no tenía dinero para mantener a su familia y que se ha transformado en la mercancía de la que una ciudad hace negocio. Me acordé de aquel destino al que parecen condenados los iconos culturales con la película Franz (2025), dirigida por Agnieszka Holland. En ella, las escenas que muestran al Kafka de hoy, convertido en icono de museo, objeto de estudio y mercancía turística, contrastan con el Franz discreto, que ya adulto siguió viviendo en la casa paterna y que, sobre todo, pidió que, a su muerte, su obra inédita fuera destruida.

            Franz presenta una biografía convencional sobre Kafka con una perspectiva que intenta alejarse de la condición kafkiana de la vida del escritor, aunque con poco éxito. La relación entre obra y escritor sobresale a través de varios textos. El absurdo esencial del trabajo en «El fogonero» (1913); «Cualquier severidad era poca contra un hombre como el fogonero…»[1]; la crueldad irracional del poder en «La colonia penitenciaria» (1919), que describe con detalle la máquina de ejecución que escribe la sentencia en la espalda del condenado: «Cada aguja larga tiene a su lado una corta. La larga escribe mientras la corta va echando agua para lavar la sangre y mantener siempre claro lo escrito» (139-140); así como el encierro de «Un artista del hambre» (1924) que encuentra en el ayuno extremo la realización plena de su arte, igual que K. en la escritura, porque no sirve para otra cosa y rechaza que lo admiren por ello: «Porque tengo que ayunar, no puedo evitarlo». (246)

             Los textos citados, además, le sirven a la directora para mostrar al escritor rechazado por el público, sobre todo el segundo, que es representado con escenas de horror sangriento y de una crueldad visual escalofriante. La representación teatral del hombre en el cubo, en el que luego se ve encerrado el propio K. es una imagen surrealista que nos remite a la jaula en la que expone su arte el personaje de «Un artista del hambre». Además, un sutil proceso parece llevarse a cabo en el filme: los personajes que, como en un falso documental, le hablan directamente a la cámara semejan testigos de cargo en un juicio en el que el procesado no sabe de qué se lo acusa. Como le dice el sacerdote a Joseph K., en su entrevista en la catedral: «Te consideran culpable. Tal vez tu proceso no salga nunca de un tribunal inferior. Por lo menos provisionalmente, tu culpa se considera probada […] La sentencia no se dicta de repente: el proceso se convierte poco a poco en sentencia»[2]. Para el procesado Franz K., la sola existencia es su delito.

            Y si bien la biografía puede ser convencional, no lo es la manera de contarla. La narración es fragmentada, cargada de analepsis que nos retrotraen de la adultez a la niñez de K. para explicar el origen de su conducta. Hay momentos oníricos y una narración caleidoscópica; existe, además, una inserción del personaje en el futuro, ya convertido en icono, a través de las escenas de los turistas en el museo de K. El filme interpela a los espectadores cuando los personajes, incluido K, dirigen la mirada hacia fuera de la pantalla, hacia nosotros.

El parecido de Idan Weiss con Kafka es asombroso y contribuye, en mucho, a su actuación convincente. Su caracterización de un Kafka introvertido, ensimismado, con destellos de humor y con incapacidad para el compromiso familiar, amoroso o laboral está lograda. Hermann, el tiránico padre (Peter Kurth), es un personaje plano que mantiene su hosquedad durante todo el filme, aunque paga las deudas del hijo, y solo se quiebra, en silencio, con la muerte de Franz. El momento en el que el padre aplasta con rabia a un insecto sobre la mesa, en medio de una comida familiar, es el golpe simbólico que nos recuerda La transformación (escrita en 1912 y publicada en 1915) y la Carta al padre (escrita en 1919 y publicada póstumamente en 1952). Max Brod (Sebastian Schwarz), el amigo y admirador de la obra de K., hacia el final del filme pone en peligro su propia vida, de tal forma que entendemos lo valioso que era para él la obra de su amigo y, también, el ascenso y la entronización del nazismo.

            Agnieszka Holland ha trabajado con esmero la incapacidad de K. para relacionarse con las mujeres: Felice (Carol Schuller), Grete, (Gesa Shermuly) y Milena (Jenovéfa Boková) son personajes desarrollados de tal forma que consiguen desnudar a K. y exponer su miedo al compromiso y su inconstancia afectiva. Ottla Kafka (Katharina Stark), la hermana de K., nos recuerda a Grete, la hermana menor de Gregorio Samsa en La transformación, y remarca la paradoja cruel de proteger y, finalmente, abandonar a su hermano, para disfrutar de su libertad: «[…] y pese a todas las desgracias que había hecho palidecer sus mejillas, Grete había florecido hasta convertirse en una muchacha hermosa y llena de vida»[3]. Al final, la penúltima escena nos regresa a la realidad de los Kafka: las hermanas murieron en los campos de concentración. Se sabe que Otla fue asesinada en la cámara de gas de Auschwitz el 7 de octubre de 1943, y que Milena Jesenská murió, debido a la dureza del cautiverio, el 17 de mayo de 1944 en el campo de concentración de Ravensbrück.

Franz, de Agnieszka Holland, es un filme que muestra un Kafka enredado en los avatares cotidianos, con una firme vocación por la escritura y un temor reverencial al juicio de los demás sobre su vida y su literatura. El Kafka de Franz, brillantemente protagonizado por Idan Weiss, es un héroe ensimismado al que hay que descifrar desde las miradas, los silencios y las dudas que se cuecen en su interior. Me imagino que, ante la escultura cinética de su cabeza (2014), frente al centro comercial Quadrio, en Praga, que el filme muestra como una atracción del negocio del turismo, Franz K. hubiese acelerado el paso con la cabeza gacha sin entender bien por qué se ha convertido en una monstruosa estructura de acero en movimiento y transformación permanentes, y dudando entre si es un homenaje o una burla.

 

La del estribo

 

Las desventuras del soltero

 

            Parece tan grave quedarse soltero, y, de viejo, guardando a duras penas la dignidad, pedir acogida cuando se quiere pasar una velada con gente, estar enfermo y, desde el rincón de la propia cama, contemplar semana tras semana la habitación vacía, despedirse siempre ante el portal de la casa, no subir nunca la escalera junto a la propia mujer, tener en la habitación tan solo puertas laterales que comunican con habitaciones ajenas, llevarse la cena a casa en una mano, tener que admirar hijos ajenos sin que a uno le permitan repetir una y otra vez: «Yo no tengo», componerse un aspecto y un comportamiento calcados sobre uno o dos solteros de nuestros recuerdos de juventud.

Y así será, solo que, en realidad, hoy y en adelante será uno mismo quien esté ahí, con un cuerpo y una cabeza de verdad, y, por tanto, también una frente para golpeársela con la mano.


Kafka, «Las desventuras del soltero», en Ante la ley…, 57.
   


[1] Franz Kafka, «El fogonero», en Ante la ley. Escritos publicados en vida, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 113.

[2] Franz Kafka, El proceso, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 198.

[3] Franz Kafka, La transformación, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 100.

 

lunes, agosto 03, 2026

Pausa de hidratación: ¡es tiempo de una recarga!

           

Los principales clubes de fútbol han estampado publicidad de casas de apuestas virtuales en sus camisetas. Es decir que, si un niño o niña usa la camiseta de su equipo llevará encima publicidad de una actividad prohibida para menores. Es como si llevara publicidad de tabaco o bebidas alcohólicas.

            Alexsei Ivanovich, al final de un proceso de autodestrucción, recuerda cuando, siete meses atrás, se había jugado el último florín apostando en Roulettenburg y celebró una victoria momentánea. Como les sucede a todos los ludópatas, él cree que si ahora se juega el dinero que ha ganado para empezar una nueva vida, podrá recomenzar de mejor manera. En el contexto de El jugador, de Fedor Dostovieski, todo lo que imagina Alexsei nos lleva a la conclusión de que sus esperanzas son vanas. Así también, son vanas las ilusiones de aquellos que creen que apostando en casinos virtuales van a salir de la pobreza. En el campeonato mundial de fútbol 2026, los sitios de apuestas virtuales fueron los ganadores silenciosos, pese al ruido que hicieron. Según un artículo de la BBC, en el Mundial 2026 se apostaron alrededor de 50 000 millones de dólares, esto es, aproximadamente 480 millones de dólares por partido. En pleno mundial, los obispos argentinos alertaron por el auge de las apuestas online en niños y jóvenes. Y es que los casinos de hoy ya no son los lugares elegantes y sofisticados a donde Alexsei Ivanovich acudía, sino una sencilla y prosaica aplicación en el móvil de cada uno en la que se puede apostar en todo momento: mientras ves el partido de fútbol, almuerzas, vas al baño o en la soledad nocturna de tu habitación; es discreto y muy accesible: llevas tu propio casino en el bolsillo. El cardenal Ángel Rossi, arzobispo de Córdoba, señaló: «Tenés chicos o jóvenes más preocupados por si meten un gol o si hay un córner, o sea, por la apuesta que hicieron, que por disfrutar del partido. Es triste». Una manera fácil de perder dinero y convertirse en ludópata. En lo personal, si algo me fastidió en las trasmisiones en directo de la plataforma Direct TV Go fue que en cada pausa de hidratación se multiplicó la publicidad de las distintas casas de apuestas en línea: ¡es tiempo de una recarga!, decían; en criollo: ¡es tiempo de apostar! Los sicólogos están preocupados porque la edad de iniciación de los menores en las apuestas de todo tipo es cada vez menor, sobre todo en las apuestas deportivas. Emily Sohn, en su artículo «Cómo afecta el juego al cerebro y quienes son los más vulnerable a la adicción», (American Psychological Association, APA, julio de 2023), señaló: «Según una investigación reciente, las personas de entre 20 y 30 años son el grupo de jugadores que crece más rápidamente. Y muchos niños comienzan a jugar incluso antes. Casi dos tercios de los adolescentes de entre 12 y 18 años afirmaron haber apostado o jugado a juegos de azar durante el año anterior, según una encuesta canadiense de 2018 realizada a más de 38 000 jóvenes y financiada por el gobierno de la Columbia Británica». No tengo mucha esperanza de que la situación se modifique en el corto plazo, pues el negocio de las apuestas deportivas —llamadas eufemísticamente “pronósticos”, a pesar de que en la construcción de su razón social muchas utilizan bet (apostar, en inglés)—, está amparado legalmente por un pronunciamiento de la Procuraduría del Estado, del 13 de diciembre de 2019, que señaló que el resultado de un pronóstico deportivo no se define por el azar, sino por la destreza o el cálculo. La destreza o el cálculo que, cada día más, acaparan una ludopatía juvenil que debería preocuparnos como sociedad. El obispo de la Rioja, monseñor Braida, dijo que quienes ocupan cargos de autoridad deben «hacer mucho más para poner límites y acompañar procesos de cambio», e hizo un llamado para que padres, madres, educadores, catequistas y comunidades parroquiales «promuevan ámbitos de diálogo y contención».[1] Dostoievski diseccionó el demonio interior que acosa al apostador en El jugador, con mucho de su propia experiencia. Hoy, Alexsei Ivanovich tendría infinitas posibilidades de caer aún más en el pozo sin fondo del ludópata con solo teclear su teléfono móvil, mientras mira un partido de fútbol, durante las pausas de hidratación.

 

La del estribo

 

            Hay una contradicción moral en el hecho de que las casas de apuestas deportivas auspicien ligas y equipos deportivos. Sin embargo, el problema está lejos de solucionarse: la FEF —mediante un convenio vigente hasta 2027— organiza el campeonato nacional de fútbol con el patrocinio de una casa de apuestas virtual y lo llama «Liga Pro Ecuabet»; los principales clubes de fútbol han estampado en su camiseta oficial los logos de las casas de apuestas virtuales; y, una de ellas, afirma en su publicidad, apelando al patrioterismo: «Es de ecuatorianos pronosticar todo». Además, no se vislumbra que los políticos quieran legislar sobre una regulación más estricta que no responda solo a una visión recaudatoria y que implique, entre otras medidas: un sistema realmente seguro de verificación de la edad de quienes apuestan; severas multas para las empresas que permitan el acceso de menores a sus plataformas; prohibición a los deportistas activos para hacer publicidad de casas de apuestas en línea; establecimiento de un límite de consumo diario en apuestas a través de tarjetas de créditos u otros medios de pago; la inclusión de mensajes explícitos sobre la ludopatía como un riesgos del juego y sobre los porcentajes de probabilidades de pérdida. Por supuesto, ninguna de estas medidas les gustará a las casas de apuestas virtuales.



[1] Una línea similar es la del Consejo de Protección de Derechos, del Distrito Metropolitano de Quito, que en «Videojuegos y apuestas: una preocupante realidad que afecta a niños y jóvenes» (2025), dice:

 

«Para proteger a los menores, se recomienda a padres y cuidadores:
– Mantener diálogo abierto sobre actividades en línea
– Educar sobre la ludopatía y sus consecuencias
– Analizar críticamente la publicidad de apuestas
– Promover actividades recreativas sin dispositivos
– Modelar un uso equilibrado de la tecnología».