José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, marzo 16, 2026

«Matilde, con el puño abierto»: la novela gráfica de una vida ejemplar

           

Las autoras de Matilde, con el puño abierto, Gabriela Alemán y Glenda Rosero durante la presentación en la Sala Sur de Flacso, en Quito, el 7 de marzo pasado. (Foto del IG de @salasurflacso)

Se inicia con una pregunta que se hace el abuelo de Matilde, Francisco Navarro, quien junto con su familia emigraron desde Venezuela a Ecuador, se establecieron en Santa Rosa y, luego, en Zaruma: «¿Qué sucede con el puño si la mano se abre?». Y se cierra con una sentencia de la voz narrativa: «El puño del abuelo de Matilde nunca se borró de su mano abierta». Sugerente imagen sobre la persistencia del carácter y la generosidad del servicio a la comunidad. Matilde, con el puño abierto es una novela gráfica, ilustrada por Glenda Rosero y escrita por Gabriela Alemán,[1] que con una investigación meticulosa y una propuesta visual que incorpora fotografías y archivo nos presenta, con delicada pedagogía, la vida de Matilde Hidalgo de Procel, la primera médica graduada y la primera mujer que ejerció el derecho al voto en Ecuador.

            Hay un excelente trabajo de investigación y construcción del guion de parte de Gabriela Alemán. La vida de Matilde Hidalgo está presentada como una vida ejemplar, pero en términos laicos. La novela expone, de manera pedagógica, el significado histórico de la Revolución Liberal; la disyuntiva de la mujer, a comienzos del siglo XX, que debía escoger entre la vida doméstica o la vida religiosa; y el valor de la dedicación al estudio en la realización de la vocación por la medicina de Matilde Hidalgo, así como la superación de los obstáculos sociales que se le presentaron. Asimismo, la ejemplaridad de Matilde está acompañada por la acción de otras mujeres que, en la misma época, bregaron los derechos de la mujer: Zoila Ugarte de Landívar, María Angélica Idrobo y Victoria Vásconez Cuvi, y las publicaciones periódicas de distinta perspectiva feminista. El guion y la gráfica se conjugan muy bien al tratar sobre la participación de algunas mujeres en la jornada del 15 de noviembre de 1922. Matilde Hidalgo escribe al respecto: «Después de la matanza, no logro concentrarme, Fernando [Procel] Todos en el hospital vimos como tiraban los cadáveres al río. Las consignas de algunas de las obreras aún reverberan en mí: “Libertad verdadera, una vida humana y honorable para todos”». (87)

            La propuesta gráfica de Glenda Rosero es muy sugerente, a partir de dibujos lineales, de trazos simplificados y expresivos. Las ilustraciones sobre Matilde tienen un elemento en color amarillo que es significativo: los libros, un cuaderno de escritura, una bandada de pájaros, la llama de una vela, la propia Matilde, etc. Incluye fotografías de la época, así como documentos de archivo que contribuyen al tono histórico y didáctico de esta novela gráfica. La convivencia de la vida cotidiana con la actuación política y profesional de Matilde son una constante gráfica: así, por ejemplo, mientras el texto señala que luego de ejercer el derecho a voto, los diarios la elogiaron, la ilustración es una fotografía de Matilde junto a la cuna de su hijo Fernando Lenin Procel Hidalgo. Otro momento de alta comunión del guion y la gráfica son las páginas que exponen la visión sobre la salud pública del país del doctor Pablo Arturo Suárez y el programa de política pública que propone al respecto. Comentar Matilde: «En el artículo publicado por el doctor Suárez, en el que basó su charla, plantea que la universidad no puede, ni debe, ser indiferente ante los problemas de la reconstrucción nacional». (67)

Matilde Hidalgo le escribe a su amigo Fernando Prócel, que será su esposo: «Me he hecho amiga de un búho que duerme en los árboles del patio. Acompaña mi insomnio mientras todos duermen en la maternidad, yo camino por las instalaciones y, a veces, acompaño a las mujeres» (71). El búho, como símbolo de la sabiduría que da el estudio, y el amor por el trabajo médico en la maternidad condensan la persistencia por la vocación profesional. Matilde, con un el puño abierto, de Gabriela Alemán y Glenda Rosero, es una novela gráfica que debería ser parte de los planes de lectura de nuestra Educación Básica, ya que invita a la reflexión histórica no solo sobre la condición de la mujer, sino acerca de la educación y la salud públicas del país, y sobre el valor de la perseverancia personal para realizar la vocación profesional.



[1] Gabriela Alemán y Glenda Rosero, Matilde, con el puño abierto (Quito: Ediciones El Fakir, 2025). La primera edición (2024), publicada en formato digital por la Universidad Central del Ecuador, está disponible en línea y fue parte del proyecto de investigación «Las mujeres en la universidad ecuatoriana: sus prácticas y representaciones en los campos del saber universitario y en sus formas de irrupción (1919-2021)», coordinado por Susana Rocha.  

 

lunes, marzo 09, 2026

Oscar 2026 a la Mejor película: tentativa de pronóstico

Con 16 nominaciones, Sinners es la película más nominada de la historia del Oscar.

Por supuesto que solo a mis amistades y a quienes leen este blog les interesa mi pronóstico sobre quién ganará el Oscar 2026 a la Mejor película. No he seguido como un apostador profesional los premios que cada una de las producciones ha ganado en la temporada previa al Oscar, pero algo he leído al respecto y he visto casi todas las nominadas, excepto una[1], y todas las favoritas de las quinielas. Entre las favoritas están Sinners, One Battle After Another, Hamnet, Marty Supreme y Sentimental Value, que son propuestas de cine tan disímiles que vuelven muy difícil el intento de compararlas. Esta tentativa de pronóstico, por lo tanto, es una mezcla de mis gustos de cinéfilo, la cercanía emocional con los asuntos tratados y la profundidad de la problemática ética que el filme plantea.

Brad Pitt en F1: The Movie
           Antes que nada, quiero descartar algunas nominadas. F1: The Movie, dirigida por Joseph Kosinski, me dio una inesperada jornada de entretenimiento para un domingo de tarde. Se trata de la reivindicación de un viejo piloto de Fórmula 1 con un final feliz y mesurado. Está interpretada por un Brad Pitt que todavía camina y sonríe como en Thelma & Louise. Ni siquiera la fanaticada de Fórmula 1 o de BP alberga alguna esperanza de que gane la estatuilla. Bugonia, dirigida por Yorgos Lanthimos, es una disparatada comedia de ciencia ficción que trivializa el impacto mortal de las farmacéuticas en la salud de una comunidad, haciendo que una de las víctimas sea un lunático violento y que la despiadada gerente de la farmacéutica, finalmente, calce en las alucinaciones conspiranóicas de aquel. Afortunadamente, la tierra plana del filme es destruida, lo que incluye a la propia película.

Train Dreams se puede ver en Netflix
           Train Dreams, dirigida por Clint Bentley, es un western íntimo, cargado de afectos profundos, con una actuación descollante de Joel Edgerton como el leñador que trabaja en la tala de árboles para los durmientes de la línea férrea en el Oeste norteamericano, a comienzos del siglo XX y que, al perder a su esposa, intenta reconstruir sus vida. Asistimos a una bella meditación sobre la vida, sus visicitudes y el espíritu del amor que permanece hasta la muerte, pero, dado el nivel de las favoritas, la sensibilidad de su propuesta no le alcanza para el Oscar.

Leonardo DiCaprio desarrolla un excelente papel protagónico en One Battle After Another. 

One battle after another
, dirigida por Paul Thomas Anderson, está protagonizada por un Leonardo DiCaprio que es capaz, como dice mi hija, de crear un personaje con solo sujetarse el pelo con un moñito. La problematización de una revolución imposible en la sociedad norteamericana, de la existencia de una organización de millonarios supremacistas que se sienten por encima de la ley, y de los vínculos afectivos entre un padre desastroso y una hija vehemente, valiente y con conciencia de clase, está muy bien lograda. Es un drama de acción con una fuerte carga política que consigue un cierre optimista a pesar de reconocer la existencia de un poder militar, casi invencible, que sostiene el engranaje de la dominación. Es mi favorita, pero no creo que gane.

Timothée Chalamet en Marty Supreme.
          Marty Supreme, dirigida por Josh Safdie, es una comedia de humor oscuro sobre un antihéroe más antipático que el ganster barrial o el millonario esposo de la actriz que se convierte en la amante del microtenista, interpretado impecablemente por Timothée Chalamet. A propósito, en los últimos días, Chalamet ha hecho lo posible por ser más antipático que el propio Marty o que Karla Sofía Gascón, al declarar, con la franqueza de los idiotas que se sienten brillantes, que no querría trabajar en la ópera o el ballet porque son artes que ya no le interesan a nadie. Enseguida dijo la típica frase de los que acaban de insultarte: «Con todo el respeto a la gente del ballet y la ópera», y añadió riendo: «Acabo de perder 14 centavos en audiencia. Estoy disparando sin motivo alguno». Pero no estoy votando por el Señorito Simpatía. La película tiene un ritmo trepidante, aunque a ratos el delicuente de barrio que es el Marty fullero se transforma en socio de un gánster o quema una gasolinera o se humilla ante un financista con tal de conseguir un ticket para jugar ping-pong. Es una gran película, pero me causa repulsión.

Stellan Skarsgård y Renate Reinsve en Sentimental Value.

          Si yo votara, lo haría por Sentimental Value, dirigida por Joachim Trier, o por Hamnet, dirigida por Chloé Zhao. La dos películas desarrollan la idea de la existencia de un espíritu sanador a través del arte teatral y la manera como el teatro representa la vida en toda su extensión. En ambas, el duelo y el remordimiento atraviesan a los personajes y, en ambas, la purificación y la piedad son posibles gracias a la pasión que tiene lugar en la escena. Son películas distintas en su tiempo y localidad, en el carácter de sus personajes, en su cinematografía, pero, al mismo tiempo, son películas que conversan con los espectadores en tono íntimo y diseccionan el desgarramiento al que los seres humanos estamos sometidos cuando se trata de nuestros dolores íntimos. Ahora bien, como tengo que votar solo por una, lo haré por Hamnet.

 

Michael B. Jordan como los hermanos gemelos Smoke y Stack, protagonistas de Sinners.

             Sin embargo, la que seguramente ganará el Oscar a la Mejor Película es la taquillera Sinners, dirigida por Ryan Coogler, que con diecéis nominaciones es la película más nominada de la historia del cine. Sinners tiene la extraña cualidad de ser una película transgenérica: es un drama histórico sobre el racismo, en el sur de los Estados Unidos, en el tiempo de las leyes Jim Crow, un espectacular musical sobre el jazz y su evolución, una película de horror sobrenatural, narrada con una desenfadada sensualidad, y que envuelve a su protagonista en un drama amoroso signado por el duelo. Además, DiCaprio la tiene difícil frente a la comentadísima intepretación dual de Michael B. Jordan como los dos hermanos gemelos protagonistas del filme. Temáticamente ambiciosa, combina vampirismo y folclor afroamericano, y su síntesis se conjuga en tiempos contemporáneos en un bar de Chicago: ahí se reunen el músico y los vampiros como la metáfora visual de la eternidad de la música, en general, y del jazz, en particular, con todo lo que ello conlleva en términos culturales y políticos.  

Así que cerraré este artículo citando una verdad de Perogrullo que me genera la intelegencia artificial cuando le pregunto su pronóstico: «En última instancia, el resultado dependerá de cómo voten los miembros de la Academia, que suelen premiar tanto la relevancia cultural como la excelencia cinematográfica. Si la tendencia actual continúa, la competencia probablemente se decidirá entre Sinners y One Battle After Another, dos películas que representan visiones muy diferentes del cine contemporáneo, pero que comparten una ambición artística que las convierte en dignas aspirantes al premio más prestigioso de la industria». La IA juega al rojo y negro. Yo prefiero seguir apostando en mis sueños a que Hamnet gane el Oscar a la Mejor Película.

 

Jessie Buckley está maravillosa en Hamnet. Paul Mescal es un Shakespeare digno.



[1] Para la escritura de esta entrada no alcancé a ver El agente secreto, dirigida por Kleber Mendonça Filho. Luego de los azotes correspondientes, me comprometo a verla algún día de esta semana. 

Wagner Moura en El agente secreto, que también está nominada al Oscar a Mejor Película Internacional.

Actualización del 10 de marzo
: Anoche vi El agente secreto y, como me sucede con el cine brasileño, la película me gustó por el manejo del drama personal en el contexto de una dictadura civil-militar (1964-1984). No tiene la profundidad conmovedora de Aún estoy aquí ni una actuación que se asemeje a la fortaleza espiritual que le imprime Fernanda Torres al personaje de Eunice, pero El agente secreto, que ocurre en el carnaval de Recife de 1977, maneja con efectividad la sátira carnavalesca para describir a los represores y sus métodos burdos y crueles, y, al mismo tiempo, presenta la intimidad familiar de los protagonistas, víctimas de la violencia represiva. La película se abre con una escena casi surrealista: un muerto a tiros en una gasolinera al que la policía local, más interesada en extorsionar a un conductor, no le presta atención. Luego, nos entrega la historia de una pierna que patea a homosexuales y prostitutas en un parque y que los diarios sensacionalistas la presentan como noticia; unos matones de la dictadura tan crueles como estúpidos; cien muertos durante el carnaval que son celebrados como un éxito de la fiesta; y así. El equilibrio lo ponen las víctimas y sus vidas sencillas. Además, el filme tiene una serie de guiños-homenajes desde el cine al cine (Tiburón dialoga con parte de la trama; el cine del barrio exhibe afiches de los estrenos de Doña Flor y sus dos maridos y Pascualino Sietebellezas, y, como en Cinema Paradiso, la cabina de proyección es un espacio protagónico). Si bien no está entre mis favoritas para el Oscar, El agente secreto, protagonizado de manera brillante por Wagner Moura, es un thriller político de buena factura cargado de nostalgia, rebeldía y esperanza.  

 

lunes, marzo 02, 2026

El eros y el tiempo en la poesía de Efraín Jara Idrovo (1926-2018)


Efraín Jara Idrovo en su estudio, c. 1992. Foto: Gustavo Landívar. Ilustración de portada del tomo II de su obra reunida, Ensayos, discursos y correspondencia, publicada por el GAD de Cuenca y UCuenca Press.

En 2018, cuando se cumplieron cuarenta años de sollozo por pedro jara publiqué una entrada en este blog sobre dicho poema; un texto que siempre nos conmoverá por la hondura de su expresión poética y porque da cuenta de nuestra propia finitud. El comentario fue a propósito de la bella edición bilingüe del poema, traducido al inglés por la académica Cecilia Mafla-Bustamante, publicada por el GAD de Cuenca. El año pasado, comenté la aparición de la obra reunida de Efraín Jara Idrovo (1926-2018) en tres tomos, un homenaje transcendental a un poeta esencial, publicada también por el GAD de Cuenca y UCuenca Press, editorial de la Universidad de Cuenca y que está disponible en línea. Este año, el 26 de febrero pasado, se conmemoró el centenario del natalicio de Efraín Jara Idrovo, lo que me ha motivado a revisar su poesía erótica concentrada, sobre todo, en
 «Añoranza y acto de amor» (fechado en 1971 y publicado en 2 poemas, en 1973, junto con «Balada de la hija y las profundas evidencias») y Los rostros de Eros (1997).

El Eros está presente a lo largo de la obra de Jara Idrovo con una mirada sexualizada y gozosa, desde la que el deseo exacerbado se expresa con lascivia y el cuerpo es un espacio para la materialización de aquel deseo, acompañado siempre por la invocación de su belleza. Simultáneamente, el Eros se consume en el instante, el gozo es fugaz, y la pasión no resiste su confrontación con el tiempo, de cara a la muerte.

           «Añoranza y acto de amor» es un poema erótico en el que la sexualidad está verbalizada de forma explícita, es un canto desinhibido de sexo desnudo. En él, el amor es entendido como el gozo de los cuerpos. El anhelo por la mujer amada se revela en el recuerdo de su desnudez: «amasada con relámpago y piedras preciosas tu desnudez / desnudez de espejo suspendido en el vacío / veta de pórfido alucinada por la luna» (228)[1]. Anhelo que se manifiesta como un canto al sexo de la amada:

 

tu sexo de cráter de volcán

de fondo sin fondo del vértigo

sexoacceso

sexobseso

sexoexceso

grieta de la eternidad o cicatriz del rayo

tu sexo fascinante y voraz como las anémonas marinas

tu sexo que huele a madriguera de leopardo (230)

 

Ese canto a la sexualidad explícita ya estuvo presente en el tono bíblico de «Elegía por el sexo de Thamar» (1946), que canta a la pérdida de la virginidad y el triunfo deseo palpitante de la joven Thamar, viuda de los hermanos Er y Onán, que seduce a Judá, su suegro, disfrazada de ramera (ver Génesis 38): «En vano tu heliotropo / tu joven sexo oloroso a panal, / fricción de astro y vinagre enardecido / estaba vigilado por un ángel» (129-130).

Las características arriba enunciadas también están en los sonetos de Los rostros de Eros, en donde el tratamiento de la belleza de la mujer amada y la lascivia son dos motivos recurrentes del poemario. En la primera parte, «Preciosa, el tiempo y el amor» —de título que evoca a García Lora—, la belleza es un atributo que deslumbra, pero es efímero y perdura cuando ya no está: «Nunca en sí se sustenta la belleza. / Lo mismo que la muerte, su existencia / la columbramos en la inexistencia: / se nos revela como una nostalgia» (376), y esa evocación de la pérdida conlleva a la contemplación de una abstracción, de una idea; en este sentido, la hermosura de la desnudez es un concepto en los ojos del amador: «Desnuda eres irreal, de tan perfecta, / ¡no veo el cuerpo, miro tu hermosura!» (377). La tercera parte, «Sonetos de una libertina» nos presenta la pasión desbordada, orgiástica: «Apenas unos brazos te ceñían / o una boca reptaba por tu cuello, / cercana a lo animal, languidecías / en un tenue reguero de gemidos. // ¡Gemidos de placer y de tortura!» (399). A lo largo del poemario hay desnudez, deseo, exaltación de la belleza del cuerpo: el Eros expuesto en la palabra.

            El poeta ha elegido la forma rígida del soneto para contener tanta exaltación, pero su mirada va más allá del placer y confronta al Eros con el tiempo y la muerte. En la segunda parte, «Tríptico», el soneto inicial concentra el pensamiento del poeta sobre la condición efímera del placer y de todo: «¡Nada presuma duración, si empieza! […] ¡El tiempo no transige! Flor inestable, / lazo en trenza del aire, mariposa, / y el hombre han de finar, porque comienzan» (393). El poeta, con pesadumbre, reconoce que el tiempo, que consume la belleza y la pasión, encarna su condición inevitable, y aunque declara hiperbólico: «Sólo sé que, sin ti, no habría mundo» (383), sabe que todo pasa en el transcurrir de la existencia: «Mas del amor ¿quién sabe los designios? / ¡Viento es su duración! Posa la planta, / y no hay huella de amor, sino de olvido…» (384).

Es muy placentero leer la poesía erótica de Efraín Jara Idrovo que nos asoma hacia la turbulencia del deseo exacerbado, la carnalidad y la desnudez, que recorre la evocación de la belleza desde la mirada del amante y se deleita en gozo orgiástico con el recorrido del cuerpo amado. Ese placer tiene su límite en la aceptación del tiempo, que todo lo consume. Al final, las cosas del mundo se acaban, menos la expresión poética, consuelo estético de quienes poetizan la vida: «¡Nada escapa a la muerte!: amor, belleza, / poder. Y, sin embargo, prevalece / lo más frágil del hombre: ¡la palabra!»  (394). El placer de la palabra escrita, el placer de su lectura.



[1] Todas las citas han sido tomadas de Efraín Jara Idrovo, El mundo de las evidencias. Obra poética, 1945-1998, edición de María Augusta Vintimilla (Quito: Libresa / Universidad Andina simón Bolívar, 1998). El estudio de María Augusta Vintimilla, miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, silla B, es una de las lecturas más profundas y acabadas de la obra de Efraín Jara Idrovo.