
Idan Weiss debuta con éxito como actor principal en Franz.
Es julio de 2010 y estoy en
Salzburgo, invitado por Salzburg Global para participar en un seminario sobre
la enseñanza del Holocausto y la prevención de genocidios. La ciudad es una
postal viviente y Mozart el icono alrededor del que se mueve el turismo: recorridos
callejeros, cafeterías, chocolaterías, tiendas de recuerdos, de discos, museos,
etc. Un segmento de la economía del turismo gira alrededor de Mozart, aquel
genio que, al final de su vida, no tenía dinero para mantener a su familia y
que se ha transformado en la mercancía de la que una ciudad hace negocio. Me acordé
de aquel destino al que parecen condenados los iconos culturales con la película
Franz (2025), dirigida por Agnieszka Holland. En ella,
las escenas que muestran al Kafka de hoy, convertido en icono de museo, objeto
de estudio y mercancía turística, contrastan con el Franz discreto, que ya
adulto siguió viviendo en la casa paterna y que, sobre todo, pidió que, a su
muerte, su obra inédita fuera destruida.
Franz presenta una biografía convencional sobre Kafka con una perspectiva que intenta alejarse de la condición kafkiana de la vida del escritor, aunque con poco éxito. La relación entre obra y escritor sobresale a través de varios textos. El absurdo esencial del trabajo en «El fogonero» (1913); «Cualquier severidad era poca contra un hombre como el fogonero…»[1]; la crueldad irracional del poder en «La colonia penitenciaria» (1919), que describe con detalle la máquina de ejecución que escribe la sentencia en la espalda del condenado: «Cada aguja larga tiene a su lado una corta. La larga escribe mientras la corta va echando agua para lavar la sangre y mantener siempre claro lo escrito» (139-140); así como el encierro de «Un artista del hambre» (1924) que encuentra en el ayuno extremo la realización plena de su arte, igual que K. en la escritura, porque no sirve para otra cosa y rechaza que lo admiren por ello: «Porque tengo que ayunar, no puedo evitarlo». (246)
Los textos citados, además, le sirven a la directora para mostrar al escritor rechazado por el público, sobre todo el segundo, que es representado con escenas de horror sangriento y de una crueldad visual escalofriante. La representación teatral del hombre en el cubo, en el que luego se ve encerrado el propio K. es una imagen surrealista que nos remite a la jaula en la que expone su arte el personaje de «Un artista del hambre». Además, un sutil proceso parece llevarse a cabo en el filme: los personajes que, como en un falso documental, le hablan directamente a la cámara semejan testigos de cargo en un juicio en el que el procesado no sabe de qué se lo acusa. Como le dice el sacerdote a Joseph K., en su entrevista en la catedral: «Te consideran culpable. Tal vez tu proceso no salga nunca de un tribunal inferior. Por lo menos provisionalmente, tu culpa se considera probada […] La sentencia no se dicta de repente: el proceso se convierte poco a poco en sentencia»[2]. Para el procesado Franz K., la sola existencia es su delito.
Y si bien la biografía puede ser convencional, no lo es la manera de contarla. La narración es fragmentada, cargada de analepsis que nos retrotraen de la adultez a la niñez de K. para explicar el origen de su conducta. Hay momentos oníricos y una narración caleidoscópica; existe, además, una inserción del personaje en el futuro, ya convertido en icono, a través de las escenas de los turistas en el museo de K. El filme interpela a los espectadores cuando los personajes, incluido K, dirigen la mirada hacia fuera de la pantalla, hacia nosotros.
El parecido de Idan Weiss con Kafka es asombroso y contribuye, en mucho, a su actuación convincente. Su caracterización de un Kafka introvertido, ensimismado, con destellos de humor y con incapacidad para el compromiso familiar, amoroso o laboral está lograda. Hermann, el tiránico padre (Peter Kurth), es un personaje plano que mantiene su hosquedad durante todo el filme, aunque paga las deudas del hijo, y solo se quiebra, en silencio, con la muerte de Franz. El momento en el que el padre aplasta con rabia a un insecto sobre la mesa, en medio de una comida familiar, es el golpe simbólico que nos recuerda La transformación (escrita en 1912 y publicada en 1915) y la Carta al padre (escrita en 1919 y publicada póstumamente en 1952). Max Brod (Sebastian Schwarz), el amigo y admirador de la obra de K., hacia el final del filme pone en peligro su propia vida, de tal forma que entendemos lo valioso que era para él la obra de su amigo y, también, el ascenso y la entronización del nazismo.
Agnieszka Holland ha trabajado con esmero la incapacidad de K. para relacionarse con las mujeres: Felice (Carol Schuller), Grete, (Gesa Shermuly) y Milena (Jenovéfa Boková) son personajes desarrollados de tal forma que consiguen desnudar a K. y exponer su miedo al compromiso y su inconstancia afectiva. Ottla Kafka (Katharina Stark), la hermana de K., nos recuerda a Grete, la hermana menor de Gregorio Samsa en La transformación, y remarca la paradoja cruel de proteger y, finalmente, abandonar a su hermano, para disfrutar de su libertad: «[…] y pese a todas las desgracias que había hecho palidecer sus mejillas, Grete había florecido hasta convertirse en una muchacha hermosa y llena de vida»[3]. Al final, la penúltima escena nos regresa a la realidad de los Kafka: las hermanas murieron en los campos de concentración. Se sabe que Otla fue asesinada en la cámara de gas de Auschwitz el 7 de octubre de 1943, y que Milena Jesenská murió, debido a la dureza del cautiverio, el 17 de mayo de 1944 en el campo de concentración de Ravensbrück.
Franz, de Agnieszka Holland, es un filme que muestra un Kafka enredado en los avatares cotidianos, con una firme vocación por la escritura y un temor reverencial al juicio de los demás sobre su vida y su literatura. El Kafka de Franz, brillantemente protagonizado por Idan Weiss, es un héroe ensimismado al que hay que descifrar desde las miradas, los silencios y las dudas que se cuecen en su interior. Me imagino que, ante la escultura cinética de su cabeza (2014), frente al centro comercial Quadrio, en Praga, que el filme muestra como una atracción del negocio del turismo, Franz K. hubiese acelerado el paso con la cabeza gacha sin entender bien por qué se ha convertido en una monstruosa estructura de acero en movimiento y transformación permanentes, y dudando entre si es un homenaje o una burla.
La del estribo
Las desventuras del soltero
Parece tan grave quedarse soltero, y, de viejo, guardando a duras penas la dignidad, pedir acogida cuando se quiere pasar una velada con gente, estar enfermo y, desde el rincón de la propia cama, contemplar semana tras semana la habitación vacía, despedirse siempre ante el portal de la casa, no subir nunca la escalera junto a la propia mujer, tener en la habitación tan solo puertas laterales que comunican con habitaciones ajenas, llevarse la cena a casa en una mano, tener que admirar hijos ajenos sin que a uno le permitan repetir una y otra vez: «Yo no tengo», componerse un aspecto y un comportamiento calcados sobre uno o dos solteros de nuestros recuerdos de juventud.
Y así será, solo que, en realidad, hoy y en adelante será uno mismo quien esté ahí, con un cuerpo y una cabeza de verdad, y, por tanto, también una frente para golpeársela con la mano.
[1] Franz Kafka, «El fogonero», en Ante la ley. Escritos publicados en vida, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 113.
[2] Franz Kafka, El proceso, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 198.
[3] Franz Kafka, La transformación, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 100.









