José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, junio 29, 2026

Jorgenrique Adoum: centenario de un poeta

En 1995, la Biblioteca Ayacucho de Venezuela, en coedición con Monte Ávila Editores, publicó el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina, DELAL, en tres tomos. La entrada sobre Jorge Enrique Adoum fue de mi autoría. Hoy, basado en dicho texto y otras escritos que he publicado en este blog, al conmemorarse el centenario del natalicio de Jorgenrique recuerdo su obra.

 

«Árbol de la vida» en el jardín de la casa-museo Guayasamín. Junto a las del pintor, las cenizas de Jorgenrique Adoum, también en una vasija de barro, yacen bajo este pino. (Foto: Raúl Vallejo, 2019)


Jorgenrique Adoum (Ambato, 29 de junio de 1926 – Quito, 3 de julio de 2009) hizo de la escritura literaria una pasión excluyente. Para él, la escritura era en sí misma un acto político y, también, una manera de expresar el desgarramiento ideológico, la angustia que implica el origen de clase de quien escribe, así como la asunción de la primera responsabilidad de un escritor que es escribir con la permanente preocupación por el lenguaje. En una entrevista para la revista Bohemia, realizada por Nora Sosa, Adoum dijo: «El enemigo fundamental de un escritor son las palabras: contra ella y con ellas debe combatir».[1] Para Adoum, en la práctica de la escritura confluyen los conflictos amorosos, políticos y estéticos del autor, es decir, los conflictos de la vida misma y del tiempo que le ha tocado vivir.

Entre 1945 y 1947, Adoum fue secretario de Pablo Neruda, lo que le posibilitó un proceso de aprendizaje singular. Como era de esperarse, la influencia de Neruda en la poesía latinoamericana fue aún más acentuada en Adoum, pero, como el propio poeta lo dijo, tanto Neruda como él fueron los primeros en darse cuenta de la situación. A partir de aquel momento, Adoum ha construido una voz poética muy suya.

Desde Ecuador amargo (1949) hasta su monumental Los cuadernos de la tierra (que se publicó íntegro en 1963), el lenguaje exhibe exuberancia verbal, un aliento telúrico de resonancia mítica, la búsqueda no sólo de una voz poética capaz de convertirse en la voz que exprese al habitante del país y su historia, sino también del lugar de procedencia al que se ama de manera desgarrada, imbuida de lirismo y con el verso doliente de un antiguo yaraví. Así, los primeros versos de «Lamento y madrigal sobre Palmira» evocan el origen y la soledad no solo del desierto, sino del ser humano que lo contempla como parte del territorio que es su patria: «El polvo, el tiempo, áspera / y difícil soledad, desolado / mantel seco: aquí no hubo / nunca el caserío, la planta, / los dedos de la lluvia: / tierra rota / hasta la harina, paisaje ciego / que el viento cambia de lugar».[2]

 ¿Cuándo se da la ruptura con la herencia nerudiana? Hernán Rodríguez Castelo sostiene que esta ruptura se produce con el tercer cuaderno: Dios trajo la sombra (Premio Casa de las Américas, 1960): «para llevar hasta límites estupendos la transmutación lírica y anti lírica, épica y anti épica de la crónica y el mito»[3]. Saúl Yurkievich, en cambio, opina que este tercer cuaderno «es un intento coincidente con el Canto General de Neruda en cuanto a objetivo de representación y estilo adoptado […] Las imágenes provienen del mismo trasfondo mítico y se expresan mediante esa magnificación metafórica, que algunos llaman telurismo, que establece constantes transfusiones entre todos los órdenes de una naturaleza fascinante y avasalladora».[4] (100).

El cuarto cuaderno compuesto por El dorado y Las ocupaciones nocturnas, según Vladimiro Rivas «es el imaginativo mundo poético del deseo, el amor, el trabajo y la soledad y la muerte, que anuncian un mundo poético cada vez más marcado por la ironía... es el libro más maduro, más sabio, más humano de Adoum. Desde ahí solo se puede descender o desarrollar en variaciones»[5]. Así, una leyenda popular como la de la «Dama tapada» se convierte en una variación sobre el amor, la muerte y la soledad: «No vinieron entonces, / hoy tampoco, su pie a mi escalón, a mi día / su olvido, ni puedo preguntar por su sombrero. / ¿Será siempre la cita de modo como fortuito, / en un taxi en que aguardara por otra pasajera, / o por este ideal desprevenido?» (206).

Adoum, por Manuel, Bohemia, 1989
Definitivamente, Curriculum mortis (1968) incluido en Informe personal sobre la situación (1973), inauguró un nuevo lenguaje, mediante una ruptura violenta de la sintaxis. El tono coloquial, anti-lírico, desmitificador, experimental —más tarde, en Prepoemas en postespañol (1979)genera nuevas formas de hablar acerca de la soledad, tanto de la propia, íntima, como de la existencial del ser humano. El tono nerudiano ha sido abandonado; lo telúrico da paso a una visión crítica y desencantada de paisito que se ama, que se sufre; así, en «Ecuador», la voz poética asume la angustia de una patria que expulsa a los suyos y que es entendida como geografía de postal: «Es un país irreal limitado por sí mismo / partido por una línea imaginaria / y no obstante cavada en el cemento al pie de la pirámide. / Si no, cómo podría la extranjera retratarse / perniabierta sobre mi patria como sobre un espejo, / la línea justo bajo el sexo / y al reverso: “Greetings from la mitad del mundo”». (38) El lenguaje, ese enemigo al que hay que confrontar y vencer, según el propio Adoum, es radicalmente vencido en su conocido: «En el principio era el verbo», que transcribo íntegro:

 

te número te teléfono aburrido
te direcciono (callo, caso y escalero)
te habitacionada ya te lámparo te suelo
te vaso te enfósforo te libro
te disco te destoco te desvisto desoído
te camo te almohado enciendo descobijo
te pelo te cadero me cinturas
nos trasvasamos labio a labio
me embotello en tu adentro
nos rehacemos te desformo me conformo
miltuplicada tú yo mildividido (17)

 

En «Tras la pólvora, Manuela» —incluido en El amor desenterrado y otros poemas  (1993)[6]—, poema de largo aliento, el coloquialismo fluye con libertad absoluta y, al mismo tiempo, el buceo en lo profundo del espíritu de dos figuras emblemáticas de la patriecita, Manuela Sáenz y Simón Bolívar, desacralizando y erotizando sus amores, humanizando su tragedia, hurgando en el abismo de sus soledades y pérdidas: «Tal vez triunfamos tanto de los demás que nos faltaba / el insípido heroísmo de vencernos: somos, creo, / los últimos enemigos que quedamos, pues no fuimos / ni el uno junto al otro victoriosos, / ni el uno sobre el otro exterminados».[7]

«El amor desenterrado» —a partir del enterramiento y museo de sitio, en Santa Elena, conocido como «Los amantes de Sumpa»— es una meditación de muy largo aliento sobre el amor y la eternidad, la vivencia del mito en el tiempo, y el vacío de la existencia cotidiana en la contemporaneidad. Es un poema de hermosas resonancias filosóficas atravesadas por el tono conversacional, muy propio de Adoum, que se adentra en lo profundo de la existencia humana, que se pregunta sobre la condición milenaria del amor y su manera de enfrentar a la muerte, sobre el amor de la pareja y la mirada de la comunidad:

 

Cuál de los dos murió primero

callando ante la verdad de los cuerpos que dialogan

en esa antigua tragedia anterior a la tragedia antigua,

porque cómo se hace —avisen, había que decírselo a todos—

para morir juntos sin desclavarse,

interminable hazaña nupcial no repetida

porque desde entonces ya no supimos cómo

 

(En Claudicación…, 80)

 

El experimentalismo como expresión lingüística de la violencia social junto con una mirada crítica a la izquierda del país, una reflexión constante sobre el papel del intelectual y una escritura atravesada por una irreverencia libérrima, así como una visión compleja sobre el mundo, las ideologías y la precariedad del ser humano, le permiten a Adoum hurgar en la desgarradura espiritual de ser humano contemporáneo. La pugna entre los conflictos de la propia individualidad que la persona debe atender y las exigencias de la sociedad sobre los problemas colectivos que la persona debe atender marcan las líneas básicas de su novela (texto con personajes, como él la denomina) Entre Marx y una mujer desnuda (1976)[8], Premio Xavier Villaurrutia (México).

La novela (poema con personajes, la llama Abdón Ubidia) es también un homenaje a Joaquín Gallegos Lara transfigurado en el personaje de Galo Gálvez. En el prólogo (páginas 233-237 del libro), Adoum dice: «Lo conocí cuando estaba descuartizando entre su disciplina de militante y su vocación por la verdad» (233). A través del personaje d Gálvez, Adoum desarrolla con lucidez una de las líneas más complejas de su novela que es la relación entre el escritor, la literatura y la militancia política. Una tríada que en el propio Adoum ha estado siempre en conflicto. Asimismo, Adoum trabaja con solvencia el conflicto amor, literatura y política tanto en la novela Ciudad sin ángel (1995) como en su libro de relatos Los amores fugaces (1997), que propuso como unas memorias imaginarias, una suerte de auto-ficción en un tiempo cuando el término no estaba popularizado como ahora.

Finalmente, la poética y la política de Adoum, Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo 1989, se expresa en los tres primeros versos de «Anónimo del siglo XX»: «Ustedes presabían (como todo) camaradas / que iba a ser un espécimen de intelectual podrido / porque escribo en lugar de componer-el-mundo-entre dos tintos»[9]. (22) Hoy, al conmemorar los cien años del natalicio de Jorgenrique Adoum, su obra continúa ofreciéndonos una reflexión tan actual, incisiva y luminosa sobre el ser humano y el mundo demencialmente injusto que habita, así como sobre el amor, la literatura y la ética, asuntos que integran el magisterio estético de Adoum.

 

 

La del estribo

 

Oswaldo Guayasamín, «Jorge Enrique Adoum», 1976, óleo sobre tela, 105 x 70 cm, taller del artista. (Foto: Jorge Medina, 2019).

(Pre)texto para Jorgenrique

 

te palabro te memorio te presente
texto con personaje; los (pre)textos:
tus prepoemas, tu poslenguaje.
mi ecuador amargo, tu yaravioso
corazón exiliado de la patria:
ladrimugidolúgubre tanto,

mi talismán de barro.

escritura indignada de mundo
dolorror de la encuadernada tierra

entonces hubo que sufrir, hubo
que morir para vivir en paz.

bendita bichito desnuda de marx,
de lo efímero e intenso: cómo

iríamos a comprobar que álguienes se amaron.

estremecimiento de la inteligencia,

jorgenrique, feliz tristeza avodkada,
escribo en lugar de componer-el-mundo entre dos tintos
adoum del curriculum mortis, polvo

del verso en una vasija, bajo el árbol

incesante de la vida —poetamente.

 

 

De Poéticas de Guayasamín 

(Quito / Guayaquil: Fondo de Cultura Económica / UArtes Ediciones, 2022), 80-81

(versión definitiva).

 


[1] Jorge Enrique Adoum, «En defensa del amor», entrevistado por Nora Sosa, Bohemia, año 81, No. 11, 17 de marzo de 1989: 6-7. La caricatura en esta entrada es de Manuel e ilustró la entrevista.

[2] Jorge Enrique Adoum, «Lamento y madrigal sobre Palmira», No son todos los que están. Poemas, 1949-1979 (Barcelona: Editorial Seix Barral, 1979), 237. Mientras no se señale lo contrario, las citas de los poemas pertenecen a esta edición.

[3] Hernán Rodríguez Castelo, «Jorge Enrique Adoum», Lírica ecuatoriana contemporánea, Tomo 1 (Bogotá: Círculo de Lectores, 1979), 116.

[4] Saúl Yurkievich, «Premio Casa de las Américas: diez años de poesía», Caravelle. Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien, Année 1971, No. 16, 99-121.

[5] Vladimiro Rivas, «Estudio introductorio» de Jorge Enrique Adoum, El tiempo y las palabras (Quito: Libresa, Colección Antares No. 76, 1992), 22.

[6] Jorge Enrique Adoum, El amor desenterrado y otros poemas (Quito: Editorial El Conejo, 1993).

[7] Jorge Enrique Adoum, «Tras la pólvora, Manuela», Claudicación intermitente. Antología, prólogo de Jaime Labastida (México: Alforja Arte y Literatura / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2008), 75.

[8] Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda (México: Siglo XXI Editores, 1976).

[9] Ver la entrada en este blog del 8 de julio de 2019, cuando se cumplieron diez años de su fallecimiento: «Jorge Enrique Adoum, lenguaje y memoria de la patriecita de las letras».

 

lunes, junio 22, 2026

«El cristal con que se mira» o la visión inteligente de Abdón Ubidia sobre nuestra narrativa

El cristal con que se mira, de Abdón Ubidia, se presentó el jueves 18 de junio, en el marco del XXVII Encuentro de Ecuatorinistas, en la Biblioteca de la Universidad de las Artes, en Guayaquil. (Fotografía: Raúl Vallejo, 2026)


            En realidad, con El cristal con que se mira. Corrientes y tendencias narrativas del Ecuador, de Abdón Ubidia,[1] más que ante un libro con dos partes, estamos ante dos libros: el primero, «El cristal con que se mira», que le da el nombre al conjunto, es un texto orgánico que analiza, clasifica y jerarquiza obras que dialogan entre sí, atravesado por las tesis del autor sobre las corrientes narrativas desde 1863 hasta 1980; el segundo, «Otras tendencias de la narrativa ecuatoriana» es una recopilación de reseñas de un lector atento sobre nuestra narrativa que conserva la agudeza crítica de su autor, así como ensaya la agrupación de las reseñas de los textos según sus temáticas.

            Los prolegómenos —presupuestos generales y consideraciones teóricas— nos ofrecen el marco teórico en el que se mueve Ubidia para sus ensayos y reseñas. Los presupuestos generales expuestos en forma de doce tesis iluminan su mirada sobre nuestra narrativa y son abrebocas para una posterior discusión de carácter académico. Cuatro tesis están dedicadas a reflexionar sobre la relación entre literatura e ideología, otras a la corriente y su visión estética, y a la convivencia de tendencias en un período histórica; otra más a considerar que «no existen “obras sueltas” en la literatura» (30): de ahí que una función de la crítica histórica sea poner en diálogo las obras y, con esa constelación, construir una tradición literaria.

El libro uno, «El cristal con que se mira», está compuesto por un conjunto de ensayos que desarrolla metódicamente y expone con sapiencia y pedagogía las tendencias narrativas desde el siglo diecinueve hasta los años ochenta del siglo veinte. Ubidia nos lleva por un recorrido que incluye, en primer término, el romanticismo, el costumbrismo, el criollismo, el realismo social, el realismo mágico y lo real maravilloso. Luego, agrupa las obras resaltando el desarrollo urbano del país en dos momentos y dedicando especial atención a Pablo Palacio, Humberto Salvador y César Dávila Andrade. Finalmente, propone dos grupos temáticos: el del relato histórico y el de lo fantástico y la ciencia ficción. En esta sección, Ubidia sigue un patrón pedagógico para exponer cada tendencia: definición, características y una lectura crítica de las obras más representativas. La sección dedicada al realismo social es la más desarrollada: en ella, se destaca el posicionamiento de Icaza desde el indigenismo hasta el mestizaje.

            En el libro dos, «Otras tendencias de la narrativa ecuatoriana», ante la dispersión de la producción literaria, Ubidia despliega un gran esfuerzo para organizar dicha producción, en términos temáticos, pero sin asumir los riesgos de la jerarquización. Extrañamos en esta sección que el autor construya un diálogo entre las obras como lo hizo en el primer libro. Esta sección, que agrupa reseñas del autor, funciona más bien como un diario de lecturas que combinan presentaciones de libros, que son ensayos de mayor aliento, y reseñas breves que dan cuenta de las obras narrativas, aunque sea de pasada. El aporte de esta sección al estudio de nuestra narrativa es el de tener una amplia colección de reseñas, pero con un límite: las menciones están ancladas a las lecturas aleatorias del autor —sobre todo, a las presentaciones de libros—, antes que a una selección, valoración y jerarquización crítica de las obras.

            El cristal con que se mira, de Abdón Ubidia, es un libro que contribuye a conocer y a comprender nuestra tradición literaria en el campo de la narrativa, a partir de la lectura inteligente de un intelectual atento a las obras canónicas y a las novedades.

 

La del estribo

 

Abdón Ubidia y la poeta Siomara España.
            «Todo relato supone, pues, una visión parcial, un recorte intencional de la realidad. Una modificación de ella. Relatar es, por tanto, no decirlo todo. Mostrar una sola cara de la realidad. Elegir un solo punto de vista. Escogerlo. De ahí que relatar sea, en principio, propagar una verdad única […] creemos que el relato es el terreno privilegiado en donde la ideología se manifiesta con toda su fuerza. Pero debemos precisar un aspecto: el relato no es solo la expresión de una ideología en general, sino, además, de una zona particular de esa ideología: una zona conflictiva en la cual el relato no puede resolver satisfactoriamente las contradicciones que guarda con la realidad que pretende explicar, justificar o, incluso, disfrazar. Por eso afirmamos que la fuente viva del relato está en las contradicciones que reinan en el seno de las ideologías» (27 y 29).

 

            «[…] ¿Es el relato solo un producto ideológico? ¿No tiene su propio sistema relativamente autónomo? ¿Un sistema que articula virtudes propiamente literarias, como el uso eficaz de un lenguaje singular y de determinados procedimientos narrativos y poéticos? La respuesta viene sola: nunca es la ideología explícita lo que confiere un rango artístico a un relato; lo que le otorga esa cualidad, es más bien un imponderable: el talento literario de su autor. Su condición de artista. Su capacidad de trascender en el tiempo. Un talento individual que junta gusto, oficio, pasión, inteligencia». (29)



[1] Abdón Ubidia, El cristal con que se mira. Corrientes y tendencias narrativas del Ecuador (Quito: Editorial El Conejo, 2026).

 

lunes, junio 15, 2026

«Magnifica Humanitas»: la educación en la era digital (III)

Tomado de ACI Prensa / Crédito: Daniel Ibáñez / EWTN News.

             En el párrafo 172 de la encíclica Magnífica Humanitas, León XIV señala que la raíz de la deshumanización en la era digital reside en algunas corrientes poshumanistas que plantean que hay seres humanos de segunda clase que deben estar al servicio de las élites, que se consideran seres superiores y que, además, poseen los elementos tecnológicos que les permiten ejercer, sin límites y sin rendición de cuentas, el poder de control sobre la humanidad. Por ejemplo, el CEO de Anthropic Dario Amodei señaló en una entrevista que el bombardeo de EE. UU. a una escuela en Minab, Irán, que mató a 168 estudiantes y docentes «es un caso de uso de IA que ni siquiera viola nuestros límites [red flags]». Así, «en nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie» (párr. 117) o justificar crímenes de guerra. La encíclica de León XIV propone, desde una ética del cuidado, cómo entender la educación en la era digital.

El planteamiento de entrada nos ubica en la necesidad de la verdad como un bien común, de ahí la urgencia de generar mecanismos fiables de control democrático y rendición de cuentas de las empresas de IA, y yo añadiría, más aún cuando venden sus productos como indispensables para uso indiscriminado y casi mágico en el sector educativo: «La primera tarea que nos corresponde es no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad». (párr. 137). Si no existen los mecanismos democráticos que limiten su poder, la IA devendrá el mayor instrumento de control ideológico y político en manos privadas, esto es, en manos de una tecnoligarquía amoral, que se percibe a sí misma como seres humanos superiores a quienes les está permitido vivir más allá del bien y del mal.

La publicidad de aplicaciones de IA para la educación se empeña en señalar la rapidez para resolver las tareas de escritura, una supuesta perfección textual y un acceso inmediato e ilimitado de cualquier información. En realidad, se promociona el resultado de un producto que nos hace olvidar que el aprendizaje implica un proceso y el cometimiento de errores para su superación. En el producto generado por la IA, la persona humana que está aprendiendo no construye conocimiento con la materia de su aprendizaje, sino que, sobre todo, se dedica a desarrollar la habilidad técnica para generar indicaciones (prompts) —prompts que también los desarrolla y ofrece la propia IA—. Una primera consecuencia de todo esto es que «la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad». (párr. 139). En este marco, la distopía que nos propone la tecnoligarquía es una escuela y una universidad reducida a fabricar humanos habilidosos, chips de carne humana, personas de segunda clase que habitarán los backrooms del tecnocapitalismo.

La encíclica da un mensaje que es también una advertencia para la docencia, especialmente la docencia católica que tiene un particular compromiso ético y doctrinario: «Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla […] Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita». (párr. 140) Este es un mensaje que cobra relevancia ahora que, en algunas instituciones educativas de ciertas élites católicas, se presenta y publicita a la IA como la más avanzada tecnología que, aparentemente, garantizaría la mejor educación del mercado —simbólicamente, estaríamos convirtiendo a la IA en un nuevo becerro de oro—. Sin embargo, lo que estas instituciones estarían fabricando es, sobre todo, humanos amorales que permiten que la IA los reemplace en la generación del pensamiento y el saber, porque el afán de lucro se habría convertido en su principal motivación.

Asimismo, para la comunidad educativa es fundamental prestar atención a la advertencia que nos hace León XIV respecto de los riesgos que implica una navegación en Internet sin restricciones ni control parental para niñas, niños y adolescentes. «En la red no son raros los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos» (párr. 141) Hay que cuidar a los menores y para ello es necesario involucrarse en el mundo digital. Las restricciones sobre la navegación en Internet y el uso de la IA son infructuosas cuando no van acompañadas de propuestas que involucren a padres, madres y docentes en un proceso educativo que no les tema a estas herramientas, pero que señale sin tapujos sus riesgos y confronte, desde la ética del Evangelio, los contenidos del tráfico nocivo de la red y las narrativas de los mensajes de odio.  

Finalmente, «es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida». (párr. 146) Habría que utilizar la IA para apoyar el proceso de aprendizaje y la construcción de saberes del ser humano; procesos que suelen ser lento y con errores, y no utilizar la IA de manera que reemplace al ser humano en dichos procesos. El reemplazo de la persona humana se da bajo la apariencia de un instrumento cuando, en la práctica, la IA asume la condición de un agente que crea contenidos pirateados a través de modelos de lenguaje extendidos bajo la máscara de una tecnología colaborativa. El mensaje del papa León XIV es una propuesta pedagógica centrada en la persona humana: «La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables». (párr. 147) No está por demás tener en cuenta que la IA le sirve al poder político de la tecnoligarquía para bombardear la escuela y la sociedad con la implantación de una ideología deshumanizante y también con misiles.

 

 

La del estribo

 

«La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)». (párr. 134) 

Foto de Hanna Arendt, tomada de: «Hanna Arendt: una pensadora sin barandas», Nueva Sociedad, diciembre 2025.

  

Pablo Picasso, Guernica, 1937, óleo sobre lienzo, 776,6 cm x 349,3,

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España.


«La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa, impidiendo la normalización del mal. De ese modo, algunas obras han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido». (párr. 122)