José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, abril 06, 2026

A propósito del impasse sobre la feria del libro de Quito: un nuevo y viejo debate

FIL Quito 2025: 54.700 asistentes en cinco días; 105 editoriales y librerías que superaron los 300.000 USD$ en ventas. Datos oficiales de Quito informa. (Fotografía: página oficial de Quito informa)

¿Quién debe organizar una feria del libro? ¿El gobierno central, el gobierno local, la empresa privada o la Casa de la Cultura? ¿Se debe replicar el modelo de la feria de Guayaquil, de Bogotá o de Medellín? En la entrada de este blog «
Tareas para la promoción del libro y la lectura más allá de las ferias», del 14 de febrero de 2020, desarrollé la idea de que dichas tareas deben ir más allá de la organización de una feria del libro y que el objetivo de la creación de un público lector «se logrará a través del fortalecimiento de la red de bibliotecas, del apoyo y fomento al sector editorial, y de la actualización de docentes de Lengua y Literatura». A propósito del reciente impasse por la organización de la Feria Internacional del Libro de Quito, habría que pensar un modelo de feria del libro basado en experiencias exitosas, que agrupe instituciones públicas y privadas, y que se expanda a todas las capitales provinciales del país.

            En términos prácticos, la organización de una feria de libro debería ser una sumatoria de esfuerzos institucionales. En Guayaquil, el modelo, que funciona desde 2015, combina muy bien la gestión privada y el financiamiento del municipio de la ciudad y su programa lo diseña un comité de contenidos.[1] En Bogotá, que funciona desde 1988, la feria es coordinada por la Cámara Colombiana del Libro en alianza con Corferias; tiene el apoyo financiero del Ministerio de Culturas y la Alcaldía de Bogotá, y tiene un directorio que trabaja contenidos con un equipo de curadores.[2] En ambos casos, las editoriales organizan la presentación de sus publicaciones recientes y hay espacios para las pequeñas editoriales independientes. Otro modelo es el de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, organizada por la alcaldía de la ciudad desde 2007 como parte de su política pública que articula el plan lector y el trabajo de las bibliotecas.[3]

            Los problemas de gestión para los GAD en lo relativo a la realización de eventos culturales, derivados de las últimas reformas del COOTAD, constituyen un escenario que requiere el concurso de varias instituciones para la organización de un circuito de ferias del libro en el país. En este nuevo escenario, la presencia de la Cámara Ecuatoriana de Libro y la Asociación de Editores Independientes del Ecuador como coordinadores de las ferias es indispensable. La mayor parte del financiamiento —como parte de una política pública, articulada a la red de bibliotecas y a la formación de docentes de Lengua y Literatura— debería estar a cargo del gobierno central y de cada gobierno local. Asimismo, hay que considerar que la Casa de la Cultura Benjamín Carrión es una institución que tiene presencia en todo el país por lo que sería un aliado fundamental.

Tal vez es soñar demasiado, pero las alianzas institucionales son indispensables para el desarrollo de una feria del libro, que debería ser entendida como un evento en el marco de una política pública sobre el libro y la lectura; asimismo, estas alianzas permitirán la continuidad de las ferias en el largo plazo al margen de los avatares políticos de la coyuntura. 

 

 

Sonia Manzano en inglés

 

La presentación está a cargo de Marcelo Báez Meza.
             Last Return to Eden and Other Poems (2026) es un libro bilingüe publicado por Dialogos Books, de New Orleans, que recoge una selección de poemas de Sonia Manzano publicados en Último y no definitivo regreso a Edén (2005) y El vino de mi sombra (2024) y traducidos por Alexis Levitin. La selección recoge varios textos de Sonia que son imprescindibles: aquel poema de largo aliento y sostenido verso que le da nombre al libro de 2005, cargado de imágenes surrealistas y de tono desenfadado que escarban en lo profundo de yo y la escritura: «Soy una poeta en extinción / y sin embargo me persiguen / para arrancarme los colmillos» (22). O «Hembrus erectus», que es un manifiesto vital y poético en el que la voz poética declara: «Soy un animal de combustión lenta» (52). De El vino de mi sombra tenemos «Tiempo, me has vencido», poema que no solo dialoga con César Dávila Andrade, sino que, de manera antenta al mundo de hoy, da cuenta de aquellos ocho minutos de agonía de George Floyd, y la angustia del poeta en el momento de la escritura (84-97). Asimismo, encontramos esa bellísima postal de juventud que es «Lágrimas de mango» a partir de la evocación de una fruta que se convierte en una poderosa imagen de la nostalgia familiar: «¡para que vuelva otra vez hasta mis ojos / el recuerdo más dulce de mi vida / hecho lágrima purísima de mango!» (102). Por supuesto, también está el vitalísimo y jazzeado poema que da nombre al libro y «Escribo», esa poética de imágenes asombrosas: «Escribo / guardando el equilibrio / en una sola pierna / acostada en la tapa / de un gran piano de cola / mientras un gato lame / las teclas insonoras de mi cuerpo» (130-132). Según Peter Thompson, la traducción de Alexis Levitin «es correcta; nítida y clara como sus imágenes crudas y concretas, la esencia de su “violín fosilizado del deseo”. Al igual que el original, esta traducción devela un lento triunfo de la voluntad: la letra “sigue sonando”».

 

La del estribo

 

¡La novia! (The Bride), 126 min, Estados Unidos, 2026. Dirección y guion: Maggie Gyllenhaal. Reparto: Jessie Buckley, Christian Bale, Penélope Cruz, Annette Bening, Peter Sarsgaard.


             Es una película arriesgada desde el momento en que retoma, por enésima vez en la historia del cine, al personaje de la criatura creada por el doctor Frankenstein, a su novia y a la propia autora del clásico literario, Mary Shelley. Jessy Buckley está muy bien en su doble papel: el de una Mary Shelley que medita sobre su escritura y se introduce en el cuerpo de Ida, y, en el de Ida, la amante de un gánster de Chicago, en los años treinta, que se rebela contra el poder patriarcal. Ida es asesinada y resucitada, al igual que la criatura, por la doctora Euphronius (Annete Bening). Luego se convierte en la novia de la criatura (Christian Bale). Penélope Cruz y Peter Sarsgaard interpretan con el alma del cine negro a una pareja de detectives que investigan los crímenes de este par de monstruos que semeja a Bonnie y Clyde, en clave gótica. Homenaje a las películas de horror gore, al thriller, al musical, ¡La novia! es también un alegato feminista sobre la creación artística: Mary Shelley, la doctora Euphronius y Maggie Gyllenhaal se toman, con audacia, toda la libertad creativa que necesitan en este filme que sorprende en cada momento.

  


[1] La X Feria Internacional del Libro de Guayaquil 2025 recibió 28.000 visitantes en cinco días, en 6.000 metros cuadrados de exposición.

[2] La Feria Internacional del Libro de Bogotá 2025 recibió 570.830 visitantes en diecisiete días, contó con 500 invitados provenientes de treinta países. Tuvo 23 pabellones comerciales en 60.000 metros cuadrados. La programación contó con 2.300 actividades a las que asistieron 256.856 personas, de entre el total de visitantes.

[3] La XIX Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín 2025 recibió más de 550.000 visitantes, en diez días, con 166 expositores y 3.600 actividades, en el Jardín Botánico de la ciudad.

 

miércoles, agosto 14, 2024

«El vino de mi sombra»: celebración de la vida más allá de su inexorable finitud



            La poesía es un espacio comunitario en el que la palabra hilvana la diversidad de voces del mundo y va construyendo una colcha de versos que arropa la desnudez interior del ser humano ante la vida. La poesía se alimenta de poesía y la voz poética es una amalgama de voces que, paradójicamente, nos permite aquella confrontación tan temida con nosotros mismos y nuestra soledad. Y, la poesía es la habitación personalísima del yo y su estremecimiento frente a sí, el otro y al mundo.

Sonia Manzano, que conoce los placeres y sinsabores de la escritura, define su quehacer poético con imágenes sorprendentes, sensorialmente extrañas y cargadas de sensualidad. Así, en «Escribo»[1], la poeta define su escritura como un salirse de sí misma para contemplar «al hombre que incendia el horizonte / con un clavel mojado en gasolina», y para sostener entre sus brazos «una piedra que lacta en mi pecho / el flujo lunar de la nostalgia». Definido el quehacer poético como una tarea que se realiza en todo momento y bajo las circunstancias más disímiles, la poeta desafía la lógica racionalista para envolvernos con el manto sensual de lo irracional:

 

Escribo

guardando el equilibrio

en una sola pierna

acostada en la tapa

de un gran piano de cola

mientras un gato lame

las teclas insonoras de mi cuerpo (62)  

 

La relación intertextual que establece la poeta atraviesa el poemario, que se inaugura con «Tiempo, me has vencido» en diálogo con César Dávila Andrade y su célebre poema «Espacio, me has vencido», que da cuenta de la contundente derrota del ser humano ante la inmensidad del universo. En el poema de Manzano, el inexorable transcurrir del tiempo es asumido con serenidad, desprovisto de dramatismo y con pinceladas de humor en medio de la gravedad del asunto. ¿Cuál es esa espada «fraguada en ocio lento» (11)? El disfrute de la vida persiste y, a pesar del tiempo, sigue escuchándose, bajo tierra, «el violín fosilizado del deseo» (13). Así, la cercanía de la muerte que corona la victoria del tiempo no impide que la poeta confiese, con ironía, el carácter de su máscara victoriosa, en una estrofa cuya imprecación inicial se resuelve con un macabro sentido del humor:

 

Ay, Tiempo

me has tirado de bruces

sobre la imagen y semejanza

de mi creación más perfecta

esa que calza en mis zapatos

esa que usa el mismo vestido

con el que asisto al recital

que brinda cada año

la Sociedad Secreta de los Poetas Muertos (12)

 

            El poema concluye con la muerte del poeta, en parte porque la vida es poesía en movimiento, en parte porque la muerte es la clausura de ese texto finito que es la existencia del ser humano. Así, la muerte es la que concluye el poema de la vida: «La mano de la muerte / arrancó de la mano del poeta / la pluma que apretaba / y concluyó el poema con un verso / de su propia autoría» (17). Pero esa muerte no es cualquier muerte, pues en la última estancia del poema resuena, como un signo de todo poeta, la invocación a García Lorca: «Cuando ya su inocencia había sido fusilada / llegó la orden de suspender la ejecución / Eran las cinco en punto de la tarde». (20)

            En la siguiente sección, la poeta invoca a Walt Whitman a través del célebre verso de su poema dedicado a Abraham Lincoln: «Oh, capitán, mi capitán». Si en el texto primero, el tiempo ha vencido, en este poema la nostalgia de lo que fue y no volverá se acumula en un sitio solitario en donde la poeta quiere levantar morada. La invocación no está exenta de la ironía característica de la voz poética: «No mastico hojas de hierba / de haberlo hecho / hace mucho hubiera escrito / un demencial canto a mí misma» (25). Hay un anhelo de volver a la palabra original, concebida como nostalgia inédita a través del paso del tiempo. Luego de una imagen, tan inesperada como surreal, «una botella en llamas / con un náufrago adentro» (28), la invocación al poeta Whitman, convertido en el capitán de su poema a Lincoln, clama por la liberación del poema que aletea: «entre los dientes / de una rosa carnívora».

            La tercera estancia del poema se cierra con una paradoja: la imagen de la imposible perennidad del ser consuma en su epitafio se contrapone a la perennidad de la poesía por sobre la lógica implacable de la muerte: «escribir sobre la arena / un epitafio en verso / tan bello y doloroso / que no habrá espuma alguna / que se atreva a borrarlo». Belleza y dolor de la poesía que anhela escribir la poeta detenida en ese lugar solitario al que ha llegado al final de la vida, igual que la profesora de piano, del poema final, espera frente a su instrumento en una habitación con fragancia de nardos.

            Esa soledad es también el espacio de la libertad definitiva que simboliza el mar. La poeta se aleja del capitán y decide enfilarse hacia su confrontación con la muerte. En los últimos versos que invocan a Safo, la poeta suicida, hay una tácita sororidad: la voz poética se autoimpone la misión de encontrar el peñasco de la isla de Léucade de donde Safo se arrojó para alimento del mar y la de cubrir con la túnica de aquella los restos que el mar devuelve «a la playa tantas veces recorrida / por sandalias suicidas». Es en esa soledad, en esa muerte, en ese naufragio personal, en donde la voz poética encontrará el sitio deshabitado, según clama: «uno en el que mi sombra / encuentre la luz que la proyecte». (25)

            Las sombras carecen de cuerpos. El poema que da título al poemario invoca a la música de jazz y sus versos crecen con el símil musical. El vitalismo del jazz y la bohemia de sus músicos van desgranándose en los versos. Una anciana, símbolo del paso del tiempo y de la acumulación de vida, canta Summer Time «con el mismo dolor con que lo haría / una mujer que acaba de parir / un pájaro sin alas» (56). Ese dolor intenso que se nos queda grabado en la retina mientras el pájaro palpita extraño entre los versos del poema. La anciana recibe una propina de hojas muertas: es la música que queda atrás. ¿Qué son aquellas hojas muertas que la sombra se saca del escote? El pasado, la vida que ya no es y, sin embargo, continúa porque «debajo de la almohada / el vino de mi sombra / esconde una hoja muerta / aún con vida». (57)

            Las sombras son también memoria del duelo. La madre que acompaña y protege a la sombra de la voz poética es invocada para que permita que la vida fluya con cada muerte a cuestas. Hay un reconocimiento sereno de la finitud y, por tanto, un ruego a la madre protectora: «no salves lo insalvable». Cada uno espera la muerte que le toca porque es inevitable, porque la flecha que habrá de aniquilarnos no espera; la voz poética proclama, entonces: «la que me corresponde / ya viene silbando por los aires» (41). La madre en, que nos dio la vida, no podrá protegernos de la muerte inexorable.

            En esta esfera de duelos, dos sombras se proyectan ya sin sus cuerpos: la de la hermana y la del hermano. Bellos y conmovedores poemas de duelo y nostalgia. Esa tristeza por la hermana querida que no está es el reconocimiento de que lo que fue un cuerpo vivo que ya no es más que una ausencia definitiva. La imagen de la contemplación de esa ausencia por parte de la sombra que regresa a la habitación en la que alguna vez fue sombra de un cuerpo vivo es estremecedora:

 

La sombra de mi hermana

contempla largamente

la ausencia del cuerpo de mi hermana

y solo se retira

después de que le dice entre sollozos

que la extraña (43)

           

En similar sentido, la sombra del hermano es evocada con la desesperada necesidad de evitar la partida de aquel que se fue en un caracol con ruedas, «cuya cajuela guarda / los vagidos de un mar que aún no nace» (53). Ese extrañamiento es un llamado desde el lugar de la muerte, ahí donde habitan todas nuestras nostalgias. Cuando el hermano enciende el coche y acelera: «Se rompe la barrera del sonido / con un silencio sordo que revienta / los tímpanos de todo el universo / Se rompe el dique que contiene / las aguas de todos mis océanos» (53). La voz poética nos abandona a la ausencia de un hermano, que también es el nuestro, el de hermano difunto que todos llevamos en nuestra tristeza.

Solo somos sombras, parece decirnos la poeta, sombras sin cuerpos, proyecciones platónicas. Una sombra chinesca es la metáfora sobre la brevedad de la vida: apenas somos «la sombra de un instante» (44). La sombra es también la prolongación del cuerpo en la aventura de estar vivo. ¿Qué es el cuerpo que se busca a sí mismo? Es cuerpo finito y la sombra es prolongación de la memoria, símbolo de la poesía que continúa viviendo cuando el cuerpo ya no es: «Yo soy la sombra / de mi sombra / ambas buscamos / un cuerpo que escapó / mientras las dos dormíamos» (46). ¿Qué es entonces una sombra sin cuerpo sino la existencia del ser prolongada en el desierto indescriptible de la muerte?

Entre las sombras, las hay aquellas que son perversas, violentas y que se extienden en versos tremendistas. El préstamo del título «Catedral salvaje», de Dávila Andrade, le permite a Sonia Manzano trabajar una reinterpretación metafórica: las resonancias telúricas del poema daviliano son reemplazadas por la dureza criminal del asunto; así, ante la sombra del cura que sermonea a una feligresía embelesada, «solo el niño / que canta alabanzas a la Virgen / sabe que los ojos pederastas / están inyectados / con la sangre blanca y pegajosa / que eyaculan en secreto / los demonios» (40). La inocencia es la víctima de una catedral salvaje, símbolo de la institución eclesial católica, que permite y encubre la pederastia.

 En esta línea, están la desgarradora imagen del niño hidrocefálico que se alimenta del pezón reseco de su madre y la visión de la mujer adicta que abre la caja de Pandora con la ampolleta de droga; están la niña afgana que es vendida por su padre a un viejo que perpetúa el poder patriarcal sobre el cuerpo de la niña, y la agonía angustiosa de George Floyd que repetía «no puedo respirar / no puedo respirar / no puedo respirar / hasta que su último clamor / fue el de un ruiseñor estrangulado / por el guante racista de la asfixia» (66). Poesía tremendista, cargada la indignación frente a la injusticia del mundo, en medio de un dolor inenarrable, descarnado.  

            Al cerrar el libro leemos «La maestra de piano», un conmovedor texto cargado de verdad vivencial. Esa maestra, que «sumerge su plumaje de cisne hembra / en el lago en el que flotan / los ojos dorados de un anfibio» (70), es la que toma el brazo que la ayuda a caminar y acepta con estoicismo la presencia de «el pájaro senil del deterioro» (70); es la que vive sola y repara su alma rota con la música, que es también poesía: «El piano es su único psiquiatra / solo él conoce / la inocua intrascendencia de sus traumas / El piano es la piedra del sol en que restriega / el curtido ropaje de sus culpas».

La maestra de piano quiere celebrar el final de la vida con el demente frenesí de la música hasta que queden «sus dedos convertidos / en cenizas de sangre» (73). La maestra de piano queda a la espera de que el primero de sus cuatro alumnos           irreales «aparezca / en su sala olorosa a nardos agrios», esa fragancia de nardos de reminiscencias bíblicas y evangélicas. Los nardos del Cantar de los Cantares, el bálsamo de nardo que una mujer derrama sobre la cabeza de Jesús, en Betania; el nardo de la espera, la espera de esa sombra que va con nosotros y que, en un día sin recuerdo, se encontrará vagando extraviada sin el cuerpo que fuimos.

El vino de mi sombra, de Sonia Manzano, es poesía que dialoga con otros textos poéticos y sus poetas, con una escritura que está cargada de ironía, imágenes deslumbrantes e indignación, al tiempo que, de forma permanente, celebra la existencia más allá de la inexorable finitud de la vida.



[1] Sonia Manzano, El vino de mi sombra (Guayaquil: Cadáver Exquisito Ediciones, 2024), 61-62. Los números entre paréntesis indican el número de página en esta edición. La fotografía del libro que ilustra esta entrada es mía.