José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

miércoles, octubre 28, 2026

El padre y la piedad: anotaciones sobre una elegía

El Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana Alfonso Carrasco Vintimilla ha organizado una serie de actos culturales y académicos para conmemorar los cien años del natalicio de Efraín Jara Idrovo. El martes 27 de octubre intervine (de manera virtual) en un coloquio, que se desarrolló en la Universidad de Cuenca, sobre sollozo por pedro jara junto a las destacadas críticas María Augusta Vintimilla y Alicia Ortega Caicedo. Esta entrada es una versión resumida de mi ponencia.

 

(Foto: R. Vallejo, 2026)

            En «Propósitos e instrucciones para la lectura» no hay una sola reflexión sobre lo que significa, en términos personales, escribir una elegía sobre el hijo suicida. Es más, no existe ni siquiera una alusión al hijo. Las instrucciones son una exposición teórica sobre la estructura del poema, su relación con la música de Stockhausen y Boulez, la definición de movilidad controlada y las lecturas posibles del poema. Entonces, ¿cómo descifrar la emoción contenida en cada verso de sollozo por pedro jara, de Efraín Jara Idrovo?[1]

            Al presentarnos la elegía, el poeta crea un distanciamiento emocional de tal magnitud que parecería referirse a otro creador y a un texto cuyo valor residiría, exclusivamente, en su carácter experimental, evitando referirse al tema del poema o a las palabras muerte, suicidio, dolor o duelo. Sin embargo, el poema sollozo por pedro jara es la manifestación del duelo del padre convertida en poesía cargada de emociones dolorosas a partir de la contención de una estructura rígida y, al mismo tiempo, de la exposición fluida de sentimientos elegíacos que se ensambla en dicha estructura. Es un poema doliente. La piedad se extiende a través del poema escrito por el padre, que es el regazo que acoge al hijo suicida.

 

Las piedades: de la serenidad al racionalismo sin Dios

           

Se ha dicho que La Piedad (1498), de Miguel Ángel, tiene la belleza del ideal renacentista: el rostro de María, detenido en el tiempo de su juventud, que contempla al hijo muerto, está plácido, con todo el dolor por dentro, contenido; y Cristo tiene el rostro apacible de quien duerme tranquilo. Como un precedente, a mediados del siglo XV, Enguerrand Quarton (1410-1496) pintó sobre madera La Piedad, de Avignon, en la que el artista eligió la sobriedad frente al realismo descarnado y sangrante del canon medieval.

            En 1980, Oswaldo Guayasamín pintó un óleo de gran formato que se exhibe en la Capilla del Hombre, en Quito. La Piedad de Avignon es una recreación de la obra de Quarton, pero despojada de todo ornamento religioso: las aureolas de los personajes, el paisaje de Jerusalén al fondo y el clérigo donante han desaparecido. La soledad radical de la muerte convoca al duelo humano ya sin Dios ni esperanza de trascendencia espiritual. El hijo ha muerto y la madre, la mujer y el amigo lo contemplan: es el hijo que ya no es.

Las imágenes de las piedades de las que he hablado con su sentido de recogimiento, amor y duelo, son las que iluminan mi lectura del sollozo por pedro jara.

 

Negación y aceptación de la muerte del hijo

 

            La serie IV de sollozo por pedro jara se abre con una débil resistencia para aceptar el hecho definitivo de la muerte del hijo suicida. La primera reacción es una frágil negación de lo rotundo a través de una pregunta que se repite en las dos subseries, en la medida de la conmoción del padre:

 

en verdad

            ¿fue verdad?

 

Enseguida, continúa con la imagen descarnada, antiheroica y absurda del hijo suicida porque ante los ojos del padre la muerte del hijo carece del mínimo sentido racional. La pregunta es una afirmación del cuerpo muerto y, al mismo tiempo, una negación de que ese cuerpo sin vida siga siendo el hijo amado. El verso 3 inicia la interrogante: «¿eras tú el que pendía de la cadena del higiénico», que desarrolla en el verso 4 un símil que invoca a la naturaleza y el llanto: «como seco mechón de sauce sobre el río?»; el siguiente, de carácter urbano que nos remite a la soledad de un espacio abandonado a su suerte: «como polea inútil de una construcción abandonada?» y, finalmente, su intensificación metafísica en el piadoso acercamiento a un dolor tan profundo que detiene la vida: «como un péndulo paralizado en la eternidad?».

El suicidio es lo irreparable, lo irremediable, la muerte sin atenuantes, lo definitivo y frente a ello solo queda el azoramiento, la impotencia, la duda, la culpa. Efraín Jara Idrovo, sin duda alguna, conocía la apertura de El mito de Sísifo, de Camus: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio»[2]. El acto más trascendente de la vida, paradójicamente, es la decisión de terminar con aquella vida, que es la vida propia. La más alta intensidad del reconocimiento del suicidio del hijo se expresa en esta escala de la subserie 3, vv. 5-8:

 

ser ido

            ser sido

                        ser huida

                                   suicida

 

            En carta del 30 de octubre de 1957, fechada en San Cristóbal, Galápagos, dirigida a Atala Jaramillo Domínguez, ell poeta le agradece en la carta a su «bienamada Atala» por el nuevo hijo que, con Juan Cristóbal «apuntan la cercanía de la dorada estación de la cosecha»[3]. Por ese tiempo, el poeta estaba reconstruyéndose a sí mismo en la soledad de las islas, luego de sus excesos; por eso añade jubiloso: «El verano se anuncia en mi vida: el verano que agobiará de madurez y dulzura los frutos de nuestro amor y la de mi existencia solitaria de hombre entregado a escuchas las voces profundas de la vida» (96). Los cuatro versos finales de la serie I son la expresión del júbilo por el nacimiento del hijo; no hay presagios funestos, solo la sencilla celebración de la vida y su continuidad:

 

se llamará pedro

pedrohuesosdepedernal

                                               pedrorrisadepiedra

piedra inflamada por la lumbre de meteoros de la vida

 

El suicida yace ahora apaciblemente acostado. El padre lo contempla, pero sabe que en ese cuerpo yerto que está mirando ya no está Pedro, su hijo; que ese cuerpo ya no es Pedro. Hay un gesto paternal que clausura el ciclo de la vida al cerrar los párpados del hijo y otro que da cuenta del cuidado del padre, que es el de colocar las manos de Pedro sobre su pecho. La quietud de las manos sobre el pecho es la imagen cultural y mística del descanso eterno.

            Como en La Piedad de Avignon, de Guayasamín, en el poema de Jara Idrovo la ausencia de Dios y, por tanto, la imposibilidad de trascendencia, son el reconocimiento de que la vida es efímera y que con la muerte biológica todo se acaba. ¿En dónde, entonces, radican el consuelo del deudo y la redención del fallecido? La racionalidad y la lúcida emoción de Efraín Jara Idrovo para desarrollar una estructura compleja y una escritura de conmovedora poesía son los elementos que dan consuelo, redimen al suicida y albergan la piedad del padre.

 

La imagen de la piedad

 

            En carta de mediados de noviembre de 1957, a su «muy amada Atala», Jara Idrovo llega a la conclusión de que la redención solo es posible si reivindicamos el arte y el amor: «Así quedan redimidos el poema, el cuadro la partitura notable y el hijo. Lo único que es posible salvar: las obras de arte y el amor». (103)

            En la serie V de sollozo por pedro jara, el poema se abre con una vuelta a la naturaleza de aquel que fuera Pedro y ahora es tan solo piedra, estalactita, cuarzo y que regresa a la naturaleza para desintegrarse: «bloque devuelto al estupor de palomas de la roca / a la desaforada perversidad de los ácidos» (vv. 5.3.3 y 4). Continúa con la confirmación de que la vida ya no es posible. Entonces, llega el momento de la acogida del padre, la imagen de la piedad que ha estado gestándose durante el desarrollo de todo el poema:

 

5.1.14  pero respiras en mí

5.2.14  pero parpadeas en mí

5.3.14  pero sueñas en mí

 

            Los versos 14 al 19 son un canto a la sobrevivencia del hijo en el padre y en su escritura: «amas todavía en mí», «alientas todavía en mí», «vives todavía en mí». A falta de Dios y la fe en la trascendencia del espíritu, el poeta se dirige al hijo que yace con las manos cruzadas sobre el pecho: «golpeas en el corazón», «animas en la sangre», «ardes en la memoria» y así se nos revela que el hijo trasciende y se redime en el padre y su poesía.

 

¡hijo mío!

somos los ecos de un tañido inextinguible

 

            El poema sollozo por pedro jara es en sí mismo la imagen de la piedad: el padre, de un racionalismo que, a veces, genera admiración y, otras, causa pavura, acoge al hijo en todo su ser, en su corazón, en su sangre, en su memoria: «como un animal anhelante de otra oportunidad», «como una semilla ávida de nuevas germinaciones», «como las viejas tonadas de la tribu en los labios de los adolescentes». En definitiva, acoge en las palabras del poema el cuerpo sin vida del hijo suicida para preservar la memoria de ese hijo en el regazo de la poesía.



[1] Efraín Jara Idrovo, sollozo por pedro jara (estructuras para una elegía), «Postludio» de Oswaldo Encalada Vázquez (Cuenca: Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Azuay, 1978). Primera edición del poema en formato de plaquette; en esta edición, el poema está impreso en una sola hoja de 50 x 64 cm.

[2] Albert Camus, El mito de Sísifo [1942] (Madrid: Alianza Editorial 1995), 15.

[3] Efraín Jara Idrovo, Una soledad volcánica. Cartas desde Galápagos, estudio introductorio de Bernardita Maldonado (Quito: Mecánica Giratoria, 2021), 96.

 

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