¿Qué es palantir? En la saga de El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, las palantir son las ocho piedras videntes fabricadas por los elfos para la comunicación y la ampliación del saber de los hombres. Los elfos se las entregaron a los hombres, pero Sauron (el Mal) logró controlarlas y las utilizó para dominar al mundo. También es el nombre de la empresa de Peter Thiel, Palantir Technologies Inc., una compañía privada estadounidense de software especializada en análisis de macrodatos (Big Data) y la industria de la guerra. La encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, en su capítulo III ofrece su visión pastoral sobre la relación entre la tecnología, el poder y la persona humana señalando, a la vez, los riesgos que implica la inteligencia artificial sin regulación impulsada desde las narrativas del trans y el post humanismo.
La posición doctrinal parte de una constatación que va a contracorriente de la idea de una tecnología aséptica que la tecnoligarquía nos quiere vender: «Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión» (párr. 85). En la encíclica, esta es una posición que se reafirma en varias partes, pues, más adelante, señala que la inteligencia artificial trabaja con los estereotipos y la ideología de quienes la han diseñado (párr. 102) por lo que no se la puede considerar moralmente neutra (párr. 104). De ahí que es urgente regular la inteligencia artificial, lo que choca frontalmente con la posición de los tecnoligarcas como Peter Thiel, que ya en 2009 escribió que la democracia y la libertad son incompatibles. Por supuesto, Thiel no se refiere a tu libertad o la mía, sino a la de su compañía para hacer lo que crea conveniente para sus intereses económicos y políticos y desdeña la democracia porque esta implica debates ideológicos, sufragio, regulaciones, redistribución de la riqueza y rendición de cuentas.[1]
La encíclica es muy clara al señalar el marco de principios en el que los católicos debemos entender el mundo digital: dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad y la justicia social. Además, advierte el peligro del monopolio de la IA: «Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades». (párr. 95) Claro está que estos principios y esta advertencia incomodan a quienes leen a Nietzsche en clave tecnofascista, pues la tecnoligarquía se siente libre para estar más allá de la moral convencional porque se cree superior al resto de la humanidad. Los tecnoligarcas se asumen como el übermensh (superhombre) de Así hablaba Zaratustra, mientras la encíclica habla del respecto a la dignidad humana exigiendo rendición de cuentas por las decisiones de la IA (párr. 105).
La encíclica pone las cosas en su sitio y, en consecuencia, se enfrenta a los propietarios de la producción de inteligencia artificial que, según dijo Yuval Noah Harari, en Davos 2026, ya no se presenta solo como una herramienta, sino como un agente capaz de reemplazar funciones humanas, que puede aprender, cambiar y tomar decisiones por sí mismo. Su metáfora fue sencilla e informal: «Un cuchillo es una herramienta. Se puede usar para cortar ensalada o para asesinar a alguien, pero la decisión de qué hacer con él es nuestra. La IA es un cuchillo que puede decidir por sí mismo si cortar ensalada o cometer un asesinato». Harari añadió que la IA puede manipular y mentir, ya que todo lo que se componga de palabras será controlado por ella: sistemas legales, libros, religiones basadas en libros —es decir, en palabras—, como el islam, el cristianismo y el judaísmo.
Así, la encíclica nos advierte sobre la deshumanización que significa el trans y el post humanismo, que es presentado como la realidad inevitable de los nuevos tiempos por los propagandistas de Silicon Valley. A contramano, la encíclica insiste en la consideración de la persona humana por sobre la codicia de la tecnoligarquía: «[…] las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad […] Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias». (párr. 99). En términos doctrinales, la encíclica, apelando a ejemplos de un humanismo basado en la compasión, entendida como el cuidado del Otro, defiende la humanidad de las personas y esta se sostiene en el mensaje evangélico: «La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo». (párr. 126)
En síntesis, la encíclica parte del hecho de que la tecnología no es neutral y, por consiguiente, es indispensable que sea regulada de tal manera que asuma sus responsabilidades y rinda cuentas. Asimismo, insiste en que el centro de todo debe seguir siendo la persona humana, pues esta no es un proyecto que debe optimizarse, sino «una criatura llamada a la relación y a la comunión», más allá de la especulación triunfalista del trans y el post humanismo. El mundo tiene que luchar para que Sauron no controle las palantir y la humanidad continúe viéndose e imaginándose a sí misma en la diversidad de sus criaturas, en libertad y con justicia social.
La del estribo
«Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió́ así nuestra responsabilidad: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”[2]. La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (párr. 213)
«[…] Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar sino económica y cognitiva. […] Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida» (párr. 110)
[1] Recomiendo el artículo de Owen McGrann «The Dead Economy Theory», publicado el 01 de mayo de 2026 en The Palimpsest, para entender los peligros de la IA sin regulación para el propio mercado, los trabajadores y la democracia liberal.
[2] J.R.R. Tolkien, El señor de los anillos, III: El retorno del rey, traducción de Matilde Horne y Luis Domènech (Barcelona: Minotauro, 1991), 194.

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