José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, marzo 21, 2022

Acerca de la poesía

                                                                            La esperanza sobrevive en el corazón del poeta

[…]

La esperanza sobrevive al corazón del poeta

                     escribir es hablar con los ausentes

 

Siomara España[1]

 

 

 

Siempre me ha parecido una situación poco poética aquello de tener que escribir acerca de la poesía, más aún cuando se trata de articular algo coherente para conmemorar un evento tan primaveral y festivo como el Día Mundial de la Poesía, que fuera establecido para el 21 de marzo por la UNESCO, en 1999. Quiero decir, esto de encontrar definiciones más o menos aceptables para ustedes —lectores inteligentes que toman la poesía en su insondable y estremecedora belleza— es, de antemano, una tarea que supera las fuerzas de quien la emprende. Jorge Dávila Vázquez apela a la tradición bíblica para encontrar la simiente de la poesía que vendrá:

 

Ella es

tan antigua como Dios: el primer poema

fue la luz,

salida de la nada, por Su Palabra.[2]

 

La poesía es un quehacer que esencialmente rehúye a las definiciones; un trabajo estético que escapa a los encapsulamientos en frases para ser subrayadas o reproducidas en un exergo. Los conceptos con los que podríamos definirla radican en la escritura misma de poesía y, por tanto, en las infinitas posibilidades de cada poeta. En estos casos, urgido por lo indefinible, prefiero cantar como Alejandra Pizarnik:

 

el centro

de un poema

                        es otro poema

el centro del centro

                        es la ausencia

 

en el centro de la ausencia

mi sombra es el centro

del centro del poema[3]

 

La famosa rima XXI de Gustavo Adolfo Bécquer —que tan buen resultado ha dado a los enamorados que aún estiman el valor de la palabra— sitúa la belleza en el objeto poético, según la mirada romántica: «¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía… eres tú»[4]. Un siglo después, Gabriela Mistral, heredera de simbolistas y modernistas, también traslada esa belleza del mundo a la palabra del poema y sus múltiples posibilidades para hablar al espíritu del ser humano:

 

¡Os amo, os amo, bocas de los poetas idos,

que deshechas en polvo me seguís consolando,

y que al llegar la noche estáis conmigo hablando,

junto a la dulce lámpara, con dulzor de gemidos![5]

 

            Con el traslado de la belleza poética del objeto que la inspira a la palabra del poema, según nos enseñaron Baudelaire y Darío, es esta la que embellece dicho objeto más allá de la condición real de aquel porque si para el espíritu humano fuera suficiente la emoción provocada por la belleza intrínseca de dicho objeto, entonces, ya no tendría sentido la palabra poética que lo asume. Heredero de la tradición del romanticismo de Bécquer, Juan Ramón Jiménez indaga la esencia misma de la belleza anclada en el espíritu del objeto, cuyo camino propio debe llevar a la desnudez de la poesía, con este díptico de 1918: «¡No le toques ya más / que así es la rosa!»[6]. Y, sin embargo, Ida Vitale, evoca el peso de la palabra poética que ya ha sido dicha y la necesidad de reinventar la expresión poética en sí misma:

 

Tanto haría falta la inocencia total,

como en la rosa,

que viene con su olor, sus destellos,

sus dormidos rocíos repetidos,

del centro de jardines vueltos polvo

y de nuevo innumerablemente levantados.[7]

 

La poesía requiere de un espacio de silencio, una mirada hacia adentro y un proceso de reelaboración del lenguaje. Y ese silencio es, a su vez, una confrontación con el abismo no solo del alma humana, en general, sino, en particular, del alma propia: es una confrontación que nos envuelve y nos arroja desnudos hacia la desnudez del espíritu. Recuerdo la honda resonancia frente al abismo sin ropaje del espíritu humano que emerge desgarrada del soneto de Miguel Hernández, «Umbrío por la pena, casi bruno», cuyos primer cuarteto y segundo terceto dicen:

 

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

                        […]

No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y de cardos:

¡cuánto penar para morirse uno![8]

 

Tal vez por eso la gente tiene un inconfesable temor a la lectura de poesía: nadie desea esa tremenda, temible, terrible confrontación consigo mismo porque aquello nos convierte en huérfanos y en transeúntes: así, todas nuestras seguridades quedan en entredicho. Además, la poesía implica la elaboración de un lenguaje cuyo objetivo es la ruptura de la convención comunicacional. El lenguaje de la poesía, atravesado por la metáfora y la metonimia, no sirve para la transmisión de mensajes directos; eso es una tarea del periodismo. El lenguaje poético permite nominar, dar sentido, crear el mundo desde la realidad del propio lenguaje. En esos afanes, Yuliana Ortiz Ruano busca la manera de llegar al territorio de origen en su palabra poética:

 

¿Cómo nombrar lo nunca antes visto?

¿La obsesión del decir de dónde viene?

[…]

Nombrar es hacerse isla:

Limones es la repetición infinita del exceso

[…]

Tal vez la urgencia del arribo

extienda mi lenguaje.

[…]

Tal vez la necesidad de la llegada

desconfigure mi lenguaje.[9]

 

Así, el lenguaje poético es, en un sentido general, la explosión de una imagen que sugiere significados que transgreden las definiciones de diccionario, el florecimiento de una palabra que lleva en sí, agazapados, sentidos múltiples y nuevos, la revelación que emana del espíritu del lector en orgiástica simultaneidad con la omnipresencia de la voz poética. La poesía es la escritura que intensifica el sentido de la experiencia vital, según Aleyda Quevedo:

 

Versos de versos de versos,

bandadas de voces. Pájaros

de todos los tiempos.

Imágenes de imágenes de imágenes.

Piedras y los mismos misterios

a los que me declaro fiel.[10]

    

De ahí que los medios de comunicación, y particularmente la televisión, sean reacios a hablar de la poesía. Su negocio se asienta sobre la corrupción del lenguaje y la exaltación de lo banal, sobre esa capacidad para entregarle a cada protagonista, escogido de manera aleatoria, su cuarto de hora de fama, sobre esa habilidad para reproducirse y repetirse a sí mismos creando mundos para la chismografía sobre los famosillos locales. Y, por supuesto, como la poesía implica la construcción permanente de un lenguaje metafórico y, al mismo tiempo, la poesía no es un espectáculo mediático sino una manera íntima de acercarse al espíritu a través de la palabra, la poesía no tiene cabida en la propuesta de felicidad con la que la dictadura mediática ha obnubilado a la humanidad. En todo caso, Sonia Manzano me ayuda a quitarle solemnidad a estas reflexiones, cuando plantea que al poeta no hay que llevarlo a las mesas redondas:

 

No le pregunten

para qué sirve la poesía

por qué y para quién escribe,

quién lo lee, quién medio lo lee

y quién no lo lee nunca,

cualquier respuesta que él dé

será para escabullirse

por debajo de las velludas piernas

de los connotativos,

aparenciales,

estructurales,

denotativos

idiotas circunstanciales.[11]

 

Finalmente, es bueno entender que la poesía es una fiesta; y cada fiesta tiene su propia música. La seriedad para trabajar la poesía tiene que ver con la manera cómo uno asume la escritura, no solo del poema sino de todo tipo de texto estético. En la escritura hay que buscar, como decía el cubanísimo Lezama Lima, la dificultad: «Solo lo difícil es estimulante; solo la resistencia que nos reta es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento…»[12]. Con ello no quiero plantear que hay que volverse críptico; me parece que se trata de buscar esa forma poética en que lo contextual sea olvidado por quien se acerca al texto y en su lugar permanezca sólo el hálito de la palabra poética. Más allá de la arqueología, Jorgenrique Adoum transforma a dos esqueletos abrazados, con diez mil años de historia encima, en un símbolo de la permanencia del amor a través del tiempo —como en el famoso soneto de Quevedo[13]—:

 

 

la primera pareja como dos palabras juntas

como un breve vacío donde estuvo un día el guion varonil

(hembra la conjunción copulativa),

anudados hasta hoy, amor fosilizado, estatua viva encajonada.

mientras nosotros, voyeurs del siglo XX, viejos a cualquier edad, con nuestro

            muerto amor a cuestas,

removiendo tablones, telas de nilón, piedras que las sostienen,

y acostándonos junto a ellos para atisbar la inmodesta y duradera amarra

que no acaba jamás en estallido, 

nos hundimos el corazón para que no se avergüence

frente a ese amor que existe todavía

en estos esqueletos de anteayer en los que yace

igual que la ternura que cayó de la caricia al hueso.[14]

 

Más que ninguna otra, la lectura de poesía requiere de un momento especial. Si el poeta se ha mirado para adentro, el lector debe hacer lo mismo: olvidarse del mundo que lo rodea, concentrarse en la repercusión del lenguaje, saborear la profundidad de la imagen, asumir la metáfora como la realidad de la palabra. Buscar la manera de decir lo ya dicho, de hacer de la página en blanco una realidad de afectos; una cascada de sentidos que conmuevan a quien espera la palabra poética para que invada ese indecible vacío en el alma que solo la poesía llena con la resonancia de su belleza conmovedora, tremenda y de vértigo, como en estos versos de Luz Mary Giraldo:

 

Se levantan las palabras del fondo del cuaderno

y llegan a la página en blanco

con su letra viva

para decir:

¿existe, acaso, una habitación sin el dios del amor?

 

Dios traduce su silencio

mientras escucho la canción de un pájaro solitario

que ruega para no morir.[15]

 

La lectura de poesía es lenta e íntima y se encuentra a contracorriente de un mundo que todo lo devora con el omnipresente ruido del mercado y la predecible uniformidad a la que nos somete el algoritmo de las redes sociales. La poesía es esa utopía que no ofrece nada más que la contemplación del ser humano en el espejo de su propia finitud.

 

Santa Ana de Nayón, Quito,

Versión del 21 de marzo de 2022.

Este ensayo sale de manera simultánea en

Nueva York Poetry Review 



[1] Siomara España, «Sueños (Memoria inexistente)», Celebración de la memoria (Madrid: Huerga y Fierro Editores, 2018), 87.

[2] Jorge Dávila Vázquez, «Memoria de la poesía», en Memoria de la poesía y otros textos (Cuenca: Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, núcleo del Azuay, 1999), 33.

[3] Alejandra Pizarnik, «Los pequeños cantos, III», de Los pequeños cantos (1971), en Poesía completa, edición a cargo de Ana Becciú (Barcelona: Editorial Lumen, 2001), 381.

[4] Gustavo Adolfo Bécquer, «Rima XXI», en Rimas. Leyendas. Carta desde mi celda (Barcelona: RBA Editores, 1999), 13.

[5] Gabriela Mistral, «Mis libros», de Desolación (1922), en Poesías completas, estudio preliminar y cronología de Jaime Quezada (Santiago de Chile, Editorial Andrés Bellos, 2001), 57.

[6] Juan Ramón Jiménez, «El poema. 1», de Piedra y cielo (1917-1918), en Segunda antolojía poética. 1898-1918 (Madrid: Espasa-Calpe, 1981), 252,

[7] Ida Vitale, «Canon», de Palabra dada (1953), en Poesía reunida, edición de Aurelio Major (Montevideo: Tusquet Editores, 2017), 443.

[8] Miguel Hernández, «Umbrío por la pena, casi bruno», de El rayo que no cesa (1934-1935), en Poesía esencial (Madrid: Alianza Editorial, 2010), 47.  

[9] Yuliana Ortiz Ruano, Cuaderno del imposible retorno a Pangea (Valparaíso: Ediciones Libro del Cardo, 2021), 19, 21, 26, y 29.

[10] Aleyda Quevedo Rojas, Jardín de dagas (Ciudad de México: Editorial Praxis, 2013), 14.

[11] Sonia Manzano, «El poeta no debe ir a las mesas redondas», de El ave que todo lo atropella (1980), en El ave que todo lo atropella. Antología poética (Quito: Centro de Publicaciones PUCE, 2018), 90.

[12] José Lezama Lima, La expresión americana (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2017), 57.

[13] Me refiero al soneto «Amor constante más allá de la muerte», cuyo primer cuarteto dice: «Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día, / y podrá desatar esta alma mía, / hora a su afán ansioso lisonjera;», en Francisco de Quevedo, Antología poética (Barcelona: RBA Editores, 1999), 112.

[14] Jorgenrique Adoum, «El amor desenterrado», en Claudicación intermitente. Antología (Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León / Alforja Arte y Literatura, 2008), 77.

[15] Luz Mary Giraldo, «Página en blanco», en De artes y oficios (Bogotá: Taller de Edición Rocca, 2015), 36.


lunes, marzo 14, 2022

«Madres paralelas»: maternidades y memoria histórica

Janis (Penélope Cruz, al centro con una niña en sus brazos) es una fotógrafa cuyo abuelo fue asesinado y desaparecido durante la Guerra Civil española (1936-1939) en la misma fecha en que fueron asesinados y desaparecidos otros hombres de la comarca. Las mujeres del pueblo están empeñadas en la búsqueda de sus familiares.

            Por qué Pedro Almodóvar carga su más reciente película con un fuerte mensaje político, se preguntan molestos quienes olvidan que el cine de aquel siempre ha minado la herencia ideológica del franquismo. Pero este filme no se centra en el tema de los desaparecidos de la Guerra Civil española, sino que retoma un tema ampliamente tratado en la filmografía almodovariana: el de la conflictiva relación de madres e hijas y el de la sororidad que resuelve los conflictos más sinuosos. Madres paralelas retrata diversas facetas de la maternidad y evidencia la necesidad espiritual de recuperar la memoria histórica con una narrativa envuelta en el delicioso exceso melodramático del cine de Almodóvar.

            Janis, caracterizada brillantemente por Penélope Cruz, es una mujer soltera, primigesta añosa, que asume con pletórico entusiasmo su maternidad accidental. Ana (Milena Smit), en cambio, es una adolescente, arrepentida de la situación en que se encuentra, que enfrenta una maternidad que es resultado de la violencia masculina. Ambas coinciden en el hospital cuando les toca parir y, enseguida, generan un vínculo afectivo que las unirá en el futuro y que desatará el conflicto de la trama. Teresa (Aitana Sánchez-Gijón), madre de Ana, es una actriz de teatro que rechaza la maternidad, a la que ve como un obstáculo para su carrera artística. Las maternidades conflictivas y la complicidad vital de las mujeres son temas que Almodóvar ya ha tratado; en Volver (2006), por ejemplo, también protagonizada por Penélope Cruz, varias mujeres de una comarca rural llevan consigo secretos de hechos criminales, como respuesta a distintos tipos de violencia sexual de los hombres, que dan cuenta de una sororidad inexpugnable. En Madres paralelas la maternidad es enfocada desde aristas diversas en las que las mujeres muestran su poder, desde lo que significa engendrar y también su inagotable fortaleza para confrontar los avatares de la cotidianidad; y los hombres, en su relación con las mujeres, son apenas referencias biológicas.

            Janis es una fotógrafa cuyo abuelo fue asesinado y desparecido durante la Guerra Civil española (1936-1939) en la misma fecha en que fueron asesinados y desaparecidos otros hombres de la comarca. Ella y las mujeres de su pueblo están en una búsqueda, vitalmente necesaria para la paz del espíritu familiar, de la verdad de tales hechos que fueron ocultados durante la dictadura de Francisco Franco (1939-1975) y de los que nadie se atrevió a hablar en voz alta por miedo. «De acuerdo con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, en España existen cerca de 100,000 personas desaparecidas como resultado de la Guerra Civil y de la represión franquista. Muchos siguen aún en un limbo legal, sobre todo si sus restos —como se sospecha sucede en la mayoría de los casos— yacen sin identificar en alguna de las más de 4,000 fosas comunes que salpican de oprobio la geografía española»[1]. La dimensión política en esta película es intrínseca al drama, verdadero y estremecedor, de la protagonista, al tiempo que interpela al espectador y justifica la presencia del personaje de Arturo (Israel Elejalde), el antropólogo que coordinará las operaciones de búsqueda. La perseverancia de Janis y las mujeres del pueblo en su necesidad espiritual de preservar la memoria histórica le da una profunda dimensión política que multiplica los sentidos del filme.

            Recordemos que Mariano Rajoy y el Partido Popular han arremetido contra la Ley de Memoria Histórica[2], desde su expedición en 2007, por lo que la toma de partido de Almodóvar es un asunto mayor. En 2016, año en que se desarrolla la película, «el Partido Popular mostró su negativa contra la retirada de los honores a 13 personalidades del franquismo. “La Ley de Memoria Histórica es fratricida y debería de haberla derogado el PP”, dijo Esperanza Aguirre»[3]. Almodóvar, al contrario de Teresa —quien se declara apolítica porque como actriz tiene que agradar a todo el mundo—, toma partido por la causa de las familias de los desaparecidos y utiliza un tono documental cuando narra el tema de los desparecidos. Por supuesto, esta definición política y ética les disgustará a los ebúrneos sobre los que nos habló Julio Cortázar.

 

            Almodóvar no está interesado en la verosimilitud realista; él juega con los excesos del melodrama y construye una estética que recupera para su cine las hispérboles narrativas de lo popular. Así lo vimos en Mujeres al borde un ataque de nervios (1988) o Tacones lejanos (1991). Tal vez una excepción de tales excesos es su estremecedora y autobiográfica Dolor y gloria (2019) con un Antonio Banderas, alter ego de Almodóvar, de sublime interpretación. En Madres paralelas la intriga tiene algunos giros dramáticos que buscan, en primer término, la tensión narrativa y que luego son resueltos con una naturalidad pasmosa de tal manera que el espectador se ve obligado a aceptarlos.

          Madres paralelas, de Pedro Almodóvar, es una película conmovedora sobre la complicidad y la fortaleza de las mujeres, sobre el poder del espíritu y del cuerpo que da la maternidad y sus distintas maneras de ser asumida; una película enmarcada en un contexto histórico y político que hace de ella un documento artístico contundente sobre la justa necesidad de la memoria histórica en busca de la reparación y la reconciliación; una película con los maravillosos excesos que tiene la verdad del melodrama según Almodóvar.


[1] Diego Gómez Pickering, «Madres paralelas nos recuerda a los 100,000 desparecidos de España», en The Washington Post, 17 de febrero de 2022, acceso el 10 de marzo de 2022, https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2022/02/17/madres-paralelas-netflix-pelicula-almodovar-estreno-critica-espana-desaparecidos/

[2] «“Yo eliminaría todos los artículos de la ley de memoria histórica que hablan de dar dinero público para recuperar el pasado. No daría ni un solo euro público a esos efectos, dijo Rajoy, en febrero de 2008, en una entrevista en 20 minutos». Natalia Junquera, «La promesa que Rajoy sí cumplió», El País, 05 de octubre de 2013, acceso el 12 de marzo de 2022, https://elpais.com/politica/2013/10/05/actualidad/1380997260_542677.html  

[3] Eduardo Robayna, «Las veces que el PP se rio de la memoria histórica», La Marea, 03 de junio de 2018, acceso el 13 de marzo de 2022, https://www.lamarea.com/2018/06/03/las-veces-que-el-pp-se-rio-de-la-memoria-historica/


martes, marzo 08, 2022

Plus-forma añade peso a tu cuerpo

Mi ñaño Tito, yo, mi ñaña Zita y mi mamá Aida (Foto Mendoza, agosto de 1962)

¿Podía Antígona darse muerte, ella que no había dispuesto nunca de su vida? 

María Zambrano, «Prólogo», La tumba de Antígona.

 

         Mi ñaña Zita era de fuego en un cabello de ángel; trigueña y dulce como el azúcar moreno; sus ojos, faroles de pechiche en el barrio de febrero y lluvias. No esperaba a ningún príncipe encantado; en las noches musicadas por lagarteros, solo aparecían desocupados y borrachines perfumados de azufre, según mi abuela María.

         Ella era la poesía y el baile irónico de los románticos.

         Que no le dijeran flaca, que ya tenía la bebida mágica, pócima de los cuentos de hadas: era la emulsión Plus-forma, que genera carnes en las siluetas delgadas. Sus huesos de pocas carnes trabajaban duro, sin vanidades, para el pan de nuestra mesa. Vino del Evangelio que siempre llenó las copas de agua con agua, abrevando la sed de justicia de los Vallejo.

         Ella era la poesía de los adjetivos que matan.

         Antes que el Arcipreste de Hita, mi ñaña me enseñó el arte del amor bueno; fue la consejera de mis desvelos y la sabia curandera de las dulces heridas de adolescente enamorado. Mi ñaña Zita era de mil parpadeos en un cabello de ángel, trigueña y dulce melaza de la oficina; ñaña, luminaria, dedos ligeros para la máquina de escribir; ñaña, hormiguita de archivadores.

         Ella era la poesía de oficina y calle de todos los días.

         Mi ñaña emigró a Nueva York, sin sueño americano, apostando a encontrar en otro migrante, habitante del vecindario, el galán que Plus-forma le prometió en cada diaria cucharada. Perdió la apuesta de la felicidad: su casa se llenó de cervezas vacías y un marido, sin trabajo, echado en el sofá del lamento, dispuesto para la atávica violencia de los hombres.

         Ella era la poesía de un full de reinas y Valium 10.

         Mujer de un tiempo de mujeres rotas, mi ñaña Zita vivió en el anhelo de días mejores sin perder la seducción de su sonrisa, su rebeldía de ola, ni la delgadez de su perfil en el crepúsculo. Una tarde de limpieza de casa se desmayó. Premonición de aquellas células enloquecidas que le invadieron el cerebro. Esa metástasis implacable que, derrotando al Plus-forma, le hurtó todo el peso de la vida.

         Ella es la poesía que salva mi verso desangelado.

 

Mi ñaña Zita y yo. (Junio de 1960)