José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, diciembre 18, 2023

«Fiebre de carnaval», de Yuliana Ortiz: novela del gozo y la sensualidad

«El carnaval es la puerta abierta hacia el desvarío, la locura y la joda eterna. Como si alguien abriera una llave de farra que no solo nunca se cierra, sino que se rebosa, se sale de los baldes»[1], dice la voz narrativa de Fiebre de carnaval, la ópera prima de Yuliana Ortiz Ruano (Limones, Esmeraldas, 1992), que es una fascinante y conmovedora novela de escritura gozosa y sensual atravesada por la fiesta, la violencia patriarcal y el duelo. Justamente, en la presentación de la novela en la librería Tolstoi, de Quito, el 29 de octubre de 2022, Yuliana Ortiz, en diálogo con la crítica Alicia Ortega, habló de la energía cultural que subyace en el carnaval de Esmeraldas: «El carnaval es una fiesta en donde se puede ser plenamente negro».

Fiebre de carnaval se inscribe en una tradición que la hermana con Juyungo (1943), de Adalberto Ortiz (Esmeraldas, 1914-Guayaquil, 2003). Fiebre comparte con Juyungo el vitalismo que tienen la poesía, la música y el baile en la cultura del pueblo afroecuatoriano. Cada capítulo de Juyungo comienza con un texto de prosa poética titulado «Ojo y oído de la selva» y, por ejemplo, «La marimba de Cangá», el XIV, es uno que tiene el mismo sentido festivo que la novela de Yuliana Ortiz: «Tambor y más tambor, resonando con tanto afán. Bamboleo tras bamboleo. Mi sombrero grande, mi verejú. Que ya viene el diablo, mi verejú»[2]. En Fiebre, la música es intrínseca a la escritura y el baile es una vivencia del cuerpo en estado de liberación. En el espacio celebratorio de una cultura, Fiebre de carnaval es una novela que desde ya ha encontrado su espacio en la tradición literaria ecuatoriana y es un testimonio estético que impide el borramiento del pueblo negro en un país racista como el nuestro. Como dijo la autora en aquella presentación en la librería Tolstoi: «Para mí, lo primero es la consciencia de raza; el género viene después. Los cuerpos negros son públicos, fácilmente exotizables, erotizables».  

La voz narrativa de la novela se ubica a la altura de una niña de ocho años y así, mediante el artificio de la literatura, Yuliana Ortiz nos muestra el mundo afro-esmeraldeño a partir de esa perspectiva. A medida que avanza la novela, en una línea de tiempo que tiene como hecho histórico central el feriado bancario de 1999, asistimos al crecimiento de Ainhoa, la niña-narradora, y su toma de conciencia sobre aquel mundo: «Yo entiendo lo que pasa mi alrededor, pero aún no tengo todas las palabras en mi lengua, por eso hablo en voz alta […]» (109). El tono memorioso de  la niña que narra construye y muestra una comunidad familiar signada por la sororidad: las mamis y las ñañas expresan ese ser-mujer-afro confrontado desde lo cotidiano con la violencia de la estructura patriarcal cuya más cercana expresión es el ritual del enamoramiento que busca la posesión, según el consejo de la ñaña Rita: «[…] hay que cuidarse siempre del amor de los hombres, mija, un hombre enamorado es capaz de hacer cualquier cosa, desde escribir desvaríos cojudos, gritar, amenazar, vigilar… Dios no quiera, mija, Dios no quiera que un hombre se enamore de usted» (39).

Ainhoa nos cuenta la historia de una familia patriarcal con episodios de cruda violencia y represión de la sensualidad de las mujeres de la casa. Ainhoa está explorando siempre lo que no entiende, tentando el límite de lo prohibido y, desde el árbol de guayaba, que es un lugar seguro, ella contempla con lucidez el mundo extraño de los adultos: «Los árboles son los únicos en esta casa que entienden mi desvarío». (111). «Vasenilla», así nombrado con privilegio del habla popular, es un capítulo estremecedor: Ainhoa cuenta, mediante un relato sugerente y doloroso, que es violada por su abuelo Chelo: la lengua literaria habla de lo indecible: «[…] un viejo borracho que sostiene un fierro oxidado, y unos ojos pequeños buscando sin saber para dónde correr. Un viejo borracho que se despapisa para convertirse en una sombra que te hace temblar de manera involuntaria» (103).

La envolvente narración del capítulo “Fiebre” es una suerte de introspección-fluir-de-conciencia que nos permite entender la fuerza irracional de la sexualidad que va apareciendo en Ainhoa y, al mismo tiempo, su entrar y salir del agua de la piscina es un indicio premonitorio de la manera como Ainhoa entiende su liberación: «Recupero el aire pronto, subo hasta el trampolín y me sumerjo otra vez en el vientre clorado que me regresa a la vida» (124). «Sabrosura», que sigue a continuación, habla de un personaje del mismo nombre que ha bautizado a Esmeraldas como «la república independiente del sabor» (128) y en él, Ainhoa nos descubre también la erotización del cuerpo en el carnaval: «La gente del barrio se moja en las veredas bailando durísimo, meneando culos y caderas como si ellos dominaran el camino de la vida, como si los culos y caderas sostuvieran al mundo. ¿O es que las caderas y los culos sostienen ese mundo esmeraldeño de salsa, locura y desvarío carnavalero?» (127). Lo que le toca ver a Ainhoa, en medio del desenfreno carnavalesco, se muestra de manera cruda y se prolonga hasta el siguiente capítulo en el que la niña encuentra refugio, protección y ternura en el abrazo de sus padres ebrios: «Terminaba de latir al fin el carnaval» (146).

Fiebre de carnaval, de Yuliana Ortiz Ruano, es una novela que tiene un lugar propio en la tradición de Juyungo, su lenguaje se expresa con una crudeza sin concesiones y, al mismo tiempo, con una estremecedora belleza poética; una escritura vertiginosa como la música que rompe el silencio de la dominación y una lectura que nos sumerge tanto en el dolor de una niña agobiada por la crueldad de un mundo patriarcal y violento como en el gozo y la sensualidad del carnaval esmeraldeño.



[1] Yuliana Ortiz Ruano, Fiebre de carnaval (Madrid: La Navaja Suiza Editores, 2022), 133. El número junto a la cita indica la página en esta edición. En enero de este año, Yuliana Ortiz recibió, por Fiebre de carnaval, el Premio IESS para la primera novela de latinoamericanos menores de 35 años, otorgado por la IILA, Organización Internacional Italo-Latina Americana, Energheia – Associazione Culturale Matera, Edizioni SUR y Scuola del Libro. Asimismo, en diciembre, le fue otorgado el Premio Joaquín Gallegos Lara a la mejor novela publicada en el año.

[2] Adalberto Ortiz, Juyungo [1943] (La Habana: Casa de las Américas, 1987), 267.


domingo, noviembre 21, 2021

Poesía de ruptura sobre el lomo de un caballo mecánico en una calesita renacida

           

Yuliana Ortiz Ruano (Esmeraldas, 1992). Ha publicado Sovoz (Lima: Hanan Harawi, 2016); Canciones desde el fin del mundo (Buenos Aires: Amauta & Yaguar, 2018); y Cuaderno del imposible retorno a Pangea (Valparaíso: Ediciones Libros del Cardo, 2021). Mención de honor en el Concurso de poesía Paralelo 0, 2017 y Primer lugar del Concurso Nacional de Literatura Libre Libro, categoría poesía, 2019. (Fotografía: Ricardo Bohórquez, 2021).

«He sido madre tantas veces / Innumerables partos / Partos como diosas / Partos que me hicieron agua / Doy a luz todos los días / hijos que recojo en los bares / hijos que me encuentro como astros adheridos en la arena de la playa»[1], proclama la yo lírica en un poemario que desmitifica a la familia y pone en evidencia el dolor, el desamor y la violencia sexual de una estructura patriarcal: «El abrazo de la muerte / se sufría en la vieja casa familiar / las mujeres dormíamos con un ojo abierto / con nuestra hermanas adheridas a nuestro cuerpos / paras evitar que los primos nos tocaran»[2]. El padre y la madre han engendrado una hija triste y ese ser doliente logra la reparación de la sobreviviente en el texto poético, consciente de su propia fragilidad. La hablante lírica se rebela, solidaria con sus hermanas, en la libertad del verso para asumir su propio cuerpo y el mundo en medio de dudas y descubrimientos: «Soy una cebolla de capas infinitas / E S C R I B O / para descifrar qué duerme / entre mis cortezas»[3].

            Canciones desde el fin del mundo (2018), de Yuliana Ortiz Ruano (Esmeraldas, 1992), es un poemario que trabaja sobre la violencia y la crueldad a las que se ve enfrentado el cuerpo de una mujer y, al mismo tiempo, sobre la liberación que se logra en el canto y la palabra: «Necesito escribir sobre mi cuerpo / las notas de las canciones del final de los tiempos. / Tejer en mi cabello una trenza / que sirva de oboe / y nos haga esperar la muerte dormidos»[4]. La trenza oboe, el vientre tambor, útero ocarina: el cuerpo es un instrumento que acompaña al canto y el canto es una manera de ser, de vencer la muerte y reencarnarse en la palabra poética. Es también un libro sobre el amor asumido como una experiencia diversa, libre y liberadora: «y sobre todo creer una y otra vez en la revolución de la carne que se cuece siglo tras siglo en el vientre de las niñas en el territorio / cuerpo de tus extremidades»[5]. Y es, asimismo el canto de una voz poética de mujer que habla, solidariamente fundida en la voz de otras mujeres, para construir nuevas sensibilidades de cuerpos emancipados de la tutela patriarcal y fortalecidos desde la conciencia de su propia debilidad: «Himnos nacionales se pierden / en un agujero negro. Hemos vuelto a Pangea. // Padre, / solo los débiles sobrevivimos»[6].

            Este poemario, además, tiene una suerte de poema-manifiesto. Así, en «Canción de amor para un caballo mecánico»[7], el leit motiv del «caballo de hierro en llamas» juega con la idea de velocidad, esbeltez y libertad enfrentada a lo estático, la fuerza y la coraza. La paradoja se ve envuelta en el símbolo de la pasión encendida, esa que se halla en consunción de sí misma y este juego poético le posibilita a la yo lírica la ruptura de todo orden. Un texto lleno de metáforas que revientan la inmovilidad de lo complaciente: «Mi amor / la noche no es otra cosa que el sueño idiota de un dios de barro y cristal […] Yo / única amante separada de tu cuerpo soy un caballo de hierro / en llamas». Un poema de ruptura, de rechazo al mundo tal como es en búsqueda simbólica del retorno a una idílica Pangea: «Celebro este dolor como celebraré la unión de nuestras tierras en una sola / aquí y ahora / no puede ser cierto si no te sumerges conmigo en el vientre de agua que nos vio nacer en uno solo».

           


Canciones desde el fin del mundo
, de Yuliana Ortiz Ruano, a pesar de ciertos excesos verbales, su tendencia a lo críptico y, a ratos, contradicciones en sus sentidos, es un poemario de imágenes poderosas por su apuesta contracultural, de una descarnada desconstrucción de la familia patriarcal y lleno de esperanza en las nuevas formas de amar que se expresan en el canto desde el cuerpo y la poesía: «Un poema es una gota de sangre / sobre la grupa de un blanco equino / que corre despavorido y lee el / Poema/Gota/Sangre / al corazón / de las piedras olvidadas en el río»[8]. Canciones desde el fin del mundo es cancionero de una voz de mujer que sobrevive en un mundo apocalíptico y se reencuentra con su origen como el caballo de la poesía en una calesita renacida.



[1] Yuliana Ortiz Ruano, Canciones desde el fin del mundo, 2da. ed. (Quito: Kikuyo Editorial, 2020), 214.

[2] Ortiz Ruano, Canciones…, 148.

[3] Ortiz Ruano, Canciones…, 104.

[4] Ortiz Ruano, Canciones…, 56.

[5] Ortiz Ruano, Canciones…, 180.

[6] Ortiz Ruano, Canciones…, 64.

[7] Ortiz Ruano, Canciones…, 224-240.

[8] Ortiz Ruano, Canciones…, 112.