José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, septiembre 18, 2023

«Pombero», de Marina Closs: historias sobrecogedoras de escritura deslumbrante

          

Marina Closs (Posadas, Misiones, Argentina, 1990). Licenciada en Letras, Universidad de Buenos Aires. Ha publicado, entre otros, Tres truenos (cuentos, 2019); Tascá Skromeda. El peor más pobre (novela, 2019); La despoblación (novela, 2022)

«Hay algo de la gente que está solo en su cara. Así como hay cosas que no están en ninguna parte»[1], reflexiona Rosita, la peluquera trans, que lleva una identidad en transición igual que un nuevo nacimiento. Juan Pablo Jabalí empieza su historia diciendo: «Voy a hablar de antes, cuando era tiempo de ñandús. Voy a hablar de nosotros»[2]. Y así, con aliento mítico, construye un nuevo episodio de la confrontación entre civilización y barbarie. Dunka, la niña que a los trece años se transforma en mujer por un matrimonio arreglado, busca la experiencia del amor de un muchacho por una muchacha, pero, cuando su marido, el señor Klade se la lleva de la escuela piensa «…que, tarde o temprano, iba a tener que acostumbrarse a todo»[3]. Pombero (2023), de Marina Closs (Posadas, 1990), es un cuentario que sobrecoge y asombra por el tono mítico e insólito de unas historias ancladas en la realidad del mundo rural, el muestrario de personajes que luchan por escapar de la fatalidad que los identifica y debido también a una escritura que deslumbra por la libertad poética de su exactitud expresiva.

            Pombero es un duende o un espíritu de la mitología guaraní, que cuida la naturaleza y que puede transformarse en otra especie. El cuento inicial se titula así y recrea este mito narrado en primera persona. Pero ¿quién es este Pombero? ¿Es, acaso, el ser mitológico que habita el bosque al que la gente lo ve como un loco o solo es un hombre loco que se cree Pombero? El relato encierra un suceso horroroso: la muerte de un par de niños que se pierden en el bosque. «Soy desgraciado porque ahora ya no puedo salvarlos. La telaraña me jura que va a enroscárseles en la nuca y los va a estrangular»[4]. ¿Los mató el loco que se cree Pombero? ¿Se accidentaron y el espíritu protector no alcanzó a salvarlos? El cuento se presta para varias lecturas y el tono mítico, al tiempo que multiplica sus sentidos, va construyendo, a medida que habla el yo protagonista, las identidades del personaje. En esta misma línea mítica, «Esto (Jabalí)» desarrolla la tensión entre el mundo de antes, cuando no había almanaque, y el mundo de la colonización, con su espíritu civilizatorio, enmascarando la explotación de la naturaleza bajo la protección del Estado. Y, como cierre, «Casi nadie (La bella Marioka)», que, con reminiscencias de la cándida Eréndira garcíamarquina, nos entrega un relato, de oralidad tradicional, sobre la belleza mítica como maldición. Marioka no tiene una abuela desalmada, sino una abuela que quiere casarla para que esté protegida en cuanto ella muera, pero su belleza espanta a los hombres. El rey de Polonia, que es ciego, manda por ella años después de la muerte de la abuela «y, cuando Marioka desapareció en su carreta, fue como si todo el pueblo, sin ella, respirara aliviado»[5].           

            Los personajes del cuentario están en una búsqueda permanente de ser ellos mismos, construyendo su identidad más allá de cómo son vistos y tratando de escapar a una fatalidad que lo ha marcado. Dunka, por ejemplo, es una niña que fue elegida por un señor para que se la dieran en matrimonio y, fatalmente, se convertirá de niña en mujer y de mujer en madre atravesando un camino de descubrimientos del amor y la sexualidad, pero sin horizonte de libertad. En cambio, María das Luzes no puede ser madre por más que lo intenta hasta que, al final, construye un altar con un santo niño llamado São João Xangó Menino, a quien «le prendía velas y le hacía oraciones estrafalarias [hasta que] un día, un viento furioso pasó por las grietas entre las tablas y María vio cómo todas las velas se apagaban y dejaban en la oscuridad, el rostro fijo de Xangó riendo»[6]. Esa búsqueda la lleva a una maternidad singular. Rosita, la peluquera trans, se enfrenta a la soledad como sino de su identidad en tránsito: ella ha roto con un pasado familiar y se encuentra con la necesidad de construir su propio camino, más allá de los rechazos y las solidaridades. Un bello relato sobre la angustia de las personas que habitan la otredad y la pervivencia de las máscaras en el mundo: «Una se mira al espejo y ve cualquier cosa. Solo el maquillaje resucita bien. Mirarse al espejo, tragarse una aspirina y sacarse la cara que una tiene. Hacerse la cara que una sabe»[7].

            La escritura de estas historias tiene una singular exactitud expresiva que, por su libertad poética, es, al mismo tiempo, altamente polisémica. Frases cortas cargadas de resonancias e imágenes con las que se construye las formas identitarias de los personajes. «Si yo fuera alguien (Pombero)» está escrito con la intensidad de la prosa lírica: «Soy yo, pero es mejor no pronunciar mi nombre. Dejo una estela de miedo a mi paso, una estela de gente que mira y escucha. Cuando el Pombero pasa, las hojas que estaban volando se pegan a él y andan, como si tuviesen un alma»[8]. Suzumushi es un cuento alucinante, narrado con poesía y las palabras justas; creación con maestría del ambiente y del personaje, así como el desarrollo de la intriga; el desenlace, sin embargo, es pobre en relación con la fuerza imaginativa y espiritual del relato. La descripción de la profesión del personaje es exquisita:

 

Soy Suzumushi Kairiyama, masajista japonesa en el paraje Los Helechos. Tengo la casa de madera con muchas ventanas y en la casa las orquídeas que se abren pequeñas como ojos de borrachos. Quemo amapolas en un horno de barro. En la sala de espera algunas personas se duermen en el vapor del té. El humo de las amapolas las vuelve de otro color. Al otro lado de la puerta, oigo que alguien respira. Yo escucho mi corazón y escucho, al otro lado de la puerta, el corazón de los otros.[9]

 

 

            Los cuentos tienen una doble titulación cuyo índice, siguiendo las líneas que no están entre paréntesis, se puede leer como un poema acerca de la imposible fijación de lo identitario: «Si yo fuera alguien / No sería / Esto / Nunca y tampoco / Lo otro / Quizá mejor / Casi nadie».  Esa misma preocupación por la identidad, reside en el subítulo del libro que aparece en la portadilla: Alguien, uno solo o nadie. Pombero, de Marina Closs, finalista del premio internacional Ribera del Duero, es un cuentario en el que la línea fronteriza entre la realidad cotidiana y la imaginada se desvanece por la huella de lo insólito en la vida de personajes que anhelan ser lo que llevan dentro de sí como un desafío a la mirada prosaica del mundo.



[1] Marina Closs, «Lo otro (Rosita, uñas negras)», en Pombero (Madrid: Páginas de Espuma, 2023), 79.

[2] Closs, «Esto (Jabalí)»…47.

[3] Closs, «No sería (Dunka)»…, 39.

[4] Closs, «Si yo fuera alguien (Pombero)»…, 24.

[5] Closs, «Casi nadie (La bella Marioka)»…, 157.

[6] Closs, «Nunca y tampoco (María das Luzes)»…, 77.

[7] Closs, «Lo otro (Rosita, uñas negras)»…, 106.  

[8] Closs, «Si yo fuera alguien (Pombero)»…, 9 y 10.

[9] Closs, «Quizá mejor (Suzumushi)…, 110».

lunes, mayo 01, 2023

«De un mundo raro»: lo fantástico y el gótico tropical

En De un mundo raro, Solange Rodríguez Pappe nos descubre niveles profundos de la realidad a partir del develamiento del terror y lo fantástico de la cotidianidad convertida, por fuerza de una escritura madura y profunda, en la realidad literaria de un mundo apocalíptico y distópico donde nos contemplamos con los ojos descarnados de la muerte.

 

Inventarse una tradición de lo fantástico

«¿La tradición? Yo me inventé la tradición»[1] dice la narradora de «Una poética», el cuento que, como primera sección, abre el libro. La tradición no existe por sí misma. En el oficio de escribir, cada uno se rebela contra una línea tradicional y se conecta a otra, en parte para construir a partir de dicha rebeldía una manera distinta de decir basada en decires olvidados, en parte para evitar la orfandad. Solange Rodríguez ha roto con una tradición realista para inventarse una tradición fantástica.

Estos trece cuentos, número cabalístico de las historias de terror, se conectan en la tradición ecuatoriana con los 13 relatos (1955), de César Dávila Andrade (1918-1967). En «Una poética» la narradora/autora da forma a su noción de lo fantástico e incorpora como personaje a Dávila Andrade —quien levita en la casa de una lectora—. Así, Dávila Andrade se convierte en una presencia fantasmagórica que se le aparece a la autora para aconsejarla en su escritura, de tal manera que ella logra plantear el enunciado polisémico del cuentario: «Yo no creo en fantasmas, pero los veo».[2]

 

La celebración de lo sobrenatural

La segunda sección del cuentario gira alrededor del tema de la muerte como una presencia que nos acompaña con la naturalidad de sus horrores. «Los muertos retornaban y debíamos honrarlos»[3], dice el narrador de «Noche de difuntos», un cuento redondo que parte de la tradición del conmemorar a los muertos de la familia y que la autora lo narra en clave de horror fundiendo lo sobrenatural y lo cotidiano.

Rodríguez Pappe recupera para su escritura la tradición de los relatos orales sobre muertos y aparecidos que es parte del folklore popular. En «Compañeros de viaje», los pasajeros de un bus cuentan varias historias de aparecidos durante un viaje que es representación de la fantasmagórica circularidad de sus propias muertes. «Las dramáticas imágenes» es, en cambio, un cuento de realismo gore, en donde el horror de crimen parecería una historia inverosímil, pero que, contado en clave de crónica, nos habla de feminicidios brutales en medio de una historia familiar de violencia.

El antológico «La profundidad de los armarios» se introduce en lo sobrenatural a partir de un recuerdo de infancia que aparece en forma de gato: el viaje de la protagonista dentro del armario parecería, a partir de la búsqueda del simbólico gato de la infancia, un viaje de la protagonista a su inconsciente, en el que rastrea el significado de la relación con su madre y los claroscuros de su propia sexualidad. El mundo es un armario y el viaje en su interior puede ser leído como un regreso al útero, concebido como espacio conflictivo que almacena la vida de la semilla de origen.

 

Tiempos apocalípticos y distópicos

En medio de tiempos apocalípticos y mundos distópicos, un personaje de «El mar espera entre las astas de los ciervos» dice: «…la escritura es una forma de oración»[4]. En la tercera sección del cuentario, Rodríguez Pappe construye alegorías sobre la tierra que crece, devora cuanto necesita para seguir viva, se multiplica («Una nueva especie»); se adentra en el amor de seres de distinta especie, en un relato en el que un ser vivo no humano estudia la naturaleza del ser humano para comprenderlo, para amarlo mejor («La noche del hombre salvaje»); nos habla, en un cuento donde cierto humor triste está presente, de la necesidad que tenemos los seres vivos de sentirnos amados, deseados, y sentir, al mismo tiempo, que amamos, que deseamos, sin que importe cuánta fantasía estemos dispuestos a aceptar («Una luz inolvidable»).

 

La muerte como vivencia lúdica

La cuarta sección, en la que el tema de la muerte se vuelve vivencia lúdica, se abre con «Autodiagnóstico», un cuento que, salpicado de pinceladas de humor macabro, conjuga la vocación de la autora por fusionar lo sobrenatural con la cotidianidad. En «El mundo estará ahí afuera», una maestra, ya para jubilarse, siente un pequeño ardor en la garganta; este dolor es todo un símbolo de la consunción de la vida del ser humano en su trabajo: la garganta, instrumento de trabajo de todo docente, ha dejado de funcionar.

Rodríguez Pappe, que recupera la oralidad del folklore para su narrativa, ha reelaborado el cuento de Barba Azul mediante un juego intertextual y una alegoría de la sociedad patriarcal y las prohibiciones que pesan sobre las mujeres que son concebidas como propiedad de Barba Azul. En «Calamidad doméstica», el sótano es el submundo donde las mujeres padecen su prisión anhelando salir al mundo de la luz, pero sin que ello signifique la libertad sino una posición privilegiada dentro de la opresión del sistema patriarcal que padecen: «…mientras haya hombres habrá sótanos».[5]

El libro se cierra con una narración extraordinaria —tanto por la fuerza de su escritura cuanto porque se inscribe en la tradición de Poe— sobre la maternidad frustrada por causa de un embarazo que no fue tal. Lo monstruoso se manifiesta cuando la mujer decide conservar los restos del teratoma que le extrajeron y que, tanto ella como su marido, pensaban que era el hijo deseado. El sentimiento de orfandad de la madre y el padre es desolador y el duelo en ella se vuelve una obsesión. Así, Rodríguez Pappe ha construido una heroína que busca una parte de sí misma, ese hijo que nunca tuvo, prolongando su duelo en lo monstruoso de una realidad fantasmagórica, viviendo en una repetición alucinante de su frustrada maternidad.

 

Tormenta y pasión del gótico tropical

En síntesis, De un mundo raro, de Solange Rodríguez Pappe, es un cuentario que construye sus relatos a partir de la libertad de la imaginación, como otra aproximación que tiene el conocimiento para desentrañar los niveles ocultos de lo real; un libro que, a partir de la ironía y el humor para enfrentar la muerte y los miedos a lo sobrenatural, destruye la dicotomía racional entre lo real y lo fantástico construyendo un mundo que los contiene a ambos en lo cotidiano; un libro en el que algunas de sus historias suceden en tiempos apocalípticos y mundos distópicos como para decirnos que vivimos en un apocalipsis permanente; un libro que incorpora la oralidad del folklore en el rito solitario que integra escritura y lectura: «Ahora, lector, prende fuego y aquieta el alma, que tengo algo que contarte para pasar a noche breve que es esta vida…»[6].



[1] Rodríguez Pappe, «Una poética», en De un mundo…, 17.

[2] Rodríguez Pappe, «Una poética» …, 21.

[3] Rodríguez Pappe, «Noche de difuntos», en De un mundo…, 30.

[4] Rodríguez Pappe, «El mar espera entre las astas de los ciervos», en De un mundo…, 112.

[5] Rodríguez Pappe, «Calamidad doméstica» …, 149.

[6] Rodríguez Pappe, «Imaginatio vera» …, 173.


lunes, diciembre 05, 2022

«Sacrificios humanos», de María Fernando Ampuero: galería asfixiante de monstruos

María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976)
Al hablar de la imaginaria hermana de Shakespeare, tan genial y apasionada por el teatro como él, Virginia Wolf, aparte de señalar la imposibilidad histórica de que una mujer compusiera las piezas de Shakespeare en el tiempo de Shakespeare, dice: «Vivir una vida libre en Londres en el siglo XVI tiene que haber significado para una mujer que era también poeta y dramaturgo una tensión nerviosa y un dilema que bien pudieron matarla. Si hubiera sobrevivido, todo lo escrito por ella hubiera sido retorcido y deforme, fruto de una forzada y mórbida imaginación»[1]. En la Hispanoamérica del siglo XXI, esa mujer, genial y apasionada, existe en la escritura y es una sororidad sobreviviente a los dilemas y tensiones de un mundo patriarcal, violento y de espíritu mórbido. En Sacrificios humanos, María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), desde la atmósfera de un gótico del trópico que ha trasladado la campiña medieval a la urbe contemporánea, desarrolla lo monstruoso en cada cuento y asistimos al espectáculo de una galería asfixiante de monstruos sin posibilidad de redención a partir de una imaginación libérrima.

Son historias que, en la tradición de Mary Shelley, E.T.A. Hoffman y Horacio Quiroga —como en el relato «Sanguijuelas», que introduce la perversión polimorfa de la niñez frente al infante considerado socialmente monstruoso y que es un guiño a «La gallina degollada», de Quiroga—, incorporan los elementos que se desprenden del gótico del romanticismo del siglo XIX en historias y escenarios contemporáneos: la casa tenebrosa acompañada de la violencia intrafamiliar; la recuperación de la oralidad popular para potenciar el terror y lo sobrenatural; la presencia de seres de ultratumba en combinación con seres violentos en el mundo patriarcal de los vivos; todo ello, en medio de personajes que luchan dentro de sí mismos contra sentimientos depresivos, angustiantes, morbosos.

La heroína rebelde de sus historias se enfrenta a la violencia del patriarcado, se va en contra de las convenciones y disfruta de la sexualidad libre. «Biografía», texto que abre el cuentario, es una joya del horror gótico que, en su construcción narrativa, añade una profunda consciencia social sobre la violencia misógina de la que es víctima la protagonista. La heroína del cuento es una migrante que intenta sobrevivir en un mundo hostil a la mujer, al pobre y al extranjero y que es consciente de la distancia irónica que existe entre la vida y la escritura: «En estas circunstancias escribir es la cosa más inútil del mundo. Es un saber ridículo, un lastre, una fantochada. Escribana extranjera de un mundo que la odia»[2].

El cuento está narrado desde un yo femenino que toma distancia de sí mismo y se muestra desde una interpelación que involucra a quien lee en el horror de la historia. Asimismo, el cuento propone una curiosa y original combinación de desarrollo de la historia en tono de hiperrealismo sucio y su resolución en clave sobrenatural. La casa siniestra de la campiña lejos de la urbe ha reemplazado a la casa de atmósfera tenebrosa de Cumbres borrascosas y los espectros de las víctimas y de la madre de los victimarios son la presencia de una sororidad de ultratumba que acompaña a la heroína en la huida que habrá de salvar su vida: «Véanlas, véanlas. Al costado del camino, como sombras, me ven pasar y sonríen, hermanas de migración. Susurran: cuenta nuestra historia, cuenta nuestra historia, cuenta nuestra historia. Véanla, véanla. Apenas un reflejo de cabeza blanca y vestido de florecitas que me bendice como todas las madres: haciendo con sus manos la señal de la cruz»[3].

Obtuvo el XLIII Premio Tigre Juan, 2021
            Y ese terror que hilvana la vida de ultratumba se manifiesta, en un espeluznante tono narrativo que es gótico del trópico, en «Elegidas»: «La noche era propicia para rituales de sexo, muerte y resurrección […] Nos bajamos del carro y entramos en hilera al cementerio a bailar a la luz de la luna de sangre agitando nuestros vestidos claros y nuestras melenas nocturnas»[4]. Aquí estamos ante una historia bañada de necrofilia que encierra en medio de su horror, un horror mayor: el de la marginación social de quienes no calzan en la belleza hegemónica y de clase. El horror de la violencia cotidiana y su mezcla sutil con lo sobrenatural, la presencia de los muertos en el mundo vivo no solo como entes fantasmales sino como presencias materializadas, los traumas de infancia y la alienación en la estética de los cuerpos, están conjugados con mano maestra en «Hermanita». La casa tenebrosa, la piscina inmunda, la habitación gélida de la muerte como elementos que constituyen el gótico urbano del trópico y que se resumen en la sentencia premonitoria del relato: «El trópico todo lo degrada, lo envilece»[5].

Sacrificios humanos, de María Fernanda Ampuero, es un cuentario de escritura impecable, cuyas historias dejan sin respiro a quien las lee, y nos confronta con nuestros propios terrores para que, en mitad de esa habitación tenebrosa que es la escritura, lancemos «un grito como un eclipse total»[6].  

 

PS: La foto de María Fernando Ampuero, tomada en Cuenca, durante el XIV Encuentro de Literatura Alfonso Carrasco Vintimilla, apareció en el post de su cuenta de Twitter @mariafernandamp del 24 de noviembvre de 2022.



[1] Virginia Woolf, Una habitación propia [1929], traducción de Jorge Luis Borges (Barcelona: Penguin Random House, 2020), 66.

[2] María Fernanda Ampuero, «Biografía», en Sacrificios humanos (Madrid: Editorial Páginas de Espuma, 2021, impreso en Ecuador), 14.

[3] Ampuero, «Biografía» …, 33.

[4] Ampuero, «Elegidas» …, 62-63.

[5] Ampuero, «Hermanita» …, 72.

[6] Ampuero, «Sanguijuelas» …, 87.


miércoles, diciembre 24, 2014

La noche mala del mall

Cuento de Navidad

para Marisol y Alberto


Galo Galecio, Navidad en los Andes, 1950, MAAC
            No los dejaron entrar. Nuestros guardias están bien entrenados. Aquellos intrusos argumentaron que ocuparían su sitio en la plazoleta, pero no se les permitió el paso. Seguridad ante todo. ¡También a quién se le ocurre llegar en un burro cargado de ollas, un baulito con quién sabe qué cachivaches y dos impúdicos petates! Ese par de campesinos desarrapados era una mancha antiestética en la alegre elegancia del mall. Y, además, quién sabe... en estos tiempos no se puede confiar. La Navidad requiere de tanto esfuerzo para que todo salga bien, que uno termina agotado. Por lo mismo es importante organizar la caridad de la misma manera cómo se organiza la exhibición de regalos. El estacionamiento está abarrotado y los carros son toros bufando, listos para la embestida ciega; la gente en los pasillos es un rebaño de ovejas balando excitado por un sendero angosto. Hay que cuidarse de todos y a todos hay que cuidar. Si ese hombre y su mujer querían sus pascuas, por Dios, que regresaran el día 26 e hicieran cola en la puerta de descarga igual que todos los pobres; pero no ahora, no la noche del 24 cuando todo tiene que salir a la perfección.
            Pasado el incómodo suceso, comprobado que los guardias cumplían las consignas sin titubeos, satisfecho porque la clientela no se enteró de la escena, el administrador continuó su ronda. El mall era un edificio luminoso y feliz. Las vitrinas lucían perfectas guirnaldas verdes y rojas, lucecitas de perfecta intermitencia, letreros con perfectas letras hechas de escarcha dorada en los que se leía Merry Christmas. Desperdigados por varios rincones del mall, los Papa Noel, tocaban una campana que sostenían en la mano derecha, reían y saludaban deseando a todos feliz navidad y merry christmas; después se sentaban a escuchar las peticiones de los niños. A su alrededor, esparcida en el piso, la nieve simulada por bolitas de plumafón convencía a todos de que, al fin, la ciudad empezaba a parecerse a las ciudades del primer mundo, donde en diciembre, bendito sea, nieva. Gracias al administrador del mall, que tenía una alta estimación por el folclor, junto a We wish you a Merry Christmas..., se escuchaba como música ambiental Dulce Jesús mío, mi niño adorado...
            Este año, en la plazoleta del mall, el administrador había mandado a construir un nacimiento autóctono. Se trataba de una casita como las que existen en las fincas de la zona cafetalera; la casita, que no tenía pared frontal, estaba rodeada de muñecos de cera, de tamaño natural, que representaban a campesinos luciendo sombreros de paja toquilla; reproducciones de vacas y toretes que pacían despreocupados, como si no existiesen las plazas de toros, de chanchos que almacenaban medidas infartantes de colesterol, chivos que ignoraban el destino de su carne remojada en cerveza la noche anterior a ser servida como seco, y hasta perros de la raza preferida por la sanidad. En las afueras del mall, el brillo eléctrico de una estrella coronaba la copa de un gigantesco árbol de Navidad. Afortunadamente, ese trío de mojinos, burro incluido, había desaparecido. El administrador sonrió por su ocurrencia. Todo estaba perfecto; igual que en Nueva York.
            Nada podía fallar pero, para el asombro del perfecto administrador y los perfectos clientes en sus bolsas repletas de regalos perfectamente empacados, falló lo principal. Lo inesperado sucedió en un parpadeo. Nadie pudo explicarse de qué manera los muñecos de cera que representaban a la autóctona Sagrada Familia se desvanecieron. La gente se indignó y se imaginó ladrones desalmados. El administrador se acordó de aquellos intrusos, aparentemente inocentes, y despidió de inmediato al ingenuo Jefe de Seguridad.
            Al mismo tiempo, en una finca de la zona cafetalera, una pareja de campesinos se regocijaba con el nacimiento de su hijo que dormía acurrucado sobre un pesebre con el rostro todavía arrugado debido al esfuerzo del parto. Un burro y una vaca los rodeaban apacibles. El azul intenso de una estrella crupcrullaba en el firmamento.

De Vastas soledades breves, 2004.