José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

sábado, febrero 27, 2016

Cortázar, los intelectuales y Cuba



Retamar y Cortázar, en Casa, 1979.
La relación de Cortázar con Roberto Fernández Retamar y la Casa de las Américas fue la de una amistad sólida en lo personal y nunca complaciente en la esfera de lo político, que comenzó en 1963, en los años iniciales del proceso revolucionario cubano. Existen dos cartas, en medio de la copiosa correspondencia entre Cortázar y Retamar, que he considerado emblemáticas para ejemplificar el compromiso solidario de Cortázar con Cuba y el socialismo, así como para entender su posición política despojada de sectarismo y expresada siempre con sentido lúdico.
La primera carta es del 10 de mayo de 1967 y fue publicada en la revista Casa en ese mismo año. Cortázar la incluyó en el tomo II de Último round (1969) con una nota que explicaba la incorporación de la carta bajo el título “Acerca de la situación del intelectual latinoamericano”, “puesto que razones de gorilato mayor impiden que la revista citada llegue al público latinoamericano”[1]. Lo primero que hace Cortázar es quitarle solemnidad al tono de lo que implica el tratamiento de tal asunto volviéndolo coloquial y ubica su propio lugar de enunciación, que es el de un escritor de ficción y no el de un teórico de la política: “…me considero sobre todo como un cronopio que escribe cuentos y novelas sin otro fin que el perseguido ardorosamente por todos los cronopios, es decir su regocijo personal”. Casi enseguida, ensaya una primera definición del asunto que sintetiza en esta frase: “En última instancia, tú y yo sabemos de sobra que el problema del intelectual contemporáneo es uno solo, el de la paz fundada en la justicia social”.
En la carta, Cortázar desarrolla el tema del desarraigo del escritor. Reconoce, desde un inicio, la dificultad que entraña para él hablar sobre el intelectual latinoamericano toda vez que se marchó de Argentina en 1951 y que ha hecho de Francia su casa. Cortázar dice que en Francia, lugar con el que se siente plenamente identificado para vivir, escribir y envejecer dado su temperamento, descubrió el sentido de lo latinoamericano. “De mi país se alejó un escritor para quien la realidad, como la imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro; en París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad”. Cortázar reconoce que sus dos viajes a Cuba, que fueron su retorno a Latinoamérica, al mismo tiempo, marcaron su adhesión final al socialismo:

Comprendí que el socialismo, que hasta entonces me había parecido una corriente histórica aceptable e incluso necesaria era la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano esencial, en el ethos tan elemental como ignorado por las sociedades en que me tocaba vivir, en el simple, inconcebiblemente difícil y simple principio de que la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre.[2]

En esta carta a Retamar, y dado su tono coloquial, Cortázar se muestra reacio a definiciones cerradas y prefiere evidenciar sus dudas personales en lo que se refiere a su propia militancia. Esta actitud de duda permanente, de búsqueda de sus propias contradicciones, de evitar frases solemnes, es un testimonio de la sencillez de Cortázar al momento de enfrentar temas complejos. No obstante, al momento de afirmar su compromiso político deja en claro lo que significa su acción personal y lo que tiene que ver con su escritura. No está de acuerdo con “el arte al servicio de las masas” pero, al mismo tiempo, considera que todo escritor debe ser “testigo de su tiempo”. Sobre esta dicotomía están asentadas sus definiciones ética y estética. Esta postura es resumida así:

Por una parte, mi hasta entonces vago compromiso personal e intelectual con la lucha por el socialismo entraría, como ha entrado, en un terreno de definiciones concretas, de colaboración personal allí donde pudiera ser útil. Por otra parte, mi trabajo de escritor continuaría el rumbo que le marca mi manera de ser, y aunque en algún momento pudiera reflejar ese compromiso (como algún cuento que conoces y que ocurre en tu tierra) [“Reunión”] lo haría por las mismas razones de libertad estética que ahora me están llevando a escribir una novela que ocurre prácticamente fuera del tiempo y del espacio históricos [62 Modelo para armar].[3]

Cortázar, en nombre de la libertad de creación literaria, no renuncia a los textos experimentales y, por esa misma libertad, tampoco renuncia a la inclusión de asuntos explícitamente políticos en sus textos. Al final de la carta, cita las declaraciones de Robert McNamara, secretario de Defensa, difundidas por la UPI, quien especula sobre la explosión de “un número relativamente pequeño de ojivas nucleares” destinadas a destruir cincuenta urbes de China para acabar con la mitad de la población urbana (algo así como cincuenta millones de personas), sus dirigentes, sus técnicos y obreros especializados. Cortázar concluye, en términos éticos, que “un escritor digno de tal nombre no puede volver a sus libros como si no hubiera pasado nada, no puede seguir escribiendo con el confortable sentimiento de que su misión se cumple en el mero ejercicio de una vocación de novelista, de poeta o de dramaturgo”[4].
Claro está, Cortázar propone una ética para los escritores que quieren comprometerse con el ser humano y la construcción de una sociedad justa y solidaria. Esta cuestión tal vez resulta inentendible hoy en que los escritores están obsesionados con el mercado editorial, con aparecer en la lista de los libros más vendidos, y con la idea de ser partícipes de la serie de premios literarios amañados para promover la carrera literaria de algún elegido, un concepto que a nuestro cronopio le es extraño. En la entrevista de LIFE, él mismo se encarga de resaltar su actitud de aficionado: “La verdad es que la literatura con mayúscula me importa un bledo; lo único interesante es buscarse y a veces encontrarse en ese combate con la palabra que después dará el objeto llamado libro”[5].

El Che, La Higuera, Bolivia, 1969.
La segunda carta, fechada en París el 29 de octubre de 1967, responde a un acontecimiento luctuoso para el movimiento revolucionario como fue la ejecución del Che en Bolivia, el 9 de aquel mes y año. Se trata de un texto íntimo, en el que Cortázar expresa toda la carga de dolor que lleva encima tras conocer la noticia sobre la muerte del Che y de qué manera la escritura se vuelve una dificultad frente a la fatalidad de los hechos. Después de contar que ha vuelto de Argel, donde ha leído una y otra vez la noticia en los diarios sin querer aceptarla como verdad, y que ha recibido el mensaje para que escriba un texto sobre el suceso, Cortázar le responde a Retamar con una reflexión cargada de profunda tristeza: “La verdad es que la escritura, hoy frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que el silencio, hasta quién sabe cuándo”[6]. Cortázar le cuenta que no ha podido cumplir con el pedido de Lisandro Otero de escribir 150 palabras para Cuba, “como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo, como monedas”, y que en Argel, en la oficina del organismo internacional donde estaba trabajando, “me encerré una y otra vez en el baño para llorar”. Al final, le envía el texto que fue capaz de escribir, “esto que nació como un poema y que quiere que tengas y que guardes para que estemos más juntos”, y que transcribo completo dado su valor histórico y literario:

Che

Yo tuve un hermano.
No nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.

Lo quise a mi modo
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.[7]

Otro texto que ratifica el compromiso de Cortázar con el proceso revolucionario cubano se dio durante el así llamado “caso Padilla”, un episodio tristemente célebre que sirvió de pretexto para que muchos intelectuales rompieran con Cuba y su revolución. El caso Padilla, a la distancia, es un ejemplo de la intolerancia y las exclusiones que se presentan durante un proceso revolucionario, y dado que el socialismo está pensando como un sistema liberador del neocolonialismo, tanto económico como ideológico, un episodio como aquel constituye un hecho que enajena la libertad del individuo y refuerza el poder represivo del Estado sobre el individuo. Pero este suceso que hizo que muchos intelectuales se espantaran del proceso cubano, tuvo en Cortázar a un escritor crítico y autocrítico que se mantuvo solidario con Cuba, a contracorriente del mundillo cultural, pues entendió que los procesos revolucionarios son hechos por seres humanos y no por ángeles incapaces de contaminarse. A Vargas Llosa, por el contrario, el “caso Padilla” le sirvió para romper no solo con Cuba sino con el socialismo. Desde entonces, el camino político de Vargas Llosa lo ha llevado a convertirse en un intelectual orgánico de los banqueros latinoamericanos y en un propagandista del capitalismo, como el sistema ideal que marca el fin de la historia.

Padilla y Roque Dalton, La Habana, 1966.
Adjunto a una nota dirigida a Haydée Santamaría, fechada en París el 23 de mayo de 1971, Cortázar le envía el texto titulado “Policrítica en la hora de los chacales”, que, según sus propias palabras, “no es una carta, ni un ensayo, ni un documento político bien razonado; es lo que nace de mí en una hora muy amarga pero en la que hay sin embargo una plena confianza en muchas cosas, y sobre todo en la Revolución”[8]. El texto es una toma de partido por la Revolución cubana en el momento más complejo de su relación con los intelectuales. Su lenguaje es combativo, sin ambages, indignado; y su crítica está centrada contra la tergiversación de los hechos difundida por las agencias transnacionales de la información como parte de la propaganda anticubana, y contra la idea liberal del escritor en tanto espíritu solitario y comprometido únicamente consigo mismo. Y, al mismo tiempo, su crítica va dirigida a la manera cómo el Estado cubano asumió el “caso Padilla”.
El texto se abre con una frase provocadora: “De qué sirve escribir buena prosa, / […] si al otro día los periódicos, los consejeros, las agencias, / los policías disfrazados, / los asesores del gorila, los abogados de los trusts / se encargarán de la versión más adecuada para consumo de inocentes o de crápulas”[9]. El tono del texto rezuma indignación debido a la manipulación que la prensa capitalista hizo del “caso Padilla”, tergiversando, por ejemplo, la posición del propio Cortázar frente al hecho y que este cita[10]: “No me excuso de nada, y sobre todo / no me excuso de este lenguaje, / es la hora del Chacal, de los chacales y de sus obedientes: / los mando a todos a la reputa madre que los parió, / y digo lo que vivo y lo que siento y lo que sufro y lo que espero”. El lenguaje indignado, más bien raro en él, que Cortázar utiliza en el texto y las sutilezas de su análisis político concreto de la realidad concreta que le ha tocado, dan cuenta de una posición que se esgrime desde el más profundo convencimiento político.
Cortázar cuestiona la noción misma del escritor en tanto un individuo que está más preocupado por su nombre y su carrera literaria., antes que por el desarrollo de los procesos sociales de su tiempo, buscando una comprensión todos los complejos conflictos que estos conllevan, toda vez que son obras de seres humanos y no de ángeles: “Todo escritor, Narciso, se masturba / defendiendo su nombre, el Occidente / lo ha llamado de orgullo solitario. ¿quién soy yo / frente a pueblos que luchan por la sal y la vida, / con qué derecho he de llenar más páginas con negaciones y opiniones personales?”. Cortázar, en todo caso, no asume la posición moralista de quien critica a los demás sino que se asume como parte de ese universo de escritores que carecen de la dimensión política y humana para comprender las contradicciones de los procesos revolucionarios, es decir, asume esa mala conciencia pequeño burguesa, que nos carcome a casi todos los escritores y artistas, en toda la extensión: “y si hoy me aparto para siempre del liberal a la violeta, de los que firmas los virtuosos textos / por-que-Cu-ba-no-es-eso-que-e-xi-gen-sus-es-que-mas-de-bu-fe-te, /no me creo excepción, soy como ellos, qué habré hecho por Cuba más allá del amor, / qué habré dado por Cuba más allá de un deseo, una esperanza”.
La solidaridad de Cortázar es una adhesión crítica: “Nadie espere de mí el elogio fácil, / pero hoy es más que nunca tiempo de decisión y de aguas claras: / diálogo pido, encuentra en las borrascas, policríticas diaria”, que, inclusive, cuestiona aquello que hay que cuestionar en el momento coyuntural que el proceso cubano estaba viviendo: “no acepto la repetición de humillaciones torpes, / no acepto confesiones que llegan siempre demasiado tarde, / no acepto risas de los fariseos convencidos de que todo anda bien después de cada ejemplo, / no acepto la intimidación ni la vergüenza”. El discurso de Cortázar es complejo en la medida en que intenta abarcar todas las aristas del problema y rehúye el maniqueísmo liberal de los que encontraron en el “caso Padilla” un suceso intolerable para su liberalismo ideológico, de ahí que, a renglón seguido señala: “Y es por eso que acepto / la crítica de veras, la que viene de aquel que aguanta en el timón […] y reconozco la torpeza de pretender saberlo todo desde un mero escritorio”. En la parte final del texto, Cortázar reafirma, en medio de todos los problemas que pudiesen presentarse, su identificación con el proceso cubano desde su personal y contradictoria posición de intelectual comprometido: “Revolución hecha de hombres, / llena estarás de errores y desvíos, llena estarás de lágrimas y ausencias / […] yo soy esta palabra mano a mano como otros son tus ojos o tus músculos, / todos juntos iremos a la zafra futura, / al azúcar de un tiempo si imperios ni esclavos”.

               PD: Esta es la segunda de las cuatro entregas en las que he dividido el artículo "Cortázar: revolu-cronopio-nario", Casa de las América (La Habana) # 278 (enero - marzo 2015): 10-26. 
 

[1] Julio Cortázar, “Acerca de la situación del intelectual latinoamericano”, carta a Roberto Fernández Retamar, 10 de mayo de 1967, en Último round, t. 2, [1967], México DF, Siglo XXI Editores, 2009, pp. 265 – 280. A esta carta hace referencia una nota en la contratapa del tomo 1, de la que hablaré más adelante.
[2] Ibídem, p. 272.
[3] Ibídem, p. 274 – 5.
[4] Ibídem, p. 280.
[5] “Un gran escritor y su soledad”, p. 49.
[6] Julio Cortázar, “Carta a Roberto Fernández Retamar,  29 de octubre de 1967”, en Casa de las Américas (La Habana) No. 145 – 146 (Julio – Octubre 1984), pp. 76 – 77.
[7] Ibídem. Se puede escuchar en la voz de Julio Cortázar, en You Tube: http://youtu.be/udfvoE_Yygk 
[8] Julio Cortázar, “Carta a Haydée Santamaría, 23 de mayo de 1971”, en Casa de las Américas (La Habana) No. 145 – 146 (Julio – Octubre 1984), p. 125.
[9] Julio Cortázar, “Polícrita en la hora de los chacales”, en Casa de las Américas (La Habana) No. 145 – 146 (Julio – Octubre 1984), p. 126 – 132.
[10] “Un solo ejemplo: ‘Padilla recuperó la libertad después de una declaración autocrítica en que confesó haber proporcionado informes secretos a Cortázar… etc.’ (cable de UPI, Paris, 12/5/71, publicado en El Andino, periódico de Argentina).”, nota al pie de la página 127.

sábado, febrero 20, 2016

Cortázar, revolú-cronopio-nario



Lezama y Cotázar, La Habana, 1966.
“Más que nunca creo que la lucha en pro del socialismo latinoamericano debe enfrentar el horror cotidiano con la única actitud que un día le dará la victoria: cuidando preciosamente, celosamente, la capacidad de vivir tal como la queremos para ese futuro, con todo lo que supone de amor, de juego y de alegría”.

Julio Cortázar, Libro de Manuel, 1973.


Dijo que Julio Cortázar parecía un niño grande y que, políticamente, era un ingenuo. En La Cueva había mucha gente entusiasmada por escuchar las historias que el grupo de Barranquilla protagonizó en aquel mítico bar. Con ese sonsonete del que encubre con la fachada de chisme de vecindario lo que, en realidad, es pura y simple mala fe política, Plinio Apuleyo Mendoza comentó que los cubanos siempre utilizaron a Cortázar. En seguida, añadió que alguna vez este le contó —e imitó, con un tono bobalicón, su pronunciación afrancesada— que no entendía el porqué los diplomáticos cubanos no le quisieron recibir una ropita vieja que él mismo había llevado a la embajada de Cuba en París[1]. En medio del ambiente carnavalesco que envolvía a La Cueva, el relato de Plinio Apuleyo rezuma una perversidad política bien calculada, que se esconde tras la mascarada del cuentero de anécdotas de las que, supuestamente, ha sido testigo. Así, en el relato de Mendoza, con esa tergiversación profesional de los anticomunistas de la posguerra fría, Cortázar queda reducido a un ignorante político que actúa como una marioneta manejada por los comunistas cubanos.
Además del escritor de la experimentación permanente del texto, de la visión siempre diferente sobre los vericuetos de la realidad, de la búsqueda de todos los lenguajes, el lenguaje, Julio Cortázar también fue un escritor altamente politizado, activista de la lucha antiimperialista de los pueblos, y de aquellos que tomaron partido por el socialismo, desde la ética y sin miedo a las críticas de los ebúrneos, según su propia denominación. Pero, como era de esperarse, su actuación política nunca fue la de un dogmático sino la de alguien que, como buen cronopio, desde la sensibilidad cotidiana que está en su obra literaria y sin desdeñar la ironía ni el sentido del humor, se comprometió con el ser humano al que consideró siempre por encima del capital y el liberalismo burgués. Un auténtico revolú-cronopio-nario.


Descreimiento de la democracia burguesa

En 1969, Julio Cortázar concedió una entrevista a la revista LIFE, en Español[2], que este transformó en un texto reflexivo y que se ha convertido en un documento relevante al momento de escrutar sus ideas políticas y estéticas. El texto es una incursión en territorio ideológicamente minado, la revista LIFE, que Cortázar aprovecha para desenmascarar y, al mismo tiempo, para decir todo aquello que, en otra circunstancia o con otro personaje, no hubiera sido posible de que sea publicado en dicha revista. En términos estrictos no se trata de una respuesta a una situación coyuntural sino una crítica estructural al sistema capitalista que requiere de las empresas periodísticas para la reproducción ideológica del mismo sistema. De entrada, Cortázar deja sentada las diferencias ideológicas insalvables que lo separan a él de la prensa liberal y de cómo no se engaña frente a las veleidades democráticas de dicha prensa:

No solamente desconfío de las publicaciones norteamericanas del tipo de LIFE, en cualquier idioma que aparezcan y muy especialmente en español, sino que tengo el convencimiento de que todas ellas, por más democráticas y avanzadas que pretendan ser, han servido, sirven y servirán la causa del imperialismo norteamericano, que a su vez sirve por todos los medios la causa del capitalismo.[3]

Cortázar consigue transformar un cuestionario para una entrevista, en un artículo en el que la pauta de lo que se dice está marcada no por la urgencia de la pregunta sino por la meditación de la prosa reflexiva del entrevistado. Se trata de un acto político profundo: Cortázar no cuestiona al campo ideológico contrario desde alguna idea más o menos problemática, sino que pone en cuestión su existencia misma desde la estructura de poder económico que sostiene a la prensa liberal. La desconstrucción que, en términos semióticos, realiza Cortázar al comienzo de su texto es de un contenido altamente subversivo aunque, de manera paradójica, esté limitado en sus efectos por aparecer, justamente, en la revista que es objeto de dicho análisis:

A mí me basta una ojeada a cualquier de sus números para adivinar el verdadero rostro que se oculta tras la máscara; consulten los lectores, por ejemplo, el número del 11 de marzo de 1968: en la cubierta, soldados norvietnameses ilustran una loable voluntad de información objetiva; en el interior, Jorge Luis Borges habla larga y bellamente de su vida y de su obra; en la contratapa, por fin, asoma la verdadera cara: un anuncio de Coca – Cola. Variante divertida en el número del 17 de junio del mismo año: Ho Chi Min en la tapa, y los cigarrillos Chesterfield en la contratapa. Simbólicamente, psicoanalíticamente, capitalísticamente, LIFE entrega las claves: la tapa es la máscara, la contratapa el verdadero rostro mirando hacia América Latina.[4]

Cortázar no se queda en la crítica estructural al sistema capitalista y a la prensa liberal como unos de sus instrumentos de propaganda ideológica y cultural sino que, con un lenguaje conversacional y sin poses de politólogo, avanza propositivamente hacia definiciones concretas respecto de su postura política y aclara que su “idea del socialismo no pasa por Moscú sino que nace con Marx para proyectarse hacia la realidad revolucionaria latinoamericana”[5]. Cortázar sostiene que esta última —estamos en 1969—, se expresa en la revolución cubana y en figuras como Fidel Castro y el Che Guevara. Aclara que su idea del socialismo “no se diluye en un tibio humanismo teñido de tolerancia” ni acepta la alienación intrínseca que requiere el capitalismo para reproducirse ni la que se deriva de la obediencia burocrática. Y, como parte de su actitud lúdica desde la literatura, concluye: “parafraseando el famoso verso de Mallarmé sobre Poe (me regocija el horror de los literatos puros que lean esto) creo que el socialismo, y no la vaga eternidad anunciada por el poeta y las iglesias, transformará al hombre en el hombre mismo”[6].
En esa entrevista, Cortázar deja sentada varias razones por las que es solidario con la revolución cubana, pero sobre todo porque considera que la lucha revolucionaria de Cuba nace de “la primera gran tentativa en profundidad para rescatar a América Latina del colonialismo y del subdesarrollo” y que desde Cuba se proyecta “la lucha contra el imperialismo en todos los planos materiales y mentales”[7]. Asimismo, define los motivos de su “sentimiento antiyanqui” desde una crítica que cuestiona la máscara de la democracia liberal. La respuesta de Cortázar, nuevamente, apunta a la médula de la columna vertebral de la dominación neocolonial:

…si cualquier sistema imperialista me es odioso, el neocolonialismo norteamericano disfrazado de ayuda al tercer mundo, alianza para el progreso, decenio para el desarrollo y otras boinas verdes de esa calaña me es todavía más odioso porque miente en cada etapa, finge la democracia que niega cotidianamente a sus ciudadanos negros, gasta millones en una política cultural y artísticas destinada a fabricar una imagen paternal y generosa en la imaginación de las masas desposeídas e ingenuas.[8]

Y, hacia el final de esta sección de la entrevista, señala que en la conferencia de la UNCTAD, a comienzos de 1968, en  Nueva Delhi, un informe oficial indicó que, en 1959, los Estados Unidos obtuvieron ganancias en Latinoamérica por 775 millones de dólares, de los que reinvirtieron 200. Pero no se piense que Cortázar fue un “antiyanqui” sectario y fanático. Como siempre tuvo claridad de qué es lo que un intelectual revolucionario tenía que combatir, a renglón seguido hace una distinción entre el capitalismo norteamericano y los valores de Lincoln, de Poe y de Whitman, y concluye: “amo en los Estados Unidos todo aquello que un día será la fuerza de su revolución, […] cuando la voz los Estados Unidos dentro y fuera de sus fronteras sea, simbólicamente, la voz de Bob Dylan y no la de Robert McNamara”[9].

PD: Esta es la primera de las cuatro entregas en las que he dividido el artículo "Cortázar: revolu-cronopio-nario", Casa de las América (La Habana) # 278 (enero - marzo 2015): 10-26.


[1] Versión libre de la conversación que Plinio Apuleyo Mendoza sostuvo con Mauricio Vargas, dentro de la programación del VIII Carnaval de las Artes, Barranquilla, el viernes 14 de febrero de 2014.
[2] Julio Cortázar (sobre preguntas de Rita Guibert), “Julio Cortázar. Un gran escritor y su soledad”, LIFE, en Español, (New York) v. XXXIII, n. 7 (7 abril 1969): 43 – 55.
[3] Ibídem, p. 45.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem.
[6] Ibídem, p. 46.
[7] Ibídem.
[8] Ibídem, p. 48.
[9] Ibídem, p. 49.

domingo, enero 17, 2016

El texto transgénero de William Ospina



           
William Ospina (Padua, Tolima, 1954)
Frankenstein, ese monstruo que es, más bien, un huérfano extraviado en medio de la crueldad del mundo, sin madre que lo haya criado y con un cuerpo hecho de retazos. El perturbador Vampiro que seduce muchachas y se alimenta de su sangre para vivir eternamente. Dos seres cuya creación constituye el leitmotiv de El año del verano que nunca llegó.
Frankenstein y el Vampiro fueron gestados en Villa Deodati, Ginebra, la noche del 16 de junio de 1816, doscientos años atrás. Ambos provienen de los misterios de nuestra naturaleza que fueron evocados tras la lectura de relatos fantásticos y del ímpeto de la escritura entendida como un acto vital. Mary Wollstonecraft Shelley y John William Polidori, los creadores de estos mitos de la modernidad romántica, escribieron Frankenstein o el moderno Prometeo y El Vampiro bajo el desafío, todo un juego creativo, de Percy Shelley, Lord Bryon, Claire Clairmont, la condesa Potocka y Matthew Lewis.
William Ospina (Padua, Tolima, 1954) ha logrado con El año del verano que nunca llegó un texto transgénero que es, al mismo tiempo, novela sobre una noche excepcional de la historia literaria, crónica autobiográfica de una escritura, y ensayo apasionado sobre el sentido del Romanticismo en la modernidad, escrito con prosa lírica inmersa en la intensa vida de poetas. Ospina disecciona con maestría la creación de esos dos mitos románticos que son Frankenstein y el Vampiro, y, al mismo tiempo, reflexiona sobre la influencia del romanticismo en la constitución del sujeto y la literatura contemporáneos.
En su texto, Ospina desarrolla las tensiones creativas de aquellos románticos de comienzos del siglo diecinueve, sus ideas sobre la libertad del individuo enfrentadas a sus vidas, las miserias de la vanidad de los poetas en la búsqueda de la autenticidad. Desgrana el proceso vital que los llevó a esa noche en Villa Deodati, pero también lo que esa noche les deparó en el resto de sus vidas. También, a partir de la crónica personal, propone la idea —no menos romántica— de que cuando un autor está escribiendo sobre un tema, parecería que los sucesos del mundo se conjugan y conjuran para presentársele en todo momento. Y así es como cuenta y cavila sobre su propio proceso creativo.
           
El año del verano que nunca llegó, de William Ospina, es una novela sobre los avatares vitales de los protagonistas del romanticismo, un ensayo sobre la constitución del espíritu romántico cargado de precisos datos historiográficos, una crónica sobre el proceso de escritura, y es también una suerte de poema en prosa cargado de filosofía. Tal como lo concibió Mary Shelley en la introducción a la edición de Frankenstein, la de 1831, que fue revisada por ella mismo: “La invención consiste en la capacidad de captar las posibilidades de un tema, y en el poder de moldear y vestir las ideas que éste sugiere”. William Ospina ha conseguido una delicada tesitura poética y una profunda meditación filosófica en este texto transgénero en el que uno saborea la sabiduría y la belleza de las palabras.