José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

miércoles, abril 10, 2013

Pubis equinoccial: erótica vs pornografía

El artículo apareció ayer en cartóNPiedra, suplemento cultural de El Telégrafo. Esta es la última de una serie de tres reflexiones sobre literatura y erotismo, a propósito de la presentación de mi libro de cuentos Pubis equinoccial.

"The room", de Jesse Therrien

He venido trabajando, desde hace diez años, en un proyecto de escritura que, finalmente, está convertido en un libro de cuentos cuyo título es Pubis equinoccial. El proyecto comenzó con la reflexión que demandó un curso de literatura erótica en la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador: creo que explorar el erotismo, desde la literatura, implica confrontar la expresión artística con la publicidad hedonista. Desde un principio, me planteé esa exploración literaria de lo erótico como un intento de adentrarme en lo más profundo, sagrado e inconfesable de la condición humana.
            La dificultad inicial fue la necesidad de ubicar en mi escritura el trazo de esa línea tenue que divide lo erótico de lo pornográfico. Es sabido que esa línea la dibuja la cultura y la sociedad al marcar el grado de permisividad ante lo sexual. Esa línea es sinuosa y también difusa, pues en los cánones culturales interviene la ideología dominante que es conservadora pero, al mismo tiempo, esa contradicción liberal que es parte de la misma ideología, y que la confronta formalmente. Su liberalidad en materia sexual está ligada a la permisividad dada por los poderes fácticos de los mass media y la globalización del espectáculo, el mercado de bienes artísticos, la religión y las instituciones eclesiales, las curadurías de museos estatales y galerías de arte, etc., no siempre de acuerdo entre sí y en muchas ocasiones en una confrontación moral, que desaparece al momento de definir un enemigo político común.
No es casual que novelas de lenguaje elemental, de un hedonismo clisé e ideológicamente conservadoras, estén siendo ampliamente promocionadas en los estantes de novedades libreras como si fueran literatura erótica, cuando es, en realidad, para-literatura de porno blando que se acopla bien a la moral dominante. Son novelas que se ajustan a lo admitido desde Playboy. La saga y epígonos de Cincuenta sombras de Grey, son ejemplo de lo dicho. Basta la siguiente frase, que la narradora de la novela dice en serio, sin un mínimo dejo de ironía —frase que está repleta de lugares comunes—, para entender de qué estoy hablando: “El sexo es alucinante, y él es rico, y guapo, pero todo eso no vale nada sin su amor, y lo más desesperante es que no sé si es capaz de amar.” ¡En el género “Corín Tellado en Vanidades” esta frase es antológica!
Existe mucha reflexión teórica al respecto, así que no estoy diciendo nada nuevo en esta materia, al menos para quienes han estudiando el asunto. Lo que hago en esta reflexión es indicar que, en el proceso de escritura de mis cuentos, sistematicé ciertas lecturas mías de la literatura erótica, sobre todo Occidental. Así pues, estoy convencido de que en lo erótico existe siempre una problemática que supera la mera descripción de las pericias sexuales, aún cuando dicha gimnasia esté descrita de manera explícita. Lo erótico, desde esta perspectiva, implica siempre una problematización de la esfera sexual en la vida, ya que lo sexual es realización del deseo, expresión de la frustración, búsqueda de la transgresión, anhelo de las fantasías, etc. Esa problematización se da porque las prácticas sexuales del ser humano tienen consecuencias vitales en su espíritu, ya sea por la herencia judía-cristina de la culpa, ya por la conjunción de vida y muerte en el orgasmo, ya por el carácter efímero del goce.
En lo pornográfico, por el contrario, no existe mayor problemática y tanto la gimnasia sexual como la genitalidad ocupan siempre el primer plano. Ni la historia que se cuenta, ni la escenografía que la ambienta, ni el lenguaje que se utiliza importan demasiado. El punto de vista narrativo, de la palabra o de la imagen, está centrado en la proeza sexual de la genitalidad. La pornografía, en términos generales, termina siendo conservadora porque es incapaz de transgredir la línea de permisividad sexual de la cultura dominante. Y el porno blando lo es aún más: de ahí que los grandes monopolios de la información y el espectáculo promocionen tanto a Hugh Hefner y sus conejitas; y, claro, a los imitadores locales como Soho. A fin de cuentas, se trata del negocio más sexista del mundo; un hedonismo conservador con fachada liberal. 

Pubis equinoccial será presentado en la FILBO 2013, el sábado 20 de abril, en el salón Porfirio Barba Jacob, a las 6 pm. Participarán en el conversatorio Guido Tamayo, Alicia Ortega y el autor. Quedan cordialmente invitados.
La idea básica al escribir Pubis equinoccial fue que los personajes y sus situaciones tenían que permanecer en un espacio de transgresión, desde su propio conflicto vital. Esa transgresión implica un choque contra la cultura dominante, sobre todo con aquella que confunde el erotismo con el porno blando, con aquella que es permisiva con los desnudos publicitarios, tipo portada de Vistazo, pero no con el cuerpo desnudo en conflicto vital. El tratamiento de lo erótico, a partir del drama de los personajes, pretende, deliberadamente, confrontar al lector con sus propios temores y, al mismo tiempo, transgredir la moralidad conservadora de la cultura dominante, sobre todo aquella travestida de liberalismo. Haber conseguido lo dicho en los cuentos, o no haberlo conseguido, es algo que ya no me toca decirlo a mí.

lunes, abril 01, 2013

Lo erótico en medio de una sociedad violenta



El artículo apareció ayer en cartóNPiedra, suplemento cultural de El Telégrafo, con la ilustración de arriba. Esta es la segunda de una serie de tres reflexiones sobre literatura y erotismo, a propósito de la presentación de mi libro de cuentos Pubis equinoccial, el sábado 20 de abril a las 6 pm en el salón Porfirio Barba Jacob, de Corferias, en la Feria del Libro de Bogotá 2013.

En El oficio de escritor, que recoge dieciocho entrevistas a otros tantos escritores publicadas por The Paris Review, Henry Miller, entrevistado en septiembre de 1961, en Londres, afirma que está a favor de la obscenidad y en contra de la pornografía. Al explicar el aserto señala: “Lo obsceno sería lo directo y la pornografía sería lo sinuoso. Creo en decir la verdad, con toda frialdad y, de ser necesario, con intención ofensiva, sin disfrazarla. En otras palabras, la obscenidad es un proceso de saneamiento, mientras que la pornografía sólo aumenta la tenebrosidad.” El proceso de saneamiento tiene que ver con el derrumbamiento de los tabúes, ya que según él, cuando se transgrede un tabú, “sucede algo bueno, algo vitalizante.” Con esta afirmación, Miller resignificó lo obsceno dándole una carga liberadora y creativa del individuo.
 Hoy, el imperio mediático en el mundo es el vehículo de las mayores agresiones al ser humano a través de la estética del porno blando. Algunos de los así llamados realities, por ejemplo, no dudan en mostrar las miserias de la promiscuidad al que se someten sus protagonistas para que el programa gane audiencia y cada uno de ellos un poco de fama. Los periódicos de crónica roja, tabloides del peor sentido estético y ético, mezclan la pornoviolencia de la muerte de los pobres —porque, eso sí, además son clasistas al momento de seleccionara los cadáveres que exhiben— con desnudos de mujeres —siempre el cuerpo de la mujer como espacio de la violación visual del público masculino—. Por supuesto, tales expresiones mercantiles de los mass media no transgreden tabú algún sino que, por el contrario, bajo la máscara de liberalismo, en realidad, deforman el sentido liberador de la sexualidad y lo convierten en la afirmación de los prejuicios sexuales de la peor especie.
Es indispensable, entonces, que la sexualidad sea entendida como un elemento transgresor, que libere al individuo de sus taras atávicas y que, en un sentido general, lo sane y lo purifique en la medida en que sea capaz de asumir el erotismo como una búsqueda permanente y una práctica vital que rompe tabúes. La literatura erótica, en ese sentido, es la evidencia la confrontación del ser humano contra los tabúes sexuales impuestos por el conservadurismo de las sociedades modernas.
Una experiencia de escritura en el sentido descrito arriba la plasmé en mi cuento “Bajo el signo de Isis”, que fue uno de los cinco cuentos ganadores del primer premio del concurso internacional “Sexto Continente del Relato Erótico”, 2010, convocado por editorial Irreverentes y el programa Sexto Continente de Radio Nacional de España. Con motivo del premio, Patricia Villarroel, corresponsal de El Universo, me hizo una entrevista en Madrid, el viernes 9 de julio de aquel año. La entrevista, sin ninguna explicación posterior y a pesar de haber sido solicitada especialmente por la corresponsal, jamás fue publicada por el periódico de marras; sin embargo, la periodista tuvo la suficiente seriedad profesional y la publicó, finalmente, en un periódico online: http://www.raizecuador.com Yo la reproduje en la entrada del 15 de noviembre de 2010, de este blog , a propósito de que "Bajo el signo de Isis" apareció en la antología El sabor de tu piel, publicada por la editorial Irreverentes, en España. http://acoso-textual.blogspot.com/2010/11/lo-erotico-permite-adentrarse-en-lo.html
En dicha entrevista, señalé que la idea central del cuento es la de una relación amorosa que por el tiempo que lleva tiene una búsqueda y una exploración del eros de la pareja que transgrede ciertas convenciones. Es una exploración sobre una forma de placer considerada tabú, puesto que se trata de un tipo de relación sexual de la que no se habla, en la medida en que se la considera una práctica escatológica. La ruptura del tabú residiría en el hecho de que, para los personajes del cuento, esa búsqueda se da desde una exploración en paralelo y con un sentido igualitario.

En los cuentos que conforman Pubis equinoccial he querido presentar el conflicto individual de cada personaje atravesado por la sexualidad problematizada. La mayor parte de las veces, la narración está construida con un lenguaje directo, realista, si se quiere, en lo relacionado con las descripciones, y buscando diferentes niveles metafóricos. El lenguaje de los cuentos es sexual y directo, enmarcado en situaciones que destruyen el ambiente hedónico que algunos personajes intentan crear. La realización del deseo es posible pero también es efímera, y la soledad se convierte en la única realidad permanente. La temática erótica me ha exigido un lenguaje que transitara sin caer, como sobre una cuerda floja, encima del abismo de la pornografía y el lugar común.
Concibo, en Pubis equinoccial, el lenguaje de la literatura erótica como la consecuencia de una tensión permanente entre el placer hedónico y la complejidad que conlleva la realización del deseo, entre las urgencias de la excitación que provoca la genitalidad al descubierto y el tormento que implica el proceso creativo al trabajar con esa materia. Siguiendo a Henry Miller, el sentido de lo erótico implica una práctica liberadora de los prejuicios sexuales del individuo frente a sí mismo y al Otro. Y, sobre todo, un amor profundo en el amplio sentido de la sentencia de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.

domingo, marzo 24, 2013

La transgresión del lenguaje erótico


El artículo apareció hoy en cartóNPiedra, suplemento cultural de El Telégrafo, con la ilustración de arriba. Esta es la primera de una serie de tres reflexiones sobre literatura y erotismo, a propósito de la presentación de mi libro de cuentos Pubis equinoccial, el sábado 20 de abril a las 6 pm en el salón Porfirio Barba Jacob, de Corferias, en la Feria del Libro de Bogotá 2013.

Recientemente releí Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, premio La Sonrisa Vertical, 1989. Lo que me seduce de aquella novela es la dureza de su lenguaje directo en medio del conflicto espiritual del personaje; obsceno, en el sentido transgresor que tiene el término; un lenguaje, a veces brutal, que utilizando los códigos de la pornografía, consigue resignificarlos; en definitiva, un lenguaje sin las concesiones al pudor que suele utilizar el porno blando de esa paraliteratura hedonista que hoy está de moda.
Lulú es la joven vitalmente seducida por la presencia adulta de Pablo, amigo de la familia. Cuando se convierten en pareja, ella se entrega a la tutela erótica de su hombre. El equilibrio entre la aventura erótica y el sosiego cotidiano de la aprendiz estaba garantizado con su maestro: “Pablo tenía muy clara la frontera entre la luz y las sombras, y jamás mezclaba una cosa, solamente una dosis de cada cosa, con la otra, la serena placidez de nuestra vida cotidiana. Con él era muy fácil atravesar la raya y regresar sana y salva al otro lado, caminar por la cuerda floja era fácil, mientras él estaba allí, sosteniéndome. Luego, lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos. Él se encargaba de todo lo demás.”


Pero, como sucede con las historias del aprendiz y el maestro, Lulú se independiza del tutelaje de Pablo y emprende un camino por sí sola, que la conduce a los más abyectos abismos de la exploración del deseo. Al final de ese viaje, se da cuenta de que la realización plena del eros requiere de un ingrediente espiritual, que ella había extraviado, para alcanzar la plenitud.
Almudena Grandes desarrolló en esta, su primera novela que en 1990 fue llevada al cine por Bigas Luna, el proceso de educación sentimental de una mujer adolescente que crece, en términos eróticos, hasta volverse una adulta capaz de entregar su cuerpo al deseo, en el límite de la resistencia física y espiritual. Un texto narrativo escrito con un lenguaje profundamente representativo del conflicto íntimo de los personajes y que combina ciertos códigos de la pornografía con los del suspenso y el drama sentimental, para lograr una paradigmática novela erótica.
Elogio a la madrastra, de ese intelectual políticamente esquizofrénico que es Mario Vargas Llosa, es una novela corta, de 1988, cuya intriga desarrolla el proceso de corrupción de doña Lucrecia, esposa de don Rigoberto, por parte de Fonchito, el niño púber que es su hijastro. Al mismo tiempo, la novela es una profunda y estéticamente hermosa reflexión, entretejida en la trama de los juegos eróticos de los personajes, sobre seis pinturas: Candaules, rey de Lidia, muestra su mujer al primer ministro Giges, 1648, de Jacob Jordaens; Diana después de su baño, 1742, de François Boucher; Venus con el Amor y la Música, c. 1555, de Tiziano Vecellio; Cabeza I, 1848, de Francis Bacon; Camino a Mendieta 10, 1977, de Fernando de Szyszlo; y La Anunciación, c.  1437, de Fra Angélico.
En Elogio a la madrastra la perversión está concebida de manera inversa a los límites establecidos por la permisividad sexual dominante: no es la madrastra quien corrompe al niño, lo que sería censurable pero, finalmente, admitido por el porno blando liberal, sino que es el niño quien, carente de culpa en una magistral construcción literaria del perverso polimorfo, termina por corromper a la mujer adulta.
Así, Vargas Llosa ha transgredido la moral convencional y, tal vez por ser un intelectual orgánico de la derecha mundial, es que la crítica mediática ha preferido no leer en esta novela el inmenso poder de destrucción que el texto tiene de lo políticamente correcto; ese formulismo consolidado por la estrategia del poder mediático para imponer una moral pacata en el mundo político, tener a los políticos siempre en la mira y al borde del chantaje mediático, y erigirse en Torquemada de la posmodernidad. Vargas Llosa pone al descubierto la inconfesable perversión del ser humano y de qué manera la búsqueda amoral del placer se estrella contra sí misma.
Pero la transgresión va más allá. Tres de los cuadros insertados en la novela son desnudos. Los otros son dos abstractos y uno es religioso. Vargas Llosa, por la fuerza del lenguaje literario, los ha erotizado a todos, incluido La Anunciación. Con este último cuadro, Vargas Llosa ha logrado, en el intercambio de sentidos de la trama, la transgresión mayor pues convirtió en mujer a una virgen que se muestra turbada ante la visita del ángel. María ve al ángel como un joven hermoso y no puede sostener su mirada: “¿Eso será magnificado a todo el cuerpo, lo que sienten las muchachas cuando se enamoran? ¿Esa calor que no viene de afuera, sino de adentro del cuerpo, del fondo del corazón?”. Esa turbación de María es paralela a la de Lucrecia cuando, seducida por Fonchito, se entrega a su deseo.
El mérito estético de estas dos novelas eróticas es que ambas construyen un lenguaje literario que transgrede, de manera radical, el hedonismo políticamente correcto de la cultura dominante.