(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

lunes, noviembre 30, 2015

Los colores del llanto, la ira y la ternura


"Mientras viva siempre te recuerdo", en la sala central de la biblioteca Julio Mario Santo Domingo.

 “He pintado como si gritase desesperadamente, y mi grito fue sumado a todos los gritos que la humillación exprime, la angustia del tiempo que nos tocó vivir”, ha dicho Oswaldo Guayasamín (1919 – 1999).
La de Guayasamín es una obra artística que transita, en los primeros años (Huacayñán), por la vanguardia indigenista, evidenciado un aprendizaje que le viene de Picasso. Luego, una etapa que llevan en sí la fuerza demoledora de un trazo expresionista acoplado a un discurso potente de su plástica (La edad de la ira). Finalmente, en recuerdo de su madre, Guayasamín suaviza las formas, llena de luz y colores vivos la última etapa de su producción (Mientras viva siempre te recuerdo).
Instalando "De la ira a la ternura" en la Embajada de Ecuador.
El 1 de noviembre llegaron desde Quito cuarenta obras gráficas al auditorio de la Embajada. Al día siguiente, de 10 am a 8 pm, una parte de serie fue instalada en el auditorio de la Embajada. Esta serie gráfica denominada “De la ira a la ternura”, es exhibida desde el 3 de diciembre, ya completa, en el Centro Cultural Gabriel García Márquez.
El martes 3 de noviembre llegaron a la biblioteca Julio Mario Santo Domingo cuarenta y tres obras y el montaje se realizó durante todo el día, hasta las 2 de la mañana del día siguiente. El miércoles 4 llegaron a las 9 am, a la biblioteca Virgilio Barco, treinta y siete obras, y se trabajó en el montaje hasta las 6 pm.

Berenice y Pablo Guayasamín.
En los tres montajes estuvieron Berenice y Pablo Guayasamín, curadores de la muestra e hijos del maestro, quienes contaron para la instalación de las obras, con el trabajo del personal de Biblored y de la Embajada del Ecuador.
            Fue así como todo estuvo listo para que, del 5 de noviembre al 17 de diciembre, después de treinta años, una retrospectiva de la obra de Guayasamín haya visitado nuevamente Colombia. En esta ocasión, una alianza entre la Embajada de Ecuador en Colombia y la Alcaldía Mayor de Bogotá permitió que la obra del “Pintor de Iberoamérica” —según la declaración de la IX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, en 1999— se exhibiera como una contribución a la programación cultural de Bogotá Humana.

"Huacayñán" en la biblioteca Virgilio Barco.
             La primera etapa de la obra de Guayasamín es conocida como Huacayñán. Sobre esta palabra quichua, él ha dicho: “La traducción de huacayñán al español tiene varias interpretaciones. La más profunda, que me han dado los indios, es ‘el camino por el que camina la lágrima’, el pliegue del párpado inferior, antes de rodar por la mejilla”. Una muestra de treinta y siete cuadros se instaló en la biblioteca Virgilio Barco. A ella fue añadido un retrato que el maestro hiciera del ex presidente Belisario Betancur, en 1984.
En la biblioteca Julio Mario Santo Domingo, JMSD, fueron exhibidos un total de cuarenta y siete obras, pertenecientes tanto a La edad de la ira como a Mientras viva siempre te recuerdo. Un lugar destacado ocuparon los cuadros de gran formado de la serie “Mujeres llorando”. Se trata de un grupo de siete obras que, según la Fundación Guayasamín, “representa el sufrimiento del pueblo español durante su guerra civil. Cada familia perdió un esposo, un hermano, un hijo. En última instancia, solían ser las mujeres las que quedaban para lamentar su ausencia”.

"La edad de la ira", en la sala de exhibición de la biblioteca Julio Mario Santo Domingo.

De 1988 a 1998, Guayasamín pintó más de cien obras en memoria de su madre y, por extensión, como un homenaje a todas las madres: una obra simbólica de lo que para él fue siempre la defensa de la vida: “Mi madre era como el pan recién salido del horno. Me dio las dos vidas que tengo. Era y sigue siendo una tierna poesía”.

"Mientras viva siempre te recuerdo" en la  biblioteca Julio Mario Santo Domingo.

            El poeta chileno Pablo Neruda, premio Nobel de Literatura, al reflexionar sobre La edad de la ira, nos advierte sobre una particular actitud espiritual frente a ella: “Pensemos antes de entrar en su pintura, porque no nos será fácil retroceder”.
Las cenizas del maestro —fallecido el 10 de marzo de 1999— descansan “en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro”, bajo el “Árbol de la Vida”, un pino plantado por el propio Guayasamín, quien profetizó: “Siempre voy a volver. Mantengan encendida una luz”.

"Huacayñán", en la biblioteca Virgilio Barco.



lunes, noviembre 16, 2015

Que viva la música: desadaptación fallida e inspiración desangelada




           El director de Que viva la música, Carlos Moreno, ha hablado de ‘desadaptación’, de ser ‘irrespetuoso’ en la medida en que la novela es ‘irrespetuosa’, y también de que la película no está ‘basada’ sino ‘inspirada’ en la novela homónima de Andrés Caicedo. Por tanto, uno espera que el filme, en sí mismo, sea un hito cinematográfico que nos haga olvidar la novela. Pero la película está demasiado anclada a la novela y ni rompe con ella, ni se defiende por sí sola.
En la traslación de sentidos intertextuales, que son las artes y la literatura contemporáneas, diversos diálogos son posibles, pero no todo lo que es posible termina convertido en un nuevo producto artístico. Y, cuando se trata de la versión cinematográfica de una novela, la presencia del referente literario siempre será determinante por más personal que sea la lectura del director del filme. Así que no basta con decir que la obra no está “basada” sino “inspirada” en el texto literario: la sola apropiación del título de la novela por parte de la película ya convierte a esta última en subsidiaria de la primera y, por tanto, se ancla en la polisemia del texto literario.
            Lo primero que decepciona es Paulina Dávila quien, pese a su frescura y desinhibición, no encarna ni de lejos a María del Carmen Huerta, la protagonista de la novela. Su actuación de maniquí es inexpresiva y sin matices: mirada sin profundidad de sentimientos, sonrisa talla única, voz monótona, y, por si fuera poco, baila mal la salsa. Lo peor es la lectura de los textos de la novela: si bien puede ser asumida como una lectura muy personal, la ausencia de la furia que tiene el personaje de la novela contra el mundo, convierte a párrafos muy poderosos de la novela en monólogos aburridos. La actriz no tomó en cuenta que María del Carmen está rompiendo ética, estética y socialmente con su propio mundo; que no es una muchacha que anda de rumba en rumba, sino un ser atormentado que huye de la muerte; que al comienzo es una niña bien y al final se convierte en una mujer transgresora. Y para interpretar a un personaje así se requieren fuerza en la mirada, convicción en la voz, y la libertad que tiene el cuerpo cuando ya no quiere ser bello sino auténtico.
            La segunda gran decepción en Que viva la música, es, justamente, la música, que en la película cumple una función apenas decorativa. Ni la confrontación de clase que deriva de la música, ni la presencia de la salsa como expresión vitalista de una ciudad y su papel en la transformación del personaje, ni la irrupción de aquella como expresión cultural auténtica y novedosa: nada de eso existe en la película. Es más, bastaba con recrear aquel listado que Rosario Wurlitzer detalla al final de la novela para entender culturalmente el papel de la música en una época, que no perteneció solo de Cali sino a Latinoamérica. Una película que lleva ese título tenía que haber hecho de la música un elemento protagónico por sí solo y no únicamente un pretexto para el hedonismo facilón de los rumberos.
            La indefinición de la época más parece un fallo de la película antes que una propuesta de anacronismo libérrimo. El tiempo es siempre tiempo social e histórico, por tanto, mezclar los tiempos de una ciudad es banalizar el conflicto de los personajes que la habitan. Ni los setentas ni las primeras décadas del siglo veintiuno significan lo mismo: esa indefinición hace de la propuesta una mentira sobre la atemporalidad de los conflictos personales y culturales de una sociedad. Incluso, la ausencia de radicalidad en la propuesta de anacronismo hace de la representación iconográfica de Cali, una confusa superposición de imaginerías de la ciudad.
           
Pero la más grande decepción tiene que ver con toda la angustia existencial, con la huida del ser hacia el absurdo de la vida, con la confrontación de la muerte personal y la de una clase social, que atraviesan la novela y que la película es incapaz de situar históricamente en medio del consumo de drogas, de la búsqueda amoral del sexo, y de una violencia que es también expresión de la confrontación de clases. En el filme, la trilogía de sexo, drogas y violencia es una fórmula estereotipada que termina por aburrir porque ha desterrado el conflicto personal y social que de estos temas existe en la novela: una suerte de vicios para escandalizar a los puritanos pero sin la autenticidad que exige el conflicto existencial y la transgresión. Y esto último ya no tiene que ver con la interpretación de la novela sino con la concepción superficial y estereotipada del mal que se muestra a lo largo de la película.
            Estamos, en síntesis, ante una película que no pudo convertirse en homenaje ni ser irreverente ante la novela en la que se “inspira”: la actriz protagónica tiene una actuación plana y carece de la fuerza transgresora que tiene el personaje principal de la novela; la música está muy lejos de lo que debió ser su función simbólica; el guion se quedó anclado en la reiteración facilona de la trilogía ‘sexo, drogas y violencia’; el retrato de la ciudad Cali es anacrónico y vaciado de conflicto histórico; y los textos de la novela, al ser recitados con una débil interpretación, aparecen impostados en la narrativa del filme. Que viva la música es una fallida “desadaptación”, no solo porque desdibuja la novela de Andrés Caicedo, sino porque, en sí misma, es una película desangelada.

viernes, noviembre 06, 2015

Novena carta a la Comunidad de la UASB



Con el doctor Gustavo Jalkh, representante de Ecuador al Consejo Superior de la UASB, a quien agradezco por todo su apoyo.

Una vez que ha concluido el proceso de designación de rector con la decisión del Consejo Superior de nombrar al doctor César Montaño como la nueva autoridad de la UASB, agradezco a todos aquellos que han apoyado mi propuesta de trabajo y reitero mi respeto por quienes apoyaron la propuesta del postulante que fue nombrado.

 Tengo el convencimiento de que, designado el nuevo rector, la actividad académica normal volverá a la UASB y la institución recuperará la serenidad, el equilibrio y la aceptación de la Otredad, características que la han distinguido durante su existencia.

Asimismo, espero que las nuevas autoridades mantengan el principio de la autonomía, entendida como la independencia institucional de todo tipo de bandería política; que la diversidad de pensamiento se exprese libremente en el claustro universitario y que sea respetada la opción política de las personas que piensan y tienen un marco ideológico y filosófico distinto.

Finalmente, deseo que la administración del doctor César Montaño tenga el éxito que requiere el fortalecimiento institucional de la UASB.