(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

jueves, abril 17, 2014

La muerte y su ritual maravilloso


En La Cueva, en Barraquilla, 24 de julio de 2012.
           Úrsula Iguarán murió en un día similar al que murió Gabriel García Márquez: “Amaneció muerta el Jueves Santo. La última vez que la habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años. La enterraron en una cajita que era apenas más grande que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas de las ventanas para morirse en los dormitorios.” (Cien años de soledad [1967], 42da. ed., Buenos Aires, Sudamericana, 1974, p. 291) Las casualidades son más propias de la vida que de la literatura pero en este caso, como en un ceremonial de lo real maravilloso, se han combinado la vida y la literatura para la casualidad de la muerte. Y, sin embargo, García Márquez y Úrsula Iguarán vivirán como personajes de una realidad literariamente vital.
Existen, además, dos memorables momentos de muerte en Cien años de soledad. El uno, es la muerte de José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo. Una mañana, Úrsula ve acercarse a Cataure, el hermano de Visitación que había huido de la peste del insomnio, quien le dice: “He venido al sepelio del rey”. Entonces entran a la habitación de José Arcadio, pero él ya se había quedado para siempre junto a Prudencio Aguilar, en un cuarto intermedio, creyendo que se trataba del cuarto real. “Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro.” (p. 125)
La otra muerte, por supuesto, es la del coronel Aureliano Buendía. Cuenta García Márquez que, durante la escritura de la novela, no se atrevía a matar al personaje hasta que una tarde pensó: “Ahora sí se jodió”. Y dice que subió temblando al segundo piso, donde estaba su mujer, Mercedes Barcha: “Supo lo que había ocurrido cuando me vio la cara. ‘Ya se murió el Coronel’, dijo. Me acosté en la cama y duré llorando dos horas.” (El olor de la guayaba, conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, Bogotá, La Oveja Negra, 1982, p. 34). Esa tarde había llegado el circo a Macondo y el coronel vio pasar una mujer vestido de oro sobre un elefante, un dromedario triste, un oso bailarín, payasos haciendo maromas. Cuando terminó el desfile circense, el coronel se dio cuenta de su miserable soledad. “Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño.” (p. 229)
En Cien años de soledad la muerte está desdramatizada y es narrada como otro acontecimiento más de la vida; cuando se trata de los personajes queridos del autor, esa muerte está enmarcada en una ceremonia de lo real maravilloso que conmociona al lector.
He visto en los periódicos la foto de García Márquez en las afueras de su casa en México DF, con un ramo de rosas amarillas, el 6 de marzo de 2013, en su cumpleaños 86: es la imagen celebratoria de quien vivió durante sus últimos años atormentado por la peste del olvido que asoló a Macondo, y que será para la vida el escritor que transformó el lenguaje de nuestras letras y recuperó para la memoria de nuestra América las historias de esa realidad mágica y maravillosa de la que somos conscientes gracia a él.