(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

martes, julio 02, 2013

Padre, ¿extraviaste nuestros nombres acaso?


1

Padre, no sé dónde estás.
Te fuiste antes de que yo naciera y me quedé sin tu nombre y sin tu abrazo.
Fui un perro extraviado en una playa sin fin.

Después te vi en tardes evaporadas.
Pero no me acuerdo de tus ojos, ni de tus manos, ni del sonido de tu risa.
Eres el silencio permanente de mi extravío.

Solo recuerdo tu rostro dormido en el ataúd
rodeado de tus otros hijos, de tu otra casa.
Estabas hermoso y frío como esas estatuas esculpidas en mármol.

Me acompaña la desesperación de esa mosca que besaba tus párpados,
ofuscada y sin salida ella también dentro del féretro.
Fui esa mosca extraviada en tu muerte.

Y sin embargo, padre, somos el pálpito de la vida y yo tu progenie.

2

Padre, yo no pude matarte si no a través a de mi propia muerte. Todo lo que tuve de ti en mi niñez fue esa volqueta fabricada en hierro que arrastré por las calles polvorientas del vecindario junto a mi tristeza infantil. Yo era un nómada sin pasado, paseante de barrio sin historia. Un día regalé la volqueta a un niño con el rostro aún más desolado que el mío, niño de pobreza de postal amarga. Al desprenderme de aquel juguete maté mi infancia y me quedé nuevamente sin ti. Me convertí, padre, en un adolescente de huesos de ceniza. Sobre mi huérfana delgadez llevé nuestros cadáveres a cuestas.

3

Padre, he vivido en orfandad sin que te hubieras enterado de tu muerte.
Ausencia a la que nos sometiste durmiendo en la cama matrimonial de tu otro 
     hogar.
¿Alguna vez sentiste remordimiento por el rito de hombre que repetiste
igual que aquellos otros hombres que también carecían de futuro?

Mi orfandad tiene el rostro de un niño solitario que juega en tardes calurosas
con amigos que solo él ve, amables fantasmas vespertinos.
Mi condición de adolescente sin padre es tan dura como la roca del acantilado
que recibe el golpe furioso del mar e imperceptible se va desgastando.

Tu abandono, padre, me acarició desde siempre como la lluvia que besa la playa,
que deja huellas de gotas sobre la arena que el mar borra enseguida.
Mis recuerdos de ti son como los peces muertos que los pescadores dejan
en el vientre de las canoas para que los devoren las gaviotas.

¡Padre, devuélveme esa condición de hijo tuyo que nunca tuve!
 
4

Padre, me debes la mirada dolorida de mi madre, sus ojos de un azul grisáceo que nos miraban con la somnolencia de Penélope. Me debes también la madurez apresurada de mi hermano, sus largos días de trabajo para que nuestra mesa siempre oliera a pan fresco. Me debes los suspiros de mi hermana que siempre te buscó como si ella fuera la que se hubiese marchado de casa. Me debes la vergüenza pueril de andar por la vida sin padre.

5

Padre, no tengo una sola fotografía tuya.
Tu rostro se ha desvanecido en mi memoria
desteñido daguerrotipo del fracaso.

Eres una sonrisa difusa como neblina
una mirada opaca como cristal de mala calidad
una palabra muda como cementerio.
Eres tinta que se escurre de una acuarela humedecida en lágrimas.

¿Cómo acariciabas a un niño cuando yo era niño?
¿Dónde andabas cuando mi adolescente buscaba a quién parecerse en espejos de
fantasmas?

Padre, eres polvo tras una lápida que no conozco,
eres desilusión del buscador de tesoros en la tumba en la que habré de 
     encontrarte.

y 6

Padre, nunca tu voz me leyó un cuento para proteger mi sueño. Descubrí por mí mismo a un pequeño príncipe venido a la tierra desde un asteroide lejano, a una niña que tras perseguir a un conejo blanco apurado llega a un mundo de maravillas, a un burrillo que descansa entre las rosas eternas del cielo de Moguer, a una viuda del tamarindo que espantaba el espanto del día alrededor de una fogata nocturna. Las palabras que jamás obtuve de ti me las dijeron los libros en los que fundí mis ojos cargados de abandono. Ahora, Padre, yo mismo escribo los cuentos para mi desvelo y no es en vano. Escribo con las palabras que sostienen mi agonía de ser, el verbo que me ha liberado para siempre de tu ausencia.