Por Raúl VallejoDomingo 28 de junio de 2009, Día del Cincuentenario
Reflexiones sobre literatura y periodismo
Por Raúl VallejoEscribir y leer son manías de solitarios; son correspondencias de dos extraños que terminan siendo cómplices mediante la intermediación de la palabra. Tal vez por eso pienso que el arte de fácil lectura no suele ser estimulante, como nos enseñara Lezama Lima. Es la dificultad, entendida como el desafío de las múltiples resonancias que una obra plantea a su lector y no, necesariamente, como los enmarañamientos experimentales, la que nos convida a ser parte de la estirpe de Pierre Menard, aquel borgiano autor del Quijote que fundó la raza de los que reconstruyen todo texto en el acto de leer.
Si lo que hacemos de nosotros mismos es una invención, la construcción del personaje que camina en nosotros, me imagino lo que soy o aquello que quisiera ser; y digo: que tengo o que quisiera tener —siguiendo algunas preguntas del cuestionario Marcel Proust— entre mis rasgos sobresalientes, paciencia china y perseverancia de tallador de piedra de iglesia colonial. Busco en una mujer la voluntad de vencer y en un hombre la sencillez; en ambos la transparencia, no de fantasma, sino de aire, la solidaridad desde las cosas simples, el sentido del humor consigo mismo y, por supuesto, la inteligencia sin arrogancia. Detesto la inconsecuencia en materia de ideales y desprecio a los gobernantes sanguinarios o incapaces de escuchar; me persigo y atormento por mi poca facilidad para olvidar las ofensas y por la permanencia sorprendente de viejos rencores; me aterro ante la desgracia de quedarme ciego de espíritu y no alcanzar a percibir mis propias estupideces; y soy indulgente, tal vez como una forma de curarme en salud, ante la cobardía y el ridículo. Querría tener en mi naturaleza el oído de un afinador de pianos, el paladar de un catador de vinos, y el inefable sentido de orientación con el que sobreviven en su cotidianidad los ciegos. Mi lema sigue siendo el que aprendí de Baden Powell, el fundador del movimiento scout, cuando tuve catorce años: “Dejar el mundo en mejores condiciones de cómo lo hemos encontrado”. Mi espíritu está en alerta permanente conmigo mismo, en rebeldía constante contra la intolerancia y en exaltación íntima con la noche.
Procuro comprometerme con la estética y la ética de un tiempo en que el arte lucha por no convertirse en mercancía y la ética por sobrevivir al cinismo asesino de utopías desde la pragmática del mercado. Como el ayunador de Kafka que no encontró comida que le gustara, yo escribo porque no he encontrado otra manera de ser y estar en la vida. Sé que al bucear en la condición humana me toparé con el dolor, el ansia, la explosión de un instante feliz, la tormenta del lenguaje; por eso, la escritura es una consunción personal que acepto como una forma de la plenitud. Y ya que no fui cello de un quinteto de música prebarroca o cantante de boleros cuyos discos sean martillados en las rocolas de ese último puerto del Caribe que es Guayaquil, soy un escritor que, en medio de una soledad vital, escribe porque no puede dejar de hacerlo.
Mi vida sin la literatura sería la vida de otro que no soy yo.