(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, marzo 30, 2008

Respuesta a insinuaciones perversas y cobardes

"En medio de las dificultades generadas por tantos años de abandono acumulados, sigo y seguiré luchando por hacer de la educación pública una educación de calidad y calidez pese a la palabra venenosa de quienes destilan amargura como tú."



Emilio Palacio:

Rechazo total y frontalmente, en tu manera de escribirlo y en lo que quisiste decir, las insinuaciones perversas y cobardes que haces en tu artículo "Borjarreísmo" (El Universo, 30.01.08) cuando escribes: "Tampoco [te refieres a Alfredo Vera] indagará en las cuentas de las decenas de militantes y ex militantes de la ID, amigos y parientes de Vera, que hoy disfrutan su cuota de poder, repartidos en los ministerios de aquí y allá." Como yo soy el único ministro que tiene un tipo de parentesco —político en este caso— con el arquitecto Vera, pues mi esposa es sobrina de aquél, y también soy militante de la ID, puedo colegir, sin estirar los sentidos de tu frase, que veladamente pretendiste echar lodo contra mí.

Tus insinuaciones son perversas porque, de manera taimada, tratas de generar sospechas sobre lo que es una trayectoria limpia y de servicio: la mía. Tus insinuaciones son cobardes porque, mañosamente, te escudas en las generalizaciones. Mis cuentas y bienes están declarados según la Ley; mis cuentas y bienes pueden ser revisados por los organismos de control según lo señala la misma Ley. En lo personal, no considero que la responsabilidad de dirigir un ministerio sea "disfrutar" de "cuota de poder" alguna: considero que es una manera de servir a nuestro país; y lo hago como una forma de cumplir con mis deberes de ciudadanía —asunto sobre el que he escrito desde años atrás como parte de mi trabajo intelectual—. Esa limitada visión del poder es tuya, la develas en tus palabras porque así entiendes tu espacio de poder en el diario: disfrútalo mientras te lo permitan tus patrones.

He trabajado con responsabilidad, dedicación y sentido ético desde que fui nombrado ministro por el presidente Alfredo Palacio y luego ratificado por el presidente Rafael Correa, generando políticas de Estado aprobadas por la ciudadanía mediante referéndum, buscando las diversas maneras de superar los problemas atávicos de la educación ecuatoriana, y ejecutando un plan de trabajo que no existió antes. En medio de las dificultades generadas por tantos años de abandono acumulados, sigo y seguiré luchando por hacer de la educación pública una educación de calidad y calidez pese a la palabra venenosa de quienes destilan amargura como tú.

Nada de mi trabajo va a ser manchado por la frustración con la que asumes tu militancia política de oposición —que la tienes disfrazada de periodismo crítico, y digo disfrazada porque éste último implica escribir con responsabilidad y no desparramar lodo con ventilador como lo hace tú—; yo sabré defender mi paso por la función pública y la modesta obra que he realizado con toda la entereza que me dan la ética de servicio que practico y, llegado el caso, las leyes que protegen la honra personal.

Como parte de mis derechos ciudadanos, exijo que, desde tu cuota de poder, publiques tal como está escrita esta carta en la sección "Cartas al Director" de diario El Universo.

Raúl Vallejo

sábado, marzo 29, 2008

Entrevista Express para la revista Vanguardia

Camisa diseñada por Alicia Cisneros para Raúl Vallejo


Las cosas que le dan miedo

Las alturas

Tengo vértigo: no me puedo arrimar a las barandas de los balcones y me es imposible subirme a una montaña rusa; en ese sentido, para mí, “el gusanito” ya es siniestro.

Ser secuestrado

La víctima de un secuestro queda en total indefensión; depende del humor de sus captores para sobrevivir; y la familia se siente tan cautiva como el secuestrado.

Muerte violenta

La muerte no me asusta sino la forma de morir. La peor para mí es una muerte violenta en la que alguien me acuchille el cuerpo, me degüelle o me asesine a machetazos.

Las cosas que lo enojan

Lidiar con borrachos

Sencillamente nos los soporto. Me molestan las estupideces que dicen, la impertinencia con la que se comportan, el estado en el que se desnuda la miseria humana.

Las poses intelectuales

Sobre todo la de aquellos que se las dan de “atormentados”, o “malditos”; o la de quienes creen que sólo se puede ser escritor o artista si se vive fuera del país.

La prepotencia

La de los políticos que abusan del poder; la de quienes consideran inferiores a los que no leen lo que ellos leen; o la de los periodistas que se creen la estrella de un reportaje.

Los papelones en su vida

Viuda feliz

Había fallecido el papá de un amigo y, como me pongo nervioso en los velorios, me acerqué donde la mamá de mi amigo y, al abrazarla, le dije: “¡Felicidades, señora!”.

Confianzudo

Trabajé unos meses como reportero y tenía mi primera entrevista con el alcalde Bolívar Cali. Cuando empezó la entrevista me dirigí al alcalde diciéndole: “Don Bolo…”.

Desafinado

En un programa de TV, la Caja de Pandora, canté a capella “La barca”. El productor puso la música después. El resultado fue una versión musical como para el naufragio.

Publicada en Diciembre de 2006

Respuesta a 11 preguntas de Xavier Oquendo

Portada de la primera edición de Madame Bovary, de Gustav Flaubert.
Si quiere ver la portada en tamaño natural, vaya a:
http://books.google.com.eg/books

1. ¿Cuáles son los tres títulos de la literatura universal a los que se acerca constantemente a releerlos?

Me gusta releer al azar de tanto en tanto algún capítulo de El Quijote, sobre todo de la segunda parte, y en cada ocasión el caballero de la triste figura se me reafirma como el símbolo del anhelo humano de vencer el cinismo de la realidad; otro libro es Cien años de soledad, con él descubro una escritura tan sentimental como los boleros, tan profunda como la filosofía, tan sostenida en la construcción de la frase como si la palabra emanara voluptuosidad; y con Madame Bovary asisto sin dejar de asombrarme a la exactitud matemática de la construcción del personaje y al drama de la gente común convertido en testimonio de la condición humana.
2. ¿Qué haría por obtener un ejemplar de la primera edición de algún libro famoso de la literatura y Cuál sería ese título?

No haría nada. Ningún libro, por famoso que sea, merece ser víctima del fanatismo religioso de los coleccionistas. Detesto la caza de reliquias de cualquier tipo. Pero si quiere una respuesta afirmativa le digo que buscaría en google y pegaría la carátula en mi blog!
3. ¿En qué libro ha encontrado su definición de “Vida”?

Como todo en la existencia, el concepto de “vida” que uno asume también varía. Cuando tenía 23 años, me identificaba con una frase de Truman Capote en el capítulo “Una hermosa criatura” de su libro Música para camaleones que dice: “¿Por qué la vida tiene que ser tan jodidamente podrida?”. No es que haya abandonado esa visión pesimista de la vida, pero ahora siento que la existencia es breve y por ello la vitalidad del instante se vuelve indispensable: en uno de sus famosos robaiyyat, Omar Jayyam escribe: “La esencia de esta vida y el ser del mundo son / un sueño, una quimera, un engaño, un instante” y en otro, concluye: “si todo en este mundo dejará de existir, / tú, supón que no existes; y ya que existes, goza.”
4. ¿Qué historia de amor de la literatura le hubiera gustado vivir?

En general las historias de amor de la literatura son tan dolorosas que las personas seríamos incapaces de vivirlas con todas sus consecuencias. Sin embargo, la relación amorosa de Pablo y Lulú, en Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, es una historia que me hubiera gustado vivir por la manera cómo la experiencia de la sexualidad llevada al límite, devela el poder del amor vivido en la plenitud de la libertad.
5. ¿Qué obra de la literatura le gustaría ver en el cine?

Rayuela, de Julio Cortázar, por el desafío que implica su traslación de sentidos y de su propuesta de lectura al lenguaje cinematográfico.
6. ¿Con qué autor de la literatura le hubiera gustado conversar y compartir en una velada bohemia?

Con Henry Miller, por su espíritu vitalista; con Henrich Böll, por su compromiso ético; con Julio Cortázar, por su inteligencia serena.
7. ¿A qué autor de la literatura universal considera injustamente olvidado?

En la historia literaria existen propuestas estéticas dominantes en cada periodo y por ello algunos autores pasan a segundo plano; después de cierto tiempo, esos mismos autores son retomados por una nueva generación de escritores y vuelven a convertirse en iconos del chismorreo del mundo literario. Considerando este marco fatal, siento que Dostoievski es un autor que no se está leyendo con la intensidad con la que merece ser leído por todas las generaciones, sin que importe cuál sea su propuesta estética.
8. ¿A qué autor de la literatura universal considera sobre valorado por la crítica y el tiempo?

No me atrevo a descalificar a nadie que haya sobrevivido al paso implacable del tiempo y de la crítica, pues mi descalificación únicamente sería expresión de la insolente soberbia del gusto.
9. ¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado que exista, efectivamente?

Ignatius Reilly, de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.
10. ¿En qué personaje de la literatura se ha visto reflejado en virtudes y defectos?

En Hans Schnier, el narrador protagonista de Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll.
11. ¿Cuáles son las cinco palabras que utiliza con obsesión en su literatura?

Soledad, espíritu, profundo, efímero, vida.


(Entrevista inédita)

jueves, marzo 27, 2008

José Saramago, persona de sus personajes


José Saramago, Alina Vera, Sebastián Vallejo, Pilar del Río y Raúl Vallejo, Quito, 2004.


Por Raúl Vallejo


Saramago es el nombre de una hierba de cuyas hojas se alimentaban los pobres de Azinhaga, el pequeño poblado portugués donde nació. Él lo ha contado varias veces. José de Sousa se hubiera llamado si es que al funcionario del registro civil no se le ocurre añadir, por iniciativa propia, el apodo con el que la familia paterna era conocida en el pueblo. Ya lo dijo antes. Él, José de Sousa Saramago, nació el 16 de noviembre de 1922, pero sus documentos dicen que nació el día 18: es que su padre no lo inscribió en el tiempo señalado por la ley y para evitarse el pago de la multa cambió la fecha. También ha dicho que, criado en medio de una familia de campesinos sin tierra, tuvo una infancia melancólica, que fue un niño serio.

De lo que no ha hablado, por su sencillez, es de la luminosidad ética que su figura emana. Él, que estudió cerrajería mecánica, que no tuvo un libro propio hasta los dieciocho años y que leía cuanto creyó necesario en bibliotecas públicas, es ahora conocido como José Saramago, escritor que, como la hierba de su pueblo, alimenta el espíritu de los que todavía creemos en el valor de la palabra.


Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, estuvo en nuestro país entre el 16 y el 21 de febrero de 2004. Durante su estadía recibió en la Capilla del Hombre, la condecoración Guayasamín – Unesco: “Tomo la medalla no por lo que haya hecho, sino por lo que tenga que hacer”, expresó en sus palabras de agradecimiento.


Varias instituciones lo homenajearon. Ante la avalancha de medallas, le pregunté que qué significaban para él, que es un escritor crítico, las condecoraciones. “No significan nada... sencillamente sería de mala educación rechazarlas”. Y lo dijo sin ninguna pose, lo hizo con la misma afabilidad con la que firmó el ejemplar de El Evangelio según Jesucristo, de una muchacha que lo abordó durante un paseo por el Centro Histórico de Quito.


Lo dijo con la misma naturalidad con la que aceptó firmar los libros de cientos de lectores en algunas librerías. “Cómo puedo negarme a firmar un libro si esa persona se ha tomado la molestia de ir a una librería, de comprarlo, de leerlo... por respeto a esa persona no considero que sea una molestia el acto de firmar un libro a un lector”, me comentó el jueves 19, en la mañana, mientras recorría junto a la periodista Pilar del Río, su esposa y traductora, el Museo de la Fundación Guayasamín. A las nueve de la noche de ese día, en una sala de reuniones del hotel donde se alojaba, José Saramago, la persona, se convirtió en el personaje de esta entrevista.


Existe una imagen de Ricardo Reis, en El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) en que sonríe a Lidia mientras él hace un gesto de despedida: “...hay momentos perfectos en la vida dice el narrador, éste fue uno, como hay una página que estaba escrita y que aparece blanca otra vez”. ¿Qué de usted, la persona, está en ese instante?


Me parece que eso es algo que ocurre mucho en mis novelas, que son instantes, momentos. Yo creo que se podría definir como un momento en que el autor se asume en la plenitud de su propia conciencia, en la conciencia que tiene de su trabajo, y en ese momento el autor para hablar de los casos concretos, de Ricardo Reis y Lidia, el autor es Ricardo Reís, es Lidia y la mirada que se cruza entre ellos. Eso lo estoy viviendo yo, eso lo vivo yo.


Usted comienza su discurso del Nobel con la frase: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida, no podía ni leer ni escribir”. ¿Cómo explica ese tipo de homenaje un hombre, como usted, que ha hecho de la lectura y la escritura su forma de vida?


Mira, si queremos ser intelectualmente honestos, yo no lo estoy diciendo de una forma retórica. Ese hombre era mi abuelo materno, Jerónimo Mairinho. Yo, a los doce años, lo miraba como el hombre más sabio del mundo. No diré que no, pero tampoco puedo afirmar rotundamente que yo tuviera esa idea un poco literaria, un poco idealizada, que ese hombre que era mi abuelo y que me quería y que yo quería al igual que a mi abuela, fuera para mí muy importante. La verdad es que yo busco para los que no son personajes de ficción un lugar; los coloco en una especie de galería de figuras en que ellos son presencias humanas. Entonces cuando yo he dicho eso, es verdad, sobretodo es verdad desde el punto en que me encuentro ahora y sobre todo si lo miramos desde el marco de esa relación que yo he creado entre las figuras reales y las figuras de ficción. Y solo eso me ha permitido arrancar el discurso en la Academia sueca dónde hablé de los personajes de ficción que han hecho de mí lo que yo soy; personajes de los que yo he aprendido.


Usted ha dicho sobre sus personajes que “sin ellos no sería la persona que soy hoy día.” ¿Cuánto pone usted de sí mismo en sus personajes y cuanto de ellos recae sobre su propio espíritu una vez que el personaje literario ya vive con su vida propia en sus novelas?


Yo creo que no pongo nada mío en mis personajes. Es decir, en todo lo que yo he escrito hasta ahora no hay ningún elemento de carácter autobiográfico, ni siquiera transpuesto. Definitivamente no lo hay. Ahora, existe una presencia continua en todas mis novelas, incluso desde Manual de pintura y caligrafía (1977), de lo que llamaríamos un narrador muy particular, que escapa a las caracterizaciones académicas del narrador. En el fondo representa con más intensidad o menos intensidad, con más vehemencia o menos vehemencia, la opinión o el resultado del análisis que el autor está haciendo sobre lo que escribe y sobre la forma que se están comportando los personajes. Ahí es donde se puede decir, que es como si yo interrumpiera el discurso narrativo y empezara un discurso ensayístico. El objeto de análisis es la situación, el conflicto que se está narrando y lo que están haciendo y diciendo los personajes. Lo que pasa es que, cuando yo digo que he aprendido con ellos, creo que sí en el sentido en que yo no quisiera, como persona, ser menos que ellos. Es decir, mi forma de aprender supongo que en el fondo hay una forma de aprendizaje, es el convencimiento de que yo no puedo quedarme atrás de mis personajes gente común, que no tiene nada de particular, que carece de poder, y en ese sentido es como si, paulatinamente, novela tras novela, yo fuera aprendiendo con ellos.


En El año de la muerte de Ricardo Reis usted hace personaje a un personaje —para ser exactos: heterónimo— de Fernando Pessoa. ¿Que aprendió del personaje de una Persona ...si es válido el juego de palabras?


En ese caso quizá no tenga que ver con un aprendizaje en el mismo sentido que estábamos hablando antes. A los 18 años yo, que había leído a Fernando Pessoa, no había leído a Fernando Pessoa sino a Ricardo Reis. La poética de Ricardo Reís me fascinó instantáneamente. Creí, durante algunos meses, que Ricardo Reis efectivamente existía, porque en una revista que yo estaba leyendo, llamada Athena, dirigida por Fernando Pessoa, me encontré con algunas odas firmadas por Ricardo Reis. Yo no sabía nada de esa historia de los heterónimos; simplemente creí que había un señor llamado así. Más tarde alguien me avisó que se trataba de un heterónimo. Entonces yo entré más en la lectura de Fernando Pessoa: Ricardo Reis, Alvaro del Campo, Alberto Caeiro... todos los heterónimos, y me encontré con una postura de Ricardo Reís que me irritaba a pesar de que, como poeta, me fascinaba al mismo tiempo. El primer verso de un poema de Reis dice: “Sabio es el que se contenta / con el espectáculo del mundo”. Durante muchísimos años a lo largo de mi vida desde entonces he vivido, en mi relación con Reís, entre la fascinación y el rechazo. Es decir, tú me fascinas, de acuerdo, pero yo no puedo permitir y aceptar lo que tú estás diciendo: que la sabiduría consiste en contentarse cada uno con el espectáculo del mundo. Entonces yo, como Fernando Pessoa se muere el 30 noviembre del 35, hago volver a ese Ricardo Reis, que había emigrado a Río de Janeiro, a Portugal y eso es lo que está en la novela. ¿Y por qué? A ese hombre que decía que la sabiduría consiste en contentarse con el espectáculo del mundo, me propuese enseñarle ese espectáculo del mundo. Y mira, es una época tremenda, es una época en que de alguna forma se presenta el huevo de la serpiente. Es la creación de las milicias fascistas en Portugal en el 36; es la guerra civil de España que empieza el 36; es la primera ocupación de Renania por las tropas nazis; es la guerra de Italia contra Etiopía. Lo que se propone la novela es decirle a Ricardo Reis: Usted ha dicho que la sabiduría consiste en contentarse cada uno con el espectáculo del mundo, pues entonces aquí tiene el espectáculo del mundo, y ahora dígalo de nuevo, por favor, diga si contentarse con eso es ser sabio.


¿Y el humor, cuál es su función en su literatura?


Yo no sé si se podría llamar exactamente humor, si no sería más bien ironía. Aunque ciertas veces es puro humor, pero es sobre todo... quizá eso tenga una explicación antigua. Cuando yo era muy joven, mi padre, policía de la calle, era amigo de los porteros de los teatros de Lisboa, y como a mí me gustaba mucho la música y la ópera, yo me ponía por ahí, cerca de los porteros, y cuando el espectáculo estaba punto del comenzar el portero me decía “entra” y yo entraba. Yo subía hasta el “gallinero” a dónde íbamos los que no teníamos billete. Recuerdo, que el teatro tenía, cerrando el arco del palco, una corona enorme dorada , pero incompleta en la parte de atrás. La gente de las butacas y los palcos creía ver la una corona completa, pero los que estábamos en el “gallinero” veíamos una corona incompleta, hueca y sucia y con telarañas y con polvo. Digamos, esa doble contradictoria mirada es la que aparece como ironía en mis novelas. Hay siempre un otro lado y mientras no hayamos dado la vuelta completa a las cosas no sabremos cómo las cosas son. La ironía, probablemente, tiene esa función. Creo que el humor es mirar las cosas por el otro lado.


¿Cómo explica que El Evangelio según Jesucristo que es un libro, teológicamente heterodoxo, les hable a muchos lectores como si les permitiera renovar su fe?


Hay de todo. Sé que un religioso brasileño muy conocido, Frei Betto, ha dicho a otro religioso, muy conocido también, llamado Leonardo Boff , que cuando terminó de leer El Evangelio según Jesucristo se arrodilló para orar. Y yo de eso no tengo la culpa. A veces me decía, si Dios quiso que yo escribiera ese libro pues se va a arrepentir. Lo que me llevó a escribir esa novela fue ese suceso insoportable que es la matanza de los inocentes. En la novela, la frase final de Jesús, ya en la cruz, cuando dice, refiriéndose a Dios: “Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”, es la parte heterodoxa, herética incluso, de la novela que el Vaticano no ha perdonado nunca. ¿Por qué es que un Dios se permite aceptar como una cosa obvia, para salvar a Jesús de la ferocidad de Herodes, el sacrificio, según las estadísticas del tiempo, de 23 ó 24 mil niños varones con menos de dos años de edad? ¿Era necesario? Y si fue necesario para fundar una religión, entonces esa religión está equivocada porque no puede fundarse a partir de un hecho de crueldad tan absurda.


Lo me que dice me recuerda que en sus textos literarios y en sus intervenciones públicas, la función ética es muy fuerte, ¿le asigna usted alguna función ética a la literatura?


A la literatura no le atribuyo ninguna función ética. Ninguna. Lo que pasa es que yo no separo, en mí, el escritor del cuidadano. Suena un poco retórico pero, bueno, es así. Cuando tengo que hablar como escritor yo no puedo callar la otra voz que, en el fondo es la misma voz, que es la voz del ciudadano. Si tengo que presentar un libro que acabo de publicar lo más seguro es que yo hable 10 minutos de literatura y 50 minutos del mundo.


Su crítica al poder, sin embargo, parece cerrar los caminos para la realización de la democracia de los derechos humanos.


Mira, Raúl, yo no cierro caminos, lo que sucede es que los caminos están cerrados. Ese es el problema. Es que nosotros no podemos seguir hablando de democracia como si eso fuera una realidad de todos los días cuando desde la praxis social amplia sabemos que no lo es. No lo es en el sentido más obvio. ¿Cómo podemos seguir hablando de democracia si no hacemos nada más que ir en días determinados a poner un papel en una urna para poner un parlamento y un gobierno que hará lo que quiera y que además no puede hacer mucho porque encima está otro poder, porque hay otro poder que no es democrático: yo no he elegido los cinco miembros que administran el gobierno de Fondo Monetario Internacional ...y eso sí que es el poder. Así, los caminos están, efectivamente, cerrados.


Pasemos a algunas preguntas sobre el oficio de escritor. ¿Cómo escribió usted antes del Nobel y como escribe después de él?


No hay ninguna diferencia. Es decir, el Nobel no me ha inhibido. Cuando yo escribo ahora no estoy pensando que yo tengo por detrás del Premio Nobel. Mi relación con la escritura es idéntica, en el sentido de que si hay un riesgo, yo lo asumo. No. El Nobel ocurrió, y yo he seguido sencillamente con mi trabajo. Y desde entonces he publicado, La caverna, El hombre duplicado y ahora publicaré el Ensayo sobre la lucidez. Y en el caso del Ensayo sobre la lucidez, se trata de un auténtico riesgo. No hablaré de la novela pero pronto ahí estará y si El Evangelio escandalizó a muchos, esta novela, donde Dios no entra, escandalizará a muchos más. Pero lo que quiero decirte es que, frente a los hábitos de trabajo, a la relación con la escritura, al proceso de surgimiento de ideas, no ha cambiado nada.


Hay escritores que tienen manías, formas de vencer el miedo a escribir o de iniciar una jornada de trabajo, ¿tiene usted alguna?


Nada, nada... ninguna... y quizá eso tenga que ver con esta idea que yo tengo y mantengo: que escribir es un trabajo. Normalmente escribo entre las cinco de la tarde y las nueve de la noche y no escribo más que tres folios. Podría estar inspiradísimo y decir que puedo escribir diez folios, pero, no señor, es como si yo tuviera que andar tres kilómetros por día y al terminar los tres kilómetros, pues ahí paro y al día siguiente vuelvo a andar.


¿Suele hablar sobre su trabajo literario durante el proceso de escritura?


La única persona que tiene conocimiento de lo que yo estoy haciendo y con quien de vez en cuando intercambiamos ideas, opiniones, es con Pilar. Con el resto no hablo. Puedo decirle a un amigo algo, pero en términos tan generales que ellos no pueden saber de qué se trata.


Finalmente, usted habla un hermoso e inusual nosotros en el mundo intelectual en el que incluye siempre a Pilar del Río, su esposa y traductora. ¿Cómo definir el amor que hay entre ustedes dos?


Yo creo que el amor no se puede definir. Y por otra parte si intentáramos definirlo sabemos que sólo podemos definirlo con palabras y, probablemente, esas palabras que más recurrentemente usamos para definir el amor son palabras que están cansadas, desgastadas y que acaban por no decir mucho, o por decir muy poco. Sólo te puedo decir: Yo quiero a Pilar... así, sencillamente. Y se acabó. Definir, no se puede... no se puede.

Pilar del Río, la compañera


¿Cómo conjuga usted esa condición de ser traductora de la obra de su compañero, aparte de periodista a tiempo completo?

Es, relativamente fácil. José escribe y cuando llega la noche él me baja de su estudio las páginas que ha escrito. Yo las leo, las releo, las dejo dormir y a la mañana siguiente las vuelvo leer y las traduzco. Es algo casi natural... es que vivir juntos comporta también el hecho de traducir.

Saramago pone en boca de Magdalena, en El Evangelio: “las mujeres tenemos otro modo de pensar, quizá porque nuestro cuerpo es diferente”. En qué ve su diferencia con él.

Saramago no es precisamente el ejemplo más claro, porque José es un hombre del que casi todas las mujeres decimos que está de nuestro lado, es un hombre que tiene valores femeninos. Pero con la mayor parte de los hombres, con la masculinidad, sí que tenemos muchas diferencias. José es un hombre, como el resto de los hombres. Padece de alguna de las esclavitudes que todos los hombres padecen. Pero José tiene el privilegio de haberse dado cuenta de ello.

¿Cree en la utopía?

No, a mí no me interesa, ni la utopía, ni dios, ni la historia, ni la inmortalidad, ni el futuro. No tengo capacidad abstracción para ninguna de estas entelequias. Tengo sí, la urgencia de hacer de mi vida algo útil, que repercuta en la gente. Hay una sola consigna que acepto en estos momentos: otro mundo es posible. Lo dice la gente del foro de Porto Alegre. Son la gente de Le Monde que defienden la aplicación de la “tasa Tobin” en las transacciones internacionales. Bueno, esto, la “tasa Tobin”, no es una utopía. Los expertos dicen que en tres o cuatro años se podría acabar con el hambre del mundo si se aplicara la tasa Tobin. En esto creo.

¿Es difícil convivir con un escritor?

Un día le dije: José, estás insoportable. ¿Estás a punto de tener una idea para comenzar una novela? Acababa de publicar El hombre duplicado, y habían pasado unos meses. Yo le decía: José está pasando algo en ti y tú no quieres darte cuenta. Al día siguiente tenía la idea del Ensayo sobre la lucidez y me tuvo que reconocer que tenía razón. Hay momentos en los que por dificultades en la narración o directamente por lo que implica la dureza de lo que está contando, el autor está tenso. Y entonces hay que andar de puntillas y tener mucho cuidado.

¿Hasta qué punto la traducción es un trabajo de creación?

Yo creo que un buen traductor no tiene un trabajo libre. Un buen traductor lo que tiene que tener muy claro, y saber muy bien, y dominar muy bien, en su propio idioma. Y luego tiene que tener un sentido de la fidelidad a prueba de bombas. Por eso quizá no sean los escritores los mejores traductores de otros escritores porque de pronto sienten la tentación de dar una pincelada.

Saramago siempre habla en un nosotros que la incluye a usted de manera muy profunda...

Desde el punto vista intelectual yo sería una imbécil si dijera nosotros. Porque no somos nosotros, es él y a otra distancia estoy yo. Pero como hombre y mujer, como pareja, ahí sí somos nosotros. Entonces ahí queda la sabiduría que da la convivencia.


Santa Ana de Nayón, 02.03.04

La palabra obliga

Autorretrato, dibujo de Felipe Guamán Poma de Ayala, en su Nueva corónica y buen gobierno (circa 1615). En el dibujo, Guamán Poma está escuchando las relaciones de los indios, que por sus tocados se nota que son de varias provincias y de varios rangos


Por Raúl Vallejo

Durante el tránsito del siglo XVI al XVII, el cronista Guaman Poma de Ayala estuvo empeñado en una tarea monumental que, en medio de su malhumor y angustia por las miserias que estaban viviendo él y toda la antigua nobleza yarovilca, habría de tomarle la vida entera. Desde la palabra, hizo una invención de sí mismo; se concibió a como Autor y Príncipe para dirigirse al Rey y denunciar ante Su Majestad las iniquidades del régimen colonial caracterizadas en el abuso de frailes y encomenderos, describir el pensamiento y el sentido de la cultura indígena cuya muestra paradigmática es la antología de poesía quechua que presenta en la crónica, y proponer las formas que debía adoptar el buen gobierno cuya filosofía residía en el nombramiento de los despojados nobles indígena como gobernadores en nombre del Rey; se construyó una identidad paradójica que lo mismo lo identificaba con los pobres de Jesucristo así como con la nobleza indígena ­–ambos, sin embargo, desplazados hacia el margen y despojados de una voz propia con presencia significativa en la sociedad colonial–; peregrinó llevando en su alforja el imaginario de dos culturas, y en esa errancia fue construyendo su palabra en una lengua que no era la suya pero de la que se apropió y a la que incorporó el decir de las lenguas vernáculas desde una nueva voz que dotó de la memoria de la palabra escrita a los saberes antiguos.

La crónica de Guaman Poma fracasó en el cometido que su autor perseguía; larga carta dirigida al Rey que no pudo llegar a su destinatario, naufragó durante cuatrocientos años hasta atracar ­–sin que aún se conozca por causa de qué intrigas de palacio, de qué enmarañamientos burocráticos­, de qué novelesca travesía– en la biblioteca Real de Dinamarca, desde donde fue dada a conocer al mundo por el empeño de los académicos ansiosos de incorporar la voz perdida de Guaman Poma al concierto de voces de la colonia temprana y construir una polifonía renovada de lo fue el discurso colonial.

El fracaso de la empresa de Guaman Poma en el siglo XVII, sin embargo, se ha convertido, cuatrocientos años después, en la representación metafórica de un triunfo de la palabra escrita que perpetúa en la memoria de los pueblos las voces que contribuyen a la construcción de una identidad propia que, en estos tiempos, deberá acudir al mercado global lo más fortalecida posible para evitar ser arrasada por el poder de las corporaciones transnacionales que anhelan convertir al mundo en una aldea plagada de locales de Blockbuster y Pizza Hut, y en donde el payaso Ronald McDonald es el icono sonriente del hartazgo prometido de la posmodernidad: consumo de fetiches –llámese conceptos como globalización, instituciones de burócratas dorados como el FMI, monedas como el dólar, o la sonrisa coqueta de Brad Pitt–; industria del entretenimiento destinada a banalizar el sentido de la vida; comida chatarra encargada de atrofiar el gusto y el estómago; y los concursos de la caja idiota tipo “el que piensa... ¡pierde!”.

Testigos del fin de una utopía que fuera destruida simbólicamente por quienes derrumbaron el Muro de Berlín –esas personas que tiempo después se congregaron para cantar el anhelo de romper los muros de la represión individual junto a Pink Floyd en el concierto de The Wall– y que fuera aniquilada como proyecto histórico por quienes instituyeron el autoritarismo burocrático en nombre del pueblo y la fe estalinista; testigos, al mismo tiempo, de la instauración de un único poder planetario llamado corporaciones transnacionales cuyo proyecto de dominación pretende reducir el arcoiris de lo diverso a la lúgubre uniformidad del espectáculo de neón, es decir, convertir al mundo en la tierra de Disney y pintar la tierra con los colores de Beneton. Testigos también de la rebeldía anoréxica de los y las modelos de Calvin Klein, de las humoradas de los hackers, esos terroristas juveniles del ciberespacio que marcan la Internet como el territorio propicio para la dulce anarquía contra el mundo del negocio electrónico, de la irreverencia política de los indios de Chiapas que arruinaron la fiesta de presentación de la quinceañera economía mexicana el 1 de enero de 1994 aupados por el pensamiento de sus voces ancestrales, el desenfado del rock y la poesía de la nueva trova, Snoopy y la filósofa argentina Mafalda; nosotros, escritoras y escritores del tránsito del siglo XX al XXI, sabemos que la palabra obliga aún más en el reino de la sociedad de tele-veedores, que el uso de la palabra compromete más todavía en el paraíso de plástico que pretende convertir a ciudadanas y ciudadanos en tarjetahabientes, que la toma de la palabra pública es una obligación ética para quienes somos artesanos solitarios de la palabra creativa y creadora.

Más allá de las tendencias estéticas construidas desde el proyecto y el gusto personales, de los demonios interiores de cada cual, exorcisados o no en el texto literario, y las quisquillosidades y veleidades con las que escritoras y escritores podemos amargar y amargarnos la vida, me parece que escribimos literatura porque todavía creemos que la palabra poética se inserta en el espíritu de las personas y las conmueve desde el vértigo que nace en las tripas hasta la monstruosa racionalidad instalada en el hipotálamo, enfrentándolas a su rastro desnudo, desmaquillado y fresco, a su experiencia de soledad, exaltada y doliente, a sus secretos abisales, instalados con la fuerza de la intensidad de la vida, al estremecido goce del lenguaje que desde Rimbaud no sólo permite dar color a las vocales sino sabores fuertes a sustantivos y verbos y fragancia sutil a los adjetivos; todavía creemos que la palabra poética indaga de manera compleja en la condición del ser humano y se vuelve fiesta, no en el sentido espectacular de la fácil felicidad y su sonrisa bobalicona, sino en el sentido profundo del éxtasis lúdico y su desbordamiento vital; escribimos literatura porque todavía creemos en el sentido irreverente de la palabra poética, en su vocación por la sospecha y tolerancia y en su enfrentamiento perenne contra todo tipo de autoritarismo, sea el político que el Estado y sus instituciones ideológicas ejercen, sea el académico en cuya red metalingüística nos puede hundir nuestra propia autosuficiencia y vanidad, o el cotidiano del que no podemos zafarnos sin dificultad en nuestro relación con el Otro.

La palabra obliga y obliga más a quien más la usa y a quienes, como escritores y escritoras, tenemos mayores posibilidades de que ésta se vuelva palabra pública. Es por ello que, al igual que Guaman Poma, y aunque intuyamos que en la empresa se nos puede ir la vida y la empresa misma terminar en fracaso, debemos comprometer nuestra palabra en la crítica al poder. Ese compromiso ya no puede ser asumido desde la pretensión de vanguardia de la sociedad, sino desde la modesta asunción de nuestros deberes de ciudadanía, incorporando nuestra voz a la polifonía del discurso crítico que construye la resistencia que desenmascara los intereses vinculados del poder y la propuesta distinta que señala siempre el margen desde donde se plantea, aunque en ocasiones el solo ejercicio de la resistencia se convierte por la naturaleza de sus conceptos en la formulación de la vía alternativa.

Ya no existen largas cartas al rey; existen ahora las infinitas posibilidades de comunicación del mundo virtual, están las potencialidades lúdicas de los multimedia, o la redefinición de las categorías de tiempo y espacio que configuran una humanidad que fluye entre simulacros virtuales y espíritus ancestrales que la acercan a la tierra. Sin embargo, por encima de los asuntos mágicos de la tecnología, el ser humano continúa interrogándose por su la identidad del ser, el sentido de la vida, o la irrupción la de la fiesta. Nosotros, escritoras y escritoras, somos tan sólo un bite de información en la autopista del espacio cibernético, pero somos también, un bite de generación explosiva y concatenada, fiesta multiplicada en los vericuetos exaltados del alma humana.

Cuenca, abril 28, 2000

martes, marzo 25, 2008

Un libro, un concierto

Sebastián Vallejo,
Aida Corral de Vallejo, en cuya memoria está escrito el poemario Missa solemnis,
y Raúl Vallejo en la Mitad del mundo.



Por Jorge Dávila Vázquez

El Mercurio, domingo 23 de marzo de 2008

De manera particularmente hermosa, el libro más reciente de Raúl Vallejo Corral, Missa Solemnis, se ha ligado a la música. En efecto, tanto en Quito, la noche del lunes 17 de marzo –en el marco maravilloso y barroco de la Iglesia de la Compañía de Jesús, con el fondo emotivo de “Las siete últimas palabras de Cristo” de Haydn-, como en Cuenca, su presentación se enmarcó en el Festival de Música Sacra, del que disfruta la capital desde hace años, y que en éste, por iniciativa de la Municipalidad cuencana, con el apoyo de la Fundación Teatro Nacional Sucre, lo ha disfrutado nuestra ciudad, aunque sea de modo parcial.


El libro de Vallejo es un conjunto de poemas de índole religiosa, que el autor dedica a la memoria de su madre. Lo he expresado en otra parte: cuando oímos hablar de poesía religiosa, sentimos cierta desconfianza, y nos preguntamos si no se tratará de un conjunto de versitos devotos y aun beatos. Pera la fuerza, la energía líricas, humanas, intensas, con que el autor ha concebido esta gran Missa, con su tono entre lo amargo y lo glorioso, nos apartan de todo pensamiento negativo sobre el tema. Este libro, de un escritor que nos ha dado cuentos de los mejores de su generación, novelas y dos tomos de lírica, muestra hondos valores religiosos, pero, al mismo tiempo, es un canto desgarrado del hombre frente a sus circunstancias vitales, su soledad, sus temores, su lucha con el dolor y la muerte, y, asimismo, su “resurrección”, más allá de todas las crucifixiones, para proclamar una fe inquebrantable.

Hay que leer esta obra, despaciosamente, disfrutando de sus valores de todo tipo, no solo literarios, sino culturales; como el gran conocimiento de la Biblia que exhibe Vallejo, su dominio de los textos cristianos, como el medieval de Jacopone da Todi, que habla de la presencia de María junto a la cruz, que dio origen a los innumerables “Stabat Mater” de la música occidental, o su familiaridad con los rituales católicos, y, naturalmente, su nueva visión de cuanto tiene que ver con la palabra de Cristo, tantas veces tergiversada a lo largo del tiempo.
Complemento de esta poesía magnífica fue la presentación, la noche del martes 18, en el Teatro Sucre de Cuenca del Ensamble Vocal Español “Albada”, que exhibió un precioso repertorio de obras, que iban desde el siglo XIII al XVII. Extraordinaria habilidad la de estos músicos, cantores y danzarines, que usando de instrumentos de época, hilvanaron para un público fascinado, la historia de Eneco, que sale en pos de su destino y recorre parte de la Edad Media y el Renacimiento.

Pocos elementos, una ambientación lograda a base de cirios encendidos, un vestuario apropiado, un gran sentido de lo teatral, y la música entrando en el corazón del público de un modo excepcional.

Creo que nadie olvidará esta experiencia, que combinó una poesía totalmente actual con unas melodías venidas de otros tiempos, de forma completamente armónica y ejemplar.

Missa solemnis o la fe agónica en la poesía de Raúl Vallejo


Los cantos son glosa, reescritura y una muy actual reinterpretación de textos bíblicos y litúrgicos

Por Diego Araujo Sánchez, Subdirector Editorial de HOY. Sábado 22 de marzo de 2008

La obra se abre con un canto de alabanza, el Salmo 150 del "Libro de Salmos" de la Biblia y se cierra con la reescritura de ese canto, desde el aquí y ahora de la voz del poeta, con un timbre que recuerda los Salmos del nicaragüense Ernesto Cardenal. Siguen después el Magnificat y las secuencias canónicas de la Misa: Kyrie, Credo, Sanctus, Padrenuestro y Agnus Dei, y otro grupo de poemas en "Las siete palabras de Cristo en la cruz" y, para concluir la obra, el Stabat Mater y la "Resurrección y ascensión de Cristo, según el Evangelio apócrifo de María Magdalena".

Es clara la voluntad de composición del conjunto del libro, según señala Manuel Corrales en el análisis introductorio al libro. Es significativo que, en el canto inicial y los dos grupos de poemas con los cuales concluye la obra, el yo poemático corresponda a voces femeninas, la de la Virgen María del Magnificat y la de la misma madre junto a la cruz, y la de María Magdalena, desde cuya mirada se registra la resurrección y ascensión de Cristo. Esa visión femenina remite a un motivo clave del libro: la exaltación de la madre, la victoria de la mujer sobre el dolor, la fecunda capacidad de este amor pleno y generoso, su poder germinativo que perpetúa la vida. Los poemas de Raúl Vallejo son reinterpretación, glosa, escritura sobre escritura, a partir de la Biblia y la tradición litúrgica. Más allá de este referente que condiciona el lenguaje poético de Missa solemnis, los poemas nos remiten a una fe agónica, en el sentido etimológico y unamuniano de agonía: lucha, combate. No son cantos piadosos los de Vallejo. Así, por ejemplo, el poema inicial del "Gloria" invierte la alabanza al Dios en las alturas y expresa la ausencia, el vacío o el silencio de Dios en el mundo ("Tu mudez es un trueno que me aterra/ responde a la plegaria de tus hijos"). En la visión de yo poemático, se expresan dos dimensiones: una metafísica y existencial, con el motivo de la transitoriedad humana o el de la experiencia vital como peregrinaje, que señala también como motivo central del libro Manuel Corrales; y otra dimensión colectiva y política, en la cual los males sociales se materializan en el Imperio.

No sobresale el lenguaje poético por la eufonía y musicalidad; tampoco por una profusa sensorialidad de las imágenes; es lo conceptual la fuente de intensidad de ese lenguaje, y son las desviaciones de los textos bíblicos o litúrgicos de los que proceden los cantos los principales sustentos de esta poesía. La intensidad de aproximación a lo sagrado fluctúa entre dos extremos: la desolación del hijo en la cruz y, allí mismo, la fortaleza de la madre, "el rayo que rasga la tiniebla".

domingo, marzo 09, 2008

Transfiguración de cobre en blanco

(Motivo sobre un cuadro de Edgar Carrasco)

Por Raúl Vallejo








Moraba en tierra milenaria con sueño de espantamiento.
Sin historia ni cataclismos ni dioses que me identifiquen.
¡Oh tiempo del silencio y la materia silente!
¡Oh rastro sin rostro y volcanes de llamavientos!
Soy la entraña vida de meandros y caminos sinuosos.
Soy el surco que arado alguno habrá de señalar.

Después han sido en mí las mutaciones.
Contacto del drama que sepultó el futuro en la minasorda.
¡Oh quebrada de seres anónimos que van haciendo el poema!
¡Oh risco del riesgo y barrancos de vértigosiesta!
Existo en la posibilidad de cuencas vaciadas y llantosdesgracia.
Existo en los sueños de un par de manos sacrificadas.

¿Qué me aguarda en la nueva esfera de mi existencia?
¿Qué soy ahora que no soy olvido en medio de la tierra?
¿Dónde existo si la memoria avanza petrificada y luego estalla?
Manos, ácido, largaesperas.
Quietud, neuronas, humanocontacto.
Dioses del incesto,
Antropófagos del siglo XX y los neutrones:
Heme aquí,
Para castigo de la soberbia
Y permanencia de la pazvida,
Cobre transfigurado en blanco.

Segundo Premio en el Concurso Nacional de Poema Mural “Fundación de Guayaquil”, 1986

sábado, marzo 08, 2008

Hacer el amor con amor


Por Raúl Vallejo


Paradigmático libertino del siglo XVIII, el marqués de Sade, de quien Apollinaire dijo que era el “espíritu más libre que haya existido jamás”, planteó a lo largo de sus escritos la ausencia de límites en la experiencia de lo sexual. Han compartido tales ideas, desde los hedonistas de las civilizaciones antiguas hasta los feligreses del new age, que practican un libertinaje light. La definición de dicha búsqueda implica necesariamente impedir la presencia del amor en la práctica del sexo.

El sexo a través del perfeccionamiento de la gimnasia erótica de los cuerpos, efectivamente, nada tiene que ver con el hecho de estar enamorado. El psicoanálisis de bolsillo ya nos enseñó que el funcionamiento inconsciente de la libido y que la pulsión constante del deseo nos avergonzaría ante el prójimo cercano si quedara en evidencia. El amor, entonces, sería tan sólo una sublimación de la lujuria natural del ser humano que la moral católica condena como uno de los pecados capitales.

Pero en medio del sudoroso jadeo de los cuerpos y la realización de cualquier fantasía erótica por descabellada que parezca a la represión atávica que existe en todos, el almizcle del amor que emana del roce encendido de la piel de los amantes actúa como un afrodisíaco más poderoso que la raíz de ginseng o que un ceviche que combine concha, pulpo y calamar o que el famoso caldo guayaquileño de “vena de toro”. Creo que los afrodisíacos, incluso, surten mayor efecto cuando están combinados con las pulsiones interiores de aquella víscera que representa al amor y que cuando deja de funcionar es porque ya estamos muertos.

Las palabras dulces y las expresiones procaces que los amantes suelen decirse en medio del éxtasis, suenan como un parlamento inauténtico recitado por malos actores cuando están vacías de amor. Las palabras que utilizan quienes se aman durante la excitación sin tregua de su intimidad traspasan las técnicas que divulgadas por las versiones populares del Kamasutra. Las palabras que se dicen cuando ya los cuerpos reposan complementan el placer con el placer de la ternura.

Y, por supuesto, están los besos. Largos y húmedos besos. Labios que se someten a los mordiscos de la pareja e intercambio exultante de lenguas ansiosas. Morosos besos en la piel abierta que van señalando rutas que conducen a placeres que siempre descubren alguna arista inédita. Los besos cargados de amor son más poderosos que los recursos circenses de ese clásico del porno duro que es “Garganta profunda”. El beso de los que se aman convierte a las bocas en imanes que acercan los cuerpos de manera irresistible y exacerban los sentidos.

No podría plantear que carezca de placer la realización del acto sexual con alguien por la pura exacerbación de la libido pues caería en una insufrible mojigatería; solamente digo que el sexo multiplica su goce, incluso más allá de los argumentos físicos y técnicos, cuando el amor provoca y mantiene la estimulación erótica. Es decir, cuando se hace el amor con amor.

Santa Ana de Nayón, 15-05-05

Erótica literaria


Por Raúl Vallejo

Entre la aparente aventura que ofrece el turismo sexual, la promiscuidad sin riesgos y el perfeccionamiento de las técnicas del sexo solitario, se ha llegado a confundir hedonismo con erotismo. Y, aunque el erotismo contenga ciertas prácticas del hedonismo en él, éste último, que es una búsqueda del placer como fin de la existencia, está reñido con el conflicto humano que aquél conlleva.

Ninguna aventura erótica para serlo debería estar atravesada por la transacción monetaria. La prostitución, en este sentido, está más ligada a la pornografía que al erotismo: aunque lo disfrace de búsqueda exótica, el cliente sabe que lo que busca está garantizado por el poder del dinero de quien alquila el uso del aparato genital. Por el contrario, el tránsito por los caminos del erotismo está impregnado de dolor: es el vencimiento de las dificultades lo que multiplica el alcance del placer.

La erótica literaria siempre presenta de manera compleja la sexualidad humana. En Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, lo que implica el proceso de aprendizaje y crecimiento erótico de una mujer está narrado desde los abisales lugares de la exploración del deseo hasta donde un cuerpo es capaz de llegar y resistir. En Elogio a la madrastra, de Mario Vargas Llosa, la perversión está planteada de manera inversa a la moral establecida: no es la madrastra quien corrompe al niño, sino el niño quien, carente de culpa, termina por corromperla. Lo erótico, en estos textos, enfrenta a los seres humanos a sus placeres inconfesables.

Esa complejidad provoca una problematización estética. Antológico es el capítulo 68 de Rayuela, de Julio Cortázar: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes [...] y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.” Cortázar plantea, en un extremo, que ya no existen palabras para hablar del amor erótico o que las palabras que existen están desgastadas, por tanto, es necesario inventar palabras para inventar maneras de amar. El significado erótico está dado aquí por la manera cómo suenan esos neologismos.

En El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, el eros genital se funde con el eros gástrico: “...lo descuartizó presa por presa con una ternura maligna, le echó sal a su gusto, pimienta de olor, un diente de ajo, cebolla picada, el jugo de un limón, una hoja de laurel, hasta que lo tuvo sazonado en la fuente y el horno listo a la temperatura justa.” La carga erótica de la escena reside en lo que no se dice y, formalmente, se resuelve en la imaginación del lector.

La escritura erótica también rompe tabúes. Sus bordes, en relación con la pornografía, son borrosos y migrantes pues un texto erótico puede combinar elementos exóticos, obscenos y pornográficos. Finalmente, es en la organización de los sentidos en donde se realiza la erótica literaria.

Santa Ana de Nayón, 13.06.04

Oficio de solos

Joseph K. (Anthony Perkins) y Leni (Romy Schneider) en una escena de la película The Trial (1962), dirigida por Orson Welles, basada en la novela El proceso, de Franz Kafka.


Por Raúl Vallejo

Walker Percy contó que en 1976 recibió la visita de una anciana que le pedía que leyera una novela escrita a principios de los 60 por su finado hijo. Percy, obviamente, quería eludir tamaña tarea pero la perseverancia de la señora fue tal que terminó aceptándola; la aceptó con la esperanza de que la novela fuera lo suficientemente mala como para leer algunas páginas y dar por cumplido el compromiso. Cuenta que a medida que leía, la novela lo fue ganando; había resultado excepcionalmente buena. La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, fue publicada en 1980. Thelma D. Toole, la anciana madre del escritor que se suicidó en 1969 pensando que era un escritor fracasado, abrumado por la soledad, recibió en nombre de su hijo el premio Pulitzer por una novela que hoy es indispensable en la literatura norteamericana.

La soledad de cierto tipo de escritores es de orden existencial tal vez porque el oficio así lo exige y quizás por eso los encuentros de escritores sean un despropósito en el sentido de que se trata de una congregación de soledades. La soledad, en primer lugar, es un imperativo para escribir; esto que parece obvio implica una condición patológicamente antisocial del escritor y que puede empezar por el desafecto a la propia estructura familiar. Se puede, sin embargo, ser un hombre de intensa vida social como lo fue Truman Capote pero en ese ámbito el escritor se encuentra perdido aunque lo disfrute. Capote que tocó el cielo del éxito de público con A sangre fría en 1965 no volvió a escribir nada de la misma calidad literaria hasta su muerte, consumido por el alcohol y las drogas, en 1984. Y es que el éxito lo llevó a ser parte de los ricos y famosos, y en ese conglomerado bullicioso mató el silencio y la soledad necesarios para la escritura.

En segundo lugar, la soledad es la consecuencia de cierto ensimismamiento de los escritores debido a un minucioso proceso de interiorización del mundo que los enfrenta al vertiginoso tiempo exterior. Arthur Rimbaud escribió toda su obra antes de cumplir los veinte años. Rimbaud, que decía “Yo soy el Otro”, se dedicó a escupir al mundo y, al hacerlo, se escupía a sí mismo consumiéndose en la rabia del solo. Quizá sintió que el mundo que lo rodeaba era demasiado amargo como para seguir rumiándolo hacia adentro y abandonó la escritura; prefirió irse al África, dedicarse al tráfico de armas y morir en Marsella, en 1891, después de que su pierna derecha le fuera amputada.

Franz Kafka, que le pidió a su amigo y albacea Max Brod que quemara toda su obra literaria inédita, escribió un cuento llamado “Un artista del hambre”. En él, Kafka desarrolla la metáfora por excelencia del artista solitario: incomprendido en su arte por el empresario del espectáculo a quien sólo le interesa ganar dinero, incomprendido por el público que sospecha que el artista hace trampa, y que muere olvidado y confundido entre la paja de la jaula en donde ha permanecido ayunando, solo, en la tarea de perfeccionar su arte hasta morir.

Santa Ana de Nayón, 16.11.05