(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, abril 09, 2006

La formación de los escritores

Caricatura de Raúl Vallejo por Pancho Cajas
García Márquez cuenta que su vocación de novelista nació la noche en que empezó a leer La metamorfosis de Franz Kafka. Cuando leyó que Gregorio Samsa había amanecido convertido en un monstruoso insecto, se dio cuenta de que en literatura todo era posible.
De ahí que la formación de los escritores empieza por sus lecturas. Por tanto, nada más equívoco que aquella petulancia de los escritores adolescentes que dicen que no leen para no tener influencias. Todo los escritores tenemos influencias. Lo importante, en cualquier caso, es tener buenas influencias.
John Keats decía: “Un poeta es lo menos poético de todo cuanto existe; como no tiene identidad, continuamente tiende a encarnarse en otros cuerpos...”. Mario Vargas Llosa, por su parte, dice: “En efecto, las novelas mienten —no pueden hacer otra cosa— pero esa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es. [...] No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo.”
Un segundo elemento en la formación de los escritores es el pensamiento sobre el trabajo literario y sobre la misión del poeta. Los escritores tienen que estar conscientes del material con el que trabajan, de la poética que los define.
Ernest Hemingway, dijo que “la cualidad más esencial para un buen escritor es la de poseer un detector de mierda, innato y a prueba de golpes”. Por ello, la formación del escritor también implica una actitud vital poderosa. No se trata de ser autobiográficos sino de entender que la literatura se alimenta, en un sentido, de la vida. Yo, por ejemplo, soy mentirosamente autobiográfico en lo que escribo. Pero, al mismo tiempo, impongo distancia con la historia y sus personajes para que vivan sus existencias por sí mismos, para que se liberen de mí.
La formación del escritor se construye en una tradición literaria. Saber qué es lo que para él es la literatura y de dónde proviene su estética y qué es lo que la diferencia de la estética de otros. También pasa por la vivencia de la cofradía. Los románticos la instituyeron como la vida bohemia. Los modernistas, en su oposición a una sociedad capitalista que era hostil hacia el arte, la ubicaron en la llamada torre de marfil. Mas, luego de aquel aprendizaje, cada quien sabe que debe trabajar su arte en la soledad natural del poeta.
Finalmente, la formación del escritor requiere de los elementos culturales que le permitan asumir su condición de intelectual. Hoy en día, esa condición ética se basa en el cumplimiento de los deberes de ciudadanía. Señala Ernesto Sábato: “El hombre es una disputa permanente entre el bien y el mal. El hombre lucha porque se sabe finito y pretende lo infinito, porque es carnal y busca la inmortalidad, es relativo e intenta alcanzar lo absoluto”.
En definitiva, un escritor se hace viviendo en la literatura; haciendo de la literatura, una forma de vida.

Santa Ana de Nayón, 02.03.04